Y ese periodismo es el que resulta cuando se tienen en cuenta estas características que comento, tomadas de una respuesta de Ryszard Kapuscinski sobre el periodismo ideal en guerras y conflictos.

Según él, el periodista ha de ser humano. En efecto, los conflictos y las crisis deshumanizan en cuanto convierten a las personas en fieras acorraladas por el miedo, la desconfianza o el instinto de sobrevivencia a cualquier costo. Cuando los medios y sus profesionales no escapan al influjo de ese contaminado ambiente colectivo y contribuyen a su intensificación, se convierten en agentes promotores de la crisis; en cambio, si se aplican a ser humanos, con un deliberado control sobre sus instintos y deciden ser buenas personas, prestan una eficaz ayuda que suele ir más allá de lo profesional.

Agrega Ryszard que en las crisis el periodista necesita “un lenguaje de entendimiento y comprensión de la paz, sin utilizar el odio o estimular la venganza.” Y para llegar a ese lenguaje hay que comprender, es decir, tener en cuenta el punto de vista de todas las partes; despojarse de partidismos, nacionalismos y otros ismos creados por la intolerancia y la pereza mental para investigar los contextos y antecedentes de las convicciones en pugna. Es preciso tener en cuenta que en cualquier conflicto hay un desentendimiento como punto de partida; o sea, una falta de información que puede superarse con una información profesional.

Agrega Kapuscinski que para cumplir su papel, el periodista “debe recordar y entender que se trata de una situación trágica para todos.” Sería un error enfocar las informaciones con la intencionalidad de propiciar la victoria de unos y la derrota de los otros. La realidad es otra: en un conflicto el daño es de todos, por tanto se trata de convocar a unos y a otros a disminuir el daño. Los que asumen el propósito de vencer cueste lo que cueste, agravan las crisis y aumentan el daño para todos. Fue lo que sancionó el Tribunal Penal Internacional con la sentencia condenatoria contra la Radio Televisión Libre las Mil Colinas de Ruanda, cuando sus periodistas actuaron como propagandistas del odio entre las tribus para obtener el triunfo de una etnia sobre otras. Aquellos periodistas no habían logrado entender que en una guerra “todos son víctimas, todos pierden, todos terminan infelices.”

En crisis como la que existe entre nuestros países, la prensa pierde la comprensión de ese daño que todos sufren cuando actúa movida por esa limitación mental que se llama nacionalismo. El nacionalismo es dañino para toda persona, igual que todos los fanatismos, pero se vuelve un peligro mortal cuando afecta a la prensa. Entonces el conflicto se multiplica y potencia y llega a ser insoluble, a menos que alguien ose callar a la prensa.

Ryszard finaliza su descripción de la prensa deseable en las crisis, al anotar que “debe tener en cuenta lo que padecen las sociedades y generaciones afectadas.” Es la recomendación del viejo reportero sobre el mejor ángulo para informar, que es el de las víctimas y que contradice la tendencia más común en el periodismo: informarlo todo desde el poder. Los errores de la prensa en las crisis tiene que ver con su cercanía al poder, cualquier poder. Es una prensa que ama las entrevistas con los poderosos, que pone su empeño en citar a la letra los documentos que provienen del poder, que adopta, como más seguros, los puntos de vista propuestos desde el poder “porque son de interés nacional”. Cuando esto sucede la prensa se expone a la manipulación y al engaño.

El poderoso llega a creer que en su boca la mentira no es mentira sino una legítima defensa del bien público, y puesto que el poderoso se siente dueño de la vida y de la muerte, maneja la verdad y la mentira a su antojo; por eso, en uso del derecho a una legítima defensa de la buena fe de los lectores, el periodista presume que toda fuente miente si no se demuestra lo contrario.

Por el contrario, cuando la historia se mira desde abajo, es decir, desde las víctimas, los hechos recuperan su estatura y realidad y, sobre todo, es posible examinar con ojo crítico las versiones interesadas y deformantes del poder.

Las crisis suelen ocurrir por los desbordamientos de los poderosos. A la prensa le corresponde señalarlos como parte de su servicio indispensable: mostrar lo que pasa…
Sí, de la prensa se espera que tenga el ojo vivo y, además, el corazón limpio.