Mauricio Macri llegó a ser el actual jefe de la ciudad autónoma de Buenos Aires por el voto popular. Las mayorías porteñas votaron al exitoso empresario, hijo de alguien que siempre vivió del Estado, especialmente en tiempos de la noche carnívora y el saqueo menemista, y al presidente del club de fútbol más popular de la Argentina, Boca Juniors. Nunca se sabrá qué pesó más, si los éxitos deportivos del club de la ribera o su imagen de empresario todopoderoso. Quizás las dos cosas.

Lo cierto es que Macri es coherente consigo mismo. Modificó los estatutos de Boca y ahora para intentar ganar las elecciones en el club más popular de la Argentina hay que tener el cinco por ciento del patrimonio total de la institución. Es decir que para manejar algo mayoritario, eminentemente popular, hay que formar parte de la más exclusiva minoría. Toda una confesión de la Argentina del tercer milenio: lo popular jamás será manejado por alguien que venga de abajo, sino por algún referente del privilegio.

Macri no repara en sutilezas, expresa lo que es, expresa los intereses históricos que representa.

Así lo hizo en la legislatura porteña frente a decenas de alumnos de distintas escuelas que fueron a escucharlo hablar.

Y allí Macri sintetizó su visión sobre la historia del país y dejó bien claro cuál es su linaje y, al mismo tiempo, su finalidad.

- Roca fue uno de los grandes dirigentes de la historia... Si quieren vivir en una mejor sociedad, con una mejor calidad de vida, todo ello se logra con una mejor dirigencia -dijo Mauricio Macri.

Una fenomenal confesión de identidad de valores.

Julio Argentino Roca, dos veces presidente de los argentinos, fue el comandante del primer terrorismo de Estado, la llamada campaña al desierto que desapareció a más de doce mil mujeres, hombres, niñas, niños, abuelas y abuelos mapuches, como bien lo señaló el historiador y antropólogo Carlos Martínez Sarasola en su indispensable investigación: “Nuestros paisanos los indios”.

Julio Argentino Roca, el símbolo que aparece en el mayor símbolo del poder económico en la vida de los argentinos, el billete de cien pesos. El general que tiene el monumento más grande de todos los erigidos en el país.

No es casual que Macri haya señalado a Roca como “uno de los grandes dirigentes de la historia”.

Macri quiere ser como Roca. Pero no se trata de un deseo individual, sino de la expresión de una minoría que quiere imponer al país la visión y los negocios del privilegio.

Para Macri no tiene importancia el genocidio roquista, sino el mito de la generación del ochenta que lo tuvo como presidente. Las relaciones carnales con el imperio de turno, el derroche de las clases dominantes y la resignación de las mayorías o, en todo caso, las vueltas olímpicas del equipo más popular del país que nunca será gobernado por referentes populares porque Macri, como Roca, supieron preparar el futuro para que las minorías siempre tengan el poder.

No fue una casualidad ni algo personal.

Se trató de una clara señal de identificación política y de clase (ANC-UTPBA).

(*) Nota publicada por la Agencia Pelota de Trapo (http://www.pelotadetrapo.org.ar/).