Para la mayoría de los ecuatorianos está claro que nuestro país sufrió una agresión armada a su soberanía por parte del gobierno de Colombia. Y también que la respuesta del gobierno de Rafael Correa fue, como nunca ha ocurrido antes en la historia del país, firme, digna y soberana. Sin embargo, si uno recorre los espacios informativos, de análisis y opinión de los grandes medios de comunicación, notará que el discurso plantea una situación más bien contraria, nada agradable.

De acuerdo a los enfoques de las noticias, los contenidos de las preguntas, los invitados para analizar la situación, pareciera que el Ecuador quedó en muy mal predicamento y que lejos de tener una victoria diplomática y política histórica, más bien ha pasado “un bochorno internacional” (en palabras de Blasco Peñaherrera Padilla), por haber quedado ante la faz pública como un protector, amigo, coideario y colaborador del “terrorismo”.

En Teleamazonas, Jorge Ortiz busca convencernos de que no se puede calificar de triunfo diplomático a lo logrado por Ecuador tanto en la primera y última reunión de la OEA, como en la reunión del Grupo de Río, porque las resoluciones de estos organismos no incluyeron nunca la palabra “condena”, como habría sido el objetivo final del gobierno ecuatoriano, solo hablan de “rechazo” a la acción del ejército colombiano. Ortiz evita un análisis objetivo, histórico de lo que ha ocurrido en materia de diferencias diplomáticas del Ecuador con otros países.

Si recordamos bien, durante el conflicto armado que enfrentamos con Perú durante tantos años, nuestro país, presidido por gobiernos oligárquicos, vasallos del imperialismo norteamericano y representantes de los intereses de las transnacionales de esa y de otras potencias mundiales, siempre negoció en condiciones de desventaja. Siempre perdimos en la mesa lo que nuestros militares ganaban con las armas. Nunca, a nivel diplomático, nuestra posición ganó razón entre la mayoría de naciones del continente. Nunca logramos que la OEA “rechazara” la actitud invasora que Perú tuvo en aquella época, mucho menos que ese país pidiera disculpas ante la comunidad internacional. Siempre fuimos el patito feo, el actor más débil. En la historia más reciente, las continuas controversias que hemos enfrentado con Colombia por las reiteradas violaciones de nuestra soberanía, por la invasión de las fuerzas armadas y policiales colombianas y estadounidenses a nuestro territorio, por las afectaciones que nuestra población sufre a causa de las fumigaciones con glifosato en la frontera, han tenido en la “protesta diplomática” nuestra principal respuesta. Pero a partir de la matanza brutal ocurrida el 1 de marzo a miembros de las FARC y a civiles de otros países que se encontraban en el campamento bombardeado, la efectiva respuesta, tanto en el plano político como diplomático del gobierno de Rafael Correa han marcado un hito en las relaciones de nuestro país en el contexto internacional.

Se logró, efectivamente, que el problema sea tratado en las instancias internacionales más importantes de la región, lo cual ya representa un primer triunfo, y se logró el respaldo bilateral y dentro de estos foros, de gobiernos como el de Perú, Argentina, Chile, Brasil, Venezuela, Nicaragua. Pero lo más importante: nuestra posición ganó en las resoluciones finales, más allá de que no hayan incluido la palabra “condena”, que nunca ha sido utilizada por estas instancias históricamente dominadas por los Estados Unidos.

La resolución de la OEA La resolución última de la OEA es un triunfo, más si se toma en cuenta que los Estados Unidos fue el único país que se opuso a uno de los literales del texto aprobado, que se refiere al rechazo a la intervención armada de un país cualquiera dentro de las fronteras de otro país, sin la autorización o consentimiento del mismo.

Con esto, la política intervencionista de los Estados Unidos también resultó derrotada, y ello sienta un precedente importantísimo a nivel de política internacional en nuestra región, pues se entiende que los países nunca aceptarán que el ejército estadounidense haga en América Latina lo que ha hecho en Afganistán o Irak, para citar solo dos casos de los muchos que ha protagonizado ese país en el mundo.

Lo fundamental para el señor Ortiz, así como para la oposición derechista de nuestro país, es la necesidad de vincular al gobierno de Correa con las FARC, entendiendo a esta lucha armada como una práctica terrorista, y vinculada al narcotráfico. El propósito es estigmatizar a la izquierda, a la lucha popular revolucionaria, y continuar en la estrategia conspirativa, es lograr desbaratar el proyecto de cambio que se impone en el país.

Y ésta es la línea de comportamiento de todos los grandes medios y famosos periodistas, como ECUAVISA y el señor Carlos Vera, quien, citando el editorial del Washington Post, expresó su preocupación por que el Ecuador sea visto a nivel internacional (pero sobre todo en los Estados Unidos) como socio, colaborador de la guerrilla.

Vera, por su consabida arrogancia, pero sobre todo por mantenerse coherente con su política, tampoco está dispuesto a aceptar que lo logrado por la diplomacia ecuatoriana sea un triunfo.

Este problema político-diplomático entre Ecuador y Colombia rebasó las fronteras de estos países y por ello se explica también que la acción mediática lo haya hecho.

Un concierto contracorriente

Ortiz y Vera han mantenido una actitud, por decir lo menos, miserable. Si se toma en cuenta que cuando soportábamos el conflicto con el Perú, todos estos medios y estos famosos periodistas hacían causa común para levantar un patrioterismo y apoyo al gobierno que en esos momentos era fundamental para dejar de lado la lucha interna que las fuerzas del cambio mantenían contra la derecha y la reacción. Ahora, se olvidaron de que hay que mantener la unidad nacional cuando nuestra soberanía se ve agredida. Se olvidaron del patrioterismo, y más bien promueven como lo más positivo acciones ridículas como la del concierto al que varios artistas, incluido el ecuatoriano Juan Fernando Velasco, asistieron por convocatoria del colombiano Juanes. Un concierto que tuvo un claro mensaje político de oposición a la figura de Chávez como el símbolo de la corriente democrática y de izquierda que recorre la región. Era un concierto que habló de la paz por la paz, como si Ecuador y Venezuela también hubieran sido promotores de la guerra, y evitando, por tanto, colocar en el centro de la crítica, como responsable de una acción guerrerista al gobierno de Uribe, y al de su amo, Goerge Bush.

El señor Vera, así como Ortiz y toda la derecha proimperialista del Ecuador se han mostrado como lo que realmente son: la personificación del entreguismo, la traición a la patria, y la mantención de un sistema inmoral, injusto, inservible, anquilosado: el capitalismo.