En Ecuador, los intereses básicos del sector de medios integrantes de la comunicación del poder han sido: la tierra, hasta la Revolución Liberal; el comercio y su ímpetu agroexportador, hasta 1976; y, desde entonces, la delirante pasión por finanzas, créditos, tasas, manejos monetarios, segmentos de operaciones bursátiles. Es decir, la esfera de circulación de «la riqueza fiduciaria».

La libertad de comunicación correspondió y corresponde a estos segmentos de manera intermitente y sucesiva.

La última estructura especulativa de la historia del poder fue cómplice de la destrucción del Estado ecuatoriano y del desinterés por el desarrollo de la agricultura, de la manufactura, la industria, la técnica, la ciencia y la formación y calificación de trabajadores, profesionales, especialistas y representantes de procesos culturales avanzados.

En estos treinta años, una fracción de medios protegió el poder, del cual fue parte, y sus imposiciones al sistema político, ocultó su determinación sobre partidos, elecciones, sufragios, exit-polls, fraudes, gobiernos, parlamentos, jueces, instituciones de control y más silenciosos cometidos de la democracia.

Esto llevó a que el sistema de partidos políticos se descompusiera en el proceso de “exitosa” depredación y destrucción del Estado.

Se diría que el poder se quedó sin partidos y, en su lugar, se encuentran excitados, proactivos, propositivos y conspirativos algunos medios, instituciones financieras y representantes que se arrogan la condición de adalides, coadministradores o copropietarios de la libertad, la democracia y la localidad.

Cabría añadir que el debilitamiento de las multilaterales por el extremado uso y abuso de los países a los que «prestaban su ayuda», son cuestionadas en su seno y en la mayoría de los «Estados beneficiarios».

Aún el antiguo poder conduce al Estado ecuatoriano, aunque a éste lo represente formalmente el Presidente Rafael Correa, nombrado desde un designio electoral mayoritario y propuestas electorales distintas a la inercia de la decadencia.

Ante la descomposición del sistema político se impuso la Asamblea Constituyente. No obstante, las voluntades nuevas no han organizado una fuerza distinta y tampoco formulado su política, aunque sí posiciones ajenas a las del poder especulativo. Sin embargo, está presente la negación que se requiere, un peldaño de la transformación que hacen los pueblos de sus Estados.

La libertad de expresión no es tal si se la ejerce contra lo que requiere la historia. Ecuador necesita constituir un poder interesado en la producción y todo lo que ésta determina.

Las demandas de libertad en este cauce brotan como demanda de la Nación: un Estado soberano, sistema político que lo represente y objetivos históricos que lo guíen.

La libertad de expresión no es solo atributo de empresas de comunicación. Estuvo presente en la historia y será demanda permanente ante la caducidad y renovación de las relaciones sociales.

La libertad de expresión siempre será mayor que la libertad de prensa. Los pueblos la expresan en espacios, conflictos y procesos en los que se reproducen, no solo en los mass-media.

# Nota publicada en Altercom (Ecuador) (*) Abogado, economista y político ecuatoriano, autor de numerosos ensayos e interpretaciones sobre la realidad ecuatoriana. Presidente del directorio del periódico El Telégrafo, decano de la prensa ecuatoriana.