- ¿Qué implica en su vida, más allá del reconocimiento de la crítica y la premiación, la escritura de El Pasado

- Casi cinco años de trabajo de obrerito obediente y disciplinado y el descubrimiento de que la obediencia y la disciplina pueden ser la vía de acceso a un extraño limbo de voluptuosidades psicóticas. Una novela que se escribe durante cinco años no es un libro: es un hábitat, un ecosistema entero. Escribiendo El pasado me di cuenta de que la literatura también puede ser un arte ambiental.

- La novela tiene la capacidad de captar física y emocionalmente al lector. Teniendo en cuenta este aspecto, ¿sintió Ud. este compromiso físico- emocional durante la escritura de la novela?

- Depende de qué se entienda por "compromiso físico-emocional". Disiparía de entrada una ilusión stanislavskiana: que yo, como escritor, pasé por los mismo trances que mis personajes, etc. No, no, no. El lunático no siente el miedo que sienten los hamsters con los que experimenta. Pero la barba le crece despareja, le salen placas soriásicas en las piernas, pierde la capacidad de dormir, tiene la impresión de que todos los signos que emite el mundo son señales dedicadas a su experimento y si alguien llega a entrar a su laboratorio fuera de los horarios estipulados puede llegar a perder la cabeza de manera bastante desagradable.

- El pasado tiene la posibilidad de producir cambios en el lector; se lee y se siente al mismo tiempo. Puede uno traspasar el campo de la novela.

- Me alegra escuchar eso. No quedar intactos después de leer una novela: ¿no es eso lo que les pedimos a los libros? Me hace pensar en una vieja frase de Kafka: "Un libro debe ser el hacha que quiebra el hielo en nosotros". El hacha que lo quiebra o la experiencia que lo derrite... Esa capacidad de afectar es, creo, la única "eficacia" que estoy dispuesto a reconocerle a la literatura. Y en ese sentido es cierto: yo tampoco salí indemne de la escritura de El pasado. Por lo pronto salí más viejo. Envejecí escribiendo esa novela. Y la novela también puede leerse como el documental de ese envejecimiento

- Al ser una novela que apela a lo evocativo, ¿qué implicancias o derivaciones tiene en Ud. la categoría temporal "Pasado"?

- El pasado es al mismo tiempo lo que no pasa y lo que nunca termina de pasar.

- ¿Es el pasado la proyección de un presente colmado de vacío?

- Creo más bien que es una construcción retrospectiva. Reescribimos nuestras vidas una y otra vez, según los trances por los que pasamos, las personas con que nos encontramos, los lugares en los que nos descubrimos. Pero, aunque alguna predomine, todas las versiones coexisten.

- ¿Podría afirmarse que dentro de la trama la elaboración de conceptos forma parte de la argumentación?

- No entiendo bien la pregunta. Malentendiéndola, diría que como escritor me interesa narrar con ideas tanto como con personajes, y que un problema conceptual es para mí un material narrativo tan estimulante como cualquier conflicto aristotélico. Hay muchos escritores que son sensibles a las historias; yo sólo soy sensible a una historia si puedo detectar en ella esa especie de doble fondo donde acecha un dilema conceptual, un problema filosófico, cualquier drama que ponga en juego ideas, lógicas, concepciones del mundo, etc.

- ¿Existe una función curativa, y por lo tanto reparadora, en el acto de escribir?

- Escribir es, en el mejor de los casos, multiplicar las capacidades, los sentidos y los órganos. Tener dos cerebros, dos narices, dos sexos, dos memorias... O más. Es más bien una especie de fábrica de prótesis. Pero no estoy seguro de que esa multiplicación tenga efectos terapéuticos.

Literatura y Realidad

- ¿Qué relación existe en la actualidad entre periodismo, literatura y cultura?

- No sé. Supongo que en términos generales todo tiende a fundirse en un mismo magma, el magma de la información, pero mi trabajo —casi más allá de mi voluntad— apunta más bien a fortalecer zonas de autonomía. Parafraseando a Godard, yo diría que la cultura es la regla y la literatura es la excepción. Y como la regla siempre quiere destruir a la excepción, yo escribo para que la excepción resista.

- ¿En qué medida la realidad se hace presente, se filtra, a la hora de escribir una novela?

- No creo que la realidad esté "afuera" de los libros ni —por lo tanto— que "se filtre". Creo que los libros son realidad, realidad pura, tan pura como la miseria o el narcotráfico o el terrorismo o la violencia urbana.

- ¿Cuál es para Ud. la relación existente entre literatura y mercado? ¿Existen historias y públicos definitivamente determinados por esta relación?

- Me pasé gran parte de mis años de "escritor joven" padeciendo esa pregunta e improvisando formas más o menos ingeniosas de contestarla. Ahora que soy un decrépito prematuro creo que puedo aspirar directamente a ignorarla, ¿no?

- El hecho de que en Argentina las grandes editoriales sean extranjeras, hace un poco difícil el acceso a la lectura de determinadas novelas y muy fácil la llegada a otras. Y esto tiene que ver con un tema ¿A qué tipo de lecturas puede acceder el lector de un país como la Argentina, o cualquier otro de América Latina?
- El panorama es raro. Al menos no es tan homogéneo, ni tan unívoco, como pareciera, ¿no? El avance de las grandes corporaciones multinacionales de la edición es una evidencia flagrante, pero también hay resistencias: editoriales chicas pero activas, flexibles, preocupadas por definir catálogos de riesgo y abrir alternativas en el horizonte literario. Pienso en Viterbo, en Adriana Hidalgo, en Interzona, en El cuenco de plata, en Vox, incluso en experiencias como Eloísa Cartonera. En rigor, me preocuparía menos por el paisaje editorial, donde siempre aparecen excepciones, que por el paisaje mediático: ése es el verdadero pozo ciego de la cultura argentina. ¿Qué es estar en manos de una editorial como Planeta comparado con leer la cultura a través de los ojos de un medio como Ñ?.( Revista Cultural del Diario Clarín)

- ¿Goza de buena salud la literatura latinoamericana en la actualidad, o en realidad, y como afirma Roberto Bolaño, la literatura latinoamericana es Isabel Allende, Luis Sepúlveda, Ángeles Mastretta y otros?

- Yo, como lector, no puedo quejarme. Por fin hemos enterrado los dogmas mágico-progresistas del boom y ya podemos dedicarnos a obras tan excéntricas y plurales como las de Mario Bellatin, Fernando Vallejo, Rodrigo Fresán o Sergio Chejfec.

- ¿Coincide Ud. con la idea de que en nuestras sociedades no existe ocio más allá del consumo, lo cual origina una gran sensación de aburrimiento y vacío?

- No. La pregunta supone que hay algo homogéneo llamado "nuestras sociedades", habría que ver qué se quiere decir con eso, y que uno de los rasgos que las homogeneiza es el spleen del ocio consumista, una manera de matar el tiempo más propia de sociedades opulentas y estables que de geologías volcánicas como la Argentina. Francamente no creo que el vacío y el tedio sean problemas argentinos.

- Para finalizar, ¿se puede hacer una lectura de El Pasado como la evocación del amor signado por el mal de la época: el desgarro que produce el horror al vacío?

- Se puede, claro, pero no sé si contaría con mi adhesión.

-¿Por qué no contaría con su adhesión la formulación anterior?
- Porque no coincido con su diagnóstico de época. No creo que nuestro mal, si es que hay uno, sea el vacío. Lo lamento por Gilles Lipovetsky (cuyas elucubraciones, dicho sea de paso, por fin encuentran en Buenos Aires el marco pragmático que siempre habían codiciado: los seminarios de publicidad y marketing). El pasado es una novela sobre las ruinas de una pasión amorosa; es decir: sobre esos restos que impiden que podamos afirmar de algo, de cualquier cosa ‹un amor, una época, un país, una pesadilla, que "ha terminado".

# Nota publicada por la agencia de noticias ISA (www.agenciaisa.com.ar) y reproducida por el portal www.buenosairessos.com