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El Poder Judicial chileno falló permitiendo la extradición de Alberto Kenya Fujimori. Esa persona deberá retornar al Perú en pocas horas para que sea juzgado con las garantías necesarias que requiere un debido proceso y el imperativo de establecer las responsabilidades y las puniciones a que hubiere lugar eventualmente.

Es fundamental, inequívoco y ¡obligatorio! un llamado a la serenidad. Nunca fue un acto de valentía la huida pusilánime de Kenya Fujimori cuando “renunció” por fax a la presidencia, años atrás. Tampoco es el momento de evidenciar, aún más, la torpeza del gobierno toledista que hizo cuanto le fue posible por entrampar, malograr y envilecer el proceso de extradición que se siguió contra Fujimori cuando residía en Japón, con el oneroso gasto de millones de dólares del pueblo peruano. Por tanto, una vez de vuelta, aquél debe tener un juicio que actúe las pruebas, llame a testigos, examine los indicios y agote, todas, pero todas, las posibilidades, tanto como para establecer vínculos con los delitos de que es acusado el ex mandatario como para lo contrario.

Conviene evitar la estupidez plañidera y agorera de todos los “juristas, estrategas, politólogos” y demás que enlodaron innecesariamente a los jueces chilenos acusándoles de todo. ¿Ahora qué dirán cuando el anuncio público proclama la extradición del japonés? Todos esos que hicieron de la grita, una forma de vida muy bien pagada, debían inhibirse y la prensa declinar tomarlos como referencia, de cualquier vinculación con el tema. Es cierto que la esperanza sobre esto será incumplida porque hay pandillas que viven del tema Fujimori y si dejan de activar el asunto, pierden dólares, ingresos y vidas muelles.

Hay que dejar actuar a la justicia y a sus vectores, los jueces. Ellos tienen una comisión delicada pero inscrita dentro de sus quehaceres habituales: establecer si Fujimori tiene que ver o no con los delitos que se le imputan. Ni la prensa de opinión puede o tiene la facultad de condenarlo penalmente y tampoco hay que lincharle para convertirlo en un mártir. Que, evidentemente, no es.

La papa caliente la tendrá el gobierno de Alan García Pérez. ¿Cómo manejará su relación tácita y estratégica con el bloque parlamentario fujimorista? ¿de qué modo lidiará con una olla hirviente de pasiones en que hay mucho más que la simple condena de un ex jefe de Estado sino también la prolongación de un diseño económico de contratos de estabilidad jurídica, sujeción servil a las transnacionales y en que predomina la epidermis mediática y espectacular, pero el fondo sigue siendo el mismo, injusto, oligárquico, descabelladamente anti-popular?

Aunque sea hacer de tripas corazón, a quien hizo del Perú una chacra para latrocinios de toda laya, obsequio de su patrimonio e inmoralidad a raudales a diario y durante casi diez años, procuremos un juicio inmaculado a Kenya Fujimori y yugulemos la posibilidad cacareada por sus secuaces de transformarlo en un reo de lujo o preso por la injusticia. Muchos que aún se desvelan por tapar sus inmundicias, no duermen pensando en cómo lograr este cometido.

¡Atentos a la historia; las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder; el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Hay que romper el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

¡Sólo el talento salvará al Perú!

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