El 2 de agosto, Evo Morales, promulgó un reglamento para agilizar la reforma agraria en Bolivia. Lo que vendría a significar, en términos del café de la esquina, que se van a entregar tierras a todos los campesinos que las trabajen. Y que se le van a quitar tierras a todos los que las usen con fines de réditos financieros, para devolverlas a las comunidades indígenas, sus dueños eternos.

Más claramente, aún podríamos decir que en Bolivia hay muy pocos terratenientes/empresarios que concentran la mayor cantidad de hectáreas cultivables del país y hay cientos de miles de campesinos que no tienen acceso a trabajar la tierra o que son explotados en ellas.

Pero hablando de palabras, hay una que acercó estas paradojas. CAINCO. CAINCO es la sigla de la Cámara de Industria y Comercio de Santa Cruz de la Sierra. Su presidente, Gabriel Dabdoub, afirmó que el reglamento para la reforma agraria impulsado por Evo Morales, iba a ser un fracaso ya que no fue concertado con los empresarios.

Este buen señor es el líder de una las asociaciones de empresarios con más poder en Bolivia; y su lugar de residencia, Santa Cruz de la Sierra, es la zona más rica del país. Esa región del oriente boliviano que quiere independizarse para no tener que ver con "esos collas" de la puna y fundamentalmente para no tener que repartir las ganancias extraordinarias del gas y las tierras fértiles de la región

Pero curiosamente las palabras se nos caen encima desde el techo de la historia y CAINCO necesita casi las mismas letras que INCAICO. Los anteriores dueños de esos suelos. Los que fueron exterminados por los españoles y hoy son negados por los nuevos autodenominados propietarios de las tierras.

Lo que anunció ayer Evo Morales es casi retrotraer la historia 500 años. Y mirar hacia atrás no es un ejercicio perimido como nos quieren hacer creer. El imperio Incaico, mal que le pese a los patrones de CAINCO, permitía el libre trabajo de los campos. La tierra, si bien del rey, era producida por los campesinos quechuas, para sus familias y para su comunidad.

En el Imperio Incaico no había muertos por desnutrición. Sin eufemismo, no había muertos de hambre. En el Imperio de los CAINCO, se producen alimentos que podrían abastecer a tres veces la población actual boliviana. Pero la mitad de esa población hoy no accede ni al pan, ni a la carne, ni a sus granos, aptos para consumo en el exterior.

El 2 agosto en Bolivia se denominó, Día de la Revolución Agraria, las asociaciones de terratenientes invocaron a la desobediencia civil y a Dios en nombre del atentado a la seguridad jurídica sobre la propiedad privada. Alegan que se ponen en riesgos las garantías constitucionales. ¿Las de quién? ¿Qué derechos son vulnerados?

Sería importante martillar una vez más sobre la idea, que ni los CAINCO, ni los Blaquier, ni los Perez Companc, ni los Roca, ni los Benetton, tienen derechos sobre tierras que fueron arrancadas con fusiles y bayonetas a nuestros pueblos originarios y que ahora son negadas a millones de niños, hombres y mujeres que ven pasar con sus platos vacíos, camiones rebosantes de alimentos hacia los puertos de Buenos Aires, Iquique o San Pablo.

Ser libres e iguales ante la ley del mercado es la falacia que a modo de puñal se clava en cada desposeído de medios de subsistencia. Cuando las asociaciones empresarias como CAINCO trae el discurso de los derechos sobre su propiedad privada, cada palabra, cada frase de esas enunciaciones, se hace sobre el crimen de cada uno de los habitantes de ese otro imperio. El Incaico.

# Nota publicada por la agencia Información Social Alterativa (ISA) (http://www.agenciaisa.com.ar)