En lugar de actuar las pruebas, examinar los móviles, en buena buena, procesar a los presos de Andahuaylas, con Antauro Humala a la cabeza y por los sucesos lamentables de tres años atrás, la ínsita cobardía de la sociedad peruana y su vector, el Poder Judicial, prolongó por ¡36 meses más! el encarcelamiento de aquellos. Cuando un sistema reacciona por el miedo, azuzado por mercenarios que ayer nomás eran ministritos y hoy venden sus servicios a los gringos, ¡se producen esperpentos monstruosos!

En el trienio que va desde el 2005, se han puesto o inventado, todas las fórmulas posibles (en Perú eso es muy sencillo y abogados hay miles), para no tocar el tema o hacerlo mal, de la prisión de Antauro y sus cófrades. Para Javier Valle Riestra, el Perú debió darse una amnistía política que consiguiera o sufragase una tregua social. Pero el miedo, la aterida consternación de políticos de juguete, juristas tan mermeleros como los malos periodistas que se compran y venden al peso y por fruslerías, la idoneidad moral de jueces cuya alma está empeñada por los próximos mil años, ha mostrado la radiografía más abyecta que sociedad alguna pueda exhibir: alargar la prisión y no enfrentar al toro por las astas.

Hay violentistas que abominan de Antauro Humala y sus seguidores. Los califican de locos, terroristas, insanos y demás boberías fáciles. Una sola pregunta: ¿y por causa de qué los partidos políticos, en realidad clubes avitualladores de mamones de la ubre del Estado, las ONGs, las diversas asociaciones o logias, no enfrentan política y militantemente lo que hace el grupo de Humala? Preguntemos a los apristas si se acuerdan que la R de sus siglas hablan de revolución, y se llegará a la asombrosa plataforma que 95% de su militancia ignora que alguna vez, la otrora esperanza movilizadora del pueblo peruano, fue ariete, oriflama, bandera con himnos y luchadores, batiéndose en las trincheras rebeldes y cuestionadoras de una realidad social injusta, reaccionaria y profundamente envilecida. Hay hasta estúpidos que hablan que ese movimiento es de derecha.

La pregunta también debe ser enderezada a la rabanería caviar que ostenta dos taras profundamente repugnantes: es chilenófila y pro-yanqui. El país del sur puede conseguir un asiento en la Comisión de DDHH de NNUU porque entregaron al delincuente Alberto Fujimori. Imposible olvidarse que los señores de la judicatura chilena ¡jamás juzgaron a Pinochet, autor de miles de asesinatos, monras, exacciones, represiones y demás crímenes a cuyo lado, el nipón es un párvulo de primera enseñanza! Y estos invertidos políticos ¡son cómplices en nombre de los derechos humanos que sirven para todo, especialmente, para llenar de odiados dólares, los bolsillos de estos traficantes de la pobreza!

Ni unos ni otros se atreven a recorrer el país o visitar talleres, minas, fábricas, a buscar el apoyo ciudadano cívico para la gran revolución social, nacionalista y constructora de la patria. Han perdido el elan, están huérfanos de savia e ingenio. Los unos son usinas de burócratas de un gobierno entreguista y sin personalidad capturado por las transnacionales, y los otros, para variar, forman parte, también, de la gran rueda internacional que fabrica sus “medicinas” y paliativos en forma de talleres, folletitos, conferencias, vigilias y montajes mediáticos, para edulcorar lo que es una desenfrenada entrega miserable al gran imperio que busca gas, petróleo, mar, biodiversidad rica. Estos bolsones son rémoras inútiles al Perú.

Tengo la impresión que el pecado de Antauro Ollanta y su gente, habida cuenta de no pocas improvisaciones, yerros reprobables y ajusticiables, frases estridentes e inexactitudes en su análisis, consiste en haber puesto el pie en las calles, desde abajo y logró interpretar, a su modo, hasta caprichoso, rutas de redención del país. Es hasta posible que estén equivocados. Pero, dijo en 1946, Rafael Belaunde, al ocupar un ministerio del gobierno de Bustamante y Rivero: ¡las masas se combaten con las masas! Si no se opone fuerza política en las calles, sindicatos, organizaciones de todo nivel y se demuestra que se es mejor que aquellos, en todo sentido, ¡no hay derecho a bramar, como respuesta, que se les aplique la represión salvaje y genocida que caracteriza a sociedades embrutecidas y dirigidas por políticos despreciables y cobardes.

Si los 36 meses se cumplían y la detención no daba para más, ¿por causa de qué se prolonga, por un período similar, ese apresamiento? ¿por lo que dicen los rábulas, hablantines a sueldo, de cualquier gobierno o régimen judicial? ¡No es así! El miedo cerval, el más profundamente y abominable miedo ha vomitado su producto pestífero. Cuando una sociedad camina al compás del terror espiritual que sus “líderes” emanan, es poco lo que puede esperarse. Así, años atrás, el violentismo terrorista, encontró caldo de cultivo y amparo inicial en poblaciones resentidas con el Estado secular, injusto, racista y colonial.

Si el Perú es incapaz de pronunciarse por una amnistía, en vez del ridículo de prolongar carcelerías, debiera juzgar y sentenciar a Antauro y a sus socios políticos. Y aplicarles la ley, sin manipulaciones aviesas o leguleyadas de que son autores sempiternos los abogángsteres. Recordemos: este país es lo que es, porque curas y abogados fueron –y son- parte fundamental de su desorganización y derrota espiritual atávica y hasta hoy invencible. Y como no quieren perder su reino de pajas, entonces, “aplican” la ley. Si para algo sirven las leyes en Perú, es para incumplirlas, así digan todo lo contrario quienes fueron entrenados en el sistema.

Caso Antauro: ¡los esperpentos que produce el miedo!

¡Atentos a la historia; las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder; el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Hay que romper el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

¡Sólo el talento salvará al Perú!

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