“Lo importante es que se tome conciencia, de una vez por todas, en el Perú, que no se es usurpador por propensión genética sino por default o renunciamiento del vecino o vecinos. Se apropia de algo quien toma conciencia que puede hacerlo por dejadez o negligencia del poseedor originario”, apunta un brillante escritor y diplomático comentando cómo se pasa la vida en la nación y se abren las puertas de par en par a todos los invasores que ahora se dan el lujo de tener ministros, embajadores, parlamentarios y mercenarios a su servicio indirecto o directo, por estupidez y falta de amor a la patria.

En efecto, el servilismo se ha convertido en una política de Estado. Recordemos porque, como decía Haya de la Torre, en Perú lo sabido, de puro sabido se olvida siempre, que el Senado chileno aprobó pocos días atrás el Tratado de Libre Comercio con Perú, disfrazado aquí de Acuerdo de Complementación Económica y éste no ha sido discutido por el Establo congresal porque simplemente se lo quitaron de las manos. Sin lucha, en la lóbrega soledad de legiferantes irresponsables que han declinado hasta protestar por un tratado internacional que implica variaciones tributarias y económicas que la Constitución preceptúa como de tareas inabdicables del Congreso. Pero ¿qué saben del Perú estos pobres? La situación ridícula será cuando el Parlamento chileno recabe la aprobación de su par local porque así son los tratados internacionales.

Ha dicho el próximo presidente de Chile, Sebastián Piñera, de casual visita en Ecuador, que su país no tiene conflicto limítrofe alguno con Perú. Nótese que el del sur reitera la política oficial siendo de otra tienda política. Es decir, el gobierno socialista de Chile es más chileno que socialista y eso deberían entenderlo los canallas que arropan el ideal de integración latinoamericana y lo “confunden” con sus propios negocios y cuchipandas comerciales y facturan homenajes aquí y acullá.

El problema no es al sur. Es aquí a lo largo y ancho del país. Pandillas nativas huérfanas de cualquier concepto de amor nacional o identificación con el Perú, pululan en los medios de comunicación fabricando loas a la inversión y a sus infaltables contratos de estabilidad jurídica que hay que leer como licencia para explotar impunemente el país, irrespetando leyes laborales, pagando poco, discriminando y haciendo una chacra globalizada en que reyezuelos de opereta, mediocres hasta la saciedad, lucen como único estandarte, el ser mozos palurdos de quienes traen espejitos y pólvora, en forma de dólares o euros para distraer a las nuevas generaciones de cipayos o esclavos.

Y el silencio de castas políticas avejentadas no puede ser más oprobioso. ¿Cuántos políticos o dirigentes sindicales manejan conceptos geopolíticos de análisis de nuestra difícil vecindad con Chile, con Ecuador o con cualquier país limítrofe? ¿No fue hace poco “tema de Estado” criticar al mandatario boliviano Evo Morales? ¿Y qué hace la agencia noticiosa Andina? ¿acaso no distorsiona alegremente el Tratado de 1929 entre Perú y Chile, en abyecta como inaceptable traición al país y con el dinero de todos los contribuyentes? ¿y eso no es socavar directamente la demanda del Perú ante la CIJ?

Quien abre las puertas y quita la vigilancia, no puede quejarse que los invasores lleguen y hagan cuanto les venga en gana. Más aún, si se les otorga, desde las ficticias altas cumbres del “poder”, administración precaria del gobierno, incentivos para que afinquen a su modo y conveniencia, intereses y réditos, los invasores dejan de serlo para convertirse en huéspedes con todas las de ley. Con la salvedad que esa ley desfavorece a amplios sectores nacionales, para hacer todo lo contrario con quienes posan sus insolentes maquinarias por estos pagos. La inversión no puede ser patente de corso, como dicen esos vendepatria que son los tecnócratas, para expoliar un país, como ocurre por estos tiempos.

¿Qué dice el periodismo? La respuesta es muy sencilla: escribe, relata o muestra lo que los dólares o euros de estas empresas pagan y fabrican realidades que tienen que ver básicamente con la mentira porque lo único que en Perú NO importa es la verdad de cómo son las cosas. ¿Y el pueblo? El pueblo siempre es el convidado de todos los discursos, y el ausente, consuetudinario de la supuesta obra que se hace en su nombre y con la subrayada circunstancia que quienes engrosan sus cuentas de ingresos son otros y no los peruanos.

La angurria no es genética. Tiene que ver con el grado de permisividad y estupidez que muestran los líderes que marcan el mal camino, la avenida del error a sus pueblos. Y los canallas cómplices son parte de este abominable cuadro.

¡Atentos a la historia, las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder, el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Rompamos el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

¡Sólo el talento salvará al Perú!

Lea www.voltairenet.org/es hcmujica.blogspot.com Skype: hmujica