La tragedia del 79
Alfonso Bouroncle Carreón, Studium, Lima

65 - Tratado de Ancón

El continuo batallar de Cáceres fue el factor determinante para que Chile modificara su política y ambiciones. De un pensamiento de destrucción completa y sistemática del Perú, que era lo que sus políticos desearon y empujaron a la prensa con ese clamor, para lograr los mayores enriquecimientos de gobernantes, militares y cuanta persona pusiera la mano en el quehacer del país sojuzgado, ya que el saqueo sistemático al cual sometieron al país, careció de inventarios y medidas de control y, éstas, sólo se efectuaron en las partes y cuantías que los merodeadores, atracadores y las entradas a saco produjeran en pillaje franco o encubierto. Esa posibilidad de continuar indefinidamente con la expoliación de aduanas, servicios, administración pública, municipios y poder judicial, además de las raterías que se efectuaban diariamente en los establecimientos, haciendas y domicilios privados. Durante la ocupación chilena, nada quedó a salvo, incluidas las iglesias, ya que todo era considerado como a libre disponibilidad del gobierno chileno. Ese saqueo sistemático ejercido por la autoridad de ocupación representada por Lynch como jefe de las cuadrillas, uniformadas o no de asesinos, salteadores, estafadores y francos ladrones que Chile había desparramado por todo el ámbito peruano bajo el control de sus bayonetas. Esa situación se les tornaba difícil por la continua resistencia que en esos mismos territorios se incrementaba y sumaba a la ofrecida por el ejército de La Breña. Efectivo militar al cual no podían hacer desaparecer, pese a las derrotas que les inflingieron y castigos que impusieron, como el degüello de prisioneros y poblaciones indefensas, pues por cada difunto, surgía un nuevo peruano en defensa del territorio patrio. Componente psicológico enraizado en las poblaciones y fuera magníficamente bien expresado por Luis Pardo y el grupo de jóvenes de Chiquián, Cajatambo, Ancash, que salieron a recibir a Cáceres, cuando derrotado, regresaba de Huamachuco hacia el Mantaro para levantar nuevos contingentes. En el lugar denominado Tres Cruces, al compás de guitarras le dedicaron la siguiente canción de autor desconocido: (193).

"Cuando el peruano pelea y pierde, _ no desespera de la victoria,
porque en coraje crece y se enciende
y en nueva empresa verá la gloria
¡Oh patria mía!, no me maldigas
porque al chileno no le vencí
que bien quisiera haber perdido
la vida entera que te ofrecí.
Más queda un bravo, noble soldado
que aquí en la Breña luchando está;
tú eres ¡Oh Cáceres! nuestra esperanza;
tu fe y constancia te harán triunfar.

Esa política fue modificada en dos años de resistencia montonera, por eso, frente al descalabro peruano en Huamachuco, el gobierno de Santiago aprovechó la oportunidad para acelerar los trámites de paz ya iniciados y aceptados por Iglesias. Para ese efecto, tuvo en Lima un enviado especial con plenos poderes para negociar e incluso suscribir convenios o tratados, fue Jovino Novoa, quien, apoyándose en las tropas de ocupación y en coordinación con Lynch, brindó todo apoyo a Iglesias al ser en ese momento el único que se avino a suscribir lo que Chile deseara. La camarilla del gobernante, ansiosos de poder y al mismo tiempo temerosos de las represalias que pudiera tomar el país frente a su comportamiento, procuraron aferrarse a las bayonetas enemigas para que los defendieran. Inicuo y vergonzoso comportamiento, pero real. Y, frente a ese conjunto de entreguistas, para Chile fue fácil lograr el tratado que buscaban.

Primero le dieron la jurisdicción de La Libertad para que Iglesias sintiera que tenía un territorio que gobernar, incluso entregaron fusiles, municiones y dinero, pero no le dieron reconocimiento de gobernante del Perú, dejándolo cual pequeño títere a disposición de las maniobras que desearan ejecutar.

En setiembre de 1883, llegó de Santiago el ministro de Relaciones Exteriores de Chile para entrevistarse y dar las indicaciones del caso a Novoa y Lynch y, la forma como deberían proceder para la suscripción del tratado de paz.

De acuerdo a las órdenes dadas, Iglesias debía embarcarse en Salaverry con su escolta y, para que su viaje no pareciera demasiado desairado, desembarcaría en Ancón, simple caleta de pescadores. Se le trató como a personaje subalterno, sin mayor respeto por su persona e Iglesias, empujado por su camarilla, aceptó esos vejámenes, que más que a él, eran dirigidos al Perú. Recién entonces Novoa, el 18 de octubre, reconoció al nuevo gobierno y dos días después, suscribió el tratado por parte de Chile, firmando por el Perú: Lavalle como ministro de Relaciones Exteriores recién nombrado y, el cuñado de Iglesias, Castro Zaldívar. En esa forma, el 20 de octubre de 1883, quedó sellado el destino de Tarapacá, y, Arica y Tacna en dudoso porvenir, mediante el Tratado llamado de Ancón, por ser el lugar donde Chile recepcionó al gobierno que recién reconocía. El 23 de ese mes, los chilenos se dignaron desocupar Palacio de Gobierno y pudiera posesionarse el nuevo ocupante como presidente del Perú, convertido en defensor de los latrocinios efectuados por Chile y, con el tratado se convirtieron en derecho, e Iglesias, consagraba que se respetarían y él defendería.

Esos días fueron los más negros y tristes de la historia del Perú. Se consolidó el desmembramiento del territorio patrio y aceptó la agresión como derecho internacional. Chile hizo lo que le vino en gana en los territorios ocupados y el Tratado de Ancón convalidó sus tropelías y crímenes, y, el grupo palaciego de Iglesias, quedó feliz de haber llegado al poder, sin interesarles que lo hacían sobre la sangre vertida por decenas de miles de peruanos que, al margen de edad o sexo, su único pecado fue defender a la patria mancillada o estar presentes, por razones de vivienda, en lugares donde los corvos chilenos realizaron degüellos generalizados. Todo eso se olvidaba y perdonaba. Un poco más y también les daban las gracias. Epílogo de la guerra del guano y el salitre.

Y el Perú, por los errores cometidos por sus gobernantes y clases dirigentes, debió seguir viviendo y aceptando que sus hijos del sur pasaran al cautiverio en forma permanente y, con ellos, las riquezas que sus terruños contenían devinieron en patrimonio ajeno.

No hubo vergüenza ni pudor al suscribir documento tan lesivo, mucho menos entereza para defender los derechos del país y sus ciudadanos. Olvidaron el clásico y antiguo dicho: "más vale morir de pie que vivir de rodillas", prefirieron los suscriptores del Tratado, esa condición humillante y degradante e incluso, se la impusieron al Perú para que saliera adelante, si podía, con esa carga de dolor e indignidad y la amenaza constante de nueva agresión, no sólo de parte de Chile que en forma permanente no ha hecho sino estar listo para agredir nuevamente al Perú y continuar la etapa de depredación con otros departamentos del sur, sino, que en forma continua azuzando a los países limítrofes para que efectuaran reclamaciones territoriales. Agresión armada latente que ha contado y sigue recibiendo el pleno apoyo de Inglaterra, que fue el gran beneficiario de la tragedia del 79.

Ese fue el resultado y corolario del Tratado de Ancón, por eso, desde el primer momento que fuera conocido, fue rechazado por la inmensa mayoría de la población peruana, sólo lo aceptaron y hasta aplaudieron, los traidores tanto de palacio de gobierno como sus alrededores y testaferros. Otros, como Montero, lo aceptaron como situación natural que era de esperarse y no por ello debía alterar la agradable rutina de sus pasatiempos. Los únicos líderes que mantuvieron altiva la resistencia al interpretar el sentir ciudadano fueron García Calderón en la prisión de Chile y a quien no pudieron doblegar y Cáceres, que después del Tratado se erigió en el abanderado del rechazo y la resistencia, por eso, todo el odio y peso del gobierno, con el apoyo de la soldadesca chilena cayó sobre él y quienes lo secundaron o apoyaron.

Después de más de cien años de suscrito el Tratado, aún no se ha efectuado plena justicia con el nombre de esos dos patriotas que en el campo político el uno y el militar el otro se mantuvieron sin claudicar frente a la adversidad, mientras a personas, que mejor sería hacer desaparecer su público y denigrante actuar, se les perenniza.