Un contador de historias me confesó: “Cuando me preguntan qué hago, qué soy, me quedo callado sin responder tratando de interrogármelo a mí mismo. Hasta que, después de unos minutos, dejo el poder de síntesis de lado y empiezo a explicar en qué consiste mi trabajo. No puedo responder que soy periodista; sería lo mismo que decir que soy jugador de fútbol porque todas las semanas armo un picadito con mis amigos”.

No es la primera vez que me encuentro con alguien que se pregunta si es o no es. La desregulación económica de este sistema social provocó una fuerte crisis de identidad; de pertenencia. Ya no es periodista quien cumple con ese rol, sino quien lo hace bajo una marca que esté identificado con el trabajo de la prensa.

No hay espacio para la inclusión en la era de la exclusión, se sienten afuera quienes no ejercen su profesión bajo las directivas de los medios masivos de comunicación; esas cuatro palabras que parecen no poder despegarse. Que tienen entre sí una relación obsesiva, enfermiza, que las lleva siempre a querer apoderarse de la marquesina que promociona a esta realidad.

Lo llamativo de esta situación es que casi el 90 por ciento de los trabajadores de prensa no pertenecen a esos medios; sólo el diez por ciento cumple su tarea dentro de “los grandes medios”, y muchos de ellos también sufren una crisis de identidad: No saben, o se olvidan, del significado de ser periodista y se dejan comer por un perro guardián. Unos pocos entienden que defienden ciertos intereses, que -en su naturalización promocionan y resguardan el modo injusto de vivir actual.

Pero muchos se quedan en la cucha, mordiendo el huesito de la prensa independiente; convencidos de que nadie los censura porque frente a ellos ven un gran parque, e ignoran la correa que les envuelve el cuello y los ata por la espalda.

Se convencen de esa realidad, no necesitan de un patrón interesado que los apuntale en la información, porque sus cabezas ya fueron moldeadas para decodificarla y repetirla en pos de esos intereses.

El narrador dejó de narrar y se apropió de la historia, se convirtió en protagonista. Mientras pasaba las hojas y avanzaba en el recorrido de las letras, se reconoció en el papel principal; comprendió que el objetivo de ese personaje era su objetivo, que el interés de él se había vuelto su propio interés, e inevitablemente se apropió de la historia.

Pero para recuperar la identidad más íntima del periodista, la de ser un contador de historias, hace falta superar un paso más. Ese papel sólo le corresponde en una sociedad que no excluya a ninguna otra identidad.

Ahora, en este tiempo y en este espacio, el objetivo debe ser trabajar por esa organización social. Desde su rol, enmarcado en una clara posición política, debe estar al servicio del armado de un proyecto que tenga como fin el triunfo de una sociedad para todos.

Así, y sólo así, podrá convertirse en ese simple contador de historias que quiere ser; porque en esta coyuntura es imposible la objetividad: o se defiende la muerte en eternas necrológicas que dicen describir la realidad de manera imparcial o se lucha por la vida desnaturalizando y matando a esa misma realidad.