En efecto, la cibernética ha llegado para quedarse y como alguien dijo, oponerse a la existencia de los mails equivale a estar contra la lluvia.

Una pieza fundamental de la fiebre innovadora que provoca escalofríos es la red de redes, esa selva informativa en la que conviven enormes animales carnívoros, con pequeños ejemplares herbívoros de variopintas especies. Y aquí una necesaria aclaración: tanto o más arbitrario que reivindicar sin beneficio de inventario los instrumentos del pasado es devorar sin medida ni clemencia las novedades que el mercado prodiga, asegurar que estamos viviendo en el planeta de las maravillas y encomiar el vértigo informativo, ese que terminará por darnos arcadas. Las diez mil millones de páginas que nos ofertan diariamente en el ciber espacio impiden separar la paja del trigo, obligan a digerir por enésima vez el discurso hegemónico disfrazado de independencia, e incluyen toneladas de narcisísticos blogs que sólo interesan a los autores y sus más íntimos amigos.

Claro que en las fisuras de la cordillera electrónica es posible introducir un discurso alternativo capaz de instalar una nueva agenda y de interpelar a la que imponen los megagrupos multimediáticos, de ampliar el horizonte de lo posible, como pedía el viejo Sartre. Eso, a condición de que se tenga plena conciencia de que la pregonada democratización no pasa de ser un anhelo. Si 900 millones de personas en el mundo tienen acceso a Internet son muchos más los que se quedaron afuera. Con todo y este condicionamiento, es posible avanzar de inmediato sobre aquellos que sí están conectados, pero fueron seducidos por los trucos del prestidigitador y carecen de la capacidad de reflexión para buscar y seleccionar. Se trata, entonces, de ganar aliados, de combatir contra los criterios de verdad impuestos por el “sentido común” del sistema, de hacerse de las herramientas comunicacionales del enemigo para gestar medios propios eficientes y masivos que no apunten al negocio sino a los intereses de los ninguneados, de los sojuzgados, de los excluidos. No es una utopía pensar que esa otra prensa en construcción puede crecer y multiplicarse. De hecho, en circunstancias dramáticas para el país se desarrollaron agencias que son un modelo de concisión reflexiva como Argenpress, Eco Alternativo, Anred o la Walsh y en España, el sitio rebelión.org tuvo en varias ocasiones más entradas que “ El País”, nave insignia del bien denominado grupo Prisa.

Es justamente prisa lo que pide el mercado, apurarse a informar sin que importen los detalles, apurarse a editar sin verificar la calidad del texto y confeccionar noticias precariamente redactadas sobre la base de las quinientas palabras que, se supone, es capaz de digerir ese modelo de lector imbécil que han diseñado los medios gráficos. Si no hay nada nuevo, pues lo creamos. Si la gente ya se aburrió de los hombres araña que trepan por los balcones de los edificios, hay que vender peligrosos “motochorros”. Y si no alcanza con las policiales para sostener el morbo, allí, encerrados en la nada -la palabreja preferida de las modelos top que monopolizan las páginas de espectáculos- están los chicos del Gran Hermano. ¿Qué no te importan sus vidas? No hay modo de evitar introducirse en ellas salvo que se viva en una choza en plena montaña. Como sostiene Ignacio Ramonet, “una empresa de información no vende información a los ciudadanos, sino que vende ciudadanos a los anunciantes, y así nosotros mismos nos transformamos en mercancías. Somos las mercancías que la empresa le va a vender a los anunciantes de publicidad, subvirtiendo la relación entre la información y la sociedad”.

Este fast food mediático les da de comer a unos pocos y empobrece a sus propios hacedores. La proletarización del periodismo es, claro, la fatal consecuencia. Si todo da igual ¿para qué –por ejemplo- hacen falta los correctores?

Me contaron que uno de ellos salía de la oficina del gerente de Personal con su despido en la mano cuando un compañero se le acercó compungido y, como consolándolo, le dijo. -Hay que joderse, son las nuevas tecnologías.

La respuesta, contundente, no se hizo esperar: -No, hermano, es el viejo capitalismo