Los ególatras y amargados creadores de verdades de la televisión privada, con el ceño fruncido, gritaron de todo a los miembros de la Comisión de Comunicación que el movimiento País nombró para que se encargue de los detalles de la cobertura periodística de la Asamblea: ¡ignorante, estúpido!, y otros calificativos que fácilmente se pudieron leer entre líneas, recibió Rolando Panchana de sus ex colegas.

Los dictadores de la opinión pública reaccionaban así al peligro de que se los excluya del poder de construir la imagen de la Constituyente. Con la decisión inicial de impedir la transmisión en vivo a los canales de televisión privada, ya no podrían elaborar fácilmente, con sus cámaras y textos noticiosos malintencionados, una percepción negativa de esta instancia de plenos poderes. Es que seguro que en sus planes estaba aprovechar el espectáculo que armen algunos líderes de la derecha, como Álvaro Noboa y Gilmar Gutiérrez, para comparar a la Asamblea con el desprestigiado Congreso. Estarían listos para sorprender a algún asambleísta mientras bostezaba, y poder así decir que los nuevos padres de la patria son vagos y pipones. O para seguir con las cámaras a algún otro asambleísta que dialoga con colegas de varios bloques, para decir que el Gobierno ya está pactando, negociando, que ronda en Montecristi el hombre del maletín.

Así han construido, poco a poco, la actual imagen del Congreso, más allá incluso de lo ciertas que son muchas de las cosas que se han dicho de esa función del Estado.

Una mercancía que requiere ser vendible

La elaboración de la noticia como mercancía de venta al público, que como cualquier otro producto en el capitalismo, juega con las leyes del mercado, especialmente la de la libre competencia, tiene, según los teóricos de la cultura de masas, dos niveles: el estético y el lúdico. El primero se refiere a que la mercancía, para ser consumida, debe ser atractiva en sí misma, como mensaje, más allá incluso del contenido que encierre. Y en este aspecto se entiende la preocupación de los canales privados de que no se les permita armar sus elegantes sets de televisión al interior de la sala de sesiones, o que sus bien maquillados reporteros y presentadores no puedan decirnos lo que sucede, teniendo a sus espaldas a los asambleístas como paisaje. El elemento de lo estético se vería seriamente afectado para esta mercancía informativa en que se constituirá la Asamblea durante el tiempo que dure.

El otro elemento tiene que ver con lo lúdico en la venta de la mercancía. Tal como cuando compramos cereales y sin pedirlo compramos también figuritas de súper héroes para nuestros hijos, o juegos de mesa para la familia, la noticia de la Asamblea debe traer algo de juego, de diversión, para ser vendible. En esto también tendrían complicaciones si no se les permite estar dentro de la sala de sesiones: ¿cómo hacer tomas jocosas, burlescas, entretenidas, como aquellas del deporte de antaño del Congreso: el box? La mercancía informativa llamada Asamblea tiene que realizarse en el mercado del consumo masivo de mensajes, de acuerdo a estos parámetros, y por eso protestaron enérgicamente los dueños de la gran industria mediática. Es decir, había razones comerciales y políticas en las malas caras y las furias de ciertos personajes de la vieja Televisión ecuatoriana.

Sin embargo, la Comisión retrocedió. Cedió a las presiones de las grandes cadenas televisivas, seguramente por lo que ha reconocido el mismo Rolando Panchana: “luego de la Asamblea pienso volver al periodismo”. O también porque realmente reaccionó al llamado al orden que sectores de la burguesía le hicieron. Después de todo, Panchana siempre fue un advenedizo en la tendencia del cambio.

Quienes, desde la orilla popular, de los medios de comunicación alternativos y de izquierda, siempre hemos exigido que el Estado se libere del secuestro que ha soportado en el ámbito informativo por parte de los grandes conglomerados mediáticos del país, estamos dispuestos a respaldar una medida como la que inicialmente se tomó. Como bien lo ha dicho el Presidente de la República, los grandes medios hacen parte de la estructura de poder de los grandes grupos económicos del Ecuador, que hay que ir desplazando.

¿Y las políticas de comunicación del Estado?

Pero, por otro lado, precisamente estos medios, quienes, coherentes con nuestra línea editorial, es decir, con las causas del cambio revolucionario, hemos apoyando al proyecto del actual régimen, no hemos recibido siquiera una llamada, una comunicación, una invitación para conocer qué es lo que se decide en torno a las políticas de comunicación del Estado, y en el tema específico de la Asamblea. Y no se trata de una queja, es la constatación de una injusticia que, seguramente por omisión, se comete con estos actores políticos y sociales de los cuales fue parte el mismo Presidente de la República, en los cuales fue forjando poco a poco su perfil de analista, de líder de opinión junto a varios intelectuales de su círculo, como el futuro presidente de la Asamblea, Alberto Acosta.

Seria de esperar que las políticas comunicacionales que se trazan desde Carondelet, no desanden un camino que ya comenzó a transitar el régimen. El lanzamiento del canal de Estado, que se anuncia para el día de la instalación de la Asamblea, es un acontecimiento trascendente, pues en momentos en que el espíritu de democratización de la sociedad se generaliza, la vigencia de oligopolios de la televisión resulta una anacronía con la que hay que terminar.

No hay más que regocijarse frente a este hecho, y esperar que esa propuesta de comunicación pública se construya poco a poco con los sectores populares organizados, que tienen tradición de lucha por los cambios, y que tienen ganado el derecho a estar presentes en estos procesos.

Es hora de pensar en un nuevo periodismo, que vire la tortilla de la comunicación y vuelva protagonistas a los verdaderos forjadores de la historia: los pueblos. Que amplifique lo más avanzado de sus propuestas políticas, económicas y culturales, que los muestre tal cual son: con toda su riqueza espiritual, con su creatividad y empuje.