Tierna e insolente, la actitud de irreverencia ante los consagrados. La reducción de cabezas, necesidad que urge en la sociedad. Los tzántzicos asestaron los golpes de reacción ante lo que acontecía en la sociedad ecuatoriana: el tiempo, 1960; el espacio, la crisis en el Ecuador, aún no superada.

La búsqueda del nuevo hombre, del nuevo mundo, los puso en la vanguardia de repensar las nuevas formas, la nueva sociedad. La revolución cubana abrió las dimensiones para visionar; la filosofía existencialista, la marxista, entre otras corrientes, sustento de pensamientos, fueron tomadas por esos los tiernos e insolentes pensadores y actores, desde 1960…

Tierno e insolente redescubre el alma del tzantzismo (el nombre fue tomado de un ensayo de Agustín Cueva). Susana Freire García, autora del libro, menciona que los tzántzicos eran tiernos en cuanto a su edad, pero insolentes al momento de cuestionar al sistema. Sus edades comprendían entre los diecisiete y veinticinco años, pero su irreverencia, su insolencia, fue capaz de aportar de modo directo a las personas, para que conozcan una nueva forma de observar el arte y al ser humano.

La reducción de cabezas fue el símbolo exacto para describir el significado del parricidio, la desaparición de lo formalizado, de lo absorbido, de lo que ya se ha dado y consagrado. Reducir las cabezas fue una práctica de la cultura Shuar para aprisionar el alma del guerrero contrario. La reducción de los tzántzicos fue la metáfora exacta para aprisionar lo viejo y producir lo nuevo, la búsqueda de nuevas representaciones, lecturas, artes, lo auténtico, “Había que reducir cabezas demasiado engrandecidas, para ponerlas en su sitio”.

El espacio de encuentro tzántzico se desarrolló en el café Águila de Oro, un sitio de tertulia, en donde se suscitaba el intercambio de poesía, de conversaciones, para posteriormente publicarlas. En esos tiempos de combatividad artística existía la ruptura con el grupo Caminos; un recital marca la definición de la ruta a seguir. Dejando el concepto de recital por el acto de poesía, abandonando la mímica por la lectura y crear el ambiente poético, la informalidad; chocando de manera tajante con las viejas posiciones poéticas literarias.

En el aula Benjamín Carrión se presentó el primer recital tzántzico, las poses no iban a ser las mismas, las formalidades no estaban en el conceptos de sus integrantes. Luces apagadas, público impaciente, el tiempo de espera choca con lo preconcebido, suena un grito estremecedor en una esquina del aula, se enciende una vela y se da lectura a un poema, finaliza la lectura y se apaga la llama. Otro grito en otra esquina, otro reductor de cabezas emprende la voz, se enciende la vela y se da lectura a otro poema, y así dos veces más: es novedad, es creación, es irreverencia.

Esta ruptura dio los pasos para que se dé acogida por parte de los jóvenes a las nuevas formas de tratamiento de la poesía. El impacto y el golpe que propinó este movimiento irreverente desató una nueva comprensión de la globalidad; esta fue una de las tantas acciones, dentro del campo de la poesía, el teatro.

El libro evoca los espacios y tiempos que caminaron los reductores de cabezas: Raúl Arias, Ulises Estrella, Alfonso Murriagui, Rafael Larrea, Simón Corral, Humberto Vinueza, entre otros. Capturar la indignación del momento en el que se vivía, es el reconocimiento de la búsqueda, el impulso en contra de la pasividad tratando de construir una sociedad más humana. Sus pensadores, artistas y poetas, poseían la mirada de la irreverencia hacia lo adocenado de la sociedad. Su postura fue con contestaciones revolucionarias, su forma poética esta llena de insolencia.

‘Los movimientos culturales son hijos de la historia’, esta sentencia se ubica en la parte final del libro; explicando el porqué del surgimiento de este movimiento cultural, Susana Freire García resalta la importancia del tzantzismo, nacido en la década de los sesenta. A su juicio, no puede levantarse en esta época un nuevo tzantzismo, porque los contextos son diferentes. Alfonso Murriagui, uno de los vanguardistas del movimiento tzántzico, lanza otro pensamiento, poniendo a los tzántzicos como un ejemplo, expresando que los jóvenes deben tomar la batuta para comenzar la construcción, las veces que sea necesario, del nuevo mundo y el nuevo ser; se lo pensó en aquel movimiento, dijo, y se lo sigue pensando actualmente: “El arte es una de las armas del cambio, la poesía, el teatro, la pintura deben militar en la propuestas de irreverencia”.

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