En nuestro gremio cientos de trabajadores de prensa pertenecen a la categoría de “colaboradores”, especie de vendedores ambulantes de su fuerza laboral que envían sumarios y golpean puertas a la espera de una oportunidad. Bajo esa clasificación –una suerte de cuentapropista más cerca del desocupado que del profesional independiente- sale a ofrecer sus ideas y su producción al servicio de los medios, que disfrazan una relación laboral bajo el rótulo de una “prestación de servicios periodísticos”.

La realidad indica que la única libertad que tienen es elegir quién les pagará una suma irrisoria por su labor, al tiempo que la precarización –que en estos casos llega al paroxismo- se expresa de manera descarada. Nunca como hoy se confunde a la flexibilización con profesionalismo; a la baja remuneración y la evasión impositiva y previsional de las empresas con un trabajo que se presume como independiente; al aislamiento y la inexistencia de un ámbito en común con la prestación de servicios externos.

Las nuevas generaciones de periodistas se forman con estas categorías laborales y con sus significados travestidos que desvirtúan la tarea del trabajador de prensa, a quien se lo obliga a vender una nota en lugar de desplegar su trabajo intelectual en un medio de comunicación. Factura mediante, no sólo resigna una relación laboral sino también el producto mismo de su esfuerzo y la integración a un ámbito de desarrollo profesional y de pertenencia: la redacción.

En ese marco es que los colaboradores tienen comprometida su práctica cotidiana y son, aún en estas condiciones, productores de sentido. ¿Hay algún escenario más adverso donde las relaciones de poder se presentan de manera más descarnada? Sin embargo, estos periodistas precarizados se comprometen con aquello que consideran su verdad, exploran en estilos, formas y contenidos de los más diversos para sostener una continuidad siempre sujeta a la cantidad de firmas que comprometen a la empresa para el blanqueo del empleo en negro. Así, la búsqueda de una colaboración contempla, además, la forma en que resguardamos nuestro sentido de la verdad y el respeto intelectual.

Las circunstancias que rodean el desempeño profesional nos obliga a la búsqueda de nuevas opciones. Desde el llano, muchos trabajadores de prensa optaron por alternativas comunicacionales construidas sobre formas asociativas que privilegian la solidaridad entre sus miembros, el consenso en la toma de decisiones -que resguarde un sentido de verdad que respete la opinión del periodista- y la producción de un capital cultural no contaminado por los intereses económicos y políticos de los grandes medios masivos. La preparación y capacitación para el manejo y aprovechamiento de las nuevas tecnologías es un soporte importante para estas experiencias que, poco a poco, toman forma y se arraigan en las comunidades más diversas de la Argentina.

La feria de las vanidades que montaron una trouppe de periodistas y empresarios que se sienten discriminados (del negocio publicitario estatal) y censurados no incluye entre sus reclamos las condiciones que soportan los trabajadores de prensa que condicionan su creación y libertad intelectual, entendida como el valor supremo que tiene su sentido de verdad y el derecho de expresarlo. La carpa de la fantasía persecutoria no apoya ni valora a los colectivos que impulsan su propia comunicación sobre pertenencia a una comunidad, no por la especulación del lucro y la ganancia.

La reflexión sobre la labor del periodista y su producción simbólica debe incluir un debate que defina las cosas por su nombre, que valore las experiencias alternativas y que sea independiente de las luchas y disputas de los monopolios y sus representantes ad hoc. Sólo con una mirada crítica desecharemos las palabras inútiles y su ficción para recuperar el valor del presente y nuestra historia. Así construiremos el futuro (ANC-UTPBA).