Más allá del público reclamo, planteado desde la apertura democrática hasta la fecha, el tema regresa con más fuerza toda vez que el escenario mediático se devora la realidad en segundos y nos somete a su propaganda maniquea. Y es en ese instante donde la comprensión se juega a buscar la verdad entre las sobras de los relatos que escuchamos, vemos o leemos para luego, por arte de la magia mediática vuelve a desvanecerse.

Las tierras mediáticas también tienen sus “pool sojeros” y la siembra de contenidos rentables y de rating asegurado dominan la caja boba, el éter y las noticias e informaciones que se timonean en el mar de papel. Allí la publicidad refuerza una y otra vez el alambrado que alguna vez el cantante uruguayo Daniel Viglietti nos proponía desalambrar.

Un círculo, donde la propiedad se concentra, la diversidad se camufla de pluralidad y un derecho humano como el derecho a la comunicación puede evolucionar sólo en la letra muerta de tratados, convenciones y pactos, pero no en la práctica real y concreta de lo que habilita su pleno ejercicio social.

Y así fuimos y así vamos sin perder la esperanza de achicar la brecha entre Democracia y comunicación. Por eso, entre otras cuestiones no menos importantes, seguimos sosteniendo que las leyes por sí solas, por sí mismas, no tienen ningún valor, si no existe una fuerza social capaz de crear condiciones para hacerla cumplir.

Mucho hemos escrito en torno a la necesidad de pensar la comunicación desde el nuevo horizonte que nos viene planteando la globalización, considerando su incalculable valor estratégico, para nada metafórico, logístico, económico y cultural.

Hoy, este nuevo desafío no puede, no debería apenas quedarse en la necesidad moral y ética de reemplazar una norma de la dictadura. No se trata de reducir a la nada semejante iniciativa, sino de que no quede en la nada una oportunidad de pensar cómo –en este contexto mundial y nacional– podemos democratizar la comunicación, un proceso complejo y a la vez ínter conexo con otros derechos y realidades tan vitales para su verdadero desarrollo como es la distribución del ingreso y la riqueza. Rechazamos los análisis que aún con tufillo crítico terminan siendo temerariamente reduccionistas.

Por eso, como lo dijimos y lo escribimos: a la hora de hablar de radiodifusión, como de tantos otros temas esenciales que hacen al desarrollo y la calidad de vida de millones de personas, la cuestión de fondo “refiere a disputas propias de una etapa del capitalismo en la que la concentración financiera, económica y también comunicacional, tiene un campo de disputa que comprende a todo el globo: en la globalización parida y desarrollada por el neoliberalismo la lucha es a muerte. Y el que más tiene más quiere. Y cuando menos intervengan los Estados para regular la voracidad de unos en desmedro de otros -las mayorías- más se crispan los nervios de los dueños del dinero, sean estos empresarios trasnacionales, magnates extranjeros, fondos de inversión. Así en el campo como en la tele, la radio, las agencias de noticias, diarios, revistas, Web y demás” (Pliego Observatorio de Medios, Político, Social y Cultural de la Utpba-Mayo 2008).

Mucho hemos analizado la involución que ha sufrido el marco regulatorio de la radiodifusión argentina.

Los cambios que se registraron desde la apertura democrática a la fecha, permitieron, entre otros aspectos, legalizar la conformación de multimedios y oligopolios y redes, la transferencia de medios y la participación de capital extranjero, limitar, cuando no pulverizar el desarrollo de los denominados medios de bajo alcance o comunitarios, atorando el universo comunicacional con decretos que pretenden desconocer la legitimidad social alcanzada por este sector.

Se suma, la disputa amañada de los que más concentran para, por un lado rechazar la intervención del estado en el escenario mediático y a la vez exigir un modelo de distribución de la publicidad oficial que expulse de ese beneficio a quienes menos tienen para desarrollar proyectos que promocionen desde una perspectiva social y más democrática, iniciativas de comunicación en distintos formatos.

Un debate que jamás ha alcanzado la profundidad que merece, toda vez que ese recurso debería ser debatido en el marco de una estrategia mayor que garantice la sostenibilidad en el largo plazo de proyectos que nacen en el seno de una sociedad que disputa con poco éxito su participación en la producción de la riqueza, donde la comunicación hoy cumple con todas las liturgias del capital y es a la vez, el capital.

Hoy, podríamos hacer un paralelismo, para nada forzado, entre los sectores que más han acumulado en el polisémico escenario denominado “el campo” que rechazan la aplicación de una política de retenciones a la exportación de granos, más allá de los demostrables niveles de ganancias extraordinarias obtenidas, respecto a los obstáculos -cada vez más notorios- para la aplicación democrática de los recursos del Estado -vía pauta publicitaria- hacia el sector de la comunicación, sobre el cual operan límites no sólo para el acceso de señales y frecuencias, sino para la adquisición de tecnologías de punta o crédito blando, ante el próximo e inminente cambio del sistema analógico al digital, entre otros aspectos que asfixian una salida a futuro que democratice el espectro radioeléctrico.

La actual distribución de señales y frecuencias que está encarando el Comité Nacional Federal de Radiodifusión (COMFER), adjudicando a sectores sociales la potencialidad de ejercer el derecho a la comunicación es un paso importante. Sin embargo, se convertiría sólo en una mesa de remate de artículos en desuso, si el Estado no prevé cómo podrán tener acceso también, al nuevo soporte tecnológico. Por tanto, la discusión en torno al uso social de la tecnología, vuelve a comprometernos en una discusión que no se puede recostar sólo en las buenas intenciones y en parcialidades. Sobre todo esto hemos planteado nuestros puntos de vista, elaborado proyectos, impulsado campañas que ganaron espacio en la sociedad, hemos tratado de expandir el debate al escenario nacional, regional e internacional.

El tema no es nuevo. La radiodifusión se ha metamorfoseado al compás y bajo la lógica de una de las etapas más crueles del capitalismo. Y se torna difícil el arte de decir siempre lo mismo. Aunque afianza la idea de reflexionar y proponer sin alimentar ilusiones falsas y abriendo camino a la esperanza de un mundo que recupere la fuerza de las voces organizadas. Esa es nuestra “frecuencia” y la verdadera “señal” que necesitamos para construir nuestra comunicación.

Nota publicada en “Pensar Económico Social" (P.E.S.O), publicación electrónica del Proyecto de Extensión "Por Una Nueva Economía, Humana y Sustentable" de la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de Entre Ríos (http://www.porunanuevaeconomia.com....) (*) Periodista. Secretaria General Adjunta y Responsable del Observatorio de Medios de la UTPBA.