La disputa del registro de patentes de ese nuevo soporte caracterizó las primeras discusiones acerca del modelo que la radio asumiría como proyecto. La matriz europea, conducida por un Estado preocupado por homologar la comunicación a la salud bajo la perspectiva de servicio público, o la industria norteamericana del entretenimiento concentrada en vender clientes sonoros a nuevos mercados de anunciantes.

No es menor ese punto de partida. Porque un dispositivo tecnológico es el proyecto que transmite.

Las radios comunitarias y alternativas son, a la vez, medios de comunicación y actores sociales.

Se definen como organizaciones sin fines de lucro, que entienden que la comunicación no puede depender de las matrices del mercado, sino del derecho universal de los hombres y mujeres a darse un relato para su propia vida. Como espacios de construcción de sentido, intentan subvertir su propia condición, la de vencer la mediación. Esa configuración de dos espacios separados que se los desea juntos para el diálogo. No ya emisores y receptores sino interlocutores en condiciones de paridad.

Para La Tribu siempre fue importante, además de fundar una identidad radiofónica, constituir un territorio. Un espacio colectivo que funcione como red de prácticas, capaces de convertir a los símbolos en acciones y consecuencias. Bajo la convicción que supone que más importante que los mensajes es lo que puede hacerse con ellos.

La Tribu es un proyecto de comunicación/cultura. Como colectivo además de una radio alternativa, gestiona un conjunto de iniciativas: un bar, un espacio de capacitación en temáticas vinculadas con la comunicación, una biblioteca popular, un sitio de nuevas tecnologías y una editorial de discos y libros. Además de un conjunto de proyectos puntuales con otros espacios colectivos y organizaciones sociales.

Todas acciones sin fines de lucro que buscan interpelar las condiciones de existencia.

A medida que La Tribu cumple más años, dieciocho ya, tenemos más preguntas que certezas.

Cuando uno participa en un proyecto que se propone aportar a la transformación social, a alguna transformación social, desde el espacio de lo cultural, hay una pregunta central: ¿por qué la normalización es posible? ¿Por qué somos y vivimos la normalidad? ¿Por qué la hacemos cuerpo?

¿Cómo descaracterizar al sistema cuando convierte en relato, código y costumbre, a todo aquello que lo asegura y garantiza?

La pregunta está ahí, cada vez que un proyecto cultural se propone un hacer. Como si de encontrar la respuesta dependiera la posibilidad de llevar adelante una política transformadora eficaz.

Así construimos "hipótesis de trabajo". Y desde ellas diseñamos investigaciones periodísticas, podcast, editamos libros y discos, blogs y videos, acompañamos al movimiento Campesino de Santiago del Estero a montar sus radios, o hacemos una fiesta en la calle para 10 mil personas.