Los orígenes del pasillo ecuatoriano se remontan, según ciertos autores, a los tiempos de la conquista y la época colonial, en lo que se dio en llamar sincretismo cultural. Otros autores contemporáneos afirman que el pasillo ecuatoriano tal como lo conocemos data de finales del Siglo XIX y el inicio del Siglo XX, cuando la poesía romántica y modernista idealizó a la mujer y al amor platónico. Ya en la década de los 40, músicos y compositores musicalizaron la poesía producida en la década de los 30 por poetas como los del llamado ‘grupo de los decapitados’. En 1940, la Industria Fonográfica Ecuatoriana Sociedad Anónima (IFESA), en búsqueda de un elemento de identidad nacional, grabó los primeros pasillos en el acetato. Psicoanalíticamente hablando, el pasillo ecuatoriano responde a un estado anímico y a todo el cúmulo de sentimientos de la diada amor-odio. En mi apreciación, el pasillo ecuatoriano tiene una función catártica a la hora de elaborar una pérdida psicoafectiva. En el pasillo ecuatoriano se logra, mediante un proceso estético de la psíque, la simbolización y la aceptación de dicha pérdida, evitando que el síntoma se torne aún más perverso y pueda devenir en una manía depresiva, por ejemplo.

Una de las opiniones más difundidas y distorsionadas es: “el pasillo ecuatoriano es propio de despechados y deprimidos”, dejando de lado una característica importante y es que el pasillo ecuatoriano denuncia sutilmente los conflictos de clase frecuentemente asociados a los estadios amatorios entre pobres y ricos, entre el amor platónico y el amor real, entre el recuerdo y el olvido, entre la aceptación y el rechazo, etc.

En el imaginario social, el pasillo “vive” en los tugurios, en los suburbios, en las cantinas, es decir en los lugares donde está la clase ‘baja’, pero el pasillo ecuatoriano tiene la particularidad de vestirse de poncho o de frac, puede ser música popular y música académica al mismo tiempo y es por eso que se lo puede hallar en una plaza, en un estadio, en un coliseo o en lugar destinado para la así llamada “alta cultura” como el Teatro Sucre de Quito o el Teatro Centro de Arte de Guayaquil.

¿Por qué no ha habido, en los últimos años, nuevas producciones de pasillos que equiparen y aun superen el trabajo de compositores, arreglistas e intérpretes del siglo pasado? Es una interrogante que casi siempre se hace en eventos culturales de la música ecuatoriana. Tal vez, aquello se deba al deseo vergonzante de negar que el pasillo ecuatoriano es parte de nuestra identidad histórico-cultural.

Los jóvenes poetas ecuatorianos, muchos de ellos cultores de la postmodernidad, han confundido el relato con la poesía y escriben microcuentos en forma de poemas, lo que da como resultado que la adaptación de poemas a pasillos pierda el contenido y la riqueza poética que le son propios.

Por otro lado, la influencia de los grandes medios de comunicación promueve el complejo de popstar, el cual consiste en grabar música chatarra y desechable sin ninguna calidad estética con el fin de lograr una fama efímera pero fama al fin, y que al mismo tiempo tiene la posibilidad de llegar a la masa, más por lo que las voluptuosas muchachas muestran que por su calidad interpretativa, tal es el caso de la tecnocumbia por ejemplo.

Bien podría afirmarse que el pasillo ha sido uno de los pocos ritmos musicales de nuestra cultura popular que no ha sufrido el fenómeno de la aculturación. Salvo cantantes como Juan Fernando Velasco y Margarita Laso, en el Ecuador, no existen jóvenes que hayan intentado poner al pasillo en los escenarios internacionales.

En mi concepto, el pasillo es una de las claves para construir la identidad ecuatoriana, tiene todos los elementos para internacionalizarse tal como en su momento lo hiciera Carlos Vives con el vallenato colombiano, pero, primero hace falta reconocer que el pasillo es un valor cultural en sí mismo, tal como lo hacen los inmigrantes allende la frontera, y luego crear una gran coalición entre autores, compositores e intérpretes que acepten que sin lugar a dudas en el pasillo ecuatoriano la metáfora y la poética, la realidad social y cultural, van de la mano, y que el cantor popular y sus creaciones son fieles representantes de nuestra identidad cultural.