Más títulos, más copas, más partidos, más fronteras derrumbadas por la irresistible topadora del fútbol, implican divisas, mercados abiertos, posibilidades de colocar "una marca", como lo hacen el Real Madrid o el Manchester United en Asia -y China en particular-, un espacio casi virgen habitado por 1.200 o más potenciales consumidores.

Esa es la premisa que, desde la Argentina, se ha fijado el ambicioso presidente de Boca. Los éxitos del equipo que conduce Carlos Bianchi lo cebaron demasiado: creó un fondo común de inversión con futbolistas devenidos en bienes, intentó delegar la administración del club en una empresa que luego quebró (ISL) y avanzó como nadie -incluso, apoderándose de calles y espacios públicos-, sólo guiado por el afán de lucro.

Como el gastronómico Luis Barrionuevo -otro perdedor en la política-, sabía que el fútbol le brindaría refugio hasta tanto se despeje el escenario electoral. El sindicalista y presidente de Chacarita, ya puso un pie en el club Independiente. Su socio en el negocio de los seguros, el empresario Julio Comparada, controla desde este mes la única área que puede generar beneficios: el fútbol profesional.

El caso de Macri es tal vez el más representativo en estas latitudes, aunque no el único basado en la intoxicación del músculo con paladas de dinero. Silvio Berlusconi, el primer ministro italiano y presidente del poderoso Milán, es el ejemplo que a menudo se cita. Y hay otros. El dilema que plantean hoy estos señores feudales modernos es, qué quedará a sus espaldas, cuando la renta se acabe.

¿Una hipótesis probable? Más músculos para explotar que reemplazan a los desgarrados, ese recurso renovable que, a diferencia del petróleo, existirá siempre a no ser que desaparezca la humanidad de la faz de la tierra.

# Nota publicada en la revista del Observatorio de Medios de la UTPBA. * Periodista