El poder oligárquico enfrenta una crisis discursiva sin precedentes. Felices eran los días en que sus lógicas -impuestas a través cartas de intención fondomonetaristas, programas de ajuste y corrupción- dominaban el escenario económico, político, social, académico, cultural. Todo parecía estar tan fríamente calculado que nadie los podía contradecir, porque quien lo hacía era fácilmente estigmatizado como cavernario, jurásico, trasnochado, troglodita, etc. Es que la profecía del señor Fukuyama los tenía tranquilos, había terminado la historia y ya nadie podía atreverse a sostener que después del capitalismo vendría algo mejor, superior. El fantasma que recorrió alguna vez Europa y el mundo había sido aplastado con el derrumbe de un muro en Berlín.

Para explicar los graves problemas de inequidad y exclusión, de atraso y pobreza, bastaban los criterios “técnicos” de economistas que repetían a toda hora: “si queremos mejorar nuestra situación mañana, hay que ajustarnos los cinturones hoy”, “lo que un Estado moderno hace es ahorrar (no crecer el gasto público) y cumplir a tiempo las obligaciones con nuestros financistas internacionales”. Que hay que “priorizar el gasto de inversión, y no el gasto corriente (es decir, el pago de sueldos)”. Si se producían hechos de corrupción, no eran un problema del sistema, sino de las personas, las cuales siempre tuvieron suficiente tiempo para fugar antes de ser enjuiciadas y sancionadas.

Cuando exigíamos democracia para poder ser escuchados, incorporados en las decisiones fundamentales del Estado, se nos decía: “si tanto representan a la mayoría, ganen las elecciones”. Y mirábamos absortos la formación de aplanadoras derechistas en todos los poderes del Estado, cuya máxima aspiración era borrar del mapa a la mayoría de partidos y organizaciones políticas, especialmente de la izquierda, bajo el criterio de que “en las democracias avanzadas lo mejor es el bipartidismo”, y ellos aspiraban a que esos partidos fueran la ex DP, hoy Unión Demócrata Cristiana, el Partido Social Cristiano o la Izquierda Democrática.

Hoy, esos tiempos han quedado solo para la nostalgia de algunos analistas que aún rondan por los mismos canales de televisión de siempre todas las mañanas. En la política, nuevas lógicas se han tomado el escenario: ahora se habla de soberanía, de autodeterminación, principios bajo los cuales fue posible la expulsión del representante del Banco Mundial en el Ecuador, que antes casi tenía el grado de ministro. Fue posible también una política más digna frente a los acreedores internacionales, a quienes se les anunció que se iniciaría una auditoría, un estudio minucioso para determinar qué deudas son las que realmente debe pagar el Ecuador, y qué deudas son fruto de la inmoralidad y la ilegitimidad. Fue posible dar por terminado el convenio que entregaba la base aérea de Manta a las Fuerzas Armadas norteamericanas, desde donde operaban, como Pedro en su casa, contra las fuerzas democráticas y revolucionarias de la región. Fue posible mantener una posición digna y condenar las fumigaciones con glifosato en nuestra frontera norte, así como la invasión militar en Angostura, provincia de Sucumbíos, el pasado 1 de marzo.

Ahora, en el Ecuador se habla de Socialismo, aunque con apellidos que se esfuerzan por ser novedosos, pero al final de cuentas, el ideal del Socialismo ha vuelto a escena, algo inaudito para la tesis del señor Fukuyama. Ahora, en lugar de pensar en ajustarnos el cinturón y ahorrar para pagar deuda externa hablamos de las mejores formas de explotar nuestros recursos para invertirlos en la educación, la salud y la seguridad social; algo que saca de quicio a los “técnicos” fanáticos de las políticas de ajuste. Ahora los ecuatorianos hablamos de democracia para las mayorías, de participación, de solidaridad y de justicia. Hablamos de progreso, pero no sobre la base de una economía “social de mercado”, sino de un sistema “social y solidario, que reconoce al ser humano (y no al mercado), como sujeto y fin de la economía”. Hablamos del buen vivir.

Y como este discurso se ha tomado el escenario, y quienes históricamente lo han sostenido ganan las elecciones (ya no les es tan fácil retarnos en ese plano), la fiera herida busca reacomodarse, busca recuperar espacio, busca poner zancadillas. Y en ese intento cae en las más absurdas contradicciones; basta recordar que desde los grandes medios de comunicación se nos decía que no hay que votar nulo, porque eso era ser irresponsables con el país, hasta legislaron para impedirlo, no importaba que en esos procesos electorales nos tocara decidir entre el veneno y la horca. Ahora esos mismos personajes nos dicen que en el referéndum del próximo 28 de septiembre no solo hay dos opciones: SÍ y NO, sino también: nulo y blanco. Claro, saben que los votos nulos y blancos suman al NO, ya que el SÍ debe ganar con la mitad más uno de los votos válidos.

Denuncian un supuesto hiperpresidencialismo en la nueva Constitución, cuando fueron ellos quienes en la Asamblea de 1997-98 decían que el problema del país era la falta de “gobernabilidad”, y entonces anularon la capacidad fiscalizadora del Congreso y dieron todas las potestades al presidente Jamil Mahuad para declarar el feriado bancario.

Denuncian una supuesta falta de democracia en la conformación del llamado “congresillo” (que funcionará durante el período de transición entre la aprobación de la nueva Constitución y la convocatoria a las nuevas elecciones generales), cuando ellos, luego de la Asamblea de 1997-98 conformaron una Comisión de “notables”, dominada por socialcristianos y demócratapopulares, con la cual nombraron a los nuevos jueces de la Corte Suprema de Justicia.

Se asustan de la represión que aplica la Policía a ciertas provocaciones de líderes socialcristianos en Guayaquil, cuando son ellos los que siempre llamaron a sus gobiernos a poner mano dura contra quienes atentaban contra “el orden público”.

Reclaman libertad de expresión y denuncian supuestas agresiones a periodistas y medios, cuando durante el ejercicio de gobiernos socialcristianos, demócratapopulares y hasta de la Izquierda Democrática, ordenaban a las Fuerzas Armadas intervenir y cerrar varios medios, especialmente emisoras de radio, por hacer un discurso, según ellos, desestabilizador hacia los sectores populares e indígenas. Ahora se refugian tras la sotana de la jerarquía eclesial, y reclaman respeto a la vida, cuando nunca rindieron cuentas de las desapariciones y crímenes de Estado sucedidos en medio de la lucha popular; cuando le ponían precio a la salud y dejaban morir a cientos de niños, madres parturientas y enfermos graves por no tener dinero. Cuando negaron la educación a cientos y miles de niños por no poder comprarla como se compra un perfume en uno de sus shopings.

Dicen defender la vida, cuando nunca se preocuparon de evitar que sigan habiendo madres que se practiquen abortos, debido a que no tienen recursos económicos ni para sobrevivir ellas, mucho menos para sostener a una criatura. Quienes nunca aceptaron la inclusión de la educación sexual en las escuelas y colegios, precisamente para evitar la irresponsabilidad en las prácticas sexuales de los jóvenes, y evitar así embarazos no deseados.

Ahora son expertos en inventar dramáticas telenovelas en sus noticieros: si un día el señor Ortiz anunciaba con gran espanto que uno de los estudiantes provocadores de la Universidad Católica de Guayaquil sufría amenazas de muerte por parte del gobierno, al día siguiente se invetaba una “infiltración” de un académico español en la reunión del buró político del Movimiento PAÍS, donde habría escuchado oscuros planes para ganar la campaña por el SÍ. Versiones ambas que los mismos protagonistas de estas telenovelas desmintieron.

Sueltan versiones de este tipo por todo lado, y buscan atacar al gobierno al tiempo que injurian a organizaciones que hacen parte del proyecto de cambio, especialmente al Movimiento Popular Democrático. Polivio Córdova, por ejemplo, denunció haber sido atacado, a las 05h30 de la mañana del viernes 22 de agosto, en la avenida de Los Shiris en Quito, por una militante emepedista que blandía su bandera mientras hacía campaña por el SÍ. Se trata de una campaña bien porquestada que busca infundir el miedo al cambio, busca convertir al gobierno y a las fuerzas progresistas y de izquierda en fuerzas siniestras.

Cada mañana, cada hora, a cada minuto en que oímos un nuevo argumento proveniente de estos oligarcas pelucones debemos recordar qué hicieron y qué dijeron cuando ellos reinaban en el país. Nadie nos ha incautado la lengua ni las ideas, y mucho menos nos ha cambiado la bandera, seguimos siendo un pueblo digno, que quiere el cambio, que marcha hacia el futuro a paso firme y espera conquistar el oro en solidaridad, unión y desarrollo.