La puesta en jaque de la política de precios, las crecientes dificultades en la prestación de servicios públicos, las protestas agrarias y la amenaza de desabastecimiento de productos básicos, el agotamiento de recursos naturales que, sin embargo, se siguen exportando, son los más notables, pero sólo algunos, de los síntomas de un modelo que se fue armando sin cuestionar las estructuras de poder prevalecientes ni construir otro poder alternativo.

Ni los grandes monopolios industriales y agropecuarios, ni los beneficiarios de las leoninas concesiones provenientes del sistema de privatizaciones (salvo aquellos capitales que, por decisión propia, abandonaron las empresas, caso Macri en el Correo y Suez en Aguas) fueron afectados en su manejo de los resortes principales de la maquinaria. La devaluación de 2002, pero por sobre todo el posterior sostenimiento de un dólar alto y un esquema de premios y castigos a las exportaciones e importaciones que los benefició, les permitió expandirse, crecer, recuperar espacios de negocios perdidos, lo que alimentó los indicadores de crecimiento económico y generación de empleo. Pero haber caminado en el mismo sentido que el gobierno, con beneficios mutuos, no significa aceptar todas las condiciones que éste imponga.

Los sectores monopólicos vienen cosechando rentas extraordinarias desde 2003 en adelante. Hasta los bancos, rezagados en la primera etapa del proceso, empezaron a “compartir la alegría” (como decía un directivo de IBM cuando repartía coimas por los contratos con el Estado) a partir de 2005. Pero cuando el actual gobierno intentó poner algunos límites a esas rentas por necesidades políticas, como el techo a los precios o los retos públicos por la falta de inversiones, se empezó a encontrar con caras de rencor.

No es afecto lo que está en juego, sino intereses. Y los grupos de poder económico le están pasando factura al gobierno, como para demostrarle que a pesar de las mieles de los primeros tres años de kirchnerismo, el poder no cambió de dueño. Simplemente, se lo prestaron por un ratito.

En tal sentido, las condiciones de la economía mundial son como un cuchillo de doble filo al gobierno. Por un lado, la escasez de productos primarios está provocando un alza sin precedentes en los precios internacionales, que infla las cifras de las exportaciones y las reservas del Banco Central. Pero, por otro lado, como el gobierno tiene un manejo nulo de la producción, la presión de los productores es a trasladar al mercado interno los mismos precios que reciben cuando exportan (desde sus intereses, ¿por qué habrían de vender más barato lo que pueden vender afuera más caro?).

Tampoco los monopolios industriales quieren resignar rentas, cuando ven que hay mercado interno dispuesto a consumir más. Se anticipan así a apropiarse de los aumentos de sueldos que los trabajadores van a recibir en la próxima paritaria.

A los servicios públicos regulados (luz, agua, gas, teléfono y transporte), el gobierno sólo logra contenerlos vía aumentos parciales de tarifas y subsidios. Y aún así las presiones siguen. No hay inversiones, los servicios se deterioran y la gente lo nota. Así como siente que los precios aumentan y que el sueldo, aunque aumente, le rinde menos. Crece el descontento y el gobierno paga así la factura.

¿Podrá el gobierno recomponer la alianza con el gran capital? Por lo pronto, lo que el poder económico puso en evidencia es que el campo de juego ahora es otro, y está fuertemente inclinado hacia el arco contrario: el del gobierno. ¿Qué puede oponerle el gobierno? La representación que hoy tiene y que, seguramente, antes de mayo de 2003 no tenía. ¿Será suficiente? El poder económico está poniendo todo su empeño en demostrar que no, que incluso puede deteriorarla si se lo propone. No necesita, para ello, candidato de oposición, aunque le sobren ofertas.

Por ahí pasará la pelea de los próximos meses entre gobierno y poder económico.

# Nota publicada en la revista “Movimiento Continúo” número 1, junio de 2007. (*) Periodista del diario Página/12. Miembro de conducción de la UTPBA.