Fue el periplo electoral norteamericano que acaba de culminar, una jornada intensa, plena en emociones, rica en contrastes, preñada de giros y tendencias, todas en el marco del comportamiento institucional de Estados Unidos ante el mundo y frente a su propio pueblo que ayer mostró desde lágrimas de esperanza hasta ambición de un cambio para el que se ideó un excelente lema: yes we can. No obstante, quien piense que por ser negro, demócrata o joven, Barack Obama, posee una varita mágica se equivoca con alevosía e incurre en estupidez inmediatista. Y engañosa.

A nadie debe sorprender que Gringolandia no se aparte un milímetro de cuanto ha avanzado la administración Bush y en torno al TLC con Perú. Nuestro país con ubicación estratégica en Latinoamérica, asunto que los estadounidenses tienen muy presente y que los 28 millones de peruanos olvidan diariamente, debiera cumplir designios geopolíticos de liderazgo indubitable y gracias a un juego hábil de sus riquezas naturales de todo orden, poder demográfico y proyección de valor agregado a múltiples industrias, con enriquecimiento moral, cultural y digno de sus masas trabajadoras, recuperar un guión protagónico y de interlocutor con Gringolandia.

¿Qué hará Obama frente a los nacientes imperios con fuerte peso específico como China e India? ¿de qué modo lidiará con la Comunidad Europea? ¿en cuánto de ese plano geopolítico, Latinoamérica y el Perú en singular, tienen participación sustantiva y no como hasta hoy un portaviones gigantesco para que los gringos hagan lo que les venga en gana y con la complicidad de tecnócratas o nativos siempre dispuestos a ser más papistas que el papa?

Con Obama o sin Obama, hay dinámicas inevitables con las que Perú y el continente deben aprender a lidiar y negociar. O, como hasta hoy, mendigos receptores de “donaciones” de la cooperación norteamericana o socios con personería creadora y potenciadora de sus pueblos con gas, petróleo, recursos diversos, campos ubérrimos, explanadas aún sin explotar. ¿Qué camino escogemos? No hay soberanía nacional sin soberanía popular, es decir si el pueblo no es dueño de sus destinos y todo lo debe recibir como limosnas por decenas de miles de dólares, entonces lo de profesional beggar nos cae como anillo al dedo. Y siempre con la nota humillante y asqueante que aceptan los mercenarios vendidos al servicio de la gran potencia mundial.

Un serio problema lo constituye la supina ignorancia en que se mueven y retozan las castas políticas. Incapaces de determinar la diferencia entre un celular y un piano de cola, estos ineptos navegan en océanos de comisiones investigadoras que sólo producen monumentos vulgares que diluyen los delitos. Cuando no están ocupados generando escándalos, estos capitanes de chalupa, propician escandaletes y viven al pie de la letra la doctrina Montesinos de audios y vídeos a los que atribuyen valores per se y convierten en “referentes” que publicitan delincuentes fabricados como íconos morales por una prensa acrítica, boba y débil mental. No hay buenas ni malas masas. Sólo hay buenos o malos dirigentes, axioma imbatible.

Si Obama quisiera ser original, en lugar de seguir fletando misiones discutibles, secretas y torvas de sus organismos que dicen luchar contra el narcotráfico ¿por causa de qué el gobierno de Estados Unidos no compra la proyección de las cosechas de hoja de coca por los próximos 50 años y resuelve en un tris tras el problema? Ocurre que los primeros en oponerse, como de costumbre, serán todos los oficinistas que viven de la existencia del narcotráfico y que sin él, y los dólares que mueven, pierden sus comodidades, viajecitos al imperio, tours de turismo y las abultadas billeteras que roban cada mes bajo el título de sueldo. ¡Así de simple! ¿Podría el señor Barack Obama atacar la fuente de dólares negros, sin mayor control, fuente fétida de copiosos billetes para las empresas que no tienen cómo acercarse a la legalidad?

Las escenas populares de negros, blancos, latinos, asiáticos y pueblo llano, mezclado en la celebración del triunfo de Obama, no puede ser sino una demostración de cómo los hombres y mujeres con esperanza son iguales en todo el mundo. Sin embargo, ello no nos debe hacer olvidar que hay maquinarias inmensas que gobiernan en el mundo: y para éstas no hay color, edad, tamaño, idioma o carisma que valgan. Rendirse ante la inegable simpatía de Obama pero atribuirle capacidades de las que carece sería un ejercicio de la más noble imbecilidad sin atenuantes.

¡Atentos a la historia, las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder, el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Rompamos el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

¡Sólo el talento salvará al Perú!

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