Las nuevas camadas cuentan con la posibilidad cierta de los innumerables institutos de formación, algo que, en tanta variedad, no se contaba en anteriores períodos. El mundo empresario ha asimilado esta realidad y la ha adaptado plenamente a sus propios intereses. Ya no están aquellos periodistas que se formaban en las propias redacciones. Ahora existen los pasantes, un sistema que quizás algunos pensaron como un medio eficaz para experimentar a los aprendices, pero que en la práctica fue notoriamente desvirtuado. Porque en las grandes empresas las pasantías se han convertido en un cruel generador de manos de obra baratas, sin ofrecerle, a la gran mayoría, las posibilidades de crecimiento y estabilidad. Salvo las primeras camadas que nutrieron los primeros pasos de productos como un diario deportivo especializado, un canal deportivo por cable y algunos suplementos diarios, los demás pasantes se convirtieron en aves de paso en la profesión. Muchos entusiasmos quedaron y quedan actualmente en el camino. Al menos, eso es lo que he podido apreciar alrededor de mi especialidad, lo deportivo.

Un porcentaje mínimo se suele recuperar del cimbronazo y acomete contra los molinos de viento a través de esfuerzos comunitarios, barriales, institucionales, partidarios. Tienen, en esencia, esa prepotencia de trabajo de la que hablaba el siempre magistral Roberto Arlt. No es sobre ellos que nos interesa hablar. Ellos, como antes tantos que circularon por la profesión, son los capaces de vencer al entorno globalizado de cambios empresariales. Y ganan la batalla de la comunicación imbuídos del fuego sagrado vigente en todas las épocas.

Las nuevas camadas, esta generación actual, son los que llegan a la comunicación sin saber bien qué es ella. Son los que viven entre “Grandes Hermanos” y “Bailando por un sueño”, despreciando tanto deporte televisado, diarios y programas radiales. No leen casi nada, desde el secundario, y usan muchas palabras por lo que suenan, no porque lo que significan. Como comunicadores, apenas apelan a los sitios en internet – seguros e inseguros – que puedan proveerlos de informaciones ajenas. Ignoran el dato exacto, la precisión; cualquiera les da igual. Por eso abunda tanto pasante que producen históricos errores en los medios donde concurren. Es una realidad que, en paralelo con la propia actividad deportiva, puede compararse con futbolistas que dominan más el Play Station que el propio juego en el campo de entrenamiento. Hay una identidad generacional que va más allá de cualquier análisis.

Como responsable de la formación profesional de muchos de estos aspirantes a comunicadores, me adapto a esta realidad pero no la rechazo. Es el signo de los tiempos globalizados, hipercomunicados, desbordados de centros de interés. Estas nuevas camadas viven sin ideales, pero a mucha mayor velocidad. Capaces de ver varias páginas de la red al mismo tiempo, mientras miran la pantalla de su teléfono celular y conversan con un amigo real o en el messenger. Por propia idiosincracia son incapaces de concentrarse en un solo punto, porque su esencia natural es la dispersión.

A su manera, avanzan. Las nuevas tecnologías son sus aliados, nacieron en ese ambiente y se manejan como pez en el agua en él. Y no surgen periodistas “en el estilo de...” o “similares a aquel maestro...” Estas nuevas camadas, salvo excepciones, desarrollan otros moldes, con otras características. Los une con el pasado ese afán de comunicarse, de trascender, de ganar un espacio. No razonan sobre el sentido de la comunicación, la ejecutan. Y serán ellos los que, en el futuro inmediato, evaluarán o juzgarán si el camino engalana el objetivo o éste vale por si mismo, simplemente.

Y a propósito de las nuevas tecnologías también debemos lanzar un alerta porque ciertas aplicaciones están imponiéndose en los medios. Con estos teléfonos portátiles de tercera generación que son casi computadoras en miniatura, están apareciendo los “cronistas anónimos” y los “fotógrafos o camarógrafos anónimos”. Que con los que reflejan la realidad en forma inmediata y la comparten en sitios de internet o, directamente, la envían a los medios gráficos y televisivos. Estos, sin mayores vueltas, los han asimilado y hasta le han abierto un espacio en donde los alojan. Esta es una realidad que, a pasos gigantes, la vemos desarrollar en todos los países. No podemos rechazarla, porque esencialmente es buena en sí, cumple con el objetivo básico de la comunicación.

Pero: ¿será otro aliado de las pasantías? ¿transformará el ejercicio de la profesión en el futuro inmediato? ¿cerrará puertas a los capacitados en aras de los cronistas improvisados?

Es este otro de los tantos desafíos que el presente nos pone delante de las narices. Anhelamos creer que siempre un periodista adiestrado para interpretar los hechos – como demandan los tiempos actuales – siempre serán más útiles que los ignotos voluntarios. ¿Lo entenderán también así los empresarios? ¿O se aprovecharán de la nueva situación para achicar aun más sus costos?

Hay nuevas concepciones que hacen a la esencia tradicional de los comunicadores sociales. Desde el llamado inicial de la vocación hasta su complementación con las argucias empresariales y la complementación que ofrecen, en rápido desarrollo, los cambios tecnológicos.

A todo esto deben enfrentar las nuevas camadas. Inevitablemente algunos ocuparán los sectores que puedan abrirse biológicamente en los grandes medios. Y aun con el achicamiento visible del espectro tradicional, habrá que prestarle mayor atención al desarrollo de los medios grupales y comunitarios, cooperatizadores de esfuerzos. En algunos estratos se han abierto, en los últimos años, distintos nichos, rentables económicamente. Son los más relacionados con el negocio que con el sentido real de la comunicación. Pero empiezan a aparecer los frutos de muchos esfuerzos conjuntos que aun tienen, en su esencia, como siempre, Utpba la llama eterna de una profesión comprometida con la sociedad que no quiere morir (ANC-UTPBA).