Fraternizamos por una circunstancia especial: Luis colaboraba (quizás dirigía) en México una publicación de los refugiados españoles y este servidor hacía lo mismo en Chile, país adonde los exiliados habían arribado por obra, en parte, de Pablo Neruda y de mi tío Abraham Ortega, entonces ministro de Relaciones Exteriores.

Me enteré en la ocasión que Luis había sido un combatiente militar de la Guerra Civil española en la que había llegado al grado de capitán y que, nacido en Albaida del Aljarafe (provincia de Sevilla) era de pura cepa andaluza como mi bisabuelo materno. La identidad del oficio, posiciones políticas análogas y otras circunstancias colaboraron en nuestra fluida relación. En la dedicatoria manuscrita de su último libro “Puente Sin Fin” escribió: “Para Hernán Uribe, desde una historia que para nosotros, como nuestra fraterna amistad, solo pasa para renovarse. Un abrazo de México a Chile, 19 de octubre 2000”. (1)

Nos vimos muchas veces en España. Lo recuerdo en la madrileña Puerta del Sol diciéndome, Mira, aquí en este punto había una mesa de reclutamiento, ¡que guapo era yo entonces! comentó con nostalgia y con esa mezcla de ingenio y sinceridad que caracterizó su existencia. En Guadalajara (La Mancha) participamos en el Seminario Hispano-Latinoamericano que se llamó “A cinco siglos de un encuentro histórico”. Era 1988 y se cumplían los 500 años desde el arribo de Colón a tierras antillanas. En nuestra ponencia, (“El periodismo en la formación histórica de los pueblos latinoamericanos”) mencioné como un error el renegar de los antepasados peninsulares y cité al efecto a José Martí: “No es posible olvidar que si los españoles son los que nos condenaron a muerte, españoles fueron los que nos dieron la vida”.

Aludo a ese episodio-toda proporción guardada- pues si Luis Suárez vivió en México desde sus veinte años, jamás rompió los vínculos con España donde estaban sus padres y hermanos. ¡Enhorabuena! Mas, esto de pertenecer en veces a dos naciones, puede provocar conflictos de diversa naturaleza. En el congreso de un organismo internacional del gremio periodístico, Luis fue propuesto para un alto cargo en representación de México, pero he ahí que surgieron opositores que invocaban…el lugar de nacimiento. Lo sé muy bien ya que actué como una suerte de mediador. Argumenté acerca del internacionalismo, fui escuchado y nuestro amigo asumió esa responsabilidad muy merecida.

En septiembre de 1973, con el golpe de Estado perpetrado en Chile por Augusto Pinochet, discípulo de Franco en asesinatos masivos, nos correspondió a nosotros asumir el exilio y, por supuesto, fue Luis quien gestionó nuestro ingreso a México. Allí vivimos y trabajamos tres lustros. Recientemente llegado, en charla con quien era, de hecho mi anfitrión, aludí al hecho de que yo, veinteañero, había tenido el honor de ser un secretario de Pablo Neruda. Le propuse escribir al respecto en la revista “Siempre”, pero Luis me dijo, “No pues, esa es mi nota” y me entrevistó. Gran entrevistador, aquella publicación en un conocido órgano informativo me abrió contactos y pedidos de textos acerca del Premio Nobel. Fue una conferencia que denominé Neruda, único y múltiple que impartí en un centro cultural llamado La Casa del Lago, creo yo, la que me abrió las puertas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) Es fama que acciones de esa naturaleza favorecieron a muchos colegas latinoamericanos en esa etapa cuando México era la capital del exilio.

El último libro de Suárez que antes mencioné Puente Sin Fin tiene dos subtítulos: Testigo activo de la historia y Memorias parciales. Este último, nos estaría explicando por qué en un volumen de memorias, no incluye o hay escasa referencia, a la actividad gremial que, como otras, desempeñó con talento. Torero en su ámbito no quiso apresurar la faena, proyectó quizás ampliarla luego en otro escrito, pero lamentablemente antes de hacerlo emergió la suerte de su propia muerte.

Fue dirigente de la mexicana Unión de Periodistas Democráticos, vicepresidente de la Organización Internacional de Periodistas (OIP) y fundador de la Federación Latinoamericana de Periodistas (FELAP) que nace en México en 1976. En el congreso de FELAP realizado en La Habana en 1985, fue electo Secretario General y en 1995, como por estatutos no podía reelegirse, pasó a ser el Presidente, y lo fue hasta su muerte. Los periodistas latinoamericanos fuimos testigos permanentes de la eficiencia y la dedicación no igualados con que laboró en ambos oficios.

Premios Internacional y Nacional de Periodismo a su haber, los trabajos de Luis en ese campo son conocidos, como muy difundidos-leídos han sido asimismo sus libros. Sin embargo, nos parece que se ha mencionado en menor grado otra faceta de su múltiple accionar que como fue su calidad de ensayista. En abril de 1999 con sede en Santo Domingo fue lo que se llamó una Charla Magistral de Luis la que abrió y sirvió de base al seminario “Periodismo y Democracia en América Latina. Globalización e Integración Regional”.El ensayo, que escuchamos, hizo honor al calificativo de magistral. En esa área fue también prolífico y de notoria eficiencia.

A inicios de los noventa del pasado siglo, cuando pude regresar a Chile fue Luis Suárez, especialmente invitado, quien con el discurso “Las Nuevas Generaciones y el Nuevo Periodismo” inauguró el año académico en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Artes y Ciencias Sociales (Santiago).Al presentarlo, apunté: “La vida y el quehacer periodístico y literario de nuestro invitado constituyen, por si mismas, una lección”.

(*) periodista y escritor chileno. (1) Suárez López, Luis Puente Sin Fin, México, Grijalbo, 2000 (primera edición) Puente Sin Fin, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2002 27/5/08