Red Voltaire

Reyes, Cernuda, Paz y Cosío Villegas

Aunque editado en 2003, hace apenas unas semanas llegó a México el libro Páginas sobre una poesía. Correspondencia Alfonso Reyes y Luis Cernuda 1932-1959, compilación, introducción y notas de Alberto Enríquez Perea (Ed. Renacimiento, Sevilla, 2003). Las cartas entre ambos escritores son en general de rutina, burocráticas incluso, pero lo que da valor al libro son tanto la enjundiosa y bella introducción como las anotaciones eruditas del compilador, que, entre muchas cosas más, saca a la luz la olvidada polémica entre Octavio Paz y Daniel Cosío Villegas. (Humberto Musacchio)

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El poeta Cernuda, quien tomó las armas en defensa de la República Española, acabó siendo arrojado de su patria por los perros de Francisco Franco. Consiguió un buen empleo en una universidad de Estados Unidos y ahí se estableció varios años. En el verano de 1949 hizo una visita a México y ya de regreso escribió a un amigo: “No quiero callarle que, cuando temprano en la mañana, miré el cielo sucio y verde amarillento del norte, todo lo que perdía con la ausencia de México se me presentó: el cielo limpio, el aire claro, las flores que no pasan, los cuerpos oscuros; y se me arrasaron con lágrimas los ojos. No sabía, y no supe hasta entonces, que México se me había entrado en el corazón, que me había enamorado de él”.

Cernuda se había enamorado de México, pero también de un mexicano al que Enríquez Perea llama “hombre x”, para quien escribió:

Tantos años que pasaron

Con mis soledades solo

Y hoy tú duermes a mi lado.

Son los caprichos del sino,

Aunque con sus circunloquios

Cuánto tiempo no he perdido,

Mas ahora en fin llegaste

De su mano, y aún no creo,

Despierto en el sueño, hallarte.

Pero había más. La visita a México le permitió al poeta volver a oír su lengua y escribió en sus Variaciones sobre tema mexicano: “Sentí cómo sin interrupción continuaba mi vida en ella por el mundo exterior, ya que por el interior no había dejado de sonar en mí todos aquellos años”. Era, agregó, “la lengua que hablaron nuestras gentes antes de nacer nosotros de ellos, ésa de que nos servimos para conocer el mundo y tomar posesión de las cosas por medio de sus nombres”, lo que es importante para todo ser humano, pero más para el poeta, “Porque la lengua del poeta no es sólo materia de su trabajo, sino condición misma de su existencia”.

Otro poeta, Octavio Paz, quien compartía con Cernuda esa convicción, le solicitó a Alfonso Reyes, entonces presidente de El Colegio de México, que esta institución acogiera al autor de La realidad y el deseo. El Colegio le otorgó a éste una beca de 450 pesos mensuales y para justificarla lo consideró “investigador independiente”, pues debía trabajar en un estudio de la poesía española contemporánea y presentar avances de la investigación que terminó en 1955 y cuya publicación deseaba dedicar a Reyes, lo que el regiomontano rehusó con elegancia.

Para mantener la beca, Cernuda propuso y el Colegio aceptó un estudio sobre poesía inglesa del siglo XIX. En 1958, la mala salud golpeaba a Reyes y se decidió darle carácter honorario a su cargo de presidente de la institución y crear el puesto de director, para el que se escogió a Daniel Cosío Villegas. A él se dirigió don Alfonso en diciembre de aquel año para “hacerle tres súplicas”, una de las cuales era sostenerle la beca a Cernuda, “que vive muy pobremente” y “es cumplido en su trabajo”. Un año después murió Reyes y Cernuda volvió a Estados Unidos, sin dejar México del todo, pues cuatro años después murió en Coyoacán, luego de que en agosto de 1961 Cosío cancelara la ayuda que le daba el Colegio.

Al fallecer Cernuda, apareció en la Revista de la Universidad (julio de 1964) un artículo en el que Octavio Paz afirmaba del poeta español que “a la muerte de Reyes, el nuevo director (del Colmex) lo despidió sin mucha ceremonia”. Cosío Villegas, envió una carta de respuesta a Paz, la que apareció en el número de octubre de la misma publicación. Con su petulancia característica, Cosío empezaba por corregir la ortografía del poeta, al que llamaba chismoso e indiscreto y tachaba de “falsa de toda falsedad la acusación” de que hubiera quitado el apoyo económico a Cernuda, pues argüía la existencia de una carta de éste en la que anunciaba que iría a Estados Unidos como profesor visitante de una universidad “que no nombra”, lo que motivó que le suspendieran la beca.

En el mismo número de Revista de la Universidad, Paz contestó con un texto fulminante: “Por lo visto Cernuda no fue despedido por El Colegio de México. Me alegra saberlo. Mis noticias eran otras y uno de mis informantes fue el mismo Cernuda. Como el poeta muerto era todo menos un mentiroso (y como tampoco lo es el señor Cosío Villegas) no hay más remedio que atribuir el incidente a un equívoco: Cernuda creyó que con frías y correctas maneras burocráticas, se le quería despedir y se alejó voluntariamente. La actitud del Director debe haber contribuido a esa impresión del poeta. No es un misterio que el señor Cosío Villegas, por afectación anglicista o inclinación natural, es un témpano en el trato con sus semejantes y que ha hecho de la impertinencia y el desdén, ya que no un estilo, un hábito. Cernuda tenía fama de susceptible; Cosío Villegas la tiene de intratable: todo se explica”.

Paz, dice Enríquez Perea, retiró ese texto de sus Obras completas. Quizá, porque de alguna manera lo que decía de Cosío Villegas era el autorretrato del Octavio Paz endiosado de sus últimos años.

Fuente: Revista contralínea Fecha de publicación: Junio 2a quincena de 2007 | Año 5 | No. 81

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