Por entonces, las opciones ya eran dos. La primera era transitar el circuito comercial y difundir solistas y grupos que hoy nadie recuerda y que, además, eran apoyados por los dueños de las emisoras comerciales y por el propio Estado que con patrio fervor miliciano destacaba la “canción nacional” tanto o más fervorosamente que el “ser nacional”. El otro camino era el que elegimos transitar, una y otra vez, a lo largo de los años y a pesar de los momentos más o menos cíclicos del país. Difundir la otra música fue un trabajo más lento y dificultoso por la falta de grandes espacios, pero se convirtió de a poco en una oportunidad para componer un espacio alternativo en los medios.

Mucho antes de que las emisoras del circuito comunitario o alternativo se dieran a conocer en el espectro radiofónico, en las grandes radios -y como pequeñas islas de un delta- algunos programadores, periodistas y locutores difundíamos la otra historia, la otra música.

Lo que el rock llamó en los ‘70 la música progresiva se empezó a manifestar en otros géneros como el folklore, el tango y la canción -ya en los finales de esa década- escapando de los estereotipos y rompiendo con la mediocridad.

Así, de a poco, fuimos siendo más los que nos interesábamos en verdaderos fenómenos culturales como el trabajo de un grupo llamado Mía, génesis del actual sello Ciclo. O Trova, etiqueta bajo la cual tuvieron su primer disco Les Luthiers, Susana Rinaldi, Vinicius de Moraes y que producía Alfredo Radoszynski. Redondel, fue otro de los claros ejemplos de dignidad, editaron a grandes músicos del Jazz del país como Oscar Alemán, Litto Nebbia -que pudo acordar algunas ediciones fuera de la RCA-, Anacrusa o Víctor Velásquez. Las producciones independientes de Saúl Cosentino o de María Teresa Corral permitieron abrir el abanico y darles lugar a intérpretes que jamás hubieran sido escuchados por las grandes grabadoras.

Hoy nos servimos del trabajo de esos años para acompañar al oyente que agradece poder conocer a los verdaderos intérpretes del pueblo y sus historias. Ellos enseñaron el camino de los que hoy llevan la tarea adelante: Pretal, Unión, Fogón, Acqua, Barca, Sura, MDR, Club del Disco.

El Estado, ausente en las radios en términos de política de medios, produce una orfandad de criterios enorme. En lugar de impulsar una alternativa válida desde lo cultural e iniciar un camino propio, pretende competir -en inferioridad de condiciones- con las emisoras privadas, siempre voluntariosas con la gran industria. El funcionario de turno parece no poder evitar ser parte del aparato de medios del gobierno. Debería, en cambio, ser parte de un esquema que respetara la variedad de la cultura y que ofreciera un espacio disponible más allá de la gestión. El Estado debe estar al servicio del oyente y el servicio en lo radiofónico no sólo es informarlo sobre los datos del tiempo y la hora. El Estado debería, con sus medios de comunicación, integrarse al imaginario cultural de la vida del país.

El periodismo es cronista de las variables de la vida cultural del país, pero, a la vez, debería salir del lugar cómodo y facilita del que informa según la gacetilla de prensa del artista de turno. El seguimiento de la agenda cultural implica también la crítica, la opinión y no siempre el consentimiento.

Lo nuevo en el ámbito de la cultura no necesariamente es lo reciente. Astor Piazzolla sigue inaugurando un estilo en muchos jóvenes que no llegaron a conocerlo y el Cuchi Leguizamón es el ánima de voces nuevas que ensayan su melodía. En el pasado está, indudablemente, el pulso del presente. Y por eso, la difusión cultural también debe hacer un recorrido histórico hacia atrás.

Lo comunitario en los medios tendría que ser mucho más que un proyecto de buenos vecinos o de estudiantes, debería estar al servicio real de la comunidad. Se me ocurre el ejemplo de Radio del Pueblo de Desvío Arijón, una comunidad de pescadores artesanales ubicada a 35 kilómetro de Santa Fe que, a través de la emisora, recrean temas propios de sus labores, el precio del pescado, las inundaciones, dan indicaciones a los compañeros embarcados y polemizan con el gobierno por temas del sector.

Deberíamos comenzar a pensar en el periodista como una figura que genere diariamente una alternativa real de contenido. Y para que una voz se escuche más fuerte y clara que un clarín, hay que saber qué decir. Y luego ponerlo en palabras.