Para nadie es desconocido que en el Ecuador, los grandes medios de comunicación están vinculados a los viejos partidos políticos tradicionales, a la banca privada y a grupos empresariales que, escudados en la manoseada “libertad de expresión”, monopolizan la información. Para ello, desde la radio, prensa y TV, erigen como conductores y hacedores de la “opinión pública” a ciertas vacas sagradas a quienes, afortunadamente, los ecuatorianos hemos empezado a identificarlos como defensores de los intereses de grupos económicos, y a cuestionar su tan cacareada imparcialidad y objetividad.

Si nos detenemos a observar a los entrevistadores y entrevistados que, en una suerte de carrusel, aparecen en los noticieros de la TV, en los espacios radiales y en las primeras planas de los periódicos, nos percataremos de que muchos de ellos son coidearios y actores políticos de la vieja partidocracia que pugna por mantener el sistema capitalista.

En una hojeada a periódicos como El Comercio (el cual sólo recomiendo leer cuando se necesiten ver los anuncios clasificados), Hoy, El Universo, revistas como Vistazo y Vanguardia, volveremos a encontrar a estos supuestos “orientadores de opinión” y cultores del rating, cuya credibilidad está en entredicho pues han confundido la libertad de expresión con la libertad de empresa al hacer una ecuación perversa entre el libre ejercicio periodístico y el libre mercado.

El papel que desempeñan los grandes medios de comunicación en nuestro país, deja ver que se desenvuelven, de manera evidente y también disimulada, entre las pugnas de grupos de poder económico que han pisoteado por reiteradas veces los supuestos principios que guían su trabajo: la imparcialidad, el pluralismo, la objetividad y la honestidad.

Una de las formas solapadas de hacer creer que cumplen con los principios de la comunicación: informar, orientar, educar y divertir, es lo que se ha dado en llamar prensa rosa a la que particularmente denomino como telebasura chismográfica, tal como se puede constatar en un rápido zapping por los canales de la TV ecuatoriana y programas como: “Vamos con todo” de Telesistema, “Caiga quien caiga” de Canal 1 o “En corto” de Teleamazonas, cuyos presentadores -sin sonrojarse- se autodenominan ‘periodistas de farándula’.

¿Cómo se construye un programa de televisión rosa? Consiga una presentadora que esté dispuesta a vestir la menor ropa posible (Kiki Pérez de “En Corto”) con la mayor cantidad de cirugías plásticas posibles y que apenas pronuncie bien el español (si habla portuñol, mejor) tal como Paloma Fiuza de “Vamos con todo”, o alguien que se crea diva y la reina del chisme (Marian Sabaté de “Caiga quien caiga”), y acompáñela de un actorcillo en decadencia como Oswaldo Segura, alguien que se lo conozca como el paparazzi, de otro presentadorcillo que presuma de fashion y conocedor del último grito de la moda como Angelo Barahona, sin importar su coeficiente intelectual (para el caso da lo mismo) y que la única condición para convertirse en periodistas rosa sea estar dispuestos a hacer del chisme una forma de vida. Finalmente, póngalos en un set en el que resalte un gran sillón en tonos rojizos.

En general, del lente de la cámara rosa no están exentos los políticos, los deportistas, los “famosos” del paupérrimo jet set criollo. La cobertura de estos programillas versa sobre líos amorosos, viajes a la playas, salidas a farrear en alguna discoteca, su estilo de vestir y futilerías como esas. Contrario a lo que puede pensarse, estos programillas no tienen nada de ingenuos, pues persiguen un cometido y es desviar la atención de los televidentes frente a los acontecimientos verdaderamente relevantes de la vida nacional. A la par de distorsionar la realidad, pues se han dado cuenta de que la trivialidad y la banalidad en la sociedad de consumo también suele vender y mantener un relativo rating; así logran crear en el televidente una necesidad superflua: el supuesto interés por lo que hacen o dejan de hacer ciertos personajes públicos bajo el parapeto de que, por su calidad de tales, aún su vida privada merece ser recogida por estos grandes medios de comunicación.

Es lamentable constatar que programillas como éstos sí tienen sus seguidores, debido principalmente a la mala calidad de los programas y de la producción de la televisión ecuatoriana. Es de esperar que la Asamblea Nacional Constituyente, reunida en Montecristi, en principio confisque todas las frecuencias de radio y televisión y se las revierta al Estado y que en la Constitución que se va a redactar se regule este tipo de programas para que por fin sea efectivo el derecho que tenemos todos los ecuatorianos, este es, el derecho a la intimidad.