Red Voltaire
La muerte de la princesa de Gales, diez años después

Francis Gillery: «Yo estudié el mecanismo de la mentira de Estado en el caso de la princesa Diana»

El escritor y cineasta Francis Gillery investiga desde hace años el caso de la princesa Diana, o más bien la forma como la razón de Estado impuso una versión oficial y acalló toda opinión diferente en cuanto a la muerte del compañero sentimental de la princesa, el comerciante de armas Dodi Al-Fayed. En ocasión de la difusión de su valiente film «Diana y los fantasmas del puente de Alma» por el canal de televisión France 3, Francis Gillery responde a las preguntas de Thierry Meyssan.

| Paris (Francia)
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Red Voltaire: Durante la noche del 30 al 31 de agosto de 1997, un Mercedes se estrelló contra una columna en el túnel del puente de Alma, en París, resultando muertos el chofer de la limusina (Henri Paul), los dos pasajeros (el comerciante de armas Dodi Al-Fayed y su amante la princesa Diana), y gravemente herido el guardaespaldas de Dodi (Trevor Rees-Jones). Las autoridades redujeron el hecho a la categoría de un banal asunto de crónica roja: un accidente automovilístico provocado por un chofer que había bebido. Sin embargo, diez años más tarde, los fans de la princesa siguen teniendo la impresión de que les están escondiendo algo y la reanudación de la investigación por el lado británico no ha aclarado las numerosas interrogantes que se mantienen en suspenso. El único testigo del drama, Trevor Rees-Jones, quien hubiese podido aclararlo todo, se mantiene en silencio y afirma haberse quedado amnésico. ¿Piensa usted que un secreto se esconde detrás de todo este asunto?

Francis Gillery: La muerte de Dodi Al-Fayed nunca hubiera sido tema para los medios de difusión de no haber estado Diana en su auto. Es un caso que hubiera debido mantenerse en la sombra y en el que las autoridades francesas fueron obligadas a guardar silencio. A menudo existen «secretos de Estado» en los que las negociaciones de todo tipo –hablo de manera general– no se hacen públicas y obligan al Estado a hacer concesiones.
En el caso que nos ocupa, la posición francesa permitió ciertamente resolver problemas de tipo comercial que tenían consecuencias para Francia. Se escogió el silencio como medio de resolver esos problemas.

Red Voltaire: ¿Había algo que negociar?

Francis Gillery: Yo creo que sí. Pero no desarrollé ese aspecto en mi libro [1], ni en mi documental porque no quería entrar en hipótesis ni especulaciones. Sólo quería llevar al lector y al telespectador a plantearse interrogantes sobre esta historia y sobre la manera en que fue montada.

Red Voltaire: Hace ya mucho tiempo que en los países anglosajones, y desde hace cinco años en Francia, las autoridades aprendieron a desacreditar cualquier cuestionamiento de sus propias declaraciones clasificándolo como «teoría del complot». ¿No se denunció precisamente una «teoría del complot» precisamente entre la gente que duda de la versión oficial de la muerte de la princesa Diana?

Francis Gillery: Lo que me interesó fue precisamente esa forma de desacreditar. Aunque toda investigación realmente científica tiene ser precisamente contradictoria, lo que se hace es acusar de infamia a todo el que pone en duda la versión inicial. Ese mecanismo de prohibición de pensar, de desinformación, es justamente el tema de mi estudio y la muerte de Diana es solamente uno de tantos casos.

En el caso de Diana, aparecieron inmediatamente dos versiones diferentes: una oficial, de que fue un accidente automovilístico, y una versión disidente de Mohamed Al-Fayed, el padre del difunto. Este habla de «complot», pero no en el sentido en que se entendió más tarde. [Mohamed Al-Fayed] no entra en detalles pero da a entender que había sido advertido de antemano. Sus declaraciones sugieren que este complot se extiende al mundo de los negocios, de sus negocios.
Mediante una pirueta de vocabulario se complejizó el debate pasando del complot criminal a la «teoría del complot», o sea a un intento irracional de explicar el orden y los desórdenes del mundo mediante un actor oculto. A partir de ahí, la gente razonable se aparta de la discusión.

Red Voltaire: Otro forma de desacreditar es la acusación de antisemitismo. Si usted pone en duda la versión oficial, usted es un revisionista.

Francis Gillery: Varias veces han tratado de arrastrarme en ese sentido, sobre todo cuando algunas personalidades me sugirieron, sin elemento alguno, la pista del Mossad. Ese es un gran clásico de la manipulación.

Red Voltaire: La conclusión provisional de sus trabajos es que no se trata de un accidente sino de un crimen, y que el objetivo no era la princesa Diana sino su amante, el comerciante de armas Dodi Al-Fayed. Eso no resulta muy glamoroso.

Francis Gillery: Por lo menos es prueba de que mi interés no es de carácter mercantil. La focalización sobre el personaje público de Diana dejó de lado toda reflexión sobre la familia Al-Fayed. Nunca se investigó en esa dirección. Los policías y los medios nunca hablaron de ella. Principalmente, porque nadie hizo su verdadero trabajo. Los policías reconstituyeron un accidente automovilístico y los periodistas reprodujeron esa versión. Se vendieron muchos periódicos pero no se analizó nada. Por el contrario, se obscureció el caso.

Para ser justo, hay que reconocer que algunas personas actuaron con profesionalismo, pero sus voces se perdieron en medio de todo el estruendo. Citemos, por ejemplo, a Peter Hounam, del Sunday Times, quien ya en 1998 mencionaba la pista de Dodi [2].

Es la excepción que confirma la regla. La jauría mediática aceptó desde el principio la versión del accidente de tránsito. Así que nadie se interesó por la causa de las muertes y, por consiguiente, nadie sabe de qué murió Dodi Al-Fayed. No se practicó ninguna autopsia. ¿Y por qué hacerla si ya nos habían convencido de que se trataba de un accidente de tránsito?

Este mecanismo de la versión inicial que se eleva al rango de certeza y se convierte en algo sagrado se reproduce cada vez que está en juego la razón de Estado. Tenemos que estudiarlo y entenderlo. El caso de Diana es digno de estudio: fue su muerte lo que permitió ocultar todo lo demás y lo que verdaderamente estaba en juego. Pero es también debido a la muerte de ella que, diez años más tarde, la gente sigue sin aceptar las mentiras oficiales y que todavía se habla del asunto.

Red Voltaire: ¿El reciente informe de 800 páginas de Lord Stevens no pone fin a la polémica?

Francis Gillery: No. El propio Lord Stevens tuvo además la prudencia de precisar que se trata de un informe preliminar, aunque él no tiene prevista la entrega de un informe conclusivo. No es más que una larga declaración en la que se evitan los principales aspectos del caso. Empezando por este: Dodi Al-Fayed no estaba en París de paseo sino para asistir a un encuentro en particular con vistas a concluir un contrato en particular.

Solo y sin recursos, yo logré reunir una cantidad de información. No puedo creer que Scotland Yard, con una decena de investigadores trabajando a tiempo completo y con medios considerables, no haya podido obtener esas mismas informaciones en tres años de trabajo. Sin embargo, más que ahondar en esas informaciones, lo que ha hecho Lord Stevens es diluirlas.

Por ejemplo, en mi primera película, Lady Died, yo mencioné las confidencias que el fotógrafo James Andanson le hizo al escritor Frederic Dard. Andanson confesaba que él había estado con su Fiat Uno en el túnel del puente de Alma. Como Andanson apareció muerto en circunstancias rocambolescas y Frederic Dard también falleció después, se creó una comisión rogatoria para entrevistar a su viuda y a su hija, que habían estado presentes en la conversación. Ambas fueron interrogadas por separado, durante horas, y después se estableció un careo entre ellas. Como las dos mantenían sus testimonios, las cocinaron hasta que les hicieron decir que, como se habían levantado para servir los platos durante la cena, quizás ellas habían entendido mal la conversación y que sus testimonios no se podían conservar. Pero el caso es que la familia Dard disponía de personal doméstico que servir la mesa.

Lord Stevens descartó sistemáticamente los elementos que le molestaban e ignoró los que no podía descartar. Por ejemplo, está comprobado que el chofer perdió el control del vehiculo, pero no se sabe por qué. Así que era importante analizar la caja eléctrica y la computadora del auto. El informe Stevens asegura que todo estaba en tan mal estado que no era posible. Evidentemente, eso no es creíble.

Red Voltaire: En los días posteriores al accidente, me reuní con un responsable de la inteligencia francesa que mencionó en mi presencia la investigación paralela de los servicios del primer ministro sobre la manera de operar de los asesinos. ¿Esas investigaciones fueron incluidas en el expediente judicial?

Francis Gillery: Veo a qué se refiere usted. Pues no, esa investigación se mantuvo en secreto. Por cierto, no fue la única. Además de la Brigada Criminal, legalmente responsable del caso, la Brigada Antiterrorista también investigó por su cuenta. Y tampoco se sabe nada de lo que encontró.

Red Voltaire: Se dice a menudo que los casos de ese tipo son imposibles ya que para poder realizarlos y mantenerlos en secreto se necesitaría gran cantidad de cómplices, lo cual implica un gran riesgo de que alguien hable. ¿Hay investigadores que se hayan echado atrás en cuanto a sus afirmaciones iniciales?

Francis Gillery: La mayoría de los funcionarios que han trabajado en este caso lo conocen sólo parcialmente. Y para poder hablar hay que tener una visión de todo el conjunto. Eso es todo.
Cuando un superior le dice a uno: «Nos quedamos en esto», uno no va más allá. Todo el mundo quiere actuar bien, en interés del servicio, en interés del Estado. Nadie va a revelar sus escrúpulos años más tarde. Nadie se va a poner en peligro ni se va a poner al margen de sus propios colegas por transmitir un mensaje sabiendo que este es parcial y poco útil mientras uno actúe en solitario.

Quizás el ministro francés del Interior de aquel entonces, Jean-Pierre Chevenement, haya pensado en hablar. En todo caso, él seguramente sabía mucho más que un simple policía y se disoció claramente de la versión que había contribuido a propagar subrayando que se había fiado únicamente a lo que le habían dicho sus servicios. Finalmente, no fue más allá.

Red Voltaire: En todo caso, no hacen falta muchos funcionarios para enterrar un caso. Los Estados disponen generalmente de algunos colaboradores complacientes bien situados que se encargan de eso. ¿Quién dirigió la investigación médico-legal?

Francis Gillery: La doctora Dominique Lecomte, y para los análisis de sangre se subcontrató un laboratorio externo. Ese mismo médico y esos mismos expertos fueron quienes afirmaron que el juez Bernard Borrel se había suicidado en Djibouti, otro caso en el que intervino la razón de Estado pero que hoy conocemos mejor. Sí, siempre aparecen los mismos protagonistas cuando está en juego la razón de Estado.

Insisto en el hecho de que los análisis de sangre no son serios. Un primer análisis demostró que el chofer, Henri Paul, estaba borracho. Pero también demostró que su sangre estaba saturada de monóxido de carbono. De ser así, la sangre que analizaron no podía ser la suya ya que, con tal concentración de monóxido de carbono, el chofer ni siquiera hubiera podido mantenerse de pie, y mucho menos ponerse al volante de un auto.

Sin embargo, un contraanálisis tuvo lugar, días después, y los resultados fueron los mismos. Lo cual es ridículo ya que el índice de alcoholemia tendría que haber disminuido al cabo de varios días. Y nadie se molestó en respetar un protocolo para la realización del contraanálisis: fueron los mismos expertos quienes hicieron el análisis y la prueba de verificación del primer análisis, la cual hicieron además teniendo aún en su poder de las muestras anteriores.

Red Voltaire: En definitiva, el único que hubiera podido parar esa farsa en el plano jurídico era Mohamed Al-Fayed. ¿Por qué no lo hizo?

Francis Gillery: Desde el principio, él habló de un complot criminal. Pero para ponerlo al descubierto hubiese tenido que sacar a la luz sus propias actividades. Y el comercio de armas exige la mayor discreción. Los que le rodean le aconsejaron, por consiguiente, que desviara la atención hacia Diana. Y el acusó a la familia real. Se implicó tanto con esa versión que ahora no puede decir la verdad.

Red Voltaire: Del otro lado, los rivales de la familia Al-Fayed podrían estar interesados en revelar la verdad para exponer a la familia misma a la luz pública. ¿Se reunió usted con Ashraf Marwan [3], el otro gran negociante de armas egipcio antes de que se cayera de un balcón de su casa, el 27 de junio pasado?

Francis Gillery: No. Durante mucho tiempo estuve tratando de hablar con él, pero se negó. Yo sabía que él tenía en su poder todas las claves del caso. Me enteré de su muerte leyendo voltairenet.org. Eso me permitió comprobar de nuevo cómo funciona la máquina mediática. Todo el mundo hablaba del papel que desempeñó durante la Guerra de los Seis Días, pero nadie, con excepción de ustedes, mencionaba su ocupación: la de comerciante de armas.

Red Voltaire: Si las autoridades francesas ya impusieron una versión de los hechos, ¿qué significa la difusión del documental crítico realizado por usted a través de una televisión pública francesa en el preciso momento en que hay una prescripción sobre el caso?

Francis Gillery: No soy ningún ingenuo. Yo sé bien que esto no sucede por casualidad. Es evidente que algo se está cocinando aún, diez años después de ese drama.

[1] Lady died, por Francis Gillery, Ediciones Fayard (Francia), 2006.

[2] Qui a tué Diana?, por Peter Hounam y Derek McAdam, Timéli, 2006.

[3] «El comerciante de armas Ashraf Marwan se cae del balcón»

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