De pronto, como por arte de magia, la leche, el arroz, las legumbres escasean en el mercado, suben de precio. Y por supuesto, así como ocurrió con el tema del gas, nadie sabe dónde surgió el problema. Lo que sí parece estar claro es una consecuencia política de esto: la popularidad del presidente de la República, Rafael Correa, sigue cayendo. Aún es alta, pero sigue cayendo.

Para quienes se fijan en algunos hechos de la historia, no resulta descabellado pensar que esta situación es parte de una bien armada estrategia de guerra sicológica. No hay mejor forma de molestar al pueblo que atacando a su estómago. Y, en las circunstancias políticas actuales, parecería ser la única forma de combatir la simpatía y apoyo que por ahora tiene la mayoría de ecuatorianos hacia el actual gobierno. Y la embestida no amainará, se preparan otras formas...

Hablamos de una guerra que tiene como protagonistas, por un lado, a los empresarios que ocultan sus productos o suben arbitrariamente los precios, y por otro a los medios de comunicación que, como en el caso del gas, llenan las portadas y espacios en TV y radio con la información de lo que parecería ser una crisis profunda. La lectura que desde los medios se hace es que se comienzan a ver las consecuencias de confiar la economía del país a un gobierno populista, de inexperimentados y trasnochados comunistas. Inmediatamente colocan a los viejos analistas de siempre (no por su edad sino por sus ideas) a explicar que desde el punto de vista “técnico” la economía debería ser manejada con prudencia, sin exagerar el gasto público en detrimento del ahorro, y bla, bla, bla…

Es obvio que existe una conspiración en marcha. Y no ha comenzado ahora, comenzó desde el 15 de enero. Existe una conspiración que se propone echar abajo a un gobierno que se ha planteado recuperar soberanía, dignidad y algo de esperanza para los pueblos. Por supuesto que el Gobierno no es aún el que los cambios revolucionarios requieren, pero se parece peligrosamente a ello, por eso, desde la perspectiva del poder, hay que tumbarlo.

Y este análisis no tiene nada que ver con mostrarse gobiernista per sé, ya que seguro que de eso acusarían a quien se le ocurra pensar así. Se trata de buscar leer adecuadamente la realidad actual, entendiendo a los actores en pugna: fuerzas del cambio que, hasta ahora lideradas por el presidente Correa, confrontan a las fuerzas del atraso, del entreguismo y la corrupción. El poder actúa cada vez con nuevos argumentos, va logrando recomponerse, rearmarse, y hay que decirlo: lo está logrando también gracias a algunos errores del gobierno, como aquel de no haber previsto lo que podría suceder en el tema de los pativideos, desde el momento en que echaron a Quinto Pazmiño, o el error de lanzar fuegos contra los periodistas, descuidando o perdiendo de vista el objetivo central en el tema de la comunicación: las empresas mediáticas más importantes. Confiar demasiado puede ser el inicio del fin.

En todo caso, lo que corresponde a las fuerzas populares y revolucionarias en medio de este escenario es pelear con más sagacidad y contundencia. No caben ahora las confusiones de blancos, las actitudes sectarias y exclusivistas. Los pueblos deben identificar bien los auténticos temas que involucran el cambio. E identificar bien las propuestas de maquillaje, que no solo están fuera de las listas de la tendencia, sino, por desgracia, también dentro.