Sólo así se explicaría con entera lógica cómo hace apenas unos días el gobierno norteamericano ubicara a Cuba en la lista de países que amparan el terrorismo.

Lo cierto es si Bosch y Posada Carriles aparecieran por la Isla, no tendrían la existencia tan placentera y protegida que les brinda la actual administración de EE.UU. la cual, dada su presunta “autoridad”, juzga a otros en el mundo acerca de si toman o forman parte o no en políticas y actos de terror.

Resulta, sin dudas, una vieja práctica: embarra a otros para que tus culpas no salgan a flote ni llamen la atención.

Solo ocurre que, mientras en el susodicho informe de este año Cuba, Irán, Sudán y Siria aparecen como “estados malditos” ligados al terrorismo, los asesinos de marras, reconocidos incluso por la justicia norteamericana como gente de elevada peligrosidad, viven tranquilamente en la Florida, aun luego de entrar ilegalmente en los Estados Unidos e incluso mentir sobre el asunto a los investigadores locales.

El inmaculado Washington puede darse tales libertades. Con repetir en sus medios que se trata de la más justa y democrática de las sociedades, y con armar guerras, bloqueos y agresiones contra quienes se les oponen, ya cree limpiar su rostro y poder erigirse en juez totalitario y temible. Así de sencillo y absoluto.

¿Qué cinco antiterroristas lleven diez años encarcelados en el imperio luego de un proceso penal que ha sido calificado de injusto hasta por las instancias jurídicas de la ONU? Eso no es trascendente en el historial oficial norteamericano.

¿Qué sus organismos de inteligencia hayan entrenado verdugos y criminales para matar en Cuba y en el resto de América Latina? Tampoco merece consideración. Una gran potencia, pretendida llave y ejemplo del mundo, no tiene que rendir cuentas a nadie.

Solo que para los cubanos los papeles acusatorios venidos desde el Norte a partir de 1982, carecen de toda trascendencia. Su doblez e infamia ni siquiera los hacen aptos para envolver basura.

Agencia Cubana de Noticias