por Ricardo Repetto Castro [email protected]

Los escandaletes que pretenden echar por tierra el esfuerzo masivo y patriótico de decenas y miles de peruanos involucrados en la industria petrolera, energética y gasífera del país son evidentemente maniobras aviesas en que es más fácil reconocer la mano de tramposos acostumbrados a medrar del erario público y de los contratos con nombre propio que los mismísimos cohechos de que se quiere dar cuenta. Las cosas claras y el chocolate espeso dicen en el norte del país y así debemos hablar.

Un economista ha tenido la gentileza de nombrar al ingeniero Carlos Repetto Grand entre un ramillete de hombres probos que dieron su vida por la industria petrolera y en patrocinio constante de los que en ella estuvieron involucrados como parte de su existencia cotidiana. Debe recordarse que Repetto Grand fue miembro del directorio de Petroperú hasta en cuatro oportunidades y como delegado de los trabajadores en cuya defensa siempre se manejó con probidad de campeones y honestidad como pocas. Enlodar a la industria petrolera y gasífera de la patria sólo puede ser el ejercicio de hampones y delincuentes y de quienes aprovechan cualquier resquicio para ventilar sus chismes y latrocinios.

Los rumbos de la patria que el ingeniero Repetto aprendió a cultivar desde su más tierna niñez en los centros mineros adonde iba en compañía de sus padres trabajando por múltiples sitios, enseñaron a este profesional cómo y de qué manera los hombres se levantaban por encima de sus penurias y hacían una nación desde muy temprano hasta muy tarde. En efecto, varios decenios después, ya como ingeniero, fueron los que Repetto consagró a Petroperú la empresa de sus amores y en ella realizó brillantes alegatos por la soberanía de nuestros recursos energéticos de los que jamás abdicó.

Debo referir, además, que su inesperado deceso, en junio del 2005, le pescan revisando lo que a la postre iba a ser su último artículo periodístico en La Razón y que había coordinado con dos periodistas de fuste y látigo pronto como Plinio Esquinarila y Herbert Mujica Rojas, alumnos de él y amigos entrañables de mil y un avatares. Se había referido y denunciado Repetto a la mañosa y extraña concesión de Pagoreni sin licitación pública y entre gallos y medianoche. Fue entonces que la Parca, traidora y oscura, le arrebató de entre los vivos y le alejó de nuestras agendas.

Aprendió Carlos Repetto de hombres símbolo como el caso de don Alfonso Benavides Correa y Carlos Malpica que clamaron y pelearon en la tribuna pública, en el Congreso y en las calles por la riqueza inabdicable de nuestra soberanía. Y con ellos, muchas veces en aquel tiempo, en años más recientes con Ollanta y Antauro Humala, Javier Diez Canseco, y otros, Repetto fue un hombre independiente, un patriota a prueba de sobornos y un dechado de vida a cuya memoria y homenaje entregamos estas líneas orgullosas.

Es necesario recordar como lo hacía don Alfonso Benavides Correa en el magnífico prólogo que dedicó al libro del embajador Félix C. Calderón, Las veleidades autocráticas de Simón Bolívar, primer tomo en el 2005:

“¿Será una trágica constante, al cabo de años de apostolado, de no evadir los temas esenciales del drama, luciendo el coraje moral de estar contra los mandarines, tener, sin prensa adicta, un atardecer escéptico por el silenciamiento?”.

Felizmente, los hijos, nosotros, de Carlos Repetto Grand seguimos la huella imborrable de nuestro padre y en esos surcos de procurar que la Patria sea madre y no madrastra, seguimos impertérritos al lado de la matrona de la familia, Teresa Castro de Repetto, valor indudable, flor de esperanza, guión de futuros y compañera amante y esposa fidelísima de Carlos. Su ejemplo es nuestra luz y es la alameda sobre las cuales caminamos sus descendientes.