Historia, madre y maestra

Las veleidades autocráticas de Simón Bolívar Tomo III, Descodificando la creación de Bolivia por Félix c. Calderón Lima, enero 2008

Capítulo V El infortunio de Arica

El destino adverso del puerto de Arica, entrañablemente peruano, encuentra su origen en la confabulación de 1826 tramada por el dictador y declaradamente antiperuano Simón Bolívar, quien se vale del diligente cortesano, y godo de corazón, José María de Pando y usa como instrumento a Ignacio Ortiz de Zevallos (o Zeballos, según otros escritos), nacido en Quito en 1777, pero declarado peruano de nacimiento por el Congreso peruano bolivarista el 15 de febrero de 1825, para luego ser designado Fiscal de la Corte Suprema de Justicia.

Es verdad que parte del baldón recaído sobre este personaje que integraba el coro monocorde de áulicos bolivaristas tiene que ver con el rol instrumental que jugó para proponer la cesión de Arica a Bolivia en octubre de 1826; sin embargo, sería injusto culpabilizar al simple y obsecuente cartero de la maniobra de lesa patria que cocinaron Bolívar y Pando en Lima. Ortiz de Zevallos fue un mero instrumento, obediente y servicial. Pero, instrumento al fin de cuentas, como también lo fue desde fines de 1825 y en los primeros meses de 1826, como juez supremo para interrogar encarnizadamente al pobre Juan de Berindoaga, sin llegar a tener, al parecer, remordimiento alguno luego de que éste terminara sus días injustamente ejecutado, en la plaza de armas de Lima, el 16 de abril de 1826.

Por eso, en este último capítulo nos proponemos, a través de cartas y otros documentos, desenmascarar a ese apátrida de Pando que no escatimó justificar lo injustificable con tal de seguir mereciendo el favor del sicofante que gobernaba el Perú como si fuera su chacra. Los comentarios sorprendentemente indulgentes de Raúl Porras y Jorge Basadre sobre ese personaje de opereta lejos de desconcertar, preocupan; porque nos dejan la impresión de buscar atenuar la gravísima responsabilidad que tuvo en promover las ideas delirantes del desmesurado y alucinado caudillo militar en circunstancias que, al mismo tiempo, valerosos patriotas peruanos que lideraban la resistencia contra el ocupante eran ejecutados, perseguidos o encarcelados sin conmiseración alguna. De gran utilidad en la redacción de este capítulo ha sido el libro La Misión Ortiz de Zevallos en Bolivia (1826-1827), que es una recopilación del Archivo Diplomático Peruano realizada por Carlos Ortiz de Zevallos Paz Soldán (Ministerio de Relaciones Exteriores del Perú.- Lima, 1956).

Lo primero que salta a la vista, como ha quedado ya dicho, es por qué el ambicioso caudillo tuvo que promover la secesión del Alto Perú si enseguida puso en marcha su plan para volverlo a juntar con el Bajo Perú. La única respuesta que emerge es que su megalomanía desmedida le exigió fundar un Estado que llevara su apellido y puesto que el Perú era cuna de una nación milenaria, no tuvo mejor idea que fracturarlo para debilitarlo y, de paso, salirse con la suya. Para eso estaba Sucre que sabía como lograr su objetivo sin comprometerlo y encima con dinero y tropas ajenas. Al final, como se ha visto, ni siquiera tuvo necesidad de librar combate, pues la hecatombe de Ayacucho fue tal que dejó sin base a los focos de resistencia realista en el Alto Perú, cayendo uno a uno, por implosión. En una palabra, el caraqueño logró lo que quería obsesivamente sin que le cueste nada y cómodamente disfrutando de la vida en Magdalena, rodeado de turiferarios y lacayos. A guisa de muestra de ese orgullo patológico, baste citar la última parte, solo la última parte de su discurso que preparó con esmero en Magdalena para el 25 de mayo:

“Sí: solo Dios tenía potestad para llamar esa tierra Bolivia (sic)...¿Qué quiere decir Bolivia? Un amor desenfrenado de libertad (sic) que, al recibirla vuestro arrojo, no vio nada que fuera igual a su valor. No hallando vuestra embriaguez una demostración adecuada a la vehemencia de sus sentimientos, arrancó vuestro nombre y dio el mío a todas vuestras generaciones. Esto, que es inaudito en la historia de los siglos, lo es aun más en la de los desprendimientos sublimes.” (Daniel O’Leary: Op. cit.- Tomo 28).

Sin embargo, tan pronto nació Bolivia, un nuevo proyecto se puso en marcha, el de convertirlo en un Estado tampón a la sombra de su Colombia de las tres hermanas, lo cual implicaba forzosamente plantear la federación con el Perú, en una sola e indivisible República, con el añadido que en el camino desaparecería el Perú histórico, en tanto su plan implicaba dividir otra vez el Bajo Perú, dándole vida propia al sur, cuya capital sería Arequipa. Mas, como su voluntad no era divina, no había reparado que al separar la sección peruana de las altas tierras para crear Bolivia, lo único que había hecho es dar nacimiento a una elite chauvinista, miope y majadera que apoltronada en Chuquisaca descubrió que el mejor medio para que se le escuche era vivir de la surenchère. Pues bien, con el objeto de aplacar a esta manga de inesperados pedilones, Bolívar cayó en el convencimiento que había que atender los reiterados reclamos de su lugarteniente para que Arica sea cedida a Bolivia. Entonces, el malhadado dictador que alteró radicalmente con su vesania el destino histórico del Perú, se le ocurrió que para satisfacer los reclamos chauvinistas procedentes del altiplano y poder así consumar su plan de una gran Bolivia, era menester proponer a las huestes de Chuquisaca el plan federativo acompañado del caramelo de dar el Puerto de Arica a perpetuidad a Bolivia. Es decir, lograba su cometido de satisfacer su exponencial ego, a costa de imponer otra vez al Perú una nueva penalidad, para eso contaba con ilustrados “alcahuetes” en el Consejo de Gobierno de Lima, prestos a justificar cualquier cosa con tal de no suscitar las iras del dictador caribeño. Peor traición, no conoce la historia, puesto que quien hacía eso era el jefe supremo en quien la nación peruana le había confiado su destino, pese a ser extranjero.

Ya hemos visto en el capítulo precedente cómo uno de los primeros actos de la Asamblea Deliberante del Alto Perú, el 15 de agosto de 1825, fue de solicitarle a Bolívar que le cediera Arica al nuevo Estado. No se preocuparon sus integrantes de ese órgano deliberante en agradecer al Perú por la enorme contribución que hizo para hacer viable su existencia. Recuérdese la resolución legislativa de 23 de febrero de 1825, en cuya redacción el caraqueño a no dudarlo tuvo parte activa. No, lo que se perseguía era aprovechar del libre albedrío que aparentemente gozaba el jefe supremo en el Perú para mejorar territorial y geopolíticamente a sus expensas. Claro, es bueno, también, recordar que no fue un pueblo in toto el que soberanamente proclamó su independencia, sino una camarilla de oportunistas, movidos por diversos intereses personales, que vieron en esa ocasión una forma módica y fácil de pasar a la posteridad, por lo menos en el Alto Perú.

Por eso, Sucre majaderamente y a instancias o quejidos de éstos insistió en varias oportunidades ante su master, como se ha comprobado en las cartas trascritas ut supra, para conseguir la cesión de Arica a Bolivia. A fortiori, en más de una oportunidad llegó a amenazar con represalias al puerto de Arica, mediante la eliminación de los derechos de aduana al pequeño puerto de La Mar que planeaba habilitar en el otrora sur peruano, arrebatado a la mala siguiendo instrucciones de Bolívar, por Burdett O’Connor, como ha sido acreditado en el capítulo I del presente Tomo Tercero.

No debe sorprender, pues, que en 1826 Bolívar haya vuelto a la carga, pero en esta ocasión utilizando Arica como moneda de cambio para lograr el asentimiento de los renuentes a la fusión en el Congreso boliviano. Al fin de cuentas, los dóciles y manipulables diputados peruanos, tras el auto-golpe de abril de ese año, se habían convertido paradójicamente en los promotores de ese proyecto federativo, pensando ingenuamente en el cuasi imperio de tres repúblicas, cuando subrepticiamente Bolívar hacía cantar al lacayo Heres las notas de las dos grandes repúblicas que tenía en su afiebrada mente: Colombia y Bolivia.

El 19 de junio de 1826, en plena agitación como se encontraba el Perú, un obediente Consejo de Gobierno, encabezado todavía por el cortesano Unánue, nombró a Ignacio Ortiz de Zevallos como Plenipotenciario del Perú ante el Gobierno de Bolivia. El 15 de octubre de ese año fue recibido en Chuquisaca por Sucre en su condición de jefe de gobierno. Su misión diplomática duró alrededor de seis meses, por cuanto en abril del año siguiente salió de regreso al Perú. Vista su gestión retrospectivamente, más de uno podría sentirse tentado a evaluarla positivamente, en tanto en cuanto representaba un esfuerzo para sumar espacio y fuerza mediante la unión de dos Estados con alcance trascendental en la vida de América. Pero, luego de conocer las intenciones protervas que animaban en ese momento el caraqueño, es indudable que esa misión diplomática en la medida que fue, formalmente, promovida por el fantoche Consejo de Gobierno peruano, constituyó un paso en falso imperdonable y un acto de traición al Perú por parte de quienes, totalmente domesticados, obedecían a pie juntillas las instrucciones del dictador. Volvemos a repetir, si la intención era promover la unión y favorecer la presencia geopolítica del Perú en América, ¿por qué la expedición de Sucre en vez de llevar el mandato de dividir, fracturar, separar, no propició lo que parecía más fácil y lógico, aparte de coherente con la Constitución peruana de 1823, esto es mantener la sección del Alto Perú unida a la otra sección del Bajo Perú, como había sido tradicionalmente el caso?

Jorge Basadre incurre en una simplificación poco comprensible en su Historia de la República (Tomo I), cuando hace un enjuiciamiento equivocado, ajeno al escenario geopolítico prevaleciente en esa coyuntura, viéndose refutado por los argumentos que proporcionó en junio de 1826 el mismísimo Pando. Sin excluir que haya podido emitir a la ligera ese comentario, lo cierto es que fue desafortunado para un historiador con sus calificaciones y credenciales:

“Además, como el Brasil y la Argentina estaban en vísperas de alcanzar un poderío singular (sic); como el establecimiento de la Gran Colombia era un hecho siempre posible (sic) y Chile se organizaba para luego adquirir supremacía en el Sur Pacífico de América (sic), la Confederación peruano-boliviana parecía altamente conveniente desde el punto de vista del equilibrio continental.”

Claro, para quien aceptaba sin mayor análisis la tesis sesgada de Pando, en virtud de la cual la independencia de Bolivia fue un acto soberano e inevitable del pueblo del Alto Perú, obviamente resultaba constructiva la propuesta federativa, aun a fuerza de desnaturalizar el alcance de las amenazas potenciales. Pues, al margen del imperio del Brasil, Argentina seguía en guerra con éste y tenía que aprender a vivir renunciando a la Banda Oriental y a Montevideo. Y en cuanto a Chile, éste país padecía un conflicto interno que podía llevar al poder, como director, a Blanco, de quien dijo Bolívar en una carta a Santander, de 23 de mayo de 1826: “Además Blanco es amigo nuestro y nos ha prometido hacer todo (sic).” (Vicente Lecuna: Cartas del Libertador.- Tomo V).

Entonces, ¿de dónde sacó Basadre ese escenario amenazador del “equilibrio continental” para justificar lo injustificable? ¿Qué quiso decir con la frase “como el establecimiento de la Gran Colombia era un hecho siempre posible”? La Colombia de las tres hermanas (denominada en el siglo XX la Gran Colombia para diferenciarla de la República que se estableció con base en el virreinato de Nueva Granada en 1830), se configuró en la práctica en 1822, luego de usurpar Bolívar, con ayuda de Sucre, Guayaquil y Panamá; por tanto, en 1826 no era “un hecho siempre posible”, sino una realidad aplastante frente a un Perú ocupado y descabezado. Es más, se planteaba ya un escenario inverso al comentado por Basadre. En efecto, en una carta de Bolívar a su sobrino político Briceño Méndez, de 25 de mayo de 1826, le confesó lo siguiente: “El estado de Colombia, según Uv. me lo pinta, ha fijado enteramente mi atención. Yo lo creo exacto y demasiado triste (sic); preveo también una terrible crisis para años futuros y, por lo tanto, me he resuelto a irme para allá entre los meses de setiembre y agosto (sic).” (Ibid.).

Tal como ha quedado demostrado a lo largo de este Tomo Tercero, hoy sabemos que la verdad histórica fue diferente de la que trató de vender Pando. La separación del Alto Perú fue precipitada por Bolívar, con ayuda de su lugarteniente, impulsado por el objetivo megalomaníaco de tener un Estado que llevara su apellido. Ergo, el proyecto federativo era espurio en tanto respondía a la prosecución de ese designio en el que el Perú seguiría llevando la peor parte. Por tanto, Basadre incurrió en un error diacrónico de la historia cuando creyó ver, retrospectivamente, en la misión Ortiz de Zevallos una cuestión de conveniencia “desde el punto de vista del equilibrio continental.”

Recordemos, además, que las cartas de mayo y junio escritas o dictadas por Bolívar reflejaban su preocupación por la confrontación generada por Páez en Venezuela y la amenaza de invasión que planeaban los españoles desde La Habana, siendo uno de sus objetivos el Istmo de Panamá a fin de distraer la atención, en tanto que otra expedición, la más numerosa, podía dirigirse “a la Guaira y Venezuela”, conforme lo puntualiza en su comunicación de 13 de junio de 1826. Mientras que, por su lado, Santander no se quedaba atrás, pintando a guisa de contrapunto un escenario más confuso, a estar por la carta que escribe a Bolívar el 6 de junio, en la que, al margen de volver a comentar la insurrección de Valencia el 29 de abril por la noche, se refirió al asesinato del emperador Nicolás, la muerte del rey de Portugal, la colaboración entre Inglaterra y Francia para evitar que Turquía caiga en manos de los rusos asociados con los griegos, así como sobre la inevitabilidad de la guerra civil en España (constitucionalistas contra carlistas) y la violenta conmoción en Madrid, en circunstancias que el rey permanecía en el Pardo.

Pero, sigamos con el relato. Las instrucciones de fecha 5 de Julio de 1826 que recibió Ortiz de Zevallos fueron redactadas por Pando. Porras Barrenechea llevado quizás por el prejuicio de su admiración por ese cortesano bolivarista, llega a decir que “esa nota de instrucciones a la Legación peruana encomendada a don Ignacio Ortiz de Zevallos en Bolivia” venía a ser la “mejor prueba del talento diplomático y de la visión internacional de Pando.” Sin embargo, para nosotros es una pieza testimonial de excepción de cómo el lenguaje se había convertido en el más pernicioso instrumento al servicio de la causa de la “dictadura perpetua.” Las falacias y las verdades a medias son utilizadas para justificar lo que a todas luces era una nueva conspiración en marcha contra el Perú.

Antes de citar esas instrucciones, es bueno recordar que en los días previos de junio circuló otro texto de Pando intitulado “Las causas más aparentes que provocan la idea de una Confederación de los Estados de Colombia, Perú y Bolivia”, recogido por Daniel O’Leary en su recopilación tantas veces citada (Tomo 23) que, aparte de constituir la mejor refutación a los argumentos deleznables empleados por Basadre, se refiere, nótese bien, al proyecto confederativo de tres Estados, no del Perú y Bolivia. Es decir, se cocinaban, apuradamente, al mismo tiempo los dos proyectos, y el escribidor Pando demostraba porqué había sido llamado, pues trabajando à la carte, daba argumentos para dos proyectos distintos al mismo tiempo en circunstancias que el gran titiritero se ocupaba de descabezar la valiente resistencia de peruanos honorables. O sea, el apetito de poder de Bolívar se había convertido en insaciable. Dicho texto se lee como sigue:

“1. El poder, la política, el origen y los vínculos de parentesco, sobre los cuales está fundado el imperio del Brasil; porque estando estos elementos en contacto con nosotros por casi toda la cadena de los Andes, amenazarán la existencia de cada pueblo (…).- 2. Las miras de la Santa Alianza se dirigen a obligarnos a la adopción de formas monárquicas para destruir de este modo el prestigio de las revoluciones (…) Estas miras se patentizan en el día. Primero: con la declarada protección que todos los monarcas brindan al Emperador del Brasil. Segundo.- Con los auxilios que le prestan el Austria y Portugal en la actual guerra con Buenos Aires (sic). Tercero.- por iguales medidas que l Corona de Francia usa con la España (…).- Cuarto: porque el Gobierno francés no ha pensado en declarar, que esté dispuesto a reconocer la independencia de estos países (…). 3.- Por lo que (por un cálculo moral bien acreditado) nuestro carácter y nuestras costumbres se prestan a las intenciones de los enemigos exteriores (sic), (…). 4.- Que sentado el hecho de que el sistema tiene tan irresistibles enemigos interiores y exteriores (…), el buscar en la Confederación los medios de aumentar y consolidar la fuerza moral y física de los pueblos, introduciendo las reformas legislativas que pide una unión de tal naturaleza y nuestras propias costumbres (sic) (…). 5.- Que poseyendo Colombia el hombre que reúne en sí los votos de la América Meridional, y que proporciona todas las garantías (sic) que se requieren para dar principio a una obra, que sin tener tal genio sería impracticable (sic) (…). 6.- Que la Confederación proporcionaría ampliamente los medios de la defensa sin que ninguna sección quedase grabada más que a otras por lo que a todas interesa en igual grado (sic). 7.- Que bastando los Estados de la propuesta federación para sí solos con muchos ramos de la industria popular, se restituirían a los pueblos la pérdida que en este particular han sufrido por la división del continente en tantas Naciones diferentes (sic). 8.- Que para asegurar éstas y las demás ventajas, no serían suficientes meros tratados de alianza que la experiencia ha acreditado ser ilusorios (sic) desde el momento que cesó la mutual necesidad que los dictó.- 9.- Que la política de Méjico y de Buenos Aires, en particular, da justas causas a recelar de su parte una cordial concurrencia en la Asamblea de Panamá (sic) (…).”

Que los argumentos de Pando fueron falacias y medias verdades (como el lamentarse hipócritamente de la “división del continente en tantas Naciones diferentes” o desacreditar el esfuerzo que tenía lugar en esos precisos momentos en el Istmo de Panamá) no lo juzga quien esto escribe a través del prisma de la historia contemporánea, sino citando a ese egregio diplomático peruano, Manuel Lorenzo de Vidaurre, irónicamente relegado en el olvido, en su famoso alegato que por esos mismos días (22 de junio), exponiéndose a la ira del dictador, expuso en el Istmo de Panamá. Veamos parte del mismo:

“Desde el punto en que tuvieron la primera conferencia los Excmos. Señores Ministros Plenipotenciarios de Colombia con el Excmo. Señor D. José María Pando, y con don Manuel de Vidaurre se conoció que el gran objeto de la negociación de Colombia era que se formase una escuadra confederada para obrar en el Norte. Este asunto mereció la repulsa, en los términos más prudentes y juiciosos, sin dar motivo a un extemporáneo rompimiento. Sería la cosa más extraña, que no teniendo aún el Perú una marina suficiente para asegurar la mar del Sur, tratase de hacer inmensos gastos para costearla y sostenerla en el Norte (sic). Sería muy fácil que con un navío de guerra y cuatro fragatas y cuatro buques menores nos tuviese la España bloqueados todos nuestros puertos. Tan necesario contemplamos que se aumente nuestra escuadra, sin la que nuestro comercio siempre ha de ser débil y expuesto; siempre hemos de estar recibiendo la ley que nos impongan los extranjeros con respecto a las mercancías; como poco conforme en ir a resguardar unas costas que se hallan en inmensa distancia de nuestras costas.” (Véase la Fanforranada del Congreso de Panamá, Tomo Segundo de la serie Las veleidades autocráticas de Simón Bolívar).

En sentido igualmente crítico se manifestó Santander en su carta de 6 de julio de 1826, que se convertiría en uno de los indicios de lo que al poco tiempo pasaría a ser una enemistad irreconciliable con Bolívar:

“(...). La federación entre Colombia, Perú y Bolivia me parece un poco impracticable, y si lográsemos que la antigua Venezuela permaneciese unida a Nueva Granada, se podría pretender una federación entre Colombia, Guatemala y el Perú (…). Creo que un Imperio del Potosí al Orinoco sería muy fuerte y poderoso (…). Voy a hablar a U. con mi corazón en las manos y con toda franqueza (…). ¿Quién es el emperador o rey en este nuevo imperio? (..) ¿El emperador es usted? Obedezco gustoso y jamás seré conspirador, porque U. es digno de mandarnos (…). Y después de su muerte, ¿quien es el sucesor? ¿Páez? ¿Montilla? ¿Padilla? A ninguno quiero de jefe supremo, vitalicio y coronado. No seré más colombiano (sic) y toda mi fortuna la sacrificaré antes que vivir bajo tal régimen. Para el imperio en manos de U. no daré jamás mi voto (sic), aun cuando fuera U. capaz de querer ser Emperador, porque no estoy dispuesto a sacrificar mis principios (…). Yo no imagino que U. sea capaz de entrar en un tal plan, porque sería tener muy mezquina idea de toda la grandeza e inmensidad de su gloria y reputación. (...).” (Daniel O’Leary: Op. cit.- Tomo 3).

A fortiori, algunos días antes de que Pando escribiera esa apología de la confederación de las tres repúblicas, el 26 de mayo, el mismo Bolívar se daba el lujo de preconizar prudencia al respecto, citando como lo prueba su carta a José Manuel Restrepo en que en términos sumamente cautos, circunscritos solo a Bolivia, le presentó su documento constitucional: “Ud. recibirá una constitución en proyecto, y un discurso analítico de ella para Bolivia; ruego a Ud. que la vea con ojos de benevolencia (…). En parte (sic) puede ser aplicable a Colombia en los años que están por venir (sic).” (Ibid.).

Regresando al pliego de instrucciones redactado con singular comedimiento por el escribidor Pando, éste se lee como sigue:

“Reconocida por el Perú la república boliviana como estado soberano e independiente, exigen la política, la conveniencia y el decoro (sic) que se la felicite con motivo tan plausible, por intermedio de un agente debidamente autorizado (…). V. S. ha sido elegido por el Consejo de Gobierno para desempeñar esta honrosa e importante comisión (…). Sería ocioso detenerme a indicar a V. S. que apenas llegado a Chuquisaca pase una nota (…), felicitando a Bolivia por su adopción en la gran familia Americana, y por la singular dicha de tener al Libertador por padre y legislador (sic). (…) Este mismo lenguaje deberá usar V.S. constantemente en sus conversaciones con toda clase de personas (…). El objeto de esta prevención es bien obvio (…). Ahora bien, parece que no puede haber hombre alguno imparcial y despreocupado que no conozca que el Alto y el Bajo Perú (sic), en su actual estado de separación y de aislamiento, se hallan a una inmensa distancia de la posesión de medios adecuados para figurar en el mundo civilizado como personas morales, dotadas de la tranquila razón que guían los pasos y de la fuerza saludable que los sostiene (sic). (…). En una dilatada extensión de terrenos mal cultivados e interrumpidos por desiertos, tenemos una población escasa, diseminada, indigente, sin industria ni espíritu de empresa y dividida en castas que se aborrecen recíprocamente (sic); la esclavitud corruptora (…) ha dejado hondos rastros de desmoralización (…). El único paliativo que ocurre al patriota de buena fe, desnudo de aspiraciones y superior a los intereses puramente locales, es el de la reunión de las dos secciones del Perú (sic) en república única e indivisible. La común utilidad, la homogeneidad de los habitantes, la reciprocidad de las ventajas y de las necesidades, la misma geografía del país, todo se reúne para convidar a la adopción de tan saludable medida (sic); hacia cuya consecución deben por tanto tender todos los encuentros y desvelos de V. S. Seguramente que la federación valdría mucho más que la separación actual (sic); pero este es un partido imprudente, lleno de embarazos e inconvenientes (…). El ejemplo de los Estados Unidos del Norte ha extraviado a sus irreflexivos imitadores que han introducido en las instituciones políticas de América un elemento perpetuo de debilidad y un germen funesto de discordia (sic). (…) Más útil será apuntar las varias dificultades que pueden suscitarse en la negociación preliminar de objeto de tanta trascendencia. Primera: la diversidad de las constituciones. El gobierno juzga que examinada imparcialmente la del Perú a la luz que suministran la experiencia y las teorías perfeccionadas, es forzoso confesar, aunque con dolor, que necesita ser refundida. Las circunstancias en que fue formada, no eran ciertamente favorables para su perfección. (…) Si Bolivia aceptare, como es de esperarse, el proyecto presentado por el genio del Libertador, la prudencia nos aconsejará que la adoptemos igualmente como un don de la providencia (sic), salvar las modificaciones que exigiese igualmente nuestra peculiar posición. (…). El Segundo punto que puede ofrecer embarazos es el relativo a la designación de la capital. Los bolivianos alegarán tal vez distancia que media entre Lima y sus provincias; pero entre partes influidas por intereses tan sublimes como las de la existencia, el vigor y de la prosperidad, pequeños inconvenientes no deberían entorpecer la realización de un plan tan grandioso. Nosotros creemos, posponiendo todo apego de localidades, que no hay ciudad que pueda reemplazar a Lima como capital del Perú Alto y Bajo; pero si el establecimiento de otra se exigiese como medida indispensable o conditio sine qua non (…) nos encontraríamos dispuestos a sacrificar nuestro dictamen (…). Si ellos (…) se decidiesen por la unión, nada sería tan fácil como verificarla bajo los auspicios de nuestro común padre y libertador. (…). El tercer obstáculo lo producirán los celos y las intrigas del gobierno de Buenos Aires (sic), y de los emigrados bolivianos que por mucho tiempo vivieron en aquella capital y parece se han adherido a sus intereses. (…). ¿Será posible que prevalezcan los amaños de los agentes de un estado que en tantos años no ha dado muestras sino de versatilidad, de suspicacia y de presunciones, sobre las fundadas esperanzas de ver realizada una organización social, firme y benéfica, invocada por naturaleza y por las consideraciones más sagradas (sic)? (…) Otro embarazo puede presentar la diversidad de las circunstancias en que se encuentran las dos secciones (sic) del Perú con respecto a deuda pública, pues probablemente se alegará que no era justo que Bolivia tomase sobre sí la responsabilidad de los empeños contraídos por nosotros en varias épocas. Pero si se reflexiona que Bolivia se halla obligada por rigurosa justicia a reembolsarnos una parte de los inmensos gastos erogados para proporcionarle los bienes de que al fin disfruta (sic); que nosotros pondríamos en la masa común un capital muy considerable de propiedades del estado, que bien administrados, pueden provocar ingresos cuantiosos, y que no estaríamos lejos de ceder (sic) los puertos y territorios de Arica e Iquique (sic), para que fuesen reunidos al departamento de La Paz, dando el movimiento y la vida a aquellas obstruidas provincias; deberá confesarse que ninguna lesión soportaría Bolivia (sic) del contrato que uniese sus destinos a los del Perú y que, por el contrario, encontraría en su ejecución ventajas de magnitud (sic). ¿Cuál es la suerte de Bolivia si continuase en su actual estado de separación? Segregada de comunicaciones fáciles y directas con las potencias europeas, y aun con muchas de las americanas, se vería como repudiada de la civilización, su comercio sería precario, costoso y dependiente de la voluntad de sus vecinos, pues nadie ignora que el Puerto de La Mar es una empresa quimérica (sic) que jamás proporcionará ventaja alguna; las exportaciones se harían con grandes dificultades en tiempos de paz y cesarían del todo en el de guerra; las importaciones podrían ser gravadas de un modo que las hiciese irrealizables; el país sería un teatro perpetuo de agitaciones causadas por los pueblos inquietos de la raya, y de los altercados con el gobierno del Río de la Plata (…). Estos males son demasiado reales que deben fijar la seria consideración de los bolivianos (…). Entre tanto se logran los efectos apetecidos, no podemos empero desentendernos de reclamar de Bolivia, como arriba se ha indicado, una parte de los inmensos gastos hechos por el Perú (sic) para llevar a término la gigantesca empresa de la independencia de ambas naciones. Esta justísima condición sabe V. S. que puso nuestro Congreso Constituyente en su resolución de 23 de febrero del año próximo pasado; y ha sido la obligación reconocida como sagrada en las comunicaciones oficiales del señor Mendizábal, enviado de Bolivia en esta capital. Así es que con arreglo al art. 4 del decreto de 18 de mayo ultimo, deberá V. S. proceder a tratar con aquel gobierno sobre negocio tan importante para nosotros. Es verdad que no parece posible liquidar con exactitud las cantidades expedidas directa e inmediatamente para emancipar al Alto Perú (sic), (…) esta dificultad sería semillero de altercados y evasiones diplomáticas. (…) La guerra contra los españoles ha sobre cargado al Perú con una deuda de más de veinte millones de pesos, para con europeos y americanos; prescindiendo totalmente de los daños hechos a la agricultura, a las industrias, a las poblaciones y a todos los manantiales de riqueza pública. Todos los días recibe el gobierno reclamaciones de créditos procedentes del tiempo en que el general San Martín emprendió en expedición libertadora; y todos los días ve acrecentarse la masa de sus obligaciones (sic), por mantenerse fiel a los principios rigurosos de la buena fe, recompensando a los que coadyuvaron a una empresa de cuyos retardos pero felices resultados goza ahora tranquilamente Bolivia. (…) Si por ejemplo, indicásemos la cantidad de cinco o seis millones de pesos, no creemos que debería ser reputada, sino como muy inferior a la que correspondería en rigor de liquidación. (…) Por ultimo, recomiendo a V. S. eficazmente que trate al Gran Mariscal Sucre con todas las atenciones y respeto (…) que le presente la gran probabilidad y aun la necesidad en que se hallarían las dos secciones del Perú reunidas, de ponerle al frente de la administración como al General más digno de presidir a nuestros destinos, de garantizar nuestra estabilidad y de conservar el orden público (…) . El sufragio del Libertador, que ha fundado Bolivia y le ha dado su glorioso nombre debe ser de un peso incontrastable en esta materia (…).” (Carlos Ortiz de Zevallos Paz Soldán: Op. cit.).

Fue este documento que Raúl Porras Barrenechea se arriesgó a calificarlo como “la mejor prueba del talento diplomático y la visión internacional de Pando” en el prólogo de su recopilación sobre el Congreso de Panamá (Véase La Fanfarronada del Congreso de Panamá). Suponemos que descuidó medir sus palabras, pues como documentadamente hemos demostrado en el Tomo Segundo de la serie Las veleidades autocráticas de Simón Bolívar, Porras careció en 1926 de los documentos básicos (los diferentes pliegos de instrucciones remitidos a la delegación peruana en el Istmo de Panamá) para tener una idea cierta y ajustada a los hechos respecto al accionar de Pando. Y después de 1942, cuando esos documentos fueron hechos públicos por Oscar Barrenechea y Raygada, no se dignó, al parecer, rectificar su opinión, cayendo, por tanto, en el error craso, reprochable en todo historiador, de ser negligentemente inexacto, o de no ser irrenunciable su compromiso innegociable con la verdad histórica.

Si un talento se le puede atribuir a Pando en ese pliego de instrucciones, ése es de seguir el ejemplo de su master de querer ocultar mediante el lenguaje las intenciones aviesas o de hacer travestismo con el interés del Perú. En efecto, la argumentación que utiliza Pando en la suerte de preámbulo de ese pliego de instrucciones es falaz, aparte que suscita con carácter inapelable la pregunta ¿por qué, entonces, no se propició desde febrero de 1825 la unión del Bajo y Alto Perú querida por la gente de mayores luces del altiplano, como dejó constancia Sucre en más de una carta en el verano de ese año? ¿Por qué se dividió a priori en 1825 lo que Pando denominaba “las dos secciones del Perú”, si como él mismo admitió sin pudor alguno, un añ más tarde, en 1826, “el único paliativo que ocurre al patriota de buena fe, desnudo de aspiraciones y superior a los intereses puramente locales, es el de la reunión” de ambas secciones “en una república una e indivisible”?

Por cierto, mirado desde el lado de la impostura ese pliego de instrucciones resulta magistral, porque parte del presupuesto implícito de que el Bajo Perú y el Alto Perú eran cada cual, por su lado, naciones que habían optado por su independencia. Esto es, soslaya los antecedentes históricos inmediatos. Todo lo cual, como se ha visto a lo largo de este Tomo Tercero es una forma grosera de adulterar la historia. Empero, Pando casi al final incurre en una enorme contradicción en la medida que le recuerda al plenipotenciario peruano que se debe reclamar (a guisa de mecanismo de presión para conseguir el objetivo perseguido) “una parte de los inmensos gastos hechos por el Perú para llevar a término la gigantesca empresa de la independencia de ambas secciones (sic).” Y si esto fue así, entonces ¿para qué y por qué se empujó al Alto Perú a la independencia, si además, el propio Pando se encargó de recordar la resolución del Congreso Constituyente peruano, de 23 de febrero de 1825? ¿Por qué el Perú hizo “inmensos gastos” para independizar Bolivia, cuando pudieron servir esos gastos para consolidar la unión de hecho que se daba ya en el verano de 1825 entre esas dos secciones del Perú? Y ¿por qué buscar meses más tarde la unión otra vez a expensas del Perú?

Tratando de simplificar el disparate o galimatías que quiso presentar Pando con visos de coherencia, ensayemos de leerlo de la siguiente manera: el Perú buscó la independencia de la sección del Alto Perú e incurrió en “inmensos gastos” para lograr ese objetivo altruista. Mas, enseguida se dio cuenta que no era posible que las dos secciones sigan cada cual por su lado, al presentar “un cuadro desconsolador a todo individuo que medita sobre lo futuro”; entonces, surgió la necesidad de propiciar la unión de ambas secciones, pero a condición de que se adopte el documento constitucional de la “dictadura perpetua” y, además, el Perú ceda territorio, se traslade eventualmente la capital del nuevo Estado federado a otro sitio y, ¿por qué no?, que el Perú desaparezca como Estado independiente bajo una denominación distinta. ¿Puede considerarse lógico y normal ese raciocinio? ¿Podían auténticos peruanos prestarse a tamaña claudicación?

Dicho de otra manera, las razones invocadas en el preámbulo parecían tan solo el pretexto, pues el meollo del asunto era dar un alcance más amplio al documento constitucional preparado inicialmente para el Alto Perú y, por ende, al proyecto federativo, haciendo de paso realidad la aspiración del ambicioso caudillo de convertirse en cuasi emperador mediante la figura de la presidencia vitalicia, forma institucional copiada del líder haitiano Petión, como quedó dicho en el Tomo Primero La usurpación de Guayaquil, que en la práctica se traducía en la “dictadura perpetua” y en la vicepresidencia hereditaria. Pero hay mucho más, aparte del traslado de la capital posiblemente al Cuzco, verdadero epicentro geopolítico de esa gran nación andina que floreció durante el Incario, ese mucho más no era otra cosa que las concesiones extra que el Perú debía hacer para lograr lo que pudo haber hecho sin mayor costo en el verano de 1825, pero que en 1826 resultaba indispensable si se quería, adicionalmente, poner al Perú en una situación desfavorable en términos geopolíticos. Los alcahuetes o turiferarios no tenían problema en seguir desmembrando el Perú con tal de satisfacer los caprichos del dictador y atender las exigencias desmedidas de quienes originalmente habían tenido la disposición de ser parte del Perú.

Como se ha visto, en ese pliego de instrucciones elogiado injustificadamente por Porras, Pando ofrecía nada menos que la cesión de los puertos y territorios de Arica e Iquique “para que fuesen reunidos al departamento de La Paz”, no obstante recordar algunas líneas más arriba la obligación de Bolivia “por rigurosa justicia a reembolsarnos una parte de los inmensos gastos erogados para proporcionarle los bienes de que al fin disfruta.” Hablaba de cinco o seis millones como mínimo. Es difícil encontrar en los anales de la historia diplomática mundial un pliego de instrucciones más absurdo y contradictorio. El país más fuerte o en posición ventajosa hacía al país más débil una serie de valiosas concesiones para unirse, en circunstancias que un año antes existía en éste una importante corriente para agregarse al Perú, unilateralmente, sin mayores exigencias. Por tanto, es aquí en qué se puede medir el tamaño de la felonía de Simón Bolívar contra el Perú, porque como su jefe supremo no trabajó desde 1824 para asegurar su independencia, sino para debilitarlo y hasta querer desaparecerlo bajo la denominación ampliada de Federación Boliviana, como se verá enseguida.

En una comunicación que escribió ese mismo 5 de julio de 1826 al Departamento de Estado, el Cónsul Tudor fue sumamente gráfico, como testigo de primera mano, en cuanto al papel que jugaba Pando en esa autocracia inconstitucional instaurada en Lima desde el pasado 6 de abril de ese año:

“El sábado pasado el Mariscal Santa Cruz fue instalado como Presidente del Consejo de Gobierno, habiéndose dado una comida el domingo en el Palacio para los Ministros y algunos oficiales militares, en honor de ese acontecimiento. Asistí (sic) a ambos actos por invitación (sic), estando presente en la última el General Bolívar. Después de la comida se pronunciaron algunos brindis, llenos todos, naturalmente, de las adulaciones más extravagantes para él; pero hubo dos que tuvieron mucha significación. El primero de esos fue suyo para decir que las tres repúblicas de Colombia, Perú y Bolivia, unidas bajo la sabia administración de los tres grandes hombres que las gobernaban, Santander, el Mariscal Santa Cruz y el Mariscal Sucre, serían capaces de resistir todos los esfuerzos de la anarquía y del despotismo. Que debían prepararse para cambios en sus asuntos; para congregarse alrededor de esos hombres, habiéndose hecho una alusión muy copiosa al estado de los países vecinos. Todo esto se hizo sin la más ligera alusión a él o a que tuviera alguna relación con estos asuntos. Este brindis o discurso fue contestado por el señor Pando, quien completó lo que se necesitaba, esto es, que era muy cierto que esos gobiernos estaban en manos de tres grandes hombres (Santa Cruz solo de vigilancia) ; pero que la cabeza de todo el régimen era el Libertador, pues solo él daba seguridad a esas repúblicas. Él debía permanecer por siempre a su cabeza y después de su muerte su espada, colgada en el salón, sería como la de Damocles, contra todos los anarquistas (republicanos) y los déspotas. (…) El actual modelo del General Bolívar es Napoleón, siendo su ambición igualmente ilimitada: sus miras se extienden no sólo a ser la cabeza de Colombia y de los dos Perús, sino con la inclusión a su dominio de Chile y Buenos Aires, creyendo yo que un cálculo justo de sus planes no se puede hacer, si no se supone el designio de un imperio desde Panamá hasta Magallanes con el título de Libertador.”

En una comunicación que Sucre le remitió a Bolívar desde Chuquisaca, el 12 de julio de 1826, más visionario como estratega que su propio jefe, le alertó de la desestabilización que produciría su viaje de regreso a Bogotá, en los siguientes términos:

“(...) Respondiendo a dichas cartas (de 3 y 4 de junio) digo a V. que lo malo que ellas tienen (sic) es el viaje de V. a Colombia, porque parece cierto que al ausentarse V. del Perú se hará allí un barullo, y teniendo de un lado ese mal y del otro la perfecta desorganización de la República Argentina, temo que será imposible precaver a Bolivia del contagio. En fin, si no se puede remediar de otro modo, será menester sujetarnos a lo que consigo traiga en el asunto del general Páez. (...).” (Vicente Lecuna: Documentos referentes a la creación de Bolivia.- Tomo II).

Lejos estaba de imaginar el pobre Sucre que el barullo lo iniciaría el 26 de enero de 1827, la tropa colombiana que ocupaba Lima. Por otro lado, es de interés de destacar que creado el problema con el gobierno de Buenos Aires por culpa de Bolívar al haber cedido Tarija si mayor trámite el 6 de noviembre de 1825, el celo boliviano para no perder ese territorio implicó asumir una línea de defensa que, en lo esencial, sirve para confirmar una de las tesis centrales de este Tomo Tercero en cuanto a la utilización instrumental que se hizo del Perú, a modo de escudo, a fin de forzar la separación del Alto Perú. En la comunicación del canciller boliviano Facundo Infante a su Congreso Constituyente, también de julio de 1826, se lee, entre otras cosas, lo siguiente:

“El presidente de la República ha recibido ayer del señor ministro argentino en esta capital la nota y la protesta que, originales, tengo la honra de someter a la consideración del soberano congreso (...). S.E. no tiene antecedentes sobre esta protesta (...). El presidente no ha creído, dentro de sus obligaciones, mezclarse en un asunto que decidió el Libertador como jefe del Perú (sic), cuando estas provincias dependían de aquel gobierno (sic) (...).” (Ibid.).

Para tener una idea de la forma cómo Bolívar y Sucre conspiraban contra el Perú, resulta oportuno transcribir los fragmentos relevantes de una carta de Sucre, escrita en Chuquisaca el 20 de agosto de 1826, luego de expedido desde Lima el pliego de instrucciones para Ignacio Ortiz de Zevallos y de haber asumido Santa Cruz la presidencia del fantasmal Consejo de Gobierno. Esa carta sirve, además, para confirmar que las cartas de Bolívar que han desaparecido o siguen escondidas, son irónicamente aquéllas que permitirían pintarlo de cuerpo entero, en toda su dimensión de consumado sicofante.

“Anteayer he recibido por el correo la carta de V. de 13 de julio; ella se refiere a la escrita con el señor Ortiz de Zeballos, de quien no tengo noticia alguna, ni sé si viene por Quilca o por Arica. Deseo esa carta porque creo que contenga todas las opiniones de V. (sic) respecto a la federación de Bolivia con el Perú, que parece hace la parte esencial de la misión del señor Zeballos. No solo me prometo que esa carta traiga las opiniones de V. sino que expresará el modo que V. crea más conveniente para ejecutarlo (sic), si es que V. lo ha considerado como el medio de salvación de todos estos países. Mis cartas anteriores han sido extensas respecto a ese punto esencial (sic); y aunque no han sido las más satisfactorias, habrá V. encontrado informes exactos de lo que pasa; porque he creído siempre que debo decirle el estado de todas las cosas, sin exagerar en nada a favor ni en contra. Continuando del mismo modo, le diré que estos días últimos he hablado con algunos de los opositores al proyecto de federación y los he encontrado con más inclinación. Me han dicho que ellos creen no perder (sic) si se les deja la organización interior de Bolivia, su constitución, &; y que están prontos a que haya un jefe de la federación si éste es V. y a desprenderse de la parte de la soberanía de la república que deba ser precisa para formar el cuerpo, o la masa que salve al país en los casos difíciles; mas creen esencial en ese caso que el Perú se divida en dos estados (sic), y que la capital donde resida el jefe de la federación sea un punto respectivamente central. No me pareció oportuno tocarles definitivamente que ellos deben formar una sola nación con el Perú (sic); lo primero, porque es preciso ganar poco a poco en la opinión; lo segundo, porque para hablar de esto con un poco de provecho es preciso que ellos oigan las propuestas que vienen del Perú, y que sean siempre en el concepto de una nación compuesta de tres estados federados; y lo tercero, porque yo mismo no sé si bien consultados los intereses de Bolivia en particular, y los de Colombia, convendría formar esta gran masa. Digo los intereses de Colombia porque cada vez me persuado más y más que Colombia no entra en el proyecto de federarse con estos tres estados bajo un solo gobierno. Al considerar a Venezuela, reventando por solo que la capital está en Bogotá, me parece imposible realizar el proyecto. Bien yo puedo engañarme, pero los hechos y las cosas son tan evidentes, que no quiero alucinarme con bellas ideas (sic). Por fin, de todo concluiré en este asunto que yo espero que el señor Zeballos obtenga algo bueno por resultado de su misión. Yo influiré lo que pueda por lo que sea más útil, pero no me comprometeré porque V. mismo me lo ha aconsejado. (...) Se continúa el examen o discusión en detalle de la constitución; se han sancionado muchos artículos, todos conforme están. Las atribuciones del poder electoral las han dejado para discutirlas con las atribuciones de los otros poderes. (...) Desde el correo pasado supe por el general Gamarra el asunto de los dos escuadrones en Huancayo (sic), y como se ha corrido que ellos vienen dispersos para Bolivia, he dado las órdenes para aprehenderlos en el Desaguadero (sic) (...).” (Ibid.).

En primer lugar, se constata que esa carta de 13 de julio era tan solo un anticipo de las instrucciones puntuales que remitía Bolívar a su lugarteniente y que se desarrollaban in extenso en otra carta de la que era portador cándidamente el plenipotenciario peruano. En segundo lugar, sirve para demostrar el esquema de círculos concéntricos que tenía Bolívar en cuanto al acceso de la información confidencial, de suerte tal que lo que sabía Sucre no tenía por qué saberlo en la misma extensión Santa Cruz, no obstante tener un cargo semejante en Lima. Dicho de otra manera, la información confidencial se manejaba en compartimentos estancos. Por ejemplo, Sucre subraya en la carta antes trascrita lo siguiente: “porque creo que contenga todas las opiniones de V. (sic) respecto a la federación de Bolivia con el Perú, que parece hace la parte esencial de la misión del señor Zeballos.” Sin embargo, en una carta que Sucre remite a Santa Cruz ese mismo día es menos enfático, dejando la impresión de estar desinformado: “En mi carta de hoy le hablo al Libertador sobre los negocios de la federación (...). No sé por donde viene el señor Ortiz de Zeballos, ni cuando estará aquí; y por consiguiente, menos sé las proposiciones que trae (sic).”

En tercer lugar, Sucre no deja duda en cuanto a que debía actuar (ejecutar “los negocios”) ciñéndose a lo prescrito por su master, al amparo del gaseoso argumento de que era “el medio de salvación” de “todos estos países”, aunque sin indicar de qué países se trataba. Más adelante, al hacer referencia a la “gran masa”, involucró en la federación a Colombia, por lo que se colige que se refería a tres países. En cuarto lugar, mientras que en el Perú la resistencia al proyecto delirante de Bolívar fue debelada a sangre y fuego, Sucre demuestra en esa carta la forma persuasiva con que se esmeraba en convencer a “algunos de los opositores al proyecto de federación”, sin escatimar para ello disponer a su antojo de la organización territorial del Perú, e inclusive especulando en la posibilidad de que el Perú se divida en dos Estados, coincidiendo en esto con lo que Bolívar había adelantado a Gutiérrez de la Fuente, a la sazón prefecto de Arequipa.

En quinto lugar, amparado en hechos y cosas evidentes, Sucre manifestó su reticencia a involucrar a Colombia en ese proyecto federativo, agregando que no quería alucinarse “con bellas ideas.” Comentario de gran valor, porque da una idea de cómo por esos días Bolívar marchaba encandilado, u obnubilado como para no advertir el despeñadero al que se acercaba. En sexto lugar, mientras que en la carta antes trascrita Sucre le hizo un recuento a su jefe de la forma como se avanzaba en el “examen o discusión” del documento constitucional, en Lima ya se ha visto este documento espurio fue aprobado a la mala, para lo cual no se dudó en mentir, arguyendo que hacía tres meses Bolivia había dado el ejemplo con su aprobación. Es decir, el grado de sometimiento en que se encontraba el Perú, por obra de Bolívar, era tal que resulta chocante si se le compara con la condescendencia y respeto como Sucre trataba a los constituyentes bolivianos. En fin, en esa carta Sucre revela su intención de capturar a los patriotas que se habían sublevado en el Perú semanas antes, aparte de puntualizar que fue el prefecto del Cuzco, Agustín Gamarra quien demostró ser un fiel servidor del déspota que mandaba en Lima.

No es de extrañar que la aparentemente minuciosa recopilación de Vicente Lecuna en dos tomos relativos a la creación de Bolivia, no haya recogido una sola comunicación entre Sucre y Bolívar durante esas cruciales semanas en que se produjo la llegada del enviado peruano Ignacio Ortiz de Zevallos a Chuquisaca o en las dos en que se negociaron y firmaron los tratados de federación y límites. A fortiori, no se conoce tampoco el contenido de la carta que Bolívar le hizo llegar a Sucre por intermedio de Ortiz de Zevallos. Puede afirmarse que no fue la inopia ni el desinterés lo que prevaleció entre Lima y Chuquisaca, sino todo lo contrario. Por eso, sin omitir algunos pincelazos sobre el contexto político prevaleciente, en los siguientes párrafos se va a procurar reconstruir la negociación que, en realidad, se concentró más en lo anecdótico, pues era total el control que ejerció el caraqueño sobre los negociadores por intermedio de su lugarteniente. Por cierto, esta reconstrucción ha sido posible gracias a la recopilación que por su lado hizo en 1956 el descendiente del plenipotenciario peruano, Carlos Ortiz de Zevallos.

El plenipotenciario peruano Ignacio Ortiz de Zevallos llegó a Chuquisaca el 8 de octubre de 1826. Su comisión, según el proveído del propio Pando, debía “durar por lo menos seis meses.” (Carlos Ortiz de Zevallos: Op. cit.). Al dar cuenta de la ceremonia en que presentó sus credenciales a Sucre (15 de octubre), el enviado peruano sacó la siguiente conclusión: “casi la totalidad de bolivianos ansía de veras por unirse al Perú (…) habiendo sido el Exmo. Gran Mariscal (Sucre) el primero que abiertamente se pronunció adicto a la unión.” (Comunicación de 20 de octubre de 1826). Es del caso subrayar que Ortiz de Zevallos comenzó su discurso ése 15 de octubre, de la siguiente manera: “Después de los extraordinarios esfuerzos que el Gobierno del Perú ha hecho por la libertad de Bolivia y de haber reconocido solemnemente su independencia (sic).” (Ibid.).

Mediante la comunicación dirigida al canciller boliviano, de fecha 17 de octubre, Ortiz de Zevallos dio inicio a su comisión, planteando formalmente en dicha comunicación “la íntima Unión de las dos Repúblicas, bajo bases sólidas de justicia y de buena fe, que les dé el debido grado de respetabilidad ante las demás Naciones, y las ponga a cubierto de toda agresión y desorden (…).” Asimismo, combinó esa propuesta con el reclamo “de una parte de los inmensos gastos hechos por el Perú (sic) para llevar a término la gigantesca (sic) empresa de la independencia de ambas Secciones (sic); cuya obligación ha sido reconocida como sagrada en las comunicaciones del Señor Ministro enviado de Bolivia Doctor José María Mendizábal cerca de mi Gobierno. (…).” (Ibid.). Se hace una referencia expresa al planteamiento formal, por cuanto el 16 de octubre en la audiencia que le concedió Sucre le adelantó reservadamente el objeto de su misión.

Conocedores ahora como somos de la fluida comunicación entre Bolívar y Sucre, es de imaginar la compasión con que Sucre trató a su interlocutor quien, a estar por su comunicación de 20 de octubre a la Cancillería peruana, no escatimó en multiplicar ante Sucre los argumentos que hacían indispensable la unión de la dos Repúblicas, al punto de afirmar sin falsa modestia: “Como mis reflexiones han sido fundadas en datos de evidencia, y razones que se palpan a primera vista, S. E. se ha manifestado en extremo obsecuente (sic), y hasta ahora sus procedimientos son en todo conformes a estos principios.”

Sin embargo, en esa comunicación de 20 de octubre remitida a Lima, al margen de jactarse prematuramente de haber desinflado una tentativa para reducir la propuesta a una alianza ofensiva y defensiva entre los dos Estados, Ortiz de Zevallos informó al final de su oficio sobre lo siguiente: “Al tratar con S. E. sobre los caudales suplidos a Bolivia con cargo de reintegro, me ha anunciado, que el Supremo Gobierno está conforme en que esas sumas queden aquí, para el pago de los alcances de los cuerpos Colombianos (sic) existentes en esta República. Vs. se servirá instruirme lo que debo practicar sobre este particular (…).” (Ibid.).

Lo cierto es que la Cancillería boliviana respondió formalmente a su nota de 17 de octubre, el 25 de ese mes, dando una pauta en esa respuesta de cuan dependiente era Bolivia de los designios del gran titiritero a través de Sucre. Estos habían aprendido a jugar en tándem y descubrieron que podían seguir manipulando al Perú y Bolivia a su antojo, siempre en beneficio de sus miras protervas:

“Al Ministro de Relaciones Exteriores de Bolivia, le es agradable manifestar al Señor Ministro Plenipotenciario del Perú, que su apreciable nota de diez y siete del corriente fue sometida al Soberano Congreso; y que en consecuencia ha obtenido el Gobierno una autorización para celebrar el tratado de federación con los Estados del Perú y Colombia (sic).- El Señor Ministro Plenipotenciario juzgará el inmenso placer que ha sentido S. E. el Presidente de Bolivia pudiendo ligarse la amistad de esos tres Estados del modo más sólido y permanente (…). Deseoso pues S. E. de concurrir brevemente a la celebración de esos tratados, ha nombrado por parte del Gobierno de Bolivia, como Ministros Plenipotenciarios, al Señor Ministro de la Corte Suprema de Justicia Doctor Manuel María Urcullu; y al Ministro de Relaciones Exteriores que suscribe (Facundo Infante); los cuales están suficientemente autorizados para entablar aquella negociación, y también para estipular un tratado de límites entre el Perú y Bolivia. (…). Respecto al penúltimo párrafo de la citada nota de diez y siete de octubre, el infraescrito, tiene orden de su Gobierno de incluir al Señor Plenipotenciario una liquidación original de las cuentas entre el Perú y Bolivia (…) de que resultó alcanzada esta República en doscientos, siete mil, seiscientos, sesenta y siete ps. dos y tres cuartillos reales. (…) De antemano y en contestación a una nota de S. E. el Gran Mariscal de Ayacucho, dispuso el Supremo Gobierno del Perú en quince de julio ultimo (sic) que la suma en que Bolivia fuese alcanzada, quedase en favor de los cuerpos de Colombia que están en esta República (sic) para satisfacer sus alcances contra el Perú en los años de veinte y tres, y veinte cuatro. (…) S. E. el Presidente de Bolivia, cree que aun el Perú tiene otros alcances contra esta República (sic) (…) las gratificaciones de la tropa. Esto no consta de manera oficial; pero acaso fue un olvido del Libertador (sic) y puede remediarse (…).”

De la comunicación antes trascrita se desprende sin mayor dificultad que la misión de Ortiz de Zevallos fue, en realidad, una trampa concebida por Bolívar y Sucre en serio perjuicio del Perú, valiéndose para ello de los “alcahuetes” que conformaban el Consejo de Gobierno peruano. Por un lado, no era como Pando le había instruido, procurar la unión entre el Perú y Bolivia, sino poner en marcha la federación de Bolivia con el Perú y Colombia, donde con toda probabilidad solo quedarían dos Estados, como ya lo había adelantado el inconsciente del déspota venezolano: Bolivia y Colombia. Además, era menester celebrar un tratado de límites entre el Perú y Bolivia, lo que implicaba que la unión era una cosa y los límites otra muy distinta. En fin, la supuesta reclamación en la que Pando se había explayado detalladamente en su pliego de instrucciones de 5 de Julio, resultaba aparentemente inexistente, pues el 15 de Julio, según el canciller boliviano, el Gobierno en Lima había resuelto que esa suma quedase en Bolivia a favor “de los cuerpos de Colombia que están en esta república, para satisfacerles sus alcances contra el Perú en los años de veinte tres y veinte y cuatro.” Sin embargo, en este último punto parece ser que el taimado de Sucre buscaba sorprender a un inexperto Ortiz de Zevallos; por cuanto en una comunicación que le remitió Pando el 12 de octubre, luego de referirse al pedido de auxilio solicitado por Colombia a través de dos notas, señala lo siguiente: “Con este motivo se me hace forzoso recomendar a V. S. que procure activar la ejecución del encargo que se le hace en las instrucciones referente a la amigable y pronta transacción que debe entablar para que se liquiden las cantidades que hemos expendido (sic) directa e indirectamente para la emancipación del Alto Perú.” Veremos a continuación que el Gobierno boliviano en ningún momento cedió en esos tres puntos centrales.

El 4 de noviembre, el plenipotenciario peruano informó a Lima que el 30 de octubre y los días 1 y 3 de noviembre, había “ajustado” con los ministros plenipotenciarios bolivianos los artículos relativos al tratado de federación entre las Repúblicas del Perú y Bolivia, agregando que ese 4 de noviembre empezaba a tratar “sobre límites de los dos Estados, y créditos del Perú sobre Bolivia; y aunque esto es bien grande por su entidad, no presenta las dificultades que ha sido preciso superar (sic), para el ajuste de la federación.” Sin embargo, aparte de solicitar instrucciones y comprobantes para responder a la liquidación presentada por Infante el 17 de octubre, el 22 de noviembre Ortiz de Zevallos remitió a Lima otra comunicación reservada por intermedio del edecán fidelísimo de Sucre y Bolívar, Pedro Alarcón, en la que hizo una larga exposición de los contratiempos que había encontrado en Chuquisaca, especialmente en el canciller boliviano, en el cumplimiento de su misión, adjuntando el “tratado de federación” y el “tratado de límites” acordados; así como copias de las minutas de las diferentes reuniones realizadas con tal fin. En la nota reservada se observa un genuino fastidio de quien desconocía la dimensión de la confabulación tejida por Bolívar y Sucre, en la cual él era un modesto y desinformado peón:

“(…) Desde Arequipa empecé a tener motivos de sospecha del Ministro de Relaciones Exteriores de esta República, y si bien ellos no eran bastantes para prevenir absolutamente mi opinión, habiendo tenido por otras partes los mejores informes de este sujeto por S. E. el Libertador y otras personas respetables; a lo menos llamaron mi atención, y me decidieron a observar su conducta con el mayor cuidado: A este propósito, luego que llegué a esta capital (…) empecé a descubrir que el ministro maquinaba en secreto contra el principal objeto de mi comisión y no perdí un momento para tomar las medidas necesarias para frustrar sus maniobras (…). Recibida por el Gobierno la resolución del Congreso, me pasó el Ministro la nota de veinte y cinco de Octubre en contestación a la mía de diecisiete; y como su tenor manifiesta que el Ministro estaba anuente con la adición del Diputado Aguirre desechada por el Congreso (la participación de Colombia en la federación), y que además omitió contestarme sobre la liquidación amigable de la parte con que debía ser gravada Bolivia en los gastos generales que ha hecho el Perú por la independencia común; me resolví pedir una explicación en orden al primer punto y contestación directa del segundo, pero antes de verificarlo consideré muy importante tener una conferencia particular con S. E. el Gran Mariscal, que desde luego la obtuve desde las seis hasta las diez de la noche del citado día veinte y cinco. (…). Bajo este concepto le indiqué que yo no podía dar un paso sin que se me diga abiertamente, si estaba, o no el Estado boliviano en disposición de tratar de federación con el Perú, sin consideración alguna a Colombia, cuyo concurso se debería solicitar después y guardándole el decoro y consideraciones que se merece. La sorpresa que advertí en S. E. y sus contestaciones me manifestaron, que estaba bien prevenido por su Ministro (sic); y antes de terminar este punto me dirigí a tratarle el segundo.- Le recomendé no era conforme a la franqueza con que debíamos proceder y de que yo hacía alarde, la omisión de contestarme a la amistosa liquidación que se había solicitado; principalmente siendo éste uno de los objetos de mi comisión y la materia de sumo interés para que pudiese verla con indiferencia. S. E. me respondió que en este punto los Bolivianos no se creían con la menor obligación; y al propósito me produjo unas cuantas razones como en cabeza de ellos. Mi fundada contestación a todas ellas (…), hicieron variar la escena; lo que me dio lugar para indicar a S. E. que un enemigo diestro le estaba sorprendiendo, para impedir los progresos de nuestro sistema y evitar su consolidación. Pidióme explicación de este particular; y habiendo obtenido su palabra de honor de mantener la debida reserva (sic), le descubrí todos los fundamentos que asistían para asegurar, que su Ministro (Infante) obraba en el asunto como el mayor de nuestros enemigos (…). Como yo me expliqué con datos innegables, y con idioma de la razón, se mostró S. E. francamente convencido (sic), y trató de disculparse, haciéndome entender que no había sido él, quien había colocado a Infante, sino S. E. el Libertador. (…) Produjo tan buen efecto lo referido, que me pidió el Gran Mariscal, que no pasase nota alguna para el allanamiento de las dificultades, que le había indicado; porque todo sería compuesto mediante las instrucciones que daría a sus plenipotenciarios. Afianzado a esta seguridad me presté a las conferencias que empezaron el 30 del pasado y han durado hasta el 15 del que rige, con que se han concluido los tratados que acompaño con nota separada. (…) No es posible explicar bastantemente cuanto he tenido que sufrir en tantos debates. Por una parte tenía que chocar con la capciosidad del señor Infante, que nunca se manifestó en una conferencia consecuente con las bases que establecemos en la anterior; y por otra tenía el desconsuelo de ver, que este aun lograba la privanza del Gran Mariscal (sic). El Señor Urcullu (…) apoyaba mis conceptos en todo. (…) y en el acto que el Ministro dio principio a una de las conferencias, por querer destruir lo que se acordó en la Sección anterior, le dije resueltamente que ya no me era posible en el estado de perplejidad e incertidumbre a que se reducía todo lo que se trataba, y acordaba que se habían agotado todas las materias en todos sus respectos y nada quedaba que hacer (…). En fin le exigí la conclusión definitiva de las negociaciones, bajo las bases que tenía indicadas; añadiendo, que me era absolutamente indiferente, que Bolivia entre o no en el pacto de federación, (…). No pudo disimular el Ministro la terrible impresión, que le hicieron mis expresiones, y no habiéndome podido reducir a entrar en discusión sobre los artículos, me indicó que a lo menos lo tratase directamente al Gran Mariscal sobre los puntos de referencia; a lo que repuse que no era posible incomodar mas a S. E. (…). Terminada así la controversia; tuve que ver al día siguiente a S. E. para manifestarle la nota, que V. S. se sirvió dirigirme en orden a los caudales que se debían aprontar para Marzo, con el objeto de auxiliar a Colombia para el pago de sus obligaciones en Londres; y con este motivo me habló del modo más sagaz, y bondadoso acerca de las negociaciones, asegurándome que serían terminadas satisfactoriamente (sic). Desde entonces los asuntos empezaron a tomar un aspecto decisivo (…). En el tratado de límites he tenido también prolijos debates por sacar el mejor partido a favor del Perú, y precaver, que tomando posesión Bolivia de la parte de la costa, tratase de eludir o dilatar la federación (…). La cesión de Apolobamba, Copacabana e Islas de la laguna de Chucuyto, que Bolivia hace al Perú, es en compensación de los gastos de la guerra de la independencia (sic) siendo esto lo único que se ha podido adelantar (…). No ha sido conveniente expresar en el tratado de límites que los expresados territorios son cedidos al Perú por la indicada indemnización, tanto por decoro de la negociación (sic), como para que no funden en este pacto los Porteños algún derecho para hacer reclamaciones por su parte. (…). Mientras que recibo nuevas órdenes, y contestación a las comunicaciones que dirijo con esta fecha, quedo trabajando en que en el Congreso se aprueben los tratados (…).” (Ibid.).

En abono de lo anterior, podemos citar la comunicación dirigida al vicepresidente colombiano, por el Consejo de Gobierno peruano, de 15 de octubre de 1825, que da una idea de la magnitud del gasto en que venía incurriendo el Perú:

“El Gobierno del Perú no ha perdido nunca de vista los grandes comprometimientos que tiene con su aliada la República de Colombia, ni menos ha dejado de promover los medios de satisfacer los créditos que le ha ocasionado la guerra. (...) Empeñado en conseguir su libertad, al paso que carecía de los medios pecuniarios para los gastos de la guerra hizo levantar en Londres un empréstito de seis millones de pesos, los mismos que fueron consumidos (sic) en las desgraciadas expediciones que se dirigieron al sur. Enseguida se ha realizado otro de dos millones, cuya suma ha aplicado exclusivamente S. E. el Libertador (sic) para pagar al ejército, y con especialidad los ajustes de la división de Colombia (sic) que regresa a ella, adelantando a los inválidos doce años de paga (sic). Por consiguiente, ni en el primer empréstito ni en éste tiene el Gobierno del Perú cantidad disponible. Hace dos meses que salieron para Londres los Ministros Plenipotenciarios Olmedo y Paredes, con el objeto de levantar un tercer empréstito, con el cual cuenta esta República para saldar sus deudas con aquellas. (...).” (Daniel O’Leary: Op. cit.- Tomo 23).

Para tener una idea de la magnitud del gasto que representaba al Perú mantener a la tropa de ocupación colombiana, de conformidad con lo consignado en un proveído de Pando por esos días, la suma de 2000 pesos era la remuneración anual que el Estado peruano otorgaba a un Secretario de Legación, “sin otra asignación de ninguna clase.” (Carlos Ortiz de Zevallos: Op. cit.).

Nótese, asimismo, la forma como jugaba Sucre atribuyendo a Bolívar la designación de Infante, cuando éste en puridad servía a ambos con la misma lealtad, por deberles en demasía el sitial en que lo habían puesto. Por otro lado, es bueno retener los comentarios reservados del plenipotenciario peruano; por cuanto, en menos de dos meses cayó en la cuenta que Sucre había abusado de su buena fe y así lo puso por escrito.

Y ¿cuáles fueron los instrumentos bilaterales que llevó a Lima el teniente coronel Alarcón? Según lo anunciado por el mismo Ortiz de Zevallos, fueron dos: el Tratado de Federación y el Tratado de Límites, ambos instrumentos firmados el 15 de abril de 1826, tanto por el plenipotenciario peruano como por los plenipotenciarios bolivianos Infante y Urcullu. Veamos, en primer lugar, el tratado de federación.

“TRATADO DE FEDERACION Deseando los Gobiernos de las Repúblicas Peruana y Boliviana asegurar de un modo firme su Independencia y libertad. Y queriendo además estrechar las relaciones que las unen, han acordado un pacto de federación. Con este fin han nombrado sus respectivos Plenipotenciarios, a saber: El Consejo de Gobierno de la República del Perú al Sr. Dr. D. Ignacio Ortiz de Zevallos, Ministro de la Corte Suprema de Justicia de aquel Estado; y el Presidente de la República Boliviana a su Ministro en el Departamento de Relaciones Exteriores, Coronel Facundo Infante y al Sr. Dr. D. Manuel Urcullu, Diputado en el Congreso Constituyente y Ministro de la Corte Suprema de Justicia. Quienes habiendo canjeado sus respetivos Plenos Poderes y hallándose éstos extendidos en debida forma, han concluido y convenido en los artículos siguientes: Artículo I Las repúblicas del Perú y Bolivia se reúnen para formar una liga, que se denominará Federación Boliviana (sic). Artículo II Esta Federación tendrá un Jefe Supremo Vitalicio, que lo será el Libertador Simón Bolívar (sic). Artículo III Habrá un Congreso general de la Federación, compuesto de nueve Diputados por cada uno de los Estados Federados. Artículo IV Luego que se hayan ratificado esos pactos se procederá al nombramiento de los Diputados para el Congreso general, por los Cuerpos Legislativos de los Estados federados, si se hallaren reunidos; en este caso el nombramiento deberá recaer en individuos del seno de los mismos Cuerpos Legislativos. Artículo V A falta de Cuerpos Legislativos, en su receso, se hará el nombramiento de Diputados para el Congreso general por los pueblos, en la forma y términos que lo determine el reglamento que ha de dar cada uno de los Gobiernos de los Estados. Artículo VI En todo evento los Diputados para el Congreso general deberán reunir además de las calidades comunes, las de probidad y patriotismo notorio y conocida ilustración en las materias que han de ser de la atribución de este Congreso. Artículo VII El Libertador queda autorizado para designar el lugar donde se ha de reunir el primer Congreso, procurando sea un punto el más proporcionado por su centralidad, comodidades y salubridad. Artículo VIII La reunión del Congreso durará, para sus sesiones ordinarias, a lo más el tiempo de dos meses en cada año, los que empezarán a correr desde el primer día de la instalación. Artículo IX Son atribuciones del Congreso federal: 1. Elegir el lugar en que deba residir el Congreso y Jefe Supremo de la Federación y decretar su traslación a otra parte cuando lo exijan graves circunstancias y lo decidan a lo menos las dos terceras partes de los Diputados presentes. 2. Designar la parte del ejército y marina militar que, proporcionalmente cada uno de los Estados deba poner a las inmediatas órdenes del Jefe Supremo de la Federación. 3. Señalar la parte proporcional de las cantidades con que los Estados deben concurrir todos los años para los gastos de la Federación. 4. Investir al Jefe de la Federación de la autoridad Suprema, recibiéndole el correspondiente juramento. 5. Autorizar al Jefe Supremo para negociar los empréstitos que sean necesarios para sostener los intereses de la Federación, en cuyo caso deberá proceder a la aprobación de los Cuerpos Legislativos de los Estados, previa la manifestación de la parte que a cada uno toque amortizar y los intereses que le corresponden. 6. Decretar la guerra a propuesta del Jefe Supremo, e invitarlo a hacer la paz. 7. Aprobar o rechazar los Tratados que hiciere el Supremo Jefe de la Federación. 8. Arreglar y componer pacíficamente las diferencias que puedan ocurrir entre los Estados federados; y cuando esto no baste indicar al Supremo Jefe los medios que debe adoptar para restablecer su paz y Buena armonía. 9. Conocer de las diferencias que se susciten entre los Estados federados y cualquiera otra Nación, para componerlos pacíficamente y siendo ineficaces estos medios, declarar el negocio común, y propio de la Federación. 10. Examinar la inversión de las rentas que se pongan a disposición del Jefe Supremo para los gastos de la Federación. 11. Investir en tiempo de guerra o de peligro, al Supremo Jefe con las facultades que se juzgue indispensables para la salvación de los Estados federados. 12. Aprobar el movimiento que haga el Jefe Supremo de la persona que deba sucederle. 13. Aprobar el señalamiento de sueldos, que haga el Jefe Supremo a todos los empleados y funcionarios de la Federación. 14. Establecer las reglas y dictar las providencias consiguientes y la observancia y cumplimiento de estos tratados; y al mejor régimen de los negocios de la Federación, sin poder alterar ni variar en lo sustancial ninguno de sus artículos. 15. Ordenar un régimen interior por reglamentos, y corregir a sus miembros por su infracción. 16. Prevenir el modo y casos en que han de ser juzgados los individuos de su seno y los Ministros del Despacho del Jefe Supremo. Artículo X Las atribuciones del Jefe Supremo de la Federación son: 1. El mando supremo militar de los ejércitos de mar y tierra de los estados, que el Congreso Federal haya decretado y puesto a sus inmediatas órdenes. 2. Pedir a los Cuerpos Legislativos de los Estados y en su receso a los Gobiernos respectivos, el aumento de las fuerzas que crea necesarias para objetos del bien común. 3. Dirigir y mantener relaciones con las potencies y Estados que convenga; y nombrar los Ministros públicos, Agentes, Cónsules y demás subalternos de la lista diplomática, y removerlos según lo estime conveniente. 4. Recibir Ministros extranjeros y hacer Tratados de paz, alianzas, treguas, neutralidad, armada, comercio y demás que interesen al bien general; debiendo preceder a su ratificación la aprobación del Congreso. 5. Conceder patentes de corso en los casos de conocida utilidad. 6. Declarar la guerra, previo el decreto del federal y en su receso, poder hacerlo por sí en casos urgentes, con el cargo de dar cuenta al Congreso luego que se reúna. 7. Dirigir todas las operaciones de la guerra y mandar los ejércitos por sí o por los generales que nombre. 8. Mantener y velar por la seguridad exterior e interior de los Estados y para estos objetos disponer de la fuerza armada de su mando. 9. Convocar al Congreso federal para sesiones extraordinarias, cuando haya urgencia, y pedir la prorrogación de las ordinarias. 10. Nombrar la persona que le deba suceder en la Presidencia de la Federación, y pasar el nombramiento al Congreso. 11. Nombrar los Ministros del despacho y sus oficiales subalternos y removerlos discrecionalmente . 12. Señalar los sueldos que deben gozar los empleados y funcionarios de la Federación y dar cuenta al Congreso para su aprobación. 13. Mandar, ejecutar y publicar las resoluciones del Congreso Federal en las materias de su atribución. Artículo XI Ni el Congreso Federal, ni el Jefe Supremo de la Federación, pueden intervenir en la Constitución y leyes particulares de cada Estado, ni en ninguno de los actos de su organización, economía y administración interior. Artículo XII Ninguno de los Estados federados podrá dictar ley, reglamento u ordenanza, ni conceder excepción o privilegios, que directa o indirectamente perjudique al otro. En caso que esto ocurra, la materia será decidida según lo establecido en el párrafo 8 del artículo IX. Artículo XIII Los naturales y vecinos de los Estados federados gozarán de los mismos derechos civiles y políticos, excepciones y privilegios y no podrán sufrir otros gravámenes y cargas que los naturales y vecinos de los países respectivos. Artículo XIV La deuda interior y exterior contraída por los Estados hasta el día de la instalación del Congreso Federal, será pagada por los mismos, sin que grave su responsabilidad por la federación. Artículo XV Ratificados que sean estos Tratados por el Gobierno del Perú y Bolivia, nombrarán éstos Ministros Plenipotenciarios cerca del Gobierno de Colombia, para negociar la accesión de aquella República al presente pacto de Federación y en caso que por parte de dicha República se propongan algunas alteraciones o modificaciones que no varíen la esencia de este Tratado, se procederá sin embargo a la instalación del Congreso federal, cuya atribución será arreglar definitivamente estas bases con tal que el número de Diputados sea numéricamente igual; y que el Libertador sea el Primer Jefe Supremo de la Federación, y desempeñe así las atribuciones que le son concedidas. Artículo XVI Se inviste al Libertador con las facultades necesarias para que señale el tiempo en que se debe instalar el primer Congreso federal, y para que remueva todos los obstáculos que puedan oponerse a su reunión. El presente Tratado será ratificado y las ratificaciones canjeadas dentro de noventa días. Mas quedará en suspenso por ahora, é ínterin se verifica lo dispuesto en el artículo XV del mismo Tratado. Fecho en la Capital de Chuquisaca el día quince del mes de Noviembre año mil ochocientos veintiséis. Ignacio Ortiz de Zevallos, Facundo Infante, Manuel María Urcullu.”

De una simple lectura de ese texto ominoso para los peruanos, se desprende, en primer lugar, la desaparición del Perú como República, por cuanto quedaba subsumido bajo la denominación espuria de “Federación Boliviana.” Y aquí no hay cabida para el argumento rastrero de que ésa era la corriente en boga por esos años en América del Sur. Primus, porque Chile y Argentina, además del imperio del Brasil, y muy pronto Paraguay y Uruguay, representaban justamente la voluntad prevaleciente de los pueblos sudamericanos de salvaguardar su independencia. Secondo, porque el ejemplo dado por los Estados Unidos de América resultaba inaplicable en la medida que las trece colonias adquirieron su independencia de manera concomitante, no habiendo tenido ninguna de ellas, por tanto, existencia como estado independiente. Además, la visión geopolítica de los founding fathers proyectó bioceánicamente a la nueva federación, ocupando o usurpando territorios casi deshabitados. Y tertio, porque la revuelta del general Necochea y el martirologio de Pedro José Rivas, entre otros, es la mejor prueba de la voluntad soberana de los peruanos de querer existir como Estado independiente, y no como furgón de cola de una federación enteca liderada por un sicofante.

En segundo lugar, a despecho de lo que Pando, en febrero de 1827, quiso cobardemente negar, el artículo II no dejó la más mínima duda: el dictador vitalicio debía ser Bolívar. Sus reiteradas declaraciones de que detestaba el poder y que su deseo más ferviente era de retirarse a vivir en el anonimato, no venían a ser más que cantos de sirena. Entre los artículos III y IX se establecían las normas relacionadas con el Congreso Federal en el que cada Estado federado debía acreditar solo 9 representantes. Además, se dejaba a criterio del dictador Bolívar fijar el lugar donde debía establecerse su sede, solo indicándose en el artículo VII que se procure que “sea un punto el más proporcionado por su centralidad, comodidades y salubridad.” En cuanto a las atribuciones del dictador perpetuo, aparte de ser el jefe de gobierno, se reservaba los asuntos de política exterior y de la defensa, siendo el jefe supremo militar de las fuerzas de mar y tierra. Además, se reservaba el derecho de designar a su sucesor, declarar la guerra, dirigir las operaciones militares, etc. En una palabra, se trataba de conferir legitimidad y legalidad a futuro a la modalidad de gobierno ejercida por Bolívar como dictador de facto, con el añadido que convertía en constitucional su derecho a designar su sucesor, ante la frustración que suponemos vivió recurrentemente al no poder tener hijos. Por último, es de destacar que en el artículo XV se establecía el compromiso del Perú y Bolivia de negociar la incorporación de Colombia a la federación, aun cuando esto implique algunas “alteraciones o modificaciones” a condición de “que no varíen la esencia de este Tratado.” Sin embargo, en el artículo siguiente, in fine, se introdujo una frase que traducía la impostura de Sucre y que el plenipotenciario peruano aceptó, pese a no tener instrucciones sobre el particular. Esa frase se lee como sigue: “Mas quedará en suspenso por ahora, é ínterin se verifica lo dispuesto en el artículo XV del mismo Tratado” Dicho de otra manera, si Colombia no adhería al tratado de federación, éste no podía entrar en vigor, así el Perú y Bolivia lo hubieran ratificado. Por más que el Perú le hiciera concesiones de lesa patria (como la cesión de Arica e Iquique) a Bolivia con tal de buscar la fusión, ésta no sería posible si Colombia se oponía. Pero claro, la misma condición suspensiva, como veremos enseguida, no se aplicaba a las cesiones territoriales que vergonzosamente Pando y Ortiz de Zevallos ofrecieron a Bolivia a nombre del Perú con tal de buscar la unión. Peor negocio, no se conoce en la historia diplomática mundial.

Que las cosas no eran tan simples en cuanto a la federación con Colombia, no lo dice quien esto escribe porque se le ocurra. Sin ir muy lejos, el mismo Joaquín Mosquera, el enviado de Bolívar al Perú en julio de 1822, le confesó a Santander, en una carta de fecha 29 de diciembre de 1826, lo siguiente:

“(...) Si es que se ha de formar una federación de tres Estados con una legislatura y un ejecutivo general, tal vez se complica más el sistema y experimentamos las mismas quejas del Sur y de Venezuela que parecen animados de celos con Cundinamarca y agitados por la ambición individual de algunos. Lo único que me parece claro es que los granadinos del centro (sic) debemos unirnos tan estrechamente como sea posible (sic), para no ser víctimas de las fuerzas contrarias que obran sobre nosotros por el Sur y por el Norte. (...) El mismo Libertador tendría menos dificultades sabiendo cual era la opinión verdaderamente nacional; porque el arte de gobernar en los tiempos modernos consiste en el arte de saber dirigir la opinión o ceder a ella (sic) oportunamente como dice la Baronesa de Stael.” (Archivo Santander.- Volumen XVI).

Es bueno repetir esa frase de Mosquera: “porque el arte de gobernar en los tiempos modernos consiste en el arte de saber dirigir la opinión o ceder a ella (sic) oportunamente como dice la Baronesa de Stael.” Pues, ya por esos días se pensaba en esta parte del mundo que no se podía aherrojar la voluntad de los pueblos. Pero, el caraqueño era obsesivo en su ambición y gloria al extremo de vivir alienado. Se diría que de tanto buscar la gloria de manera mucho más inmensa que la atribuida a los héroes de la antigüedad, terminó perdiendo la brújula al punto de ser incapaz de ver lo que otros percibían con creciente preocupación.

Otro ejemplo, del rápido deterioro de las lealtades y alianzas, lo encontramos en una carta que días antes, el 23 de diciembre, le remitió un Santander visiblemente preocupado y que pone en evidencia un efecto del típico estilo bolivariano de hacer decir a otros lo que eran solo pretextos para así imponer sus propias reglas:

“(...) Ya que he mencionado todo esto, permítame U. que le revele un chisme, y resérvelo. Estando U. aquí y después de su partida, me han contado diferentes personas que el General Salom había dicho lo siguiente, como que descubría los secretos y miras de U.: ‘Será preciso dividir a Colombia en tres Estados. Páez quedará en Venezuela, Briceño en Quito, y en Cundinamarca quizá no quedará Santander, porque él no piensa sino en sus onzas (sic) se ha portado muy mal, de modo que ha perdido su crédito entre los fanáticos y los despreocupados, y no conviene que siga gobernando. Santander, por envidia a Sucre ha hecho el reglamento de uniforme para igualarse, junto con Soublette, al Libertador y al General Sucre.’ Estas especies las miré con desprecio, porque hablando ingenuamente, ni he creído que U. dijera tales cosas tan denigrantes, contra lo que en público había manifestado (sic), ni Salom es para mí sino un pigmeo, incapaz de distinguir lo que es bueno o malo en un gobierno. Pero yo lo cuento a U. para que lo sepa, y advierta que hay un interés en dividirnos y que nos pone la trampa. Si Salom oyó estas especies, ha debido ser reservado, y si no, es un calumniador. Yo tendré mis defectos; pero mi humildad es sincera cuando soy humilde, y jamás me he arrastrado con la culebra.” (Archivo Santander.- Tomo XVI).

Palabras fuertes que son el preludio de lo que vendrá después, exacerbado imaginamos tras aquella representación burlesca que hizo Manuelita Sáenz, ante los ojos del general Córdoba, de ordenar el fusilamiento de un muñeco que representaba al general Santander. Tan pronto se enteró de esa parodia, Bolívar escribió ambiguamente a Córdoba y a la Sáenz, sin dejar de jugar al contrapunto:

“Yo pienso suspender al comandante de ‘Granaderos’ y mandarlo fuera del Cuerpo a servir a otra parte; él solo es culpable. (...) En cuanto a la amable loca (sic) ¿qué quiere usted que yo le diga? Usted la conoce de tiempo atrás; luego que pase este suceso pienso hacer el más determinado esfuerzo para hacerla marchar a su país o donde quiera (...). (Alfonso Rumazo: Manuela Sáenz.- Casa de la Cultura Ecuatoriana.- 2003).

“!Albricias! Recibí mi buena Manuela tus tres cartas que me han llenado de mil afectos: cada una tiene su mérito y su gracia particular. (...).” (Ibid.).

Y para que no quede dude del estado menos que larvario en que se encontraba el proyecto federativo en la Colombia de las tres hermanas junto con el proyecto delirante de la presidencia vitalicia, es pertinente citar un fragmento de otra comunicación de Santander a Bolívar, de 16 de diciembre de 1826, en que le precisa lo siguiente:

“En Maracaibo escriben contra la Presidencia vitalicia y la Vicepresidencia hereditaria de la Constitución boliviana. Aquí están callados, porque así como no me ha gustado que otros pueblos nos quieran dirigir y forzar reformas prematuras, tampoco quiero que Bogotá influya en la adopción o rechazo de la mencionada Constitución (sic).” (Ibid).

Y decimos que ese proyecto federativo era producto de una quimera, de una fantasía delirante; por cuanto, en la fecha misma en que se firmó el “tratado de federación” era un hecho que la Colombia de las tres hermanas estaba perdida y, lo que resulta irónico, es que el propio caraqueño fuera consciente de ello. En una carta de Santander de 18 de octubre de 1826, en respuesta a las que le remitiera el veleidoso guerrero el 8, 11 y 17 de agosto, le manifestó lo siguiente:

“Convengo de muy buena voluntad con U. (sic) en que a Colombia no la salva ni el Código boliviano, ni la federación ni el imperio, y añado, que lo que la puede salvar ahora, es sostener vigorosamente las instituciones actuales por defectuosas que sean.” Receta esta última que el dictador obnubilado como vivía desoyó, pues en su respuesta de 5 de noviembre de 1826, en Neiva, camino a Bogotá. Dejó para historia lo siguiente:

“(…) Yo no quiero, mi querido General, presidir los funerales de Colombia, por esto no desisto de mi resolución de rechazar la Presidencia y de irme de Colombia; pero muy pronto, muy pronto, muy pronto (en cursivas en el original). (…) Desengáñese usted, esto no tiene remedio, bueno o malo. (…) Está bien ustedes salvarán la patria con la Constitución y las leyes que han reducido a Colombia a la imagen del Palacio de Santanás que arde por todos sus ángulos. Yo, por mi parte, no me encargo de la empresa. El 1 de enero entrego al pueblo el mando, si el Congreso no se reúne para el 2. (…) Si usted y su administración se atreven a continuar la marcha de la República bajo la dirección de sus leyes, desde ahora renuncio al mando para siempre de Colombia. (…) Yo no quiero enterrar a mi madre; si ella se entierra viva, la culpa será suya, o del Congreso que la ha reducido a la extremidad por el acto indigno y torpe contra Páez.” (Archivo Santander.- Tomo V).

Quería asumir la dictadura perpetua y encima que se le perdone a Páez. Temeraria conducta que retro-alimentó la guerra civil y con ello el derrumbe inexorable de la Colombia de las tres hermanas. Bolívar no enterró a su madre, en puridad, asesinó a su propia creación, presidió sus funerales y luego aquejado de una nada existencial y de un fracaso colosal, le tocó el turno de cavar su propia sepultura.

Veamos, ahora, ese vergonzoso tratado de límites:

“TRATADO DE LIMITES Deseando las Repúblicas del Perú y Bolivia, marcar límites naturales y claros que las dividan; procurando satisfacer el interés de los habitantes de sus fronteras y consolidar las nuevas relaciones que han contraído con el Pacto de Federación que han estipulado en esta fecha: han nombrado para arreglarlos, el Gobierno de la República peruana, a su Ministro Plenipotenciario Dr. Dn. Ignacio Ortiz de Zevallos Fiscal del la Corte Suprema de Justicia, y el Gobierno de la de Bolivia al Ministro de Relaciones Exteriores, coronel Facundo Infante y al Vocal de la Corte Suprema de Justicia Dr. Dn. Manuel María Urcullu; los cuales habiendo canjeado sus poderes, y vistos que son suficientes y conferidos en debida forma, han convenido en los artículos siguientes: Artículo I La línea divisoria de las dos Repúblicas Peruana y Boliviana, tomándola desde la costa del mar Pacífico será el morro de los Diablos o cabo de Sama o Laquiaca, situado a los 18 grados de latitud entre los puertos de Ilo y Arica hasta el pueblo de Sama; desde donde continuará por la quebrada Honda en el valle de Sama, hasta la cordillera de Tacora; quedando a Bolivia el Puerto de Arica y los demás comprendidos desde el grado dieciocho hasta veintiuno y todo el territorio perteneciente a la provincia de Tacna y demás pueblos situados al sur de esta línea. Artículo II Desde el punto citado de la cordillera hasta el Río Desaguadero, la línea divisoria de las dos Repúblicas, será los antiguos límites de las provincias de Parajes de Bolivia y de Chucuito del Perú. Artículo III Desde el punto expresado del Desaguadero, seguirá como línea divisoria, el río de este nombre hasta su origen en la laguna de Chucuito, en donde continuará la línea por la costa del Oeste de la parte de dicha laguna, que llaman de Vinamarca hasta el estrecho de Tiquina, que es el lugar que divide esta Laguna del Titicaca. Del estrecho de Tiquina continuará el límite por la costa del este en la Laguna del Titicaca hasta las cabeceras de las provincias de Omasuyos: de tal suerte que quede al Perú el pueblo de Copacabana y su territorio, la laguna de Titicaca y todas sus islas: y a Bolivia la de Vinamarca con todas las de su comprensión: debiendo ser la navegación y pesca de las lagunas común a ambas Repúblicas. Artículo IV Desde la cabecera de la provincia de Omasuyos serán límites de las dos Repúblicas, los que dividen dicha Provincia, y la de Larecaja pertenecientes a Bolivia: de los de Huancané, Azángaro y Carabaya del Perú hasta las Misiones del Gran Paititi y el río de este nombre; quedando por consiguiente al Perú la provincia de Apolobamba o Caupolicán y sus respectivos territorios. Artículo V Las propiedades públicas que por estas líneas se comprendan dentro de los territorios que ellas demarcan, pertenecen respectivamente a los Estados en que se hallen, según este Tratado, a cuyo efecto se ceden todas sus acciones y derechos. Artículo VI Las propiedades de los particulares tendrán todas las garantías que den la Constitución y las leyes respectivas de cada Estado. Artículo VII Los funcionarios públicos, civiles, militares y eclesiásticos, empleados en las provincias y pueblos recíprocamente cedidas, serán mantenidos en sus destinos si quieren continuar en ellos, y lograrán de las consideraciones y ascensos que merezcan por su conducta y buenos servicios. Artículo VIII Todos los habitantes de dichos territorios lograrán en los Estados a que nuevamente han de pertenecer, de los mismos derechos y prerrogativas que los antiguos naturales de ellos. Artículo IX Ni el Perú ni Bolivia tienen derecho de exigir jamás indemnizaciones algunas que las estipuladas en este convenio; ya sea por los territorios que recíprocamente se ceden, o ya por gastos de la guerra de la independencia, ni por las deudas antiguas del Gobierno español. Artículo X La República boliviana además en indemnizaciones del aprecio que merecen los puertos y territorios que la del Perú le cede en la costa desde el grado dieciocho hasta el veintiuno de latitud en el Pacífico, se obliga a satisfacer la cantidad de cinco millones de pesos fuertes a los acreedores extranjeros del Perú, en los plazos y con los gravámenes que esta República haya pactado. Artículo XI Siempre que las República de Bolivia no cumpla con los pagos, en la forma que se expresa en el artículo anterior, queda obligada a satisfacer a la del Perú, los perjuicios que por esta falta sufra: a menos que consiga el allanamiento de los prestamistas o acreedores del Perú, para que su obligación en la indicada suma de cinco millones se traspase a Bolivia; de suerte que, quedando ésta directamente obligada, cese toda responsabilidad del principal deudor, el estado peruano. Artículo XII Ratificado este Convenio, nombrarán las dos Repúblicas comisionados que, conforme a la demarcación que queda hecha, fijen los mojones estables que perpetúen la división de los terrenos; y desde el acto mismo quedarán en posesión de los que recíprocamente se ceden. Artículo XIII El presente Tratado será ratificado y canjeadas las ratificaciones en el término de noventa días de esta fecha. Artículo XIV Se sacarán al presente Tratado cuatro ejemplares de un tenor, dos para cada una de las partes contratantes. Dado, firmado y sellado en la capital de Chuquisaca a quince días del mes de Noviembre de mil ochocientos veintiséis años. Ignacio Ortiz de Zevallos, Facundo Infante, Manuel María Urcullu.”

La cesión territorial que hizo el Perú en el artículo I, hasta el grado 18 de latitud sur, es francamente el disparate más grande que se conoce y constituye la mejor prueba de la mala fide de del dúo Bolívar-Sucre, acostumbrados a manejar marionetas para salirse con la suya sin tener que mancharse las manos. Y la cesión a favor del Perú del poblado de Copacabana y del territorio de Apolobamba de ninguna manera equiparaban el despojo que, como se ha visto en el intercambio epistolar, habían tramado el caraqueño y su lugarteniente. El artículo IX era una virtual condonación de la deuda que había adquirido Bolivia por haber sido el Perú el Estado que corrió con el gasto de la campaña en el Alto Perú. Y en al artículo X, los negociadores bolivianos, instigados o aleccionados por Sucre, qué duda cabe, lograron mañosamente que se estipule el compromiso de Bolivia de abonar al Perú cinco millones de pesos a guisa de justiprecio por los territorios que éste le entregaba. Es decir, en vez de cesión, se estipulaba una virtual compra-venta, con lo cual hubiese sido imposible dar marcha atrás, si la federación con Colombia no se concretaba, como era lo más probable. Peor aún, no era un pago que se le hacía al Perú, sino un compromiso hasta por cinco millones de pesos frente a los acreedores extranjeros que tenía el Perú, para lo cual se aceptaba el traspaso a Bolivia de esas acreencias. Sin más consideraciones, en el artículo XII, tras la ratificación de ese tratado de límites, debía establecerse la comisión demarcadora encargada de colocar los “mojones estables que perpetúen la división de los terrenos.” Finalmente, el artículo XIII fijaba el plazo de 90 días para proceder a la ratificación y canje de ese instrumento, sin colocar ninguna condición suspensiva, tal como ocurrió con el tratado de federación.

Así pues, ese tratado de límites constituye una pieza contundente para demostrar la enorme deslealtad de Sucre para con el Perú. A la luz de las cartas antes trascritas remitidas a su master desde enero de 1826, su propuesta era coincidente con la de la asamblea del Alto Perú de 15 de agosto de 1825, en el sentido que una “línea divisoria de uno y otro estado se fije de modo que tirándola del Desaguadero a la costa, Arica venga a quedar en el territorio de esta república”, acompañando su pedido de las consabidas represalias para presionar al Perú. El país que le había dado mucho a Sucre, más de lo que necesitaba para vivir, era correspondido con una bajeza de éste animado únicamente por mantener con vida esa ficción que hacía la gloria del sicofante apoltronado en Lima y en la cual él mismo no creía, como lo reveló Heres en la anotación de puño y letra que hizo al margen del borrador de una carta escrita a Sucre el 12 de mayo de 1826.

“Me pesa de todo corazón haber convenido en la desnacionalización de Bolivia que quería el Libertador después de haber tenido por aquella república un entusiasmo que rayaba en locura o simpleza; y soy tanto menos perdonable cuanto que jamás convine en ella y tuve por esto con el Libertador muchas disputas. (…) Pero lo confieso con rubor, tuve esta debilidad por complacer al Libertador, que estaba empeñado en que Bolivia no podía existir por sí sola y en crear un coloso, como decía él, contra Buenos Aires, Chile y Brasil, que a una le hacían la guerra. Sospecho que Pando fue quien sugirió esa idea al Libertador, pero no es más que sospecha. El Libertador me instó con mucha viveza para que interesase al general Sucre, porque había llegado a temer que por la elevación en que estaba el gran mariscal, por la conciencia de su valer (…) no conviniese en nada. (…) Sucre jamás aprobó la constitución de Bolivia; pero al remitirle el proyecto le dijo el Libertador que había de pasar íntegra sin variarle una coma. Sin embargo, el congreso le varió lo que tenía de anárquico (…).” (Vicente Lecuna: Documentos referentes a la creación de Bolivia.- Tomo II).

¿Qué mejor para la casta dirigente inventada en Chuquisaca que tener como presidente a un venezolano que estaba dispuesto de hacer cualquier cosa por esa ficción de Estado con tal de engrandecer, maximizar o dimensionar aún más la imagen del Tántalo que lo manejaba diestramente desde Lima y al que, de repente, íntimamente, pensaba sucederlo.

Teóricamente, no había ninguna necesidad de que el Perú cediera territorio a Bolivia, esa creación extemporánea que era obra del genio mórbido venido del Caribe. Por cuanto, la noción de federación misma automáticamente le hubiese permitido disfrutar a sus anchas de las facilidades portuarias del Perú histórico. Pero la megalomanía de Bolívar, abiertamente acicateada por Sucre, quiso que no hubiera federación si el Perú no cedía antes un valiosísimo territorio a Bolivia, mientras los obsecuentes servidores del Consejo de Gobierno en Lima no tuvieron otro papel que el execrable de decir: así sea.

Por más que el obediente Ortiz de Zevallos se haya esmerado en justificar en su oficio reservado el resultado perjudicial para el Perú del tratado de límites, a causa de las enormes e inexplicables concesiones que hizo en nombre del Perú, queda en claro que Facundo Infante, bien secundado por Urcullu, hicieron una faena magistral; pues no solo accedieron al mar hasta Sama (al norte de la ciudad de Tacna), sino que, además, pese a ganar un territorio de enorme valor estratégico, lograron que el Perú renuncie a cualquier indemnización por los cuantiosos gastos en que incurrió para precipitar la independencia de Bolivia. Dicho de otra manera, el Perú gastó recursos que no tenía para promover la independencia de una parte que le estaba entrañablemente unida, y encima, debía después ceder territorio para hacerla viable como Estado independiente, a falta de la fusión. Como coincidirá cualquier lector, no existe en la historia mundial un ejemplo similar de tamaño disparate. Pero claro, todo esto fue obra de ese genio maléfico que creyó que podía aherrojar una cultura milenaria con proyectos geopolíticos fantasiosos destinados a apuntalar a la Colombia de las tres hermanas que cedía inexorablemente a la fuerza centrífuga de los nacionalismos emergentes.

En suma, lo que debió de ser un esfuerzo fraternal de federación que extrañamente imponía al Perú, el país más fuerte, el mayor gravamen de ceder valiosos territorios a cambio de lograr la fusión; se transformó en una empresa de naturaleza distinta: de cesión territorial gratuita del Perú a Bolivia, por un lado, e inicio de un eventual proceso de federación entre el Perú, Bolivia y Colombia, por el otro, pero que dependía exclusivamente de este último país. Aberrante negociación en la que el Perú cedía fácilmente territorios de importancia estratégica a Bolivia (y decimos así porque la sustitución en las acreencias que tenía el Perú hasta por cinco millones tenía más que ver con el pago de Bolivia al Perú por el gasto que hizo en la campaña del ejército patriota en el Alto Perú) sin condicionarlo ni siquiera a la materialización de la federación con Colombia. Es de imaginar, por tanto, como el miedo se apoderó pronto del fantoche Consejo de Gobierno en Lima tan pronto cayeron en la cuenta de que habían sido utilizados abusivamente. Y por más que días más tarde, el sinuoso Pando, cobarde y listo como era, impuesto de lo ocurrido en Chuquisaca, trató de limpiarse instruyendo a Ortiz de Zevallos de que quedaba suspendida la ratificación de ambos instrumentos, como veremos enseguida; lo cierto es que Pando y, también, Santa Cruz al ver que la federación se esfumaba, la autoridad de Bolívar sufría mella en Colombia y en el Perú fermentaba la oposición, tuvieron miedo, no atreviéndose a dar el paso crucial, a fortiori si estaban enterados de la oposición de los peruanos de Tacna, Arica y Tarapacá. El hecho que Tarapacá no diera su aprobación al documento constitucional bolivariano, fue una muestra tangible de ese descontento.

Por eso, es de suponer que el sabor del triunfo que pudieron experimentar Bolívar y su carnal Sucre, una vez firmados ambos instrumentos, fue de muy corta o ninguna duración. Pues, antes se supo seguramente de la revuelta de Cochabamba que tuvo lugar en la noche del 14 de noviembre, revuelta que sumada a la que se produjo en el Perú meses antes, terminó a la corta por desestabilizar el proyecto federativo, derrumbándose éste como un castillo de arena. La proclama que hizo por esos días el capitán Domingo Matute coincide, en lo fundamental, con el malestar que entre abril y mayo mostraron igualmente los patriotas peruanos, con la diferencia que Matute pertenecía al ejército colombiano. Veamos algunos fragmentos de esa “despedida”:

“Compañeros de mi destino: los insultos que a cada paso he recibido, son los motivos que me hacen separar de la dulce compañía de Uds. como también los sentimientos liberales con que me hallo cubierto (...). Si no, vean las constituciones de Bolivia y del Perú, que son análogas una otra, donde dice en un artículo que el presidente será perpetuo: ¡perpetuo mando en un gobierno libre! ¿Habrá cosa más escandalosa que un mando vitalicio a los corazones de unos hombres que han abandonado su patria por ser libres? También me dirán Uds. que a nosotros no nos incumbe el que en estas repúblicas haya tales constituciones: yo les respondo (...) ¿por ventura hemos venido de Colombia a ser odiados de los pueblos o a ser sus amigos? Los pueblos nos odian porque se figuran que nosotros sostenemos la ambición, ellos no tienen un motivo para creer lo contrario de nosotros porque no damos pruebas. Compañeros; el despotismo reina y la ambición. (...) ¿Por qué es que tratan de conservar tropas de Colombia? ¿Por qué no nos mandan a nuestro suelo? (...).” (Vicente Lecuna: Op. cit.).

Con argumentos simples, pero contundentes, Matute demostró en su declaración de “despedida” lo irracional y contradictorio del proyecto de “dictadura perpetua” en que se había empecinado quien no cesaba de repetir que detestaba el poder y que “se iba.” “¿Por ventura hemos venido de Colombia a ser odiados de los pueblos o a ser sus amigos?” Preguntó a mansalva a sus compañeros. Respondiéndose que había odio en los pueblos porque él y sus compañeros habían pasado a sostener la ambición. Y casi al final hizo la pregunta cuya respuesta tenía que ver con el despotismo y la ambición: “¿Por qué es que tratan de conservar tropas de Colombia? ¿Por qué no nos mandan a nuestro suelo?” Y, repetimos, quien se preguntaba y se rebelaba no era un altoperuano, sino un venezolano, para ser más precisos.

En una carta que Sucre le remitió a Bolívar el 27 de noviembre de 1826, y recogida en la recopilación de Vicente Lecuna, se refirió a la revuelta de 14 de noviembre como sigue:

“Siento suscribir esta carta sin poder decir a V. el resultado de los granaderos fugitivos, de los amotinados (sic). Aun no han sido arrestados. Ellos salieron a la pampa de Oruro el 20 (...) dijeron que se iban a presentar al general Arenales (...). Solo queda la esperanza de que las tropas que tenemos en la frontera hayan ejecutado bien las órdenes que han recibido. Si no pasan esos malvados a Salta. Matute les ha ofrecido que irán a Buenos Aires y que de allí el que quiera tomará servicio y el que no se irá a Venezuela. (...) No puede V. figurarse, mi general, con qué torpeza han andado todos en este asunto. Principie V. por haber dejado salir un cuerpo de caballería sublevado en Cochabamba (...). Luego sale el señor Braun con dos compañías de infantería, y antes de amanecer el 15 alcanza a los sublevados en el estrecho de Tarata, se pone a hablarles y a la negativa que hacían tratan los oficiales de dispersarlos con fuego, pero el señor Braun se opuso, porque no quería matar a ninguno de sus queridos soldados; en estas andanzas y dudas vencen el estrecho y salidos a la pampa se burlan de la infantería. Braun los persigue hasta diez y siete leguas de Cochabamba, y de allí hace la segunda gracia de volverse a la ciudad sin dejar siquiera un oficial, ni vigías que siguieran a los sublevados (…) de modo que aquí he estado hasta cuatro días sin conocer por donde iban (…). Braun se ha portado torpemente y hasta da sospechas de que ha tolerado la insurrección. Desde el 18 que supe del motín mandé al general Córdoba para Oruro a contenerle, pues no dudé que por allí tomasen, (…). Al considerar la torpeza de nuestros principales jefes, no debe prometerme que los capitanes que están sobre la frontera hagan nada de provecho, pues creo que no está allí O’Connor. Casi estoy desesperanzado a que tomen a ningún fugitivo. Yo tomaré medidas severas contra todos estos jefes y oficiales, pero de un lado temo que en Colombia me despedacen (sic) con lo que allí llaman leyes protectoras del ejército, mucho más cuando V. se fue de aquí y de Lima sin darme facultad directa sobre estas tropas; antes al contrario, me quitó la intervención en el ejército auxiliar como jefe colombiano; de otro lado, tampoco tengo otra baraja con qué jugar; sin embargo, escribo al general Córdoba que él debe tomar las medidas que se contienen en la copia adjunta. (…) Yo no sé que conducta observe el General Arenales con esta gente si llega a pasar (…). Buscando consuelos en este mal he hallado que si admiten los argentinos este cuerpo pasado, las tropas colombianas aquí tienen un derecho para batirse contra ellos en cualquier cuestión, como ultrajadas ellas y su país (sic). (…) Si los argentinos admiten nuestros amotinados, yo protesto vengarme con un perjuicio a ellos (sic).- Adición.- Según noticias que estoy adquiriendo, parece que la traición de Matute viene tramada desde Arequipa por argentinos (…). No lo aseguro aún; avisaré el resultado para que se tomen medidas (...).” (Ibid).

A los tres días, Sucre uniendo la palabra a la acción remitió una comunicación a los gobernadores y capitanes generales de Salta, Tucumán, La Rioja, Catamarca, Santiago y Córdova, que entre otras cosas, decía lo siguiente:

“Un grupo de los escuadrones de Granaderos de Colombia, que estaban en Cochabamba, han hecho allí un alboroto el 14 del corriente por la noche, acaudillados por el capitán graduado Domingo Matute. (…) No es de creerse ni aun de imaginarse la protección del gobierno de Buenos Aires que el oficial ha anunciado a la tropa, porque esto, o su abrigo, sería una hostilidad a Colombia (sic). En el presente caso la conducta que esos gobiernos observen indicará la que le corresponde a las tropas de Colombia auxiliares en Bolivia. “ (Ibid.).

Asimismo, en un bando publicado, también, en noviembre se leía, inter alia:

“1. La conducta de los escuadrones segundo y tercero de los Granaderos en la rebelión y motín que han hecho el 14 en la noche en Cochabamba, ha puesto sobre ellos una mancha de infamia que debe lavarse con un severo castigo. 2. El oficial caudillo del motín con todos los individuos de tropa que lo hayan seguido después del día 20, serán fusilados (sic) en cualquier número que sean y en cualquiera parte en que se aprehendan (…).” (Ibid.).

Efectivamente, según un despacho aparecido en la publicación El Mosquito (Nº. 4), el capitán Matute fue ejecutado en Salta el 14 de setiembre de 1827:

“El capitán Matute, que sublevó los granaderos auxiliares en Cochabamba el 14 de noviembre pasado, fue fusilado en una Quinta de Salta (de la república Argentina) el 14 de setiembre último, a los diez meses cabales de su primer atentado. Un faccioso es siempre un faccioso (…).” (Ibid.).

La revuelta de Cochabamba demostró que la política de contención de su propia tropa resultaba ser cada vez más insuficiente, como lo advirtió el Cónsul Tudor en una comunicación al Departamento de Estado, de 8 de enero de 1827: “Los rumores y las apariencias de algunos cambios se tornan cada día más profusos; el descontento que reina tanto entre las tropas de aquí como en las del Alto Perú aumenta constantemente, diciéndose que el General Sucre ha escrito aquí diciendo que no puede contener (sic) por mayor tiempo las tropas y que parte de ellas debe ser enviada a la patria.” También, Tudor se refirió en esa comunicación a los pasos necesarios que venía dando Santa Cruz para asegurarse la presidencia de la República en Lima.

Dentro de ese marco totalmente surrealista, un Pando enajenado de la realidad, mediante oficio de 4 de diciembre, anunciaba al desinformado Ortiz de Zevallos como gran cosa la entrada vigencia en el Perú del texto constitucional espurio de Bolívar, en los siguientes términos:

“Al recibo de este despacho será a VS. muy grato saber que el Perú queda rigiéndose (sic) conforme a sus votos y proclamado y reconociendo por su Presidente vitalicio el Libertador Simón Bolívar. Este insigne acontecimiento (…) debe prestarle nuevos y favorables motivos para acelerar dichosamente los resultados de su honrosa misión. (…).” (Carlos Ortiz de Zevallos: Op. cit.).

Y en otro oficio de fecha 14 de diciembre, Pando le pidió al plenipotenciario peruano que, ante la imposibilidad de prestar juramento personalmente a ese documento constitucional espurio, se sirviera “remitirlo por escrito (…).” (Ibid.). Como se ve, el mundo oficial limeño plagado de turiferarios, se había instalado cómodamente en una torre de marfil sin prestar mayor atención al malestar de la propia tropa colombiana.

Es así como, días más tarde, el 18 de diciembre de 1826, esta vez un preocupado Pando remitió la respuesta del Consejo de Gobierno a la comunicación reservada y anexos que, por su lado, le enviara desde Chuquisaca Ignacio Ortiz de Zevallos, el 22 de noviembre. Es de suponer que la duda se había apoderado de Pando y Santa Cruz cuando se impusieron de ambos tratados y temieron no estar tan seguros de que el gran titiritero siguiera todavía moviendo a discreción los hilos de sus diferentes títeres. En dicha respuesta, Pando con ayuda de una redacción funambulesca le informó al plenipotenciario peruano, como veremos a continuación, que el Consejo de Gobierno había decidido suspender la ratificación de ambos instrumentos, con cargo a renegociarlos, mientras que se consultaba a Bolívar. Por lo mismo, a esa comunicación Pando acompañó sendas “observaciones” con miras a perfeccionar tanto el tratado de federación como el tratado de límites, aunque no necesariamente en los aspectos más controvertibles:

“El Teniente Coronel Alarcón me entregó en el día 13 del corriente, el pliego que al efecto le confió VS. en 22 de noviembre próximo pasado. Sin pérdidas de instantes elevé al Excmo. Consejo de Gobierno las cuatro notas que contenía, y los Tratados ajustados por V.S. con los Plenipotenciarios de esa República. S.E. ha visto con satisfacción, justificado el concepto que había formado de las luces, patriotismo y ardiente celo de V.S. (…). Los Tratados han sido examinados por el Consejo de Gobierno con la atención y madurez que demanda su importancia; y después de reflexiones muy detenidas, ha creído S. E. que sus deberes le dictan el desagradable partido de no ratificarlos (sic) en su presente forma. Las poderosas razones que asisten a SE para semejante determinación, las he expuesto de su orden, en las adjuntas observaciones: en las que ha procurado ser conciso, sin omitir nada esencial. V. S. penetrándose del espíritu que las ha dictado, se servirá desenvolverlas con su acostumbrado tino, presentándolas íntegras a ese Gobierno, del modo más amistoso y conciliador; procurando que jamás puedan suscitarse dudas acerca del vivo deseo que abriga el Consejo de Gobierno de que se realice una verdadera Federación compuesta, no solo del Perú y Bolivia, sino también de Colombia, bajo la Presidencia Vitalicia del Libertador. A V. S. no puede ocultarse que las estipulaciones del Tratado de Límites son exclusivamente ventajosas para Bolivia (sic). 1. Porque en compensación de puertos y territorios que son en sumo grado necesarios para fomentar su comercio y prosperidad, tan solo se promete amortizar cinco millones de la deuda extranjera del Perú; promesa que sería siempre ilusoria, aunque no fuese tan mezquina, ya por el estado precario en que V. S. asegura se hallan las rentas públicas de ese Estado, ya porque nuestros mismos acreedores rehusarían infaliblemente cambiar un deudor embarazado, pero que presenta recursos y garantías, por otro que se encuentra desnudo de unos y de otros. 2. Porque los beneficios de la Federación (aún suponiéndola completa como debería ser) sin duda de mayor importancia para Bolivia que para el Perú (sic), quedan sin embargo suspensos; mientras que se pretende llevar a efecto la parte onerosa para el Perú, mediante la entrega inmediata de los mencionados puertos y territorios. 3. Porque se nos obliga a renunciar el derecho más justo y evidente que jamás ha asistido a Nación, esto es, reclamar indemnizaciones por los inmensos gastos hechos en una guerra larga y desastrosa, cuyo resultado ha sido arrojar a los españoles de las provincias del Alto Perú (…). El Perú no ha solicitado ningún favor; ha reclamado el pago de una deuda sagrada (…) y las instrucciones que tuve la honra de dar a V. S. de orden del Gobierno sobre este punto, son tan explícitas, que computan esta deuda, por un cálculo ínfimo, en cinco a seis millones de pesos. El Gobierno no puede retrogradar en esta materia sin faltar esencialmente a sus deberes, y cargarse con una responsabilidad muy grave. Le están confiados los intereses del Perú, los promovería y defendería con todas sus fuerzas; sin consentir jamás en que se crea pueda convenir en aceptar los insignificantes territorios de Apolobamba y Copacabana como indemnización de un crédito tan considerable. A V. S. toca reanudar esta negociación, con su notorio celo y sagacidad, apurando todos los medios amistosos de convicción para inducir a ese Gobierno a posponer un interés precario y erróneo, para dar oídos a la voz de la razón y de la conveniencia propia. (…) Las demoras que pueda sufrir esta negociación proporcionarán a lo menos la ventaja de que se salve una grave incongruencia del Tratado de Federación, dando lugar también a que el Consejo de Gobierno puede consultar la respetable opinión del Libertador (sic); decisiva en este negocio que depende de su aceptación de la Presidencia (…). Si (…) hubiese consentido en que en lugar de un Tratado incompleto y ambiguo, se fundase una “Acta constitutiva de la federación Boliviana” basada sobre los verdaderos principios (…). Entonces se hubiera concluido en pocos días esta grande obra que invocaban los votos sinceros del Consejo de Gobierno (…). Pero en los términos que se han adoptado no resta al Consejo de Gobierno otro partido que el de suspender su ratificación hasta conocer el dictamen del Libertador y las disposiciones en que se halle el Gobierno colombiano (sic) (…).” (Carlos Ortiz de Zevallos: Op. cit.).

De esta comunicación fluyen por sí solas diversas conclusiones, todas ellas reveladoras del reducido margen de maniobra que tenía el fantasmal Consejo de Gobierno; por cuanto, no se oponía a lo esencial, sino al detalle y a la forma como éste debía verificarse, aparte que se subordinaba en última instancia al dictamen del veleidoso guerrero. En primer lugar, es importante observar que mientras en Bolivia, los dos tratados fueron objeto de un minucioso y detenido examen por el Congreso Constituyente, en el caso del Perú que estaba reducido al manejo dictatorial a distancia, fue el Consejo de Gobierno la única instancia que tuvo a su cargo el examen de dichos instrumentos, de graves y pesadas consecuencias para la nueva República. En segundo lugar, las observaciones hechas a ambos tratados por el Consejo de Gobierno que les sirvieron para no ratificarlos, eran inconsistentes con los elogios iniciales que se hizo en dicha comunicación de 18 de diciembre, del enviado peruano, lo que da una pauta del grado de complicidad y espíritu de cofradía que prevalecía entre los servidores peruanos de Bolívar de protegerse entre sí. En tercer lugar, en dicha nota el Consejo de Gobierno dejó muy en claro que seguía abrigando “el vivo deseo (…) de que se realice una verdadera Federación”, que debía, además, incluir a Colombia. Ergo, la causa esgrimida ese 18 de diciembre para suspender la ratificación de ambos tratados fue el hecho que el proyecto federativo no pudiera materializarse concomitantemente con la cesión territorial a la que quedaba obligado el Perú en el siamés tratado de límites.

En cuarto lugar, la causa principal invocada no fue la cesión de territorio peruano a Bolivia, sino el aceptar como contrapartida tan solo la “promesa de amortizar la deuda de cinco millones de pesos. Además, debiendo redundar en beneficio de Bolivia el proyecto de federación, el Consejo de Gobierno peruano no entendía cómo debía suspenderse, en circunstancias que se acordaba la entrega inmediata de puertos y territorios por parte del Perú. Tampoco el Perú podía aceptar que se le obligara a renunciar su derecho a reclamar indemnizaciones por “los inmensos gastos” en que incurrió para emancipar el Alto Perú. Se enfatizó que el Perú no pedía un favor, sino reclamaba el pago de una deuda sagrada. Por ultimo, se consideraron insignificantes los territorios de Apolobamba y Copacabana como “indemnización de un crédito tan considerable.”

Como se ha podido apreciar, no se hablaba en dicha comunicación de abandonar el proyecto de federación, sino que se le instó a Ortiz de Zevallos a reanudar la negociación, aparte de reservarse el Consejo de Gobierno la potestad de consultar con el gran titiritero que se encontraba en Bogotá. Esto es, había cautela, que es también una forma de camuflar el miedo o vergüenza, sin por ello exponerse a un disgusto del ambicioso caudillo. Expresión de cautela posible porque Bolívar se encontraba embrollado en Bogotá y porque se era consciente del malestar que cundía en el Perú. Es tal la sutileza que muestra Pando en esa comunicación que suscita, de inmediato, la interrogante de si es necio o se hace. Porque debía suponer, inteligente como era, que en esa negociación Ortiz de Zevallos no tuvo a Infantes y Urcullu, sino a dos marionetas movidas convenientemente por un Sucre que a fuerza de servir a Bolívar, había aprendido a cumplir fielmente con las instrucciones por interpósita persona. Por otro lado, tenía también que suponer que le cesión de Arica no sería bien vista en el sur peruano. No es por coincidencia que Tarapacá con el comandante Ramón Castilla a la cabeza se había manifestado en contra de la constitución vitalicia. Alguna relación tenía ver.

Si en cartas de fecha cercana, Sucre confesó que nunca le gustó el proyecto de federación, es lógico suponer que su accionar y sus encuentros con Ortiz de Cevallos, donde hizo gala de una magistral perfomance escénica, solo tenían por objeto de cumplir fielmente con lo instruido por Bolívar. Por lo mismo, lo que el Consejo de Gobierno peruano observaba tímidamente, y encima creía conveniente consultar con al dictador, era francamente absurdo, en tanto en cuanto mantenía con vida el proyecto antiperuano y, por ende, daba implícitamente su visto bueno a lo que implicaba un mayor perjuicio para el Perú, como era su virtual desaparición bajo la denominación “Federación Boliviana”, además de ceder puertos y territorios.

En lo que respecta a las “Observaciones sobre el tratado de federación entre Perú y Bolivia” que han sido trascritas en su totalidad por Carlos Ortiz de Zevallos Paz Soldán (pps. 28-33), no es del caso trascribirlas, por cuanto no es el objeto de este Tomo Tercero hacer el análisis de ese fallido proyecto. Sin embargo, quien esto escribe considera relevante subrayar lo siguiente: (i) El párrafo 1 de las “observaciones’ se observa que el tratado no sea “más que un bosquejo” sin llegar a ser determinante en lo que respecta “al arreglo definitivo de todas las materias.” (ii) En el párrafo 2 se precisan las pautas relativas a un Gobierno federal, llegando a señalar lo siguiente: “no dejar subsistir los ejércitos particulares del Perú y Bolivia, sino formar (a imitación de Estados Unidos del Norte, y de los Mejicanos) un Ejército y una Armada Federales; confundiendo los colores de las banderas de una y otra república, para componer un Pabellón y una escarapela Boliviana (sic) (en cursivas en el original).” (iii) En el párrafo 5 se dice lo siguiente: “El Congreso debe residir constantemente en la capital que se elija: donde a expensas comunes podría construirse un Palacio digno de la Nación Boliviana (sic).” (iv) El Consejo de Gobierno puso por escrito en el párrafo 8 que los “Estados federados no deben tener relaciones políticas con las potencias extranjeras (sic).” Es decir, a propuesta de éstos peruanos serviles, el Perú literalmente desaparecía como Estado-nación. (v) Se objetó que la entrada en vigor del tratado quedara en suspenso hasta la accesión de Colombia.

Con relación a las “Observaciones” al Tratado de límites, éstas se encuentran en el mismo libro de Carlos Ortiz de Zevallos Paz Soldán (págs. 33-38), y es del caso destacar lo siguiente: (i) La primera objeción del Gobierno peruano se centró en el artículo 9º. Para nada se objetaron los ocho primeros artículos referidos a la cesión por parte del Perú a Bolivia de los territorios meridionales comprendidos hasta el paralelo 18º de latitud sur. Y la queja sobre el artículo 9º tenía que ver con la renuncia a exigir indemnizaciones por los territorios cedidos recíprocamente (en el caso del Perú debía recibir la provincia de Apolobamba y el territorio de Copacabana) y “los gastos de la guerra de la independencia.” El Consejo de Gobierno peruano reclamaba el pago de los gastos en que había incurrido el Perú en la creación de Bolivia, invocando entre otros argumentos “el haber mantenido al Ejército colombiano (...) y pagado por sus ajustes inmensas sumas.” (ii) La segunda objeción estaba referida al artículo 10º, pidiendo su enmienda de suerte tal que Bolivia solo se declare deudora al Perú de ocho millones de pesos por los gastos hechos en la guerra de la independencia, y no que esa suma de dinero sea considerada como el justiprecio por la cesión territorial que hacía el Perú. O sea, esos supuestos representantes del Perú no tenían problema en hacer una “cesión gratuita” de territorio nacional como “prueba de sincera amistad a Bolivia.” Ese no era para ellos el problema, lo que sirve para demostrar que actuaban peor que los señores feudales, pues éstos eran más celosos de preservar lo conquistado. (iii) Por último, hubo oposición a consentir la cesión territorial que implicaba que el Perú hiciera “entrega de un territorio tan considerable (sic) en cambio de otros tan poco importantes (sic),” en tanto existía la posibilidad de que la federación con Colombia “no se realice o se realice muy tarde.” Adicionalmente, luego de poner en tela de juicio las atribuciones del plenipotenciario Ortiz de Zevallos (“no se le autorizó positivamente para proponer la cesión de la provincia de Arica”); por cuanto, “las expresiones literales” de las instrucciones “a lo sumo manifiestan que sería posible que el Perú se aviniese a ceder esos territorios si por otra parte hallaba en el Tratado de federación aquellas ventajas y beneficios que tenía derecho de esperar”, se precisó que el nuevo marco constitucional no permitía al Consejo de Gobierno a “sancionar la cesión de una parte considerable del territorio” si no había una necesidad que lo exigiera perentoriamente, “ni utilidad que la compense, ni siquiera reciprocidad que la excuse.” Luego vino la pregunta: “¿y esto cuando dentro de algunos meses deben reunirse los representantes de la Nación?”

Así las cosas, lo que sucedió a continuación entre enero y febrero de 1827 vino a ser, en realidad, el antecedente inmediato del primer conflicto de una serie que tuvo que confrontar el Perú con Bolivia y sus dos vecinos del norte por cerca de 170 años. Peor no pudo haber sido la herencia que dejó Bolívar al Perú, con la colaboración culpable de Sucre. Nunca antes fue tan ostensible ese doble estándar con que los dos guerreros se propusieron tratar al Perú, especialmente desde enero de 1825, a fin de consumar ese designio avieso. Y fue esa deslealtad para con el Perú y en mayor medida su traición a los principios libertarios que decían sostener, lo que en gran parte explica el destino turbulento que ha debido confrontar el Perú como República.

Se comprende el terrible desengaño y rabieta a posteriori de Bolívar contra el Perú si se recuerda que el 27 de diciembre de 1826, apenas días después de redactarse las “Observaciones” un Sucre prematuramente triunfalista le manifestaba lo siguiente:

“Dice V. que teme por el proyecto de la federación; y respondo que por Bolivia ya está aprobado el tratado todo, con la excepción del artículo 6, que era insignificante y de mero trámite. Ahora V. verá allá qué se hace; supongo que el Perú entra volando (sic). El tratado de límites fue aprobado totalmente por el congreso. Confieso que para el de federación ha habido que trabajar mucho. Me dice el general Santander, en una carta de 20 de setiembre, que Colombia reconocerá a Bolivia luego que lo haga el Congreso del Río de la Plata.” (Vicente Lecuna: Op. cit.- Tomo II).

Indigna imponerse ahora de la total falta de consideración con que estos sicofantes y sus turiferarios manejaron los sagrados asuntos del Perú: “el Perú entra volando.” Las comunicaciones de Ortiz de Zevallos apenas muestran ese atrevimiento y traición que rayaban en la temeridad por estar guiados por la ambición enfermiza y el desplante al Perú. Uno se queda anonadado cuando se entera por el plenipotenciario peruano que las instrucciones supuestamente “secretas” que había recibido con fecha 5 de julio 1826 para abordar una inesperada negociación sobre federación y límites con Bolivia, por presión del ambicioso dictador, eran objeto de escarnio al ser publicadas en un “impreso de Salta.” Veamos ese fragmento de su comunicación de 8 de enero de 1827 que da una idea del peligro extraordinario que corría el Perú al quedar expuesto a los caprichos tropicales de Bolívar y Sucre:

“Legación Peruana.- Chuquisaca enero ocho de mil ochocientos veinte y siete.- Al Honorable Señor Ministro de Estado en el Departamento de Relaciones Exteriores.- Señor.- Al día siguiente de haber llegado el correo de Buenos Aires pude conseguir el impreso de Salta que tengo la honra de acompañar a V. S. en el que se ven redactadas las instrucciones que se me fueron dadas (sic). (...). Íntimamente persuadido de que las instrucciones, desde que me fueron entregadas en esa capital, las he conservado en una gaveta de mi escritorio, cuya llave no sale de mi poder; y que ni mi hijo ni mi secretario las han visto (...); no puedo menos que creer, que la confianza del Ministerio ha sido pérfidamente traicionada por alguno de los oficiales subalternos. (...).” (Ibid.).

Que el pliego de instrucciones dado por el fantoche Consejo de Gobierno peruano a su plenipotenciario en Chuquisaca circule en un impreso en Salta, era algo afrentoso, sin duda. Con base en el seguimiento que se ha hecho del comportamiento de Bolívar y Sucre, hay fundadas razones para suponer que alguno de ese claudicante Consejo de Gobierno le puso al tanto a Sucre del contenido de las instrucciones impartidas a Ortiz de Zevallos, mediante una comunicación expedida desde Lima tal vez con el mismo correo que se remitía las comunicaciones al enviado peruano. ¿Quién era ese alguien? En nuestra opinión, no era otro que el propio presidente del Consejo de Gobierno peruano, Andrés de Santa Cruz, siempre cuidadoso de mantener una estrecha y fluida comunicación con Sucre y que, además, en diciembre puso a disposición uno de sus edecanes para que lleve un nuevo correo a Chuquisaca, en este caso el comandante Juan de Dios Gonzales, portador del oficio de 18 de diciembre firmado por Pando, junto con “las observaciones.” Y lo que para algunos dispersos, de repente, no pasa de ser un hecho anecdótico, para quien esto escribe es un asunto que reviste una extrema gravedad en tanto en cuanto Sucre y sus títeres Infante y Urcullu negociaron con la enorme ventaja de saber hasta donde se podía llegar con los peruanos.

Es más, si en un momento, el plenipotenciario peruano tuvo la puerilidad de creer que Infante negociaba prescindiendo de las instrucciones expresas impartidas por Sucre y, por eso, Ortiz de Zevallos buscó abrirle los ojos a aquél, tal como lo narra cándidamente en su comunicación reservada de 22 de noviembre, para que se hiciera prevalecer lo que interesaba a Bolívar; lo cierto es que en dos meses comprobó desilusionado que el corifeo de la exigente posición boliviana no era otro que el propio Sucre. Efectivamente, en otra comunicación reservada de 27 de enero de 1827, el enviado peruano recién dio muestras de haber dejado en el desván de la credulidad su candor. Veamos lo que ese día puso en negro sobre blanco en respuesta a la comunicación con anexos (las “Observaciones”) remitida por Pando, de fecha 18 de diciembre de 1826:

“(...) Si yo por seguir las indicaciones verbales de S. E. el Libertador fui forzado (sic) a suscribir los tratados: como un hombre que amo al Perú por mil títulos, me complazco con que no tengan efecto semejantes convenciones. Yo sé bien que todos mis ulteriores pasos serán infructuosos; pero con ellos daré un nuevo testimonio de mi ciega obediencia a los preceptos del Gobierno, de cuya voluntad marcada en las observaciones no me separaré un punto (...). S. E. el Gran Mariscal me manifestó una carta particular del Excmo. Presidente del Consejo de Gobierno, en que entre otras cosas le dice (sic), que yo tenía orden (sic) de pasarle íntegras las observaciones a los tratados que se me remitían por V. S.; en cuya virtud me pidió, se las manifestase confidencialmente (sic) antes del despacho del correo, para poder contestar con conocimiento a dicha carta. Accedí desde luego a esta insinuación, supuesta la prevención que me hace V. S. de trasmitirle oficialmente dichas observaciones íntegras, y con este motivo he presenciado una escena la más escandalosa (sic), que puede creerse, y he pasado por el acto más peligroso que he tenido en mi vida (sic). Solo una especie de prodigio me ha hecho guardar la moderación necesaria, para evitar un lance, que habría sonado en todo el mundo, y tal vez comprometido la paz y la seguridad de las dos Repúblicas. Así que empezó S. E. a leer las observaciones, le noté un disgusto, y enfado poco acostumbrado en su carácter (sic); pero cuando llegó a los fundamentos que hay para el Perú demande de Bolivia parte de los gastos de la guerra, a cuyo beneficio se han emancipado los dos Estados: se acabó su continencia, y botando el papel (sic) me dijo, que le pasase de oficio, para contestarme, y enseguida prorrumpió contra el Gobierno en dicterios (sic) tan horrendos que serían increíbles en la persona menos caracterizada; pues una de las expresiones más moderadas fue que los individuos del Gobierno eran unos canallas (sic). Ya puede considerar V. S. que solo la oportuna consideración de los males que evitaba con una conducta prudente, pudo obligarme a adoptarla; y yo mismo no comprendo como pude domar mi espíritu, para proceder con tanta cordura. (...). Este odioso acontecimiento parece que empieza a descubrir los misterios que antes tengo anunciados (...).” (Ibid.).

La reacción violenta de Sucre era, obviamente, la típica mise en scène para sorprender a quien no tenía razones para actuar de mala fe. Y si todavía quedan dudas de esa predisposición en contra del Perú, una prueba adicional de este manejo hipócrita y abiertamente doloso de la negociación lo proporciona, otra vez, Ortiz de Zevallos en su comunicación de 11 de febrero de 1827:

“Aunque en un principio informé a V. S. de las buenas disposiciones de este Gobierno al proyecto de una verdadera federación, atribuyendo a solo el Ministro los secretos manejos para frustrarlo: acontecimientos posteriores al quince de Noviembre me persuadieron, que el señor Infante procedía en todo de acuerdo con S. E. el Presidente (sic). Voy a presentar a V. S. todos los hechos principales que convencen esta verdad.- Instruido S. E. por mi de todo lo que en secreto obraba el Ministro con todos los Diputados del Congreso sus confidentes – para inutilizar los tratados firmados en la citada fecha y después de haber visto verificados todos mis anuncios observé que todavía lograba de la misma predilección, y confianza del Jefe, lo que no podía ser sin que su conducto fuese conforme a las instrucciones que se le habían dado. Deseaba una ocasión favorable para encontrar otro esclarecimiento, y la casualidad me lo proporcionó con motivo de tratar de la aceptación de la libranza de quince mil pesos girado a favor del señor General Figueredo. Evacuado este asunto me dirigió la palabra S. E. el Presidente sobre el éxito del tratado pendiente a que le contesté, que si como hombre público estaba satisfecho de haber agotado mis esfuerzos en cumplimiento de mi comisión, como hombre particular, y sumamente interesado por el bien del Perú daría cuanto tenía a que los tratados no tuviesen efecto alguno. Preguntóseme la causa de semejante modo de pensar, a que repuse, que los tratados hechos importaban inmensos perjuicios al Perú (sic), y ventajas extraordinarias a Bolivia (sic): que a pesar de esta enorme desigualdad tenía el dolor de palpar que la generosidad, y buena fe del Perú era correspondida con ideas mezquinas, y de poca franqueza por Bolivia (...): finalmente que S. E. era buen testigo de que a pesar de que los hombres de juicio de Bolivia anhelaban por formar una sola familia con los peruanos (...), los pocos que temían la voz, y hacían figura querían sacrificar los intereses nacionales por los suyos propios, y que carecían de todo sentimiento de honor y pureza. (...) Asombrados S. E. y su Ministro con este discurso se vieron las caras, y variaron colores, señales que no perdí de vista (...). Impotente Bolivia para sostener con el Perú una lid a cara descubierta, como parece provocar en el lenguaje que últimamente ha adoptado, estoy entendido que dirige sus miras a tres objetos. Primero; procurar seducir las provincias de Tacna y Tarapacá para que aquellos vecinos clamen por su incorporación a Bolivia. Segundo: hacer otro tanto con los Departamentos de Puno, Arequipa y Cuzco para que apoyen el proyecto Federal. Tercero: procurar inspirar en S. E. el Libertador sentimientos contra el Gobierno del Perú.” (Ibid).

Pero, ¿cuál era el interés prioritario de Sucre? ¿Bolivia über alles? En una carta a Santa Cruz de 27 de junio de 1827, Sucre sin ambages le puso en claro las prioridades en cuanto a sus lealtades:

“Me parece muy bien lo que U. dice de que U. ha debido cumplir sus deberes hacia el Perú como yo trato de llenar los míos hacia Bolivia. Este es un noble sentimiento y mucho más si hace U. como yo que jamás serviré ni a Bolivia ni a nadie (sic) contra Colombia (sic); porque de hacerlo es indudable que el que ataca a los intereses de su patria borra toda otra acción noble (sic).” (Vicente Lecuna: Op. cit.- Tomo II).

El mensaje subliminal de Sucre en ese párrafo era que Santa Cruz no podía preferir al Perú sobre Bolivia que era su patria. Es interesante anotar que en una comunicación de Sucre a Santa Cruz, de fecha 12 de febrero de 1827, en la cual dio cuenta del entredicho con Ortiz de Zevallos que éste narró en su oficio de 27 de enero antes trascrito, el aplicado discípulo del caraqueño dio la siguiente versión de los hechos, lo cual permite al lector juzgar mejor el grado de subordinación en que había caído el Perú si se recuerda que Santa Cruz seguía siendo el presidente del Consejo de Gobierno peruano:

“(...). También entiendo lo resuelto sobre Arica. (...) Protesto de nuevo (sic) que no sería capaz de procurar nada a Bolivia con perjuicio del Perú (sic). Esta es una verdad. Entretanto, mis deberes exigen que yo adelante medidas respecto a Cobija (...); entonces es probable que Bolivia ofrezca menos por Arica (sic); y entonces los peruanos teniendo ese puerto destruido (sic), confesarán que yo nunca olvidé sus intereses (sic) en esa negociación. No sé como es que, descargarse el Perú de 5,000,000 pesos (lo que aumentará su crédito) por un pedazo de terreno que no le servirá de nada desde que Bolivia quiere anularlo, se considere en tan poco (sic). No sé como Uds. no previeron (sic) que era una gran imprudencia haber ofrecido espontáneamente a los bolivianos cederles ese puerto para luego negarlo (sic). Uds. se recordarán entre breve de mi anuncio de que Uds. han perdido más de lo que vale el negocio en cuestión. En fin, el tiempo corre. Probablemente el señor Zevallos hablará mal en sus notas del Gobierno de Bolivia. En efecto, él ha recibido fuertes contestaciones dignas de las de él, y mas digo del estilo demasiado atrevido de sus observaciones a los tratados. Me ha sido sensible usar un lenguaje harto duro (sic), pero aunque he sido provocado cuando menos lo esperaba. La cuestión que lo ha provocado es la más escandalosa, la más abominablemente injusta, la más indecorosa y la más ultrajante (sic) al Perú mismo. Cuando de allá exijan que se pruebe todo, lo diremos todo. Sentiré que Uds. vayan a descomponer más de lo que están las relaciones (...). No sé si Uds. o su plenipotenciario son los que no han sabido manejar la negociación (sic): lo cierto es que desde que él llegó todo se ha enredado (sic).” (Ibid.).

Nótese la forma ambigua como escribe Sucre, dándole a entender a Santa Cruz que las “observaciones” eran obra de Ortiz de Zevallos, cuando muy bien sabemos por éste que enterado de lo que traía el edecán Gonzales, fue Sucre quien le exigió al plenipotenciario peruano que le muestre la comunicación para enseguida desencadenar esa estudiada ira y, después, escudarse dentro del marco confidencial de una carta que defendía los intereses del Perú. Y en cuanto al escaso valor que le daba a Arica, sabemos por las cartas que le remitió a Bolívar desde enero de 1826, trascritas en el capítulo precedente, que muy por el contrario Arica resultaba vital para la artificial Bolivia.

Un mes más tarde, el 26 de marzo de 1827, Sucre se expresó sobre el enviado peruano en términos menos comedidos en otra carta que le dirigió a Santa Cruz, aparte de confesar que jamás creyó que el proyecto federativo fuera realizable:

“(…) Al respecto (…) me limitaré a decirle que si V. se deja llevar por los chismes del señor Zevallos, hará muy mal. Es un cuentero, y es tan ruin que lo he despreciado altamente. Su conducta en Bolivia es muy bochornosa al Perú y muy perjudicial a sus intereses. Lo he sufrido por consideración a V. (sic). (…) En cuanto al negocio de la federación, me alegro que esté destruido todo proyecto. V. habrá visto en mis cartas que al empeño de V. a que se realizase la gran federación le he dado contestaciones frías, porque jamás (sic) me entró en la cabeza que fuera realizable (sic). La federación del Perú y Bolivia no me parecía tan difícil si ese país se dividía en dos estados para equilibrar el poder (sic). De otro modo no cuenten Vds. que los bolivianos entren nunca; y aunque levanten tropas en Arequipa y Cuzco, se reirán de todo, si ellos quieren sostener su independencia. En cuanto a mí, repito que me voy el año de 28 (…). Respecto de lo de Arica, Uds.. harán lo que quieran. Allá han ido al doctor Serrano órdenes para hacer algunas reclamaciones. Si las atienden bien; y si no las atienden, bien. El tiempo desengañará a Uds. si en esta negociación yo he atendido a la vez los intereses del Perú y de Bolivia. Por un Puerto que en breve será insignificante (sic), perderá el Perú, entre pronto, la importancia que se quiere considerar al Puerto, la ventaja que daba la negociación y la posibilidad de que Bolivia se federase con el Perú. (…) Examine muy fríamente su posición y en ningún caso se olvide que nació en Bolivia” (Vicente Lecuna: Op. cit. Tomo II).

Arica no era, por cierto, “insignificante”, tampoco basta esa cesión territorial para sellar la federación. Lo que ocurre es que Sucre quería ganarse las gracias de los bolivianos y satisfacer a su megalómano jefe a costa del Perú. Esa era la costumbre de estos guerreros tropicales. Ahora bien, por dos cartas que remitió Santa Cruz a Gutiérrez de la Fuente el 18 y 22 de diciembre de 1826, y publicadas por Mariano Paz Soldán, es posible inferir la razón de ser de las “observaciones.” Según Santa Cruz, habida cuenta del juramento que había prestado, correspondía al nuevo Congreso peruano, convocado con base en el documento vitalicio, pronunciarse sobre la suerte de Arica:

“(...) Los Bolivianos quieren Arica y yo no quiero ratificar los Tratados por no faltar al juramento que he hecho de sostener a todo trance la integridad de la República. El Congreso decidirá sobre los Tratados que se han hecho. Gonzalez llevará solo contestaciones que no serán sino observaciones (...).” (Ibid.).

“Por consecuencia pues de todo hemos creído deber hacer observaciones juiciosas y amigables, que conduce el Comandante Gonzalez y declaran que toca a la legislatura próxima resolver sobre Arica. Yo no quiero persuadirme que ningún Poder Ejecutivo pueda desmembrar el territorio cuya integridad ha jurado sostener (...). Al caso de Arica diré a U. que sé que un Basadre, D. Lorenzo Infantas y un Cónsul Americano son los jefes que sostienen la separación del Perú e incorporación de aquellos pueblos a Bolivia. (...) Lo que digo a U. sobre los Tratados es reservado: no quiero que el pobre Zevallos que ha obrado con celo y buena fe, sienta en público la tacha de sus inadvertencias. Los Chuquisaqueños le han engañado (sic) (...).” (Ibid.).

La creación de Bolivia fue para Bolívar su propia maldición. Obligado como estaba a darle contenido a un Estado artificial, quiso forzar aun más el debilitamiento del Perú mediante la cesión territorial a Bolivia y una nueva partición de su territorio por el sur. Mas, lo único que logró es desestabilizar todo y poner en marcha el comienzo del fin de su aventura desquiciada.

Para colmo de males, en los primeros días en que Ortiz de Zevallos emprendía ese proceso de esclarecimiento, comenzando por reunirse con Sucre en Chuquisaca, la oficialidad y tropa colombiana acantonadas en Lima como fuerzas de ocupación, se amotinaron el 26 de enero de 1827, poniéndose así fin a causa de la reacción en cadena de acontecimientos que generó, a la dictadura bolivariana en el Perú y abriendo, de paso, en la región andina otro capítulo que va estar signado por el recelo mutuo, la inquina y la tentación usurpadora de los vecinos del Perú. El Cónsul Tudor en otra de sus sustanciosas comunicaciones al Departamento de Estado, el 3 de febrero de ese año, dio cuenta de esos momentos críticos de la siguiente manera:

“El 26 del pasado, el pueblo de Lima se sorprendió al descubrir que las tropas colombianas que ahora están aquí habían ocupado la gran plaza en pleno día (…). Pronto se supo que la mayoría de oficiales, siendo el de mayor graduación el actual comandante de las tropas el Teniente Coronel Bustamante, había arrestado a sus dos Generales Lara y Sandes y a cinco Coroneles, habiendo sido ejecutada la operación de manera tan completa que todos fueron arrestados en sus camas sin opción, no habiendo costado hasta ahora esa revolución una gota de sangre. Como parte de los castillos del Callao habían sido ocupados la noche anterior para recibir a los prisioneros, esos oficiales y unos pocos más de rango subalterno fueron enviados presos a los castillos, habiendo marchado entonces las tropas hacia sus respectivos cuarteles. El General Santa Cruz con los Ministros Larrea y Heres habían estado en la quincena precedente en Chorrillos con el propósito de tomar baños de mar y de divertirse. El Señor Pando, Ministro de Relaciones Exteriores, permaneció solo en la ciudad y habiéndosele negado esta mañana temprano permiso para entrar al Palacio, fuese inmediatamente a Chorrillos, habiendo tomado la misma dirección el arzobispo electo, que es un partidario servil del general Bolívar. En las primeras horas de la mañana, el Comandante colombiano Bustamante le envió un mensaje al General Santa Cruz pidiéndole que regresara a Lima y se ocupara de la seguridad pública; que el paso que habían dado se refería únicamente a ellos y a su país; que habían sido obligados por sus oficiales a jurar la Constitución Boliviana, que ellos adjuraban y que se habían visto obligados por el deber hacia su patria y por fidelidad a su constitución a arrestar a sus jefes, los que inmediatamente serían enviados a la patria y que ellos esperarán las órdenes de su gobierno; que no serían convertidos en instrumentos para esclavizar el Perú (sic); que en absoluto rechazaban toda intervención en su gobierno; pero que en cualquiera oportunidad le prestarían su ayuda para conservar la tranquilidad pública. Santa Cruz y sus ministros se sintieron confundidos con ese acontecimiento y sumamente alarmados de las consecuencias que podía seguir. Ensayaron varios planes para desembarazarse de su desperada situación; pero todo fue en vano, habiéndose mostrado Santa Cruz, quien había estado sumamente enfermo, por su vacilación, por su tímida conducta y por la irresolución entre los consejos de sus Ministros y la voz del público, inepto para esa crisis (sic). (…) El Sábado 27 se celebró un Cabildo abierto, al cual se le permitió la entrada libre a todos los ciudadanos. Fue uno de los monstruosos actos de poder arbitrario el que todas las municipalidades fueran silenciadas por la Constitución de Bolívar. Habiéndose reunido el Cabildo, y considerándose representante del pueblo, dictó ciertas resoluciones por las cuales invitó a Santa Cruz a venir a Lima y actuar como Presidente interino de la República hasta que fuese convocado un congreso constituyente provisto de plenos poderes; declarando que la intrusa constitución debe abolirse; que la Constitución anterior está vigente; que se dicte inmediatamente una proclama convocando un Congreso y que él nombre sus propios ministros, destituyendo, sin embargo, a los actuales. El aceptó tácitamente esas condiciones y llegó a Lima hacia las 2 de la tarde, habiendo sido nombrados ministros al día siguiente Vidaurre, en lugar de Pando, y Salazar en lugar de Heres, quien huyó (sic) en una canoa de Chorrillos al bergantín de guerra francés que está en la bahía del Callao. Larrea continuará de Ministro de Hacienda; pero solamente por unos pocos días. El 30 salieron para Santa Buena Ventura con una guardia de tres oficiales y 40 hombres los oficiales colombianos arrestados para seguir a Bogotá. Hasta el 31, Santa Cruz estaba todavía bajo la influencia de sus anteriores consejeros y concibiendo secretamente planes de escape. Pero cuando (...) le dijeron (...) que debía seguir la voz pública y no moverse de Lima, o caería. Entonces determinó proceder de acuerdo con los sentimientos populares (...). Entre los papeles de Lara encontraron ellos muchas importantísimas cartas de Bolívar, de Sucre y de otros generales, las cuales arrojan considerable luz sobre los designios del primero y serán una ayuda poderosa para Santander en sus esfuerzos para proteger la Constitución de Colombia contra los profundos y pérfidos designios del Usurpador (sic). Y aparece de las cartas de Sucre que su situación era casi desesperada y que con la mayor dificultad podía refrenar las tropas (sic), (...). Existe también una colección de documentos muy interesantes con respecto a los cuales se siente mucha ansiedad, habiéndose tomado todas las precauciones para obtener su posesión (...); Lara, el último comandante en jefe de las tropas colombianas, es un valiente soldado, pero un hombre ignorante y estúpido con las ideas de un sargento y dispuesto a obedecer ciegamente las órdenes de Bolívar, hallándose al mismo tiempo disgustado con la difícil situación en que se encuentra. En el último correo de Bogotá, que llegó el 20 del pasado, recibió una carta del general Salom, el cual le escribió por orden de Bolívar que dentro de pocos días sería enviado un oficial con despachos; que debía desatender (sic) las órdenes del gobierno, pero cumplir inmediata y exactamente las que recibiera del mismo Bolívar (sic), quien le escribiría confidencialmente por la misma oportunidad a Santa Cruz y Sucre (sic). Lara cometió la indiscreción de mencionar esa información a un general de principios patrióticos. Esas insinuaciones alarmantes hicieron necesario que no se perdiera tiempo en ejecutar las recientes medidas. Si esos despachos pudieran obtenerse (sic), sería posible desenmascarar a Bolívar e impedirle toda ulterior decepción, por más que sea maestro en este arte (sic). (...) La esperanza de que los proyectos de Bolívar están ahora efectivamente destruidos, es una de las más consoladoras. (...) Su carácter es ardiente, vehemente, arrogante; sus pasiones indomables y no refrenadas por ningún principio público o privado y con frecuentes arranques de franqueza o, más bien, de indiscreción; es capaz de la hipocresía más profunda y solemne. El cree que las palabras no conducen a obligación alguna y que están completamente subordinadas, cualquiera que sea su forma o expresión, a favorecer sus designios. (...) Además, esta doctrina con respecto a Bolívar, que él siempre inculca, consiste en que él es completamente desinteresado, y sin ambición alguna para el mando. (...).” (William R. Manning: Op. cit.).

Deliberadamente quien esto escribe ha optado porque sea un observador de la época, en este caso el Cónsul estadounidense William Tudor, quien hiciera el recuento del golpe de Estado que tuvo lugar en Lima ese 26 de enero. Fue tan simbólica esa revuelta de la tropa colombiana harta de ser utilizada para fines distintos a los libertarios, que como el mismo Tudor se encargó de precisar en otra comunicación, semanas más tarde, el 23 de marzo, “se ha(bía)n escapado (los peruanos) de un yugo más infame y opresivo que aquel del cual fueron definitivamente libertados por la batalla de Ayacucho, habiendo sido destruidos todos los resultados gloriosos que se previeron por la perfidia más atroz; y que el 26 de enero es el gran día, desde el cual debe contarse la libertad del Perú (sic).”

Su relato sirve, también, para confirmar la oposición larvada que existía en Lima y, en general en el resto del Perú, solo contenida por la tropa colombiana de ocupación. De paso, si se recuerdan las diferentes comunicaciones de Bolívar con Sucre o Santander permiten, adquiere igualmente veracidad lo dicho por Tudor ese 3 de febrero; así como lo que reveló en otra comunicación de 23 de febrero, en la cual da cuenta, además, de algo muy confidencial que, días antes, el mismo plenipotenciario peruano en Chuquisaca, como hemos visto, se vio obligado a informar a Lima. Esto es, los hechos narrados por Tudor eran en lo sustancial verídicos:

“De las provincias llegan sucesivamente informes , habiendo sido recibidas hasta ahora las noticias de los últimos sucesos con alegría. Tales fueron los sucesos de Trujillo, de Ica, de Guamanga, etc. (...). En Guamanga, capital del departamento de Ayacucho, el prefecto Pardo de Zela, un español,, trató de ocultar la noticia de la llegada del correo; pero los oficiales de un batallón peruano (sic) que habían recibido también noticias, se pusieron al frente de las tropas y arrestaron al prefecto, cuya vida salvaron allí, enviándolo prisionero a Lima. Celebrose un Cabildo abierto de los ciudadanos, uniéndose todos para declarar nula la Constitución boliviana, habiendo proclamado la Constitución del Perú. Dícese que no hubo opositores a esas medidas, con excepción del prefecto y de dos más. (...). Mientras tanto el régimen de decepción que el General Bolívar y sus ministros han sostenido se torna casi ridículo. Desde el principio debían las declaraciones estar en directa oposición de las acciones (sic): el mayor desinterés, el horror a ejercer el poder arbitrario y el deseo de retirarse iban acompañados (sic) de la disposición de las rentas públicas a discreción, debiendo toda medida de intriga y de violencia asegurar la dominación absoluta e irresponsable (...). En un manifiesto recientemente publicado para justificar su conducta, el señor Pando exhibe un igual grado de atrevimiento y de desprecio por la verdad, vestido con un estilo muy elegante. En ese folleto sostiene que el general Bolívar solo estaba deseoso de retirarse del mando y no habría regresado nunca al Perú (sic). Pero ese lenguaje es más notable en otro documento que nunca se destinó al público. Los agentes de Buenos Aires han obtenido copia de varios despachos ministeriales privados, entre otras las instrucciones (sic) dadas por el señor Pando al Plenipotenciario peruano en Bolivia. Probablemente este documento irá a parar a nuestros periódicos, observándose en su último párrafo que el Ministro lo convertirá en un fuerte argumento con el General Sucre para ayudar a hacer de las dos repúblicas una e indivisible, ya que iba a ser su futuro presidente vitalicio (...). Un cálculo excesivo de la inteligencia y de la virtud de la humanidad puede llevar a un estadista a cometer grandes errores; pero también existe un peligro en el extremo opuesto, habiendo el General Bolívar y el señor Pando cometido un error fatal al suponer que ellos estaban completamente desprovistos de ambos.” (Ibid.).

La divulgación que se hizo en Argentina de las instrucciones reservadas impartidas por Pando a Ortiz de Zevallos, de 5 de julio de 1826, es el mayor baldón que pesa sobre ese godo nacido en Lima que gracias al caraqueño llegó a empinarse a las cimas del poder en el Perú, sin merecerlo. Trataba de justificarse cobardemente en Lima ese acalorado febrero de 1827, arguyendo que Bolívar tenía horror al poder y que no regresaría más al Perú, en circunstancias que semanas antes, en Salta, se había hecho befa de las instrucciones impartidas por él y destinadas, como también se ha visto, a fusionar al Perú con Bolivia bajo la denominación espuria “Federación Boliviana”, no siendo su jefe supremo vitalicio otro que Simón Bolívar, como el mismo Pando no había cesado de proponerlo en diferentes formas.

En fin, la referencia a la situación casi desesperada de Sucre tampoco fue una exageración o adulteración de la realidad por parte de Tudor, pues ya sabemos que el capitán Matute y otros oficiales colombianos de los granaderos auxiliares se habían sublevado en Cochabamba el 14 de noviembre de 1826, por lo que es de suponer que lo ocurrido en Lima el 26 de enero pudo haber sido producto de esa onda sísmica de hartazgo, en función de lo denunciado por Matute. Revuelta de Lima que tuvo, igualmente, su impacto en el Alto Perú, como se verá en el Tomo Cuarto de Las veleidades autocráticas de Simón Bolívar, que llevará por título: La guerra de límites contra el Perú.

Ad portas del derrumbe del castillo de arena que quiso construir un megalómano Bolívar en la región andina, no debería sorprender, por tanto, que Sucre le escribiera a su jefe, el 3 de julio de 1827, una carta donde por lo menos se atreve a decir lo que pensaba de su afectísimo amigo Santa Cruz:

“El correo nos ha traído la noticia de la instalación del congreso del Perú el 4 de junio. He visto el mensaje de Santa Cruz y supongo que lo habrán enviado a U., es la confesión de su carácter y es mi justificación cuando habiéndole dicho a U. mil veces sus inclinaciones y su doblez, me reconvenía U. de falta de imparcialidad. He aquí la recompensa de este hombre, al hombre que hizo la injusticia por protegerlo, de llenarlo de honra, de favores y de elevarlo a mariscal (habiendo perdido un ejército) al mismo tiempo casi dio este grado al jefe de los vencedores de Ayacucho. (...). Me ha indignado ver del modo que Santa Cruz habla de Bolivia; la trata de las provincias altas después que ha hablado del Perú (sic). Parece que este espurio boliviano quiere lisonjear a los peruanos maltratando a su patria (sic); pero falso en sus procedimientos es también falso en sus cálculos (...).” (Vicente Lecuna: Op. cit. Tomo II). Y mientras el 19 de mayo de 1827, Sucre le manifestaba a Bolívar, siguiendo su ejemplo de construir espejismos, que pensaba trabajar en la federación de Bolivia, Argentina y Chile: “Voy a trabajar siempre en esto porque lo considero un bien para América, contra los desórdenes y las facciones.” El 4 de setiembre, menos seguro de sí mismo volvió a opinar sobre Santa Cruz, en una nueva carta dirigida a su master como sigue:

“Veo por su carta que U. no sabía los sucesos de enero en el Perú, y observo que todavía pensaba U. que Santa Cruz era bueno. Ya estará desengañado de que no era pretensión mía cuando mil ,veces le dije a U. que era traidor por carácter y por inclinación. Los planes de este pobre diablo para ser presidente del Perú se le han frustrado; quizás en un bochinche lo será en unos días; pero es un faccioso, no dura.” (Ibid.).

Mas, al 4 de setiembre de 1827 la situación estaba pasando a ser irreversible. Tres meses antes, el 8 de junio, vuelto Bolívar a la realidad, luego de ver sus sueños delirantes en migajas, escribió cartas a Sucre y Santa Cruz, en ese orden, las cuales dan una pauta del estado de ánimo que le embargaba en ese preciso momento, una vez que comprobó que no podía seguir cabalgando en un mundo signado por el espejismo y que, tarde o temprano, su responsabilidad terminaría por salir a la superficie:

“(…). Temo mucho los desórdenes que ocurran en el sur (…); el Perú va a correr un círculo de convulsiones continuas, y las agitaciones del Perú van a conmover a sus vecinos. (…) Cundinamarca también sufrirá mucho con las divisiones que se van a sembrar en ella. En una palabra, este nuevo mundo no es más que un mar borrascoso que en muchos años no estará en calma. Algunos me atribuirán parte del mal; otros la totalidad, y yo, para que no me atribuyan más culpa, no quiero entrar más adentro. Me conformaré con la parte que me adjudiquen en esta diabólica partición.” (Ibid.).

“(…). Nada me importa la constitución boliviana; si no quieren, que la quemen (sic), como dicen: se ha hecho ya esto antes de ahora. Yo no tengo amor propio de autor en materias graves que pesan sobre la humanidad.” (Ibid.).

La justificación que dejó para la historia ese tonto útil como fue Ignacio Ortiz de Zevallos de su fallida misión en Chuquisaca, en su comnicación de 12 de agosto de 1827, es bueno recordarla, porque ya es tiempo que el peruano de raíz milenaria erradique de su mente ese complejo de inferioridad sembrado con violencia por la mediocre casta dominante, a fin de que tome conciencia que quienes tuvieron a su cargo los destinos del Perú en ese período de fragua estuvieron lejos de ser superiores, y más bien acusaron una marcada proclividad al servilismo o adulonería antes de privilegiar el interés prioritario de la nueva patria:

“La apreciable nota de V. S. del día de ayer, que he tenido la honra de recibir, y por la que se sirve V. S. manifestarme la voluntad de S. E. el vicepresidente de que yo exhiba la orden o autorización particular con que procedía celebrar el tratado de límites con el Gobierno boliviano en calidad de Ministro Plenipotenciario del Perú, cediendo a aquella República, el territorio de Arica, me ofrece la inmensa satisfacción de hablar extensamente de un asunto, que tanto interesa a la buena opinión de mi conducta e intenciones (...). Si yo dijese que la particular autorización que se me exige por el Supremo Gobierno para el tratado de la cesión de Arica, se halla en las instrucciones que en 5 de julio de 1826 se me dieron por este Ministerio habría satisfecho cumplidamente las intenciones del Excmo. Señor Vicepresidente, y llenado mis deberes porque en ese documento, se halla bien demarcada la línea de conducta que observé, de un modo tan claro, que se percibe a primera vista. Dirigida la Legación que se me confió, a procurar la reunión de Bolivia al Perú, o bajo un régimen central, o por un pacto al menos de federación; por razones de conveniencia recíproca (sic) que se desenvuelven en las instrucciones; encargándose el Ministerio de los embarazos que se podrían oponer a esta reunión, y de los arbitrios de removerlos; se dice lo siguiente: ‘y que no estaríamos lejos de ceder los puertos y territorios de Arica e Iquique para que fuesen reunidos al departamento de La Paz, dando el movimiento y la vida a aquellas obstruidas provincias y en este caso, continuase, deberá confesarse que ninguna lesión soportaría Bolivia del contrato que uniese sus destinos a los del Perú.’ Desde luego se advierte, que la cláusula primera del período que se ha trascrito no es positiva sino condicional; pero manifestando el espíritu de la hipótesis en la segunda cláusula; es visto, que desde que la cesión se pactó, para hacer asequible la reunión de los dos Estados, el enviado del Perú obró consecuente con lo que se le había prevenido (...). Cuando se me nombró de Plenipotenciario y partí de esta capital se creyó que la reunión de Bolivia sería más factible porque se consideraron que eran otras las disposiciones de su actual Gobierno (sic). La cesión de Arica fue la base que debía allanar los obstáculos (sic); y bajo de este íntimo conocimiento se me dieron las instrucciones. Si después por mis avisos circunstanciados (sic), y los más interesantes se conoció el error de esos conceptos; si se advirtió el disgusto del departamento de Arequipa por la desmembración; lo que (es preciso decir) no se había tenido en consideración; no es nuevo que el Sr. Ministro al comunicarme la improbación de los tratados, fijase un sentido menos justo a las instrucciones; cuando de este modo ponía a cubierto la dignidad del Supremo Gobierno (sic). No es esto nuevo en la historia diplomática; y si los continuos sucesos que lo testifican sirven para hacer laudable la conducta del Ministro; recomiendan igualmente la irresponsabilidad del enviado. (...) Todo lo expuesto versa con concepto a las instrucciones que se me dieron por escrito. Además de ellas S. E. el libertador me indicó expresamente (sic) que con tal que Bolivia accediese a la federación se le debía ceder Arica. S. E. el Presidente del Consejo de Gobierno es un testigo de esto como que entonces se halló presente (sic); y es por esto que en mi nota de 27 de enero de este año número 25 dije: que si yo por seguir las indicaciones verbales (sic) de S. E. el libertador fui forzado a suscribir los tratados: como un hombre que amo al Perú por mil títulos, me complacía en no tuvieses efecto. (...).” (Carlos Ortiz de Zevallos: Op. cit.).

Lógica defensa. Pues, en este caso al instrumento se le quería convertir en chivo expiatorio, cuando el primero que debía ser defenestrado era Santa Cruz, quien paradójicamente seguía ejerciendo en ese momento el cargo de presidente del Consejo de Gobierno, y el siguiente debió ser Pando, por servil y antiperuano.

Tras consumarse a la mala la separación del Alto Perú, la cesión alocada de Tarija de 6 de noviembre de 1825, creó un primer problema con Argentina, al punto que este país se negó a reconocer a Bolivia en nota de 26 de julio de 1826. Asimismo, por esos días, por intermedio del aventurero Burdett O’Connor, se arrebató subrepticiamente al Perú una pequeña franja costera con Cobija como puerto en el límite con Chile, al norte del río Paposo. A esto se sumó el odio que generó la decisión del dictador de imponer un Congreso a su gusto en Lima para conseguir, primero, el reconocimiento del nuevo Estado y, luego, la aprobación de su constitución vitalicia, todo esto dentro de un marco de revuelta en Venezuela a instigación de Páez, opuesto a que las decisiones se siguieran tomando en Bogotá, y en Ecuador donde Flores actuaba centrífugamente aunque movido por razones distintas. La revuelta de la guarnición colombiana en Lima el 26 de enero de 1827 creó, sin embargo, las condiciones para el cambio radical en el Perú, con lo cual la construcción bolivariana comenzó a derrumbarse en simultáneo, pues se rajaba por todos lados. Un nuevo gobierno peruano quiso retrotraer la historia buscando anexar a Bolivia, Bolívar retrucó amenazando con invadir el Perú por el norte, en junio de 1828. Es decir, se dieron vertiginosamente las condiciones para la debacle. En una palabra, todo comenzó con la ambición de Bolívar de forzar la creación de Bolivia para que haya un Estado que llevara su nombre dentro de un marco geopolítico fantasioso. Y desde ese entonces, la gran nación andina unida por la geografía y la raza, se ha visto más bien confrontada por causa de los nacionalismos estrechos y encontrados que fueron tendenciosamente inspirados por el supuesto precursor de la unidad latinoamericana.

Epílogo

Uno de los problemas inherentes a la historiografía es el “presentismo”; esto es, siguiendo al filósofo de la historia Herbert Butterfield, el enorme riesgo de hacer historia sin dejar del todo el presente o de hacerlo en función de éste, lo que puede llevar a construir “una gigantesca ilusión óptica” o a la falacia del nunc pro tunc, según el historiador David H. Fischer. En efecto, es frecuente la tentación de yuxtaponer los planos sincrónico y diacrónico en el análisis de determinados acontecimientos dados en el pasado, o de interpolar, sin solución de continuidad, juicios de valor basados en estructuras conceptual y valorativa de otras épocas, de donde resulta un producto historiográfico que es una reinterpretación actualizada del pasado o su adulteración descomunal. ¿Qué hacer entonces?

Quien esto escribe ha procurado, dentro de lo posible, sustraerse al “presentismo” tomando como marco de referencia temporal las propias cartas de Simón Bolívar o de sus corresponsales (Sucre y Santander, entre otros). Y para reforzar esa percepción sincrónica de los acontecimientos en acción, otra vía ha sido la de recurrir, complementariamente, a los testimonios dejados por algunos observadores calificados, testimonios por lo general coetáneos con los acontecimientos. Dicho en otras palabras, la metodología seguida ha sido la de evitar la mirada retrospectiva y, más bien, procurar descodificar sobre una base documental las intenciones subyacentes a los discursos o decisiones como una forma de desentrañar la verdad histórica.

Un ejemplo puntual en el empleo de esta metodología lo encontramos al contrastar lo escrito por Sucre a Bolívar en su carta de 4 de abril de 1825 (“Mil veces he pedido a V. instrucciones respecto del Alto Perú y se me han negado, dejándome en abandono”) con lo que, finalmente, le confesó en otra carta, de fecha 6 de junio de ese año: “porque he dicho y he repetido que V. no me dio instrucciones al entrar en ellas. V. me previno en dos cartas que siempre dijese esto; y como fue así lo cumplo exactamente.” Vale decir, el argumento repetido varias veces por Sucre durante el crucial período que va de febrero a mayo de 1825 en cuanto a que no había recibido instrucciones para precipitar la independencia del Alto Perú, resultó ser por su propia confesión pura simulación para proteger a su jefe en caso de que las cosas salieran mal. Y como para Bolívar lo “más seguro” era dudar, se tomó el trabajo de instruirle sobre el particular a su lugarteniente en “dos cartas” que, por supuesto, no se conocen.

De allí el término de “descodificación” que se usa, porque en realidad lo que se ha hecho, al descubrir que las cartas más comprometedoras en cuanto a las intenciones aviesas de Bolívar han sido ocultadas o destruidas, es tratar de seguir el hilo conductor de esas intenciones a través de un lapsus calami, una contradicción, una revelación o un acuse de recibo expresados en forma de palabras, grupos de palabras o frases dejados en la cuantiosa, aunque incompleta, correspondencia publicada oficialmente, para demostrar que antes que especulaciones o conclusiones tendenciosas de quien esto escribe, sí estuvo en el pensamiento y acción de los protagonistas debilitar en grado extremo al Perú hasta hacerlo, eventualmente, desaparecer.

Simón Bolívar fue tal vez el primer político en América Latina que entendió que la política era un espectáculo. De allí su apego a las formas y a la dramaturgia cada vez que debía precipitar decisiones mayores en función de sus propios planes. Nada que le interesara dejó al azar, ni tampoco permitió que la historia se hiciera sin imprimirle su sello y direccionalidad. Por eso, no puede negarse que fue en la región andina un partero inesperado de acontecimientos históricos, pero de aquellos derivados de su enfermiza megalomanía que lógicamente desencadenaron otros, igualmente no previstos. Rodeado de una corte servil de turiferarios y alcahuetes, poco a poco fue enajenándose de una porción importante de la realidad circundante hasta confundir la fantasía con lo que es posible. Desde este punto de vista, cayó en el mismo vicio que Napoleón, su paradigma, y terminó destruyendo lo que con denuedo construyó.