La fina distinción, entre humorística y ferozmente acusadora, no me pertenece, es autoría de Pedro Martínez Valera, director del mensuario Apertura especializado en temas ediles y que tiene a muy mal traer a unos cuantos pillos que se hicieron elegir alcaldes y caminan por los recovecos del delito, fábricas de auto-bombo y expoliación de los vecinos ¡a mano armada! En efecto, el periodista debe informar u opinar y sólo basar sus asertos en aquello que puede probar tal como sostiene César Hildebrandt. Si sólo propaga virtudes, reales o supuestas, de algún tema, entonces pierde calidad objetiva, bucea a ciegas y torna en un vulgar panegirista acrítico, en un sujeto al que el periodismo de vieja estirpe llamaba ¡un turronero!

Una muestra que linda con el asco: según una pandilla empresarial la minería genera progreso urbi et orbi, su concurso –modelo impuesto a sangre y fuego desde la colonia hasta la modernidad globalizante de hoy- muestra generosidades imbatibles. ¿Cómo se explican entonces esos bolsones vergonzantes de contaminación en La Oroya, Cajamarca y mil sitios más en todo el país? Basta con ver cómo se usa a la gente para que, a cambio de migajas, pregone esas maravillas por radio y televisión. ¿Les contaron a todos esos vocingleros cómo es que se compromete el medio ambiente y la aniquilación de recursos no renovables yugulando el horizonte del país como unidad geopolítica en el difícil ajedrez continental?

Creer el cántico al otro lado del péndulo, a 360 grados en la antípoda y que reputa a la minería como un cáncer es también de una estupidez oprobiosa. No pocas de las organizaciones de nuevos gángsteres dan muestras impresionantes de mercenarismo y propagandizan y difunden lo que el capital necesita para sus “desarrollos de imagen y posicionamiento”. Obvio que con el condimento palabrero y gárrulo de frases de cliché para no desentonar y revelar tan descaradamente las fuentes de financiación. Si usted revisa los megaproyectos mineros siempre encontrará, como en un menú, platos para todos los gustos y de todos los precios. Esta especie de turba tecno-sociológica disponible no actúa por principios, baila al son de quién ponga dinero y si mañana hay que “minerizar” al país de cabo a rabo, bastaría con avituallar de dólares o euros y de tocar las teclas adecuadas para conseguir el protervo objetivo. Hay universidades, asociaciones e instituciones caminando en estas sombras muy bien arropadas por decenas de manuales, libritos, discursitos y adefesios por el estilo. Allí no entra la refundación de la palabra, es más bien un contrabando o una estafa monda y lironda.

Otro caso de flagrancia que hasta hoy nadie quiere tocar. Sé que tres diarios conocen un tema vinculado al carné universitario, sus garrafales faltas de seguridad y las aparentes uñas largas de laboratorios reputados como serios pero que incurren en bromas o yerros que tiran por el suelo el cuasi único concepto de este documento porque su formato es inseguro y falsificable. Y encima ¡violan la Constitución porque hasta mal consignan el nombre oficial del Perú! Hay un rector de rectores y una plantilla de burócratas metidos en la danza. ¿Cómo es que hasta ahora, teniendo documentación gráfica, esos medios de comunicación no efectúan la investigación y denuncian el asunto? El protagonista descarado del festín se pasea por radios, canales y periódicos y pontifica sobre su gestión al frente de los rectores y casi nada se habla de las múltiples irregularidades que le han permitido sobrevivir, viajar múltiples veces al exterior y ser un reyezuelo de opereta en un país de mudos y silenciosos adrede. Cuando el periodismo sólo toca la epidermis y evoluciona haciendo piruetas, acrobacias simiescas que parecen decir algo pero no inciden en las causas íntimas de los intríngulis, entonces hace flaco favor a la sociedad. De hecho, en realidad comete una abyección, el crimen de la desinformación y del maquillaje ad hoc. Navega entonces por los caminos de la publicidad y la propaganda, pero no puede, bajo ningún punto de vista, llamarse a eso periodismo.

Otro botón de muestra. Meses atrás un programa televisivo que transmite los domingos desde Jesús María, insistió en entrevistarme para hablar sobre la concesión del Aeropuerto Internacional Jorge Chávez a la empresita perseguidora de periodistas, Lima Airport Partners, LAP. Accedí con dudas y fueron largos minutos de preguntas y respuestas. El día esperado no se colocó ni una milésima de segundo de cuanto había dicho. En cambio y por más de 10 ó 12 minutos, sí se dieron a conocer los muy importantes, científicos y estratégicos puntos de vista del gerente general de LAP, Jaime Daly Arbulú. Hay derecho a preguntarse si se mostró a aquél la grabación de que fui objeto porque por razón absolutamente coincidente parecía responder a los cuestionamientos. Con el increíble desequilibrio que el testimonio era sólo de una de las partes. ¿Parte de la publicidad el asunto?

El periodista no es un publicista. El publicista tiene un producto y vende sus bondades. Por la vergonzante falta de ejercicio crítico se reputa como normal la confusión entre uno y otro. Nadie puede ser tan estúpido como para denostar del hombre que vive de la magia de la mercadotecnia. Pero el hombre de prensa no está facultado para declinar su criterio, la probanza de los documentos y la denuncia severa de los cánceres que violan los derechos humanos, sociales y de toda índole de 28 millones de habitantes. En buena cuenta, los periodistas o son hombres y mujeres que informan en cumplimiento de un deber ciudadano o son simples publicistas y debieran estar en otros empleos y no usurpando categorías como sucede casi todo el tiempo en el Perú.

¡Atentos a la historia, las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder, el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Rompamos el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

¡Sólo el talento salvará al Perú!

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