Pero está esa otra historia también. La que se sale de los manuales y se cuela en los relatos populares y en la vida cotidiana. Donde las fechas son reemplazadas por días y noches, soles, lluvias y estaciones. Protagonizada por grandes hombres y mujeres que revindican y reivindican, habitantes originarios del territorio, trabajadores de la tierra. Historia que transcurre en casas y caminos, y que trata de peleas a la pobreza-olvido y al capitalismo-hambre. Historia firmada por otros escritores y revelada por otras fuentes, como la que cuenta la investigadora María Andrea Benítez, quien estudió los asentamientos y las villas miseria en el Gran Resistencia, Chaco, entendiendo el fenómeno como emergente de momentos histórico-sociales determinados.

"Villas y asentamientos son dos configuraciones urbanas resultado de la forma como los estratos sociales más pobres resuelven su inserción en la ciudad", explica Benítez. Y fundamenta: aquellos barrios de chapa y cartón que emergieron en las décadas del sesenta y setenta se explican en el marco del crecimiento intenso de las ciudades sede de las industrias. Se trataba de migrantes rurales expulsados de la producción agrícola, cuya ubicación era “espontánea” y se caracterizaba por la ocupación poco ordenada de tierras fiscales.

En cambio -diferencia el estudio-, los terrenos ocupados entre 1997 y 2002 son mayormente de propiedad privada. Su distribución y loteo permiten suponer la existencia de una organización social que, con la convicción de "merecer la ciudad", atraviesa un proceso de politización de la pobreza urbana, producto de un conflicto político más amplio.

En el Gran Resistencia, donde el 55,5 por ciento de los habitantes vive en la pobreza y el 31 por ciento en la indigencia, este es un modo de contar la historia. La que dice que las villas y asentamientos se volvieron organización, que se transformaron en comunidad, en colectivo de personas que no se erradica ni se reubica a gusto del candidato ganador. La historia de cómo comprendieron estos habitantes que no alcanza con pedir al Estado que reparta. De cómo aprendieron que si manda el capital, todo se vuelve propiedad privada, y allí es donde ahora se debe ir a buscar lo que corresponde a todos.

Es la historia de los nombres desconocidos que nunca se volverán calle o monumento y que desde el anonimato de la mayoría también libra batallas espectaculares. Esta vez, contra esa garra invisible que regula mercados y sistematiza la pobreza. Y que atrae y expulsa con igual violencia a los habitantes del Gran Resistencia.

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