por embajador Félix C. Calderón febrero 2008

I n d i c e

1.- Introducción

2.- La presencia paterna

3.- El trueque de Leticia

4.- Tras las huellas del padre

5.- La oportunidad perdida

1.- Introducción

El Embajador Bolívar Ulloa fue parte de esa generación de peruanos que advino al mundo en circunstancias que el Perú estaba, por fin, en trance de definir sus fronteras. Fue, pues, una generación con el patriotismo a flor de piel no solo por el influjo de la familia; sino por el imperio de las circunstancias.

Fue la generación que vivió el drama del plebiscito, sin resignarse del todo a la pérdida de Tarapacá y Arica, al mismo tiempo que martillaba en su memoria las secuelas de la infausta guerra, grabada en algunos de ellos con trágicos recuerdos. Fue la generación que al llegar a la adultez cayó en la cuenta de que el Perú había dejado los precarios statu quos con cuatro de sus cinco vecinos, gracias a la obstinación de ese estadista, injustamente postergado, como fue don Augusto B. Leguía Pero, esa generación fue también desafiada por lo que muchos en el Perú consideraron chauvinistamente como un despojo, cuando se supo que en virtud del Tratado Salomón-Lozano, Leticia era reconocida como colombiana, creándose de esa forma una solución de continuidad territorial para el Perú en su tránsito amazónico. En fin, fue la misma generación que ya en puestos de responsabilidad, luchó con bravura o siguió con orgullo los avances de su ejército victorioso en el conflicto de 1941. En pocas palabras, fue una generación llamada a llenar el siglo XX con su accionar nacionalista y testimonio de fe en el Perú y, tal vez, la última con un patriotismo republicano militante que bregaba con el siglo XX, que es cuando volvieron a renacer las esperanzas.

A continuación, veremos cómo Bolívar Ulloa encarnó su época e hizo honor a esa generación galante. Sin embargo, el carácter esencialmente biográfico de este opúsculo servirá de marco para explicar dos hechos inéditos que ameritan ser puestos al descubierto. Uno que se refiere al “Chinchorro” peruano en Leticia, que es una historia cuasi oculta; y el otro que se guarece en el olvido y tiene que ver con la génesis del incidente que entre julio y octubre de 1943 se tradujo en la suspensión de los trabajos demarcatorios en la frontera peruano-ecuatoriana, con todas las serias consecuencias que esto acarreó a la relación bilateral por más de cincuenta años. 2.- La presencia paterna

Un hijo es producto de sus padres en tanto que, como genoma, recibe material genético de ambos que lo vincula directamente con sus ancestros. Pero un hijo es, además, hechura cultural de sus padres en el sentido que, por regla general, su primer círculo concéntrico de referencia social son ellos. De sus padres asimila el idioma, sus costumbres, valores, preceptos y hasta sus gestos o ademanes. Es decir, también adquiere a través de ellos el complemento cultural de ese basamento hereditario que comparte con ellos. Pues bien, Bolívar Ulloa no fue la excepción a esta regla. Su fisonomía tradujo magistralmente la de sus padres, al igual que su manera de ser y la de comportarse, constituyendo la feliz simbiosis del patriotismo trepidante del padre con el retraimiento y la frugalidad pertinaz de la madre.

Luis Ulloa Cisneros, un hombre a caballo entre dos siglos, fue hijo de don Casimiro Ulloa de impronta huanuqueña. De este ilustre precursor de la Psiquiatría en el Perú, Luis Ulloa heredó su apego a la investigación y un profundo amor por la patria. En 1897 fue enviado a España como Encargado de Misión del Gobierno del Perú en los Archivos de España y Bibliotecas de Europa. Poco tiempo después de llegar a Europa, conoció a doña Blanche Pasquette Saints, una mujer decente y tranquila de Borgoña, con quien contrajo pronto matrimonio, cuando frisaba los treinta años. Fruto de esa unión fue Luis Bolívar, agraciada y frágil criatura de fácil sonrisa que solo endulzó por escaso tiempo el hogar Ulloa-Pasquette, por cuanto la muerte lo arrancó de los brazos de sus padres antes de cumplir los dos años. Luis Ulloa sintió profundamente esta pérdida inesperada. De ese infortunado hijo primogénito llegó a decir, días después de su desaparición, en enero de 1902: “Desbordose tu forma en la Idea, no cupo tu idea en la Forma.” (Archivo Bolívar Ulloa-Ministerio de Relaciones Exteriores).

En 1905, Luis Ulloa regresó a Lima con su esposa. Su misión había terminado y se aprestaba a incursionar en el ambiente académico de esta capital. Se afincó en Barranco donde vivió hasta 1919, año en que emprende otra excursión investigadora al viejo mundo. Bolívar Ulloa nace el 5 de junio de 1909. Marcados por el triste recuerdo de su primer hijo, era natural que ambos padres volcaran todo su afecto en este inquieto niño de grandes ojos y mirada profunda que comenzó a descubrir el mundo abriéndose paso entre los libros de su padre y, cuando no, subyugado por su locuaz verbo y sus maneras de gentleman.

Luis Ulloa fue Director de la Biblioteca Nacional en la época en que Jorge Basadre hacía notorio su interés por la historia republicana. Y tuvo en Porras Barrenechea y Víctor Andrés Belaúnde a dos leales admiradores, llegando este último a reconocer públicamente que en la cuestión de límites con Bolivia la mayor parte de los documentos y mapas que respaldaron, en su oportunidad, la posición peruana fueron encontrados y copiados en Europa por “el insigne investigador e historiador Luis Ulloa.”

Bolívar Ulloa hizo sus estudios primarios en Barranco, en el Colegio Alemán de la calle Rospigliosi. No tenía apenas diez años cuando sintió el llamado del deber, aquella vez en que paseando de la mano de su padre, éste se paró de súbito en una esquina y mirando hacia una ventana le dijo en un tono ceremonioso que allá en ese segundo piso tenía a un hermanito por quien debía velar en el futuro, como en efecto lo hizo el obediente hijo. Y es que Luis Ulloa no era un hombre de medias tintas. Fue ese año, 1919, en que llevado, al parecer, por su furibundo anti-civilismo, decidió fundar el Partido Socialista en defensa del proletariado, el cual rápidamente recibió pedidos de adhesión, tal como lo atestigua la carta que desde Arequipa le remitiera José Ma. Ugarteche, el 24 de marzo de ese año.

El segundo periplo de Luis Ulloa a España y Francia se inicia en 1919, como ha quedado dicho, y lo hace en compañía de su esposa, a quien llamaba cariñosamente ma chére petite mignone o ma petite Blanche idolatrée, y del mozalbete Bolívar, presto a comenzar los estudios secundarios en el Lycée Roland. En un primer momento, hasta 1922, estuvo otra vez en calidad de Encargado de Misión del Gobierno del Perú en los Archivos de España y Bibliotecas de Europa. Pero, desde 1923 y muy en particular desde el año siguiente, Luis Ulloa permaneció en España y Francia en calidad de exiliado, hasta su muerte de un ataque cardiaco, en febrero de 1936, en Barcelona. Llegaba así a su término una febril actividad tanto intelectual como política, de la cual su hijo guardó con recogimiento hasta sus últimos días numerosos recuerdos. Entre sus trabajos, causó sensación en España y en este continente su tesis que hacía de Cristóbal Colón un catalán. Asimismo, se embarcó en una serie de investigaciones históricas que debían ser publicadas en España.

Sin embargo, lo que mayormente absorbió su tiempo y gran parte de sus fuerzas a partir de 1923, fue su frontal oposición desde París al Gobierno de Augusto B. Leguía. Mantuvo por esa época un intercambio epistolar con el entonces General Oscar R. Benavides que se encontraba deportado en Guayaquil y no cesaba en su intento de conspirar contra Leguía. Es muy posible que el Manifiesto que Benavides hiciera circular en Lima en 1924, oponiéndose a la reelección de Leguía fuera sugerido por Luis Ulloa. Al año siguiente, Ulloa publicó en Barcelona La verdad sobre el arbitraje de Washington-Cartas al Dr. Solón Polo, y desde París: De cuerpo entero-Algunas pruebas de la traición de D. A. Bernardino Leguía, en un estilo que, hoy en día, sería calificado de panfletario, por su dureza y una mordacidad de antología contra el régimen de Leguía.

Cuando muere Luis Ulloa, su hijo ya había culminado sus estudios de Historia, Geografía y Filosofía en la Sorbona de París. Conocía el griego y el latín, además del español y el francés, y se aprestaba a trabajar en Francia. Empero, en esa hora aciaga, tuvo más presente que nunca la arenga de su padre de que su sitio era el Perú. Por eso, formado como estaba Bolívar Ulloa en un hogar donde el patriotismo se mezclaba con la ternura y la exaltación, decidió regresar a Lima con su madre, una sencilla y discreta mujer que carecía de la pasión por los viajes, como buena francesa de provincia. Sentía compulsivamente el joven Ulloa la necesidad de ocupar un puesto en la trinchera de los defensores de la heredad nacional. Y a ello se abocó con pasión, con esa misma febrilidad de su padre, aunque con la modestia de su madre, haciéndose en cierta forma prisionero de las fronteras del Perú. Es de imaginar el impacto que produjo en el adolescente Bolívar el ardor y la vehemencia con que su padre denunció el supuesto entreguismo plebiscitario de Leguía (que visto retrospectivamente no fue tal) y la llamada claudicación de Solón Polo, que hoy tampoco se puede decir que lo fue. A fortiori, suponemos que ya adulto, más de una vez Bolívar tuvo que calmar a su exaltado padre, indignado como suponemos se encontraba, por lo que apasionada y apuradamente se había motejado como la entrega de Leticia.

3.- El trueque de Leticia

El modus vivendi que siguió en 1911 al incidente de La Pedrera en el que fue protagonista el entonces Coronel Oscar R. Benavides, puso en evidencia la precariedad de las posesiones peruanas al este del río Putumayo. Adicionalmente, el tratado de límites colombo-ecuatoriano de 1916, mediante el cual ambos países se repartieron virtualmente la margen izquierda del Marañon-Amazonas, no hizo más que complicarle las cosas al Perú, por cuanto Ecuador le reconoció a Colombia en virtud de ese tratado una porción territorial en la margen septentrional del Amazonas que en la actualidad iría desde Pebas o Pijuayal en el Perú hasta la frontera con el Brasil. Por lo demás, los mapas editados en Francia, Alemania y Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XIX, y aún antes, tradujeron sesgadamente ese posicionamiento geográfico de Ecuador y Colombia sobre la margen izquierda del Marañón-Amazonas, arbitrariamente basado en el Tratado Larrea-Gual, firmado por el Perú en Guayaquil, el 22 de setiembre de 1829, en pleno derrumbe de la Gran Colombia.

Dicho en otras palabras, si bien el Perú tenía en 1922 la posesión del denominado Trapecio de Leticia y ejercía autoridad en su territorio, no es menos verdad que desde 1822 seguía pendiente la definición de la línea de frontera con Colombia, juntamente con la de Ecuador, desde el momento que Simón Bolívar tomó la decisión unilateral de usurpar Guayaquil y pretender, luego, arrebatarle al Perú, Ayabaca, Jaén y Maynas, mediante un aprovechamiento desleal de su condición de dictador supremo. (Véase del mismo autor: Las veleidades autocráticas de Simón Bolívar:- Tomo I: La usurpación de Guayaquil.- Lima, 2005.- Tomo II: La fanfarronada del Congreso de Panamá.- Lima, 2007.- Tomo III: Descodificando la creación de Bolivia.- Lima, 2008). Por lo tanto, no era casual ni reciente que Colombia y Ecuador, que aprendieron a actuar concertadamente, persistieran bien entrado el siglo XX en su pretensión de contar con un acceso directo al río Amazonas.

Por eso, la obra trascendente del Presidente Leguía consistió en dividir a los aliados ocasionales para negociar por separado con ambos, dentro de una coyuntura muy difícil como fue la negociación preliminar con Chile sobre el arbitraje. Primero con Colombia, aceptando, en 1922, la cesión de Leticia a cambio de recibir como contrapartida el triángulo de Sucumbios, valiosa franja territorial de importancia estratégica para el Perú porque lo colocaba, por el este, muy cerca de Quito, y de canje, pues años más tarde, fue vital ese pequeño pedazo de territorio en la negociación del Protocolo de Río de Janeiro de 1942. (Véase del mismo autor: La Negociación del Protocolo de 1942: Mitos y Realidades.- Sociedad Peruana de Derecho Internacional y Academia Diplomática del Perú.- Lima, 1997). Y, a los dos años, con el Ecuador, porque se concluyó el 21 de junio de 1924, el Protocolo Castro Oyanguren-Ponce, en virtud del cual los dos Estados se comprometieron bonna fide a establecer el procedimiento para llegar más adelante a una solución definitiva de su controversia limítrofe.

Por cierto, ninguno de los iracundos opositores de Leguía, incluyendo a Luis Ulloa, estuvieron al tanto de los esfuerzos secretos del mandatario para sacrificar de ser el caso el Tratado Salomón-Lozano, tan pronto el mecanismo del laudo arbitral del presidente estadounidense Calvin Coolidge se pusiera en marcha. Conviene recordar a este respecto que meses después de suscribirse en Lima el Tratado Salomón-Lozano y el Protocolo de Arbitraje y Acta Complementaria con Chile, el 24 de marzo y el 20 de julio de 1922, respectivamente, el Gobierno peruano informó reservadamente a su representante en Bogotá, el 19 de setiembre de ese año, de su intención de gestionar la modificación de la línea de frontera aceptada en el Tratado Salomón-Lozano. (Véase del mismo autor: El Tratado de1929. La otra historia.- Fondo Editorial del Congreso del Perú.- Lima, 2000).

Con posterioridad, el 11 de noviembre de 1924, el Gobierno brasileño alcanzó a Torre Tagle un memorando en el que señalaba que con el acceso colombiano al Amazonas, de conformidad con el Tratado Salomón-Lozano, se había modificado el status territorial del río Amazonas sin haber oído al Brasil. El Perú que no veía con malos ojos esa objeción, propuso una negociación tripartita en Washington. Y no es ninguna coincidencia que la solución a este último impasse se diera a través de un procès verbal suscrito por los representantes de los tres países el mismo día que el Presidente Coolidge firmara el laudo arbitral, el 4 de marzo de 1925.

Si bien el 30 de octubre de 1925 el Congreso colombiano aprobó el Tratado de 1922; un mes más tarde, sin embargo, el Presidente Leguía, le confesó sin ningún empacho al Embajador estadounidense en Lima, Poindexter, que el tratado de límites con Colombia no sería examinado por el Congreso peruano hasta que no se hubiera resuelto primero el asunto del plebiscito de Tacna y Arica, con lo cual el fantasma del linkage se hizo evidente para los Estados Unidos. (Ibid.).

Más aún, de manera previsora, ese mismo mes de noviembre de 1925, concretamente el 20 de noviembre, el Gobierno peruano autorizó la definición de los linderos y luego la colocación de mojones de la denominada hacienda “Victoria” en Leticia, prima facie de propiedad de Enrique A. Vigil Chopitea y con una extensión de 550 hectáreas. El título de propiedad fue expedido por el Ministerio de Fomento peruano el 15 de abril de 1926. Es decir, no obstante que el Tratado Salomón-Lozano había sido ya ratificado por Colombia, en un hecho histórico que ha permanecido en la sombra por mucho tiempo, el Gobierno de Leguía decidió regularizar, en 1926, en el corazón de Leticia, la propiedad de un ciudadano peruano que no le era desconocido.

Esta especie de “Chinchorro” peruano en Leticia, que pudo haber sido un valioso enclave estratégico del Perú en dicho triángulo, fue desgraciadamente vendido por Enrique Vigil al Capitán de Fragata Oscar Mavila, el 6 de agosto de 1936. Pero, mediante un documento de carácter privado que se guarda celosamente en el Archivo Central del Ministerio de Relaciones Exteriores, Mavila dejó constancia que había actuado en nombre del Gobierno peruano, utilizando con ese fin un dinero que salió del pliego presupuestal de la Cancillería. Gobernaba el Perú Oscar R. Benavides, era canciller Alberto Ulloa y Secretario General de Relaciones Exteriores Enrique Goytizolo Bolognesi. Lo paradójico del caso reside en que al año siguiente, la hacienda “Victoria”, el “Chinchorro” peruano en Leticia, fue vendida por el Perú a Colombia, a través del representante colombiano en Lima. (Archivo Augusto B. Leguía-Ministerio de Relaciones Exteriores).

El Congreso peruano ratificó el Tratado Salomón-Lozano recién el 20 de diciembre de 1927, en circunstancias que ya era evidente el afán de la diplomacia chilena de procurar un arreglo directo sobre la suerte de las “Cautivas”, en vez del proceso plebiscitario que lo estaba llevando a una derrota moral y jurídica. Para el efecto, buscó la cooperación del Secretario de Estado Kellog (Véase el libro antes citado: El Tratado de 1929. La otra historia).

Durante el injusto y arbitrario proceso que se le siguió a Leguía (el único Presidente del Perú que murió envilecido luego de estar preso en el Panóptico) en el Tribunal de Sanción Nacional, fue llamado a dar su testimonio Julio Arana, feroz opositor del defenestrado Presidente por tener intereses caucheros en el Caquetá, quien no escatimó en reconocer que el Dr. Salomón le había manifestado años atrás el interés prioritario del Gobierno de Leguía de terminar con la cuestión de límites con Chile, para lo cual resultaba indispensable poner fin al diferendo territorial con Colombia y de ser posible con Ecuador, a fin de neutralizar a estos países y tener más fuerzas en las difíciles negociaciones con el vecino del sur. También recordó Arana que, en opinión del Dr. Salomón, hubo cierta presión de parte de los Estados Unidos para que fueran terminados los arreglos con Colombia antes de que el Presidente Coolidge emitiera su fallo arbitral.

En pocas palabras, no hubo entreguismo ni traición en la supuesta cesión de Leticia. Primero por que este triángulo territorial no había sido previamente reconocido como peruano por Colombia; por lo tanto no se puede “ceder” lo que otros consideran que no le pertenece a uno. Segundo, porque más que una supuesta cesión fue, en realidad, un trueque, en tanto le permitió al Perú adquirir Sucumbios, cuya cesión al Ecuador en 1942 hizo posible la conclusión del Protocolo de 1942.

Ergo, la corajuda decisión de Leguía, recién materializada en 1927, fue a no dudarlo una decisión oportuna, inevitable y pragmática, propia de un estadista; enfrentado como estaba el Perú a las amenazas combinadas de tres de sus vecinos, y ante la presión interesada y dosificada que ejercían los Estados Unidos. Por el contrario, lo que sí parece discutible, históricamente hablando, es la apresurada decisión del Gobierno de Benavides de haberse desprendido en 1936 del “Chinchorro” peruano en Leticia (la denominada hacienda “Victoria”); por cuanto no estaba obligado a ello ni el contexto bilateral lo exigía imperiosamente.

4.- Tras las huellas del padre

Volviendo a Bolívar Ulloa, su decisión de regresar a Lima la comunicó a Raúl Porras que se encontraba en Madrid y con quien había entablado una enriquecedora amistad. En una carta fechada en febrero de 1936, Bolívar Ulloa le decía a Porras que regresaba al Perú para “desvanecer el olvido que rodea(ba) sus mejores esfuerzos históricos peruanos (de su padre) y también para continuar su obra con las orientaciones por él recibidas.” Porras le respondió el 10 de marzo calificando su decisión de regresar al Perú de “la más cuerda y acertada”, sugiriéndole, adicionalmente, que enseñara latín en la Facultad de Letras de la Universidad de San Marcos. Por último, en otra carta escrita el 24 de marzo, aparte de desearle buena acogida en la capital peruana, Porras le recomendó que se dedique “exclusivamente a la cultura y no se meta en política.” Consejo que Bolívar Ulloa siguió al pie de la letra, en abierto contraste con la trayectoria de su padre, siempre polémico y de extremos. (Archivo Bolívar Ulloa-Ministerio de Relaciones Exteriores).

Como no podía ser de otra manera, la viuda y su hijo decidieron instalarse en Barranco, solariego rincón en la vecindad de Lima, de gran tradición republicana. Ese mismo año, el 7 de octubre de 1936, cuando era canciller Carlos Concha, ingresó el joven Bolívar Ulloa como meritorio al Ministerio de Relaciones Exteriores, siendo asignado a la Oficina de Límites. En abril de 1938 pasó a ser auxiliar técnico, en 1941 jefe interino, y en 1945 jefe titular, un año después de haber ingresado al Escalafón del Servicio Diplomático de la República. Más adelante fue Director del Departamento Político, Diplomático y de Fronteras, asumiendo inclusive por un breve periodo y con carácter accidental la Secretaría General de Relaciones Exteriores.

Cuando se negocia en Río de Janeiro el diferendo fronterizo peruano-ecuatoriano, Bolívar Ulloa, a sus 32 años de edad, se encontraba de jefe interino de la Oficina de Límites, asumiendo esa responsabilidad de talla con la misma fibra patriótica de su padre y la serena perseverancia de su madre. Asesoró directamente al Presidente Prado en la negociación a distancia del Protocolo Peruano-Ecuatoriano de Paz, Amistad y Límites, que se suscribiera finalmente en la madrugada del 29 de enero de 1942 y, casi de inmediato, se abocó en cuerpo y alma a la complicada tarea de la demarcación definitiva de la frontera peruano-ecuatoriana, ofrendando en este descomunal esfuerzo sus más largos desvelos y decenas de páginas de sucesivos alegatos, sin estar exento de la incomprensión de ciertos profesionales de la crítica, cómodamente apostados en sus torres marfilescas.

Paralizada la conclusión de los trabajos demarcatorios en 1951, Bolívar Ulloa se abocó a partir de entonces, con el mismo celo, a lograr la reanudación de sus trabajos. Era la época en que mantuvo una regular correspondencia con Manuel Prado que otra vez acariciaba en París el proyecto de regresar al poder. Prado siempre apreció el “fervor patriótico” de Bolívar Ulloa; así como su tan “valiosa, como irrestricta y leal” colaboración que le ayudó a realizar, como él mismo lo reconociera en una carta que le remitiera desde la Ciudad Luz, el 24 de enero de 1949, “la más grande obra por el Perú” durante su paso por el poder. (Ibid.).

Por eso, cuando Prado regresó a la presidencia de la República en 1956, una de sus primeras preocupaciones fue la de reactivar el proceso demarcatorio, para lo cual preparó una fórmula con la activa colaboración de Bolívar Ulloa, concibiendo un plan para involucrar nuevamente a ese gran estadista brasileño que fue don Oswaldo Aranha. Fue el Embajador Víctor Andrés Belaúnde quien se encargó de contactar con ese fin al ex canciller Aranha en Nueva York, en setiembre de 1957, durante el XIII periodo ordinario de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas.

En la carta que le enviara al Presidente Prado dando cuenta de su misión, el 21 de setiembre de 1957, el Embajador Belaúnde le manifestó que Aranha le había revelado que consideraba el arreglo de fronteras peruano-ecuatoriana como “la página más brillante de su carrera.” Asimismo, a primera impresión, dijo que le parecía excelente la fórmula alcanzada por el Presidente Prado; pero era menester trabajar con mucha eficacia para solucionar las pequeñas dificultades. Eso sí decía el remitente, Bolívar Ulloa debía “proporcionar los elementos técnicos.” (Ibid.).

Por esa época, el Embajador Ulloa gozaba de una bien merecida reputación como historiador erudito en las cuestiones de límites. Si bien trajinaba por los mismos predios que recorrió su padre, aprendió a moverse, sin embargo, con discreción y cautela, sin llegar nunca a ser polémico. Condecorado en varias oportunidades, apreció mucho al final de sus días la presea de la Orden del Sol que le fuera concedida en el grado de Gran Cruz, y su condición de miembro de la Legión de Honor. El 18 de julio de 1963 fue incorporado como miembro de número de la Academia Nacional de Historia. Fue miembro de la Comisión Consultiva de Relaciones Exteriores y, por muchos años, profesor de la Academia Diplomática del Perú, transmitiendo su vasta experiencia profesional a sucesivas generaciones de diplomáticos, sin contar las innumerables conferencias que dio en múltiples centros superiores de estudios. Entre sus trabajos podemos mencionar: “Descripción de las fronteras del Perú”, “Las exploraciones inglesas en el Perú”; “Historia del Congreso de Huancayo”; “El Ejército y la geografía nacional”, “Semblanza de Alberto Ulloa Sotomayor”, “Historia de la Geografía y de los límites del Perú”, “Apuntes sobre la historia de las relaciones entre el Perú y México” y “Las relaciones del Perú con Colombia”, inter alia. También publicó numerosos artículos en el diario “Expreso”.

La muerte de su madre en 1967 fue un duro golpe para este austero diplomático. Sin embargo, un amor de dimensión distinta germinaba en su corazón hacía poco tiempo atrás, cuando conoció a doña Tula Seminario, que pasados los años llegó a ser su esposa. Como ella misma le ha contado a quien esto escribe, el destino hizo su jugarreta tomando como pretexto al idioma francés un día que ella fue a visitar a una de sus amigas a la Cancillería. Un intercambio de frases entre dos aplicadas estudiantes de la Alianza Francesa fue suficiente para cautivar a este trabajador empedernido que a partir de ese momento buscó estimular su existencia con el bálsamo tonificante de la mujer solícita que descubrió el secreto de comprenderlo a plenitud.

Su esposa siempre vio en él al maestro erudito, al hombre intachable, dueño de una vida modesta dedicada en exclusividad al servicio de su patria. No fue un hombre fatuo ni mucho menos engolado ni proclive a los ditirambos. Vivió apretadamente, quizás con mayor sobriedad que un fanático franciscano, sin llegar nunca a perder el decoro ni la dignidad. En su vida privada fue intachable, como también lo fue en su vida pública. Hijo agradecido y esposo cariñoso y comprensivo, así era este hombre tranquilo que vivió lo mejor de sus días entre mapas y coordenadas geográficas.

5.- La oportunidad perdida

Existe la creencia en algunos de que la paralización en 1943 del proceso demarcatorio de la frontera peruano-ecuatoriana pudo haberse debido a que la Cancillería peruana manejó el procedimiento de la demarcación del Protocolo de 1942 con una minuciosidad excesiva o con un criterio burocrático, cuando de lo que se trataba era de actuar con un criterio político, acelerando el proceso y cerrándolo pronto. También ha sido frecuente escuchar a otros, movidos tal vez por un sentimentalismo estrábico, que el Perú “después de haberse servido de un gran banquete, le disputaba al Ecuador las migajas.” En fin, se ha dicho que el Perú habría estado en 1943 retrechero y mezquino en algunos extremos del proceso demarcatorio, todo lo cual habría tenido a la larga un alto costo político. El Embajador Antonio Belaúnde hizo infortunadamente eco de esos comentarios en su monografía publicada en 1995 Nuestro problema con Ecuador, aunque admitió que nunca se atrevió a discutir con Bolívar Ulloa esta cuestión (Op.cit.; pp. 56 y 102).

Quiérase o no, esos comentarios por más deleznables que sean, no dejaron de plantear, directa o indirectamente, ciertas interrogantes sobre el desempeño profesional y político de quien tuvo un papel descollante en el fallido proceso demarcatorio peruano-ecuatoriano, como es el caso del Embajador Bolívar Ulloa. Es más, no ha faltado gente poco advertida en la Cancillería y, con mayor razón fuera de ella, que casi inercialmente se ha limitado a repetir lo antes señalado. Por eso, nada resulta más propicio ahora que determinar, al amparo de documentos inéditos, el origen de ese problema demarcatorio residual que confrontó al Perú con Ecuador hasta octubre de 1998, y por qué ha sido totalmente injusto querer involucrar en su génesis a ese apasionado defensor de nuestra heredad nacional.

Uno de los aspectos que salió a la luz en 1995, a raíz de la cuestión demarcatoria pendiente, fue la enorme complejidad que revistió el proceso demarcatorio en sí entre 1942 y 1943. Si las cosas no se hubiesen trabado entre julio y octubre de 1943 y la demarcación definitiva hubiera concluido satisfactoriamente ese año, como era el deseo de la Cancillería peruana, lo probable es que mucha gente en ambos países jamás se habría llegado a enterar, con el detalle que hoy en día se conoce, del esfuerzo ciclópeo que la Comisión Mixta Demarcatoria tuvo que realizar, a marchas forzadas, entre junio de 1942 y julio de 1943, para cumplir con el encargo de los dos gobiernos.

En efecto, fue menester luchar cotidianamente contra el mal tiempo, la falta de caminos, la violencia traicionera de agrestes ríos, la falta de Instrumentos y, para colmo de males, fueron variopintas las sorpresas que una caprichosa geografía interpuso a cada paso sobre el terreno a dicha Comisión Mixta en el trazado de la línea de frontera. Es importante, también, tener presente que, por lo menos en el caso del Perú, el proceso demarcatorio fue seguido muy de cerca por el propio Presidente de la República, quien solía convocar de tiempo en tiempo a reuniones en Palacio de Gobierno, a las que concurría el canciller Solf y Muro, el Ministro de Fomento y los presidentes de la Sección Occidente y de la Sección Oriente de la Comisión Peruana Demarcadora de Límites, además de Bolívar Ulloa en su condición de jefe interino de la Oficina de Límites. No fue, por consiguiente, un esfuerzo exclusivo de funcionarios de segundo o tercer nivel, con el añadido que el Presidente Prado sabía de qué se trataba por haber participado directamente en la negociación del Protocolo de Río de Janeiro, tal como se ha demostrado en el libro de quien esto escribe, antes citado.

En fin es bueno recordar que, originalmente, el 24 de enero de 1942, durante la negociación del Protocolo, el Presidente Prado instruyó cablegráficamente al canciller Solf y Muro de llevar el divortium aquarium entre el río Santiago y el Zamora hasta el punto “28 de julio”, entre la boca del Zamora y la del Yaupi en el Santiago (La Negociación del Protocolo de 1942: Mitos y Realidades, p. 77). Pero es, asimismo, cierto que el mandatario peruano, dos días más tarde, aceptó que se omitiera toda referencia específica al punto “28 de julio”, al mismo tiempo que reclamaba para el Perú, entre otras cosas, ambas márgenes del río Lagartococha “y el sistema de lagunas que lo integran.” (Ibid. P. 81).

En otras palabras, el germen de la controversia que se suscitó después, en 1943, entre ambas Comisiones Nacionales Demarcadoras de la Sección Oriental, comenzó a pulular desde el instante mismo en que se daban los toques finales al Protocolo de Río de Janeiro. Aun así, cuando el diario “El Comercio” de Lima publicó el 7 de febrero de 1942 el mapa con la nueva frontera, suministrado por la Cancillería peruana, nada hacía presagiar que lo que pareció suficiente al momento de la firma del Protocolo de Río de Janeiro, iba a ser motivo de discordia al año siguiente al extremo de involucrar más tarde a los países garantes.

Aun a riesgo de simplificar las cosas, tres son, en opinión de quien esto escribe, los momentos por los que atravesó la historia contenciosa, afortunadamente concluida, del proceso demarcatorio peruano-ecuatoriano iniciado en 1942. El primero, que se podría denominar de la oportunidad perdida, comienza auspiciosamente con la entrada en vigor del Protocolo de Río de Janeiro el 31 de marzo de 1942, se desarrolla eficientemente por más de trece meses dentro de un clima de excepcional de amistad y camaradería entre los miembros de las respectivas Comisiones Nacionales Demarcadoras, y se interrumpe en forma inesperada con la comunicación que remitiera el canciller F. Guarderas al Secretario de Estado Cordell Hull, el 15 de noviembre de 1943, en la que le puso al tanto de las serias desavenencias suscitadas entre el Perú y el Ecuador en la demarcación del divortium aquarum entre el río Zamora y el río Santiago hasta la confluencia del río Santiago con el Yaupi, y en la demarcación de la cuenca del río Lagartococha.

Este fue el momento crucial, decisivo, que de no haber mediado los lamentables errores de apreciación de los responsables in situ de ambos países, como se verá enseguida, que trocaron un clima de paz y amistad en otro hostil, cargado de desconfianza y de acritud, distinto habría sido el destino del proceso demarcatorio y de las relaciones peruano-ecuatorianas en los últimos sesenta años.

Fueron esos errores de apreciación que ambas partes cometieron in situ, entre julio y octubre de 1943, los que signaron de manera inexorable la suerte del segundo momento que, grosso modo, abarcó desde noviembre de 1943 hasta el último conflicto que tuvo lugar en el verano meridional de 1995. Ni el fallo del canciller brasileño O. Aranha referido a la Sección Occidental de la frontera, ni el fallo de Braz Dias de Aguiar relativo a la Sección Oriental, ni la famosa declaración a posteriori de los cuatro garantes en 1960 que desautorizó la posición rebelde del Ecuador, pudieron contrarrestar la actitud polémica que se posicionó en los responsables del Ecuador y, como lógica consecuencia del Perú, al punto de haberse llegado a la paralización definitiva de los trabajos demarcatorios en 1951.

El tercer y último momento vendría a ser el que se vivió desde la Declaración de Itamaraty en febrero de 1995 hasta octubre de 1998, y que estuvo otra vez caracterizado por un clima de excepcional comprensión entre ambos países, semejante al que prevaleció hasta julio de 1943, de suerte tal que permitió la culminación de la demarcación definitiva de la frontera peruano-ecuatoriana en 1999.

Identificado, por tanto, en el año crucial de 1943 el momento en que se suscitó la seria desavenencia demarcatoria condenada a prolongarse por más de cincuenta años, se trataría ahora de determinar por medio de evidencias e indicios en qué medida es verdad que fue aquello responsabilidad de la Cancillería peruana “por haber manejado el procedimiento de la demarcación con una minuciosidad excesiva, es decir con un criterio burocrático” y no con un criterio político; y en qué medida “la actitud mezquina y excesivamente meticulosa de quienes dirigieron la demarcación por parte del Perú…tuvo a la larga un alto costo político”; como igualmente lo sostiene sin mayores pruebas Antonio Belaúnde.

Tal como se ha señalado líneas arriba, si hay cabida para un mea culpa por lo sucedido en 1943, éste tendría que ser, desde nuestro punto de vista, recíproco; es decir, peruano-ecuatoriano, por cuanto está probado que ambas partes cayeron en la trampa de creer que la razón estaba de su lado. Naturalmente no fueron excesos burocráticos ni un afán torpe de meticulosidad ni mucho menos mezquindad lo que prevaleció; sino excesos de patriotismo, fresca como estaba la memoria de los actores respecto a lo ocurrido en el conflicto de julio 1941. Y si empujamos la razón para admitir que hubo cierta mezquindad, ésta vino igualmente de ambos lados, como no podía ser de otra manera. Pues, en toda disputa siempre hay dos. Por eso, existe razón para discrepar con aquella insinuación acerca de una supuesta responsabilidad que, por inferencia contrario sensu, pudo recaer en la Cancillería peruana o, indirectamente, en Bolívar Ulloa, en la gestación y desarrollo de esos aciagos desentendimientos.

Hace más de veinte años muchos escucharon en la Cancillería peruana esa extravagante monserga según la cual el Perú “después de haberse servido un gran banquete, le disputaba al Ecuador las migajas.” Sin embargo, quienes esto dijeron fueron sin duda aquéllos que tomaron sin beneficio de inventario el triunfalismo exagerado del Presidente Prado, puesto de manifiesto en la publicación del folletín intitulado El Protocolo de Río de Janeiro ante la historia (Lima, 1942), en el cual se sostuvo temerariamente que nuestro país había ganado con ese tratado de límites 200,000 kms2. Ahora se sabe que con ello Prado buscó no solo satisfacer su ego; sino desconcertar a la opinión pública que se hacía eco de las severas críticas de una oposición que no entendía por qué siendo el Perú el país victorioso de una guerra que no provocó, había terminado cediendo territorio en Río de Janeiro.

Empero, esa actitud de Prado fue doblemente lamentable. Por cuanto, aparte de dar argumentos a los sectores más recalcitrantes del Ecuador que hicieron del Protocolo de 1942 sinónimo de despojo y de imposición por la fuerza, ocultó el hecho incontrovertible del renunciamiento territorial en circunstancias que se tenía un ejército victorioso que ocupaba parcialmente la provincia ecuatoriana de El Oro. Habida cuenta del desconcierto mundial a causa de la guerra total desencadenada por las potencias del Eje, el Perú pudo aprovecharse de la situación para ratificar las fronteras que le conferían sus derechos derivados de sus posesiones territoriales al tiempo de la colonia hasta 1810. En un gesto de magnanimidad, pudo dejar de lado esa aspiración e imponer a su derrotado adversario la línea de frontera que propuso en su memorando del 13 de setiembre de 1941, o limitarse a convalidar las posiciones que ocupaba en el Ecuador al momento de la suscripción del Acta de Talara, el 2 de octubre de ese mismo año. Mas, no fue así.

Además de renunciar a esas posiciones y desocupar territorio, el Perú tuvo que aceptar en Río de Janeiro, bajo la presión de los álgidos eventos mundiales, la cesión de territorios al Ecuador, algunos de ellos de naturaleza estratégica. Nos referimos, en particular, a los triángulos de Sucumbios, Guepí, y Napo-Aguarico y Zancudo.

Desvirtuada, pues, la historieta del banquete y las migajas; ¿es dable aceptar que fueron peruanos los que pecaron de excesiva minuciosidad, burocratismo y hasta de mezquindad? Una investigación detenida de los acontecimientos en ese año crucial de 1943, nos pinta una situación más compleja, precisamente por ser humana, que hace recaer la responsabilidad en peruanos y ecuatorianos; pero de ninguna manera en la Cancillería peruana o en Bolívar Ulloa. Veamos los hechos.

Como ha quedado dicho, el punto “28 de julio” fue propuesto por el Perú en la fase final de la negociación; pero tuvo que aceptar a la hora undécima su exclusión. Meses más tarde, cuando se impartieron las instrucciones a la Comisión Peruana Demarcadora de Límites-Sección Oriental, se hizo referencia “al punto más septentrional y occidental” de dicho divorcio de aguas, para luego dirigirse en línea recta a la intersección de los thalwegs de los ríos Yaupi y Santiago. Empero, no se había hecho todavía un levantamiento topográfico y estudio in situ de la zona septentrional de ese divortium aquarum, única forma cómo se podía decidir definitivamente respeto al trazo final en dicho tramo.

Aún así, el espíritu prevaleciente en el lado peruano fue de acabar cuanto antes con la demarcación. Por eso, el 29 de abril de 1943, el Secretario General de la Cancillería peruana Javier Correa, remitió una comunicación al Capitán de Navío J. Barandiarán, presidente de la Comisión Peruana Demarcatoria de Límites-Sector Oriental, en la cual le instruía de ponerse de acuerdo con el presidente de la Comisión ecuatoriana, L. Tufiño, a fin de “tomar conjuntamente todas las disposiciones que estimen necesarias para acelerar las labores de demarcación de tal manera que éstas terminen antes del fin del año en curso (sic).” (Archivo de Límites del Ministerio de Relaciones Exteriores).

Mas, como siempre se ha dicho, el diablo suele obrar en los detalles. Fue el Comandante Barandiarán quien, por vez primera, el 15 de julio de 1943, descifró motu proprio esa vaga referencia al punto septentrional del divortium aquarum, cuando puso en conocimiento de la Cancillería peruana, por oficio, que días antes había creído oportuno “presentar verbalmente a la consideración del Señor Presidente de la Comisión Ecuatoriana de Límites, su punto de vista (sic) técnico, sobre hasta donde debe continuarse hacia el norte, la línea del divorcio de aguas entre el Santiago y el Zamora…” (Ibid.).

El 9 de agosto, el mismo Barandiarán pidió, telegráficamente, a la Cancillería peruana la aprobación de sus puntos de vista “fin proceder en consecuencia.” (Ibid.) Ante lo cual, el Secretario General J. Correa le respondió a las pocas horas y por la misma vía, de manera razonada y coherente, obviamente siguiendo los consejos de Bolívar Ulloa. En ese mensaje cablegráfico de alcance histórico por lo que ocurrirá después, se le reiteró al Comandante Barandiarán las instrucciones de junio de 1942, precisándose que en caso de disconformidad, debía procederse al estudio de la zona septentrional de ese divorcio de aguas “fin ilustrar Cancilleres, los que con oportuno conocimiento de geografía acordarán trazo final de dicho tramo de frontera.” (Ibid.)

Vale decir, no obstante que la diplomacia de Torre Tagle tuvo en cuenta al momento de la firma del Protocolo hasta adonde podía empujarse la frontera en ese tramo; justamente ese 9 de agosto consideró prudente confiar mejor en una cartografía más actualizada, sin entrar a prejuzgar las coordenadas geográficas de ese punto septentrional y oriental. Tan cierto es esto, que Correa añadió como un último punto de ese mensaje lo siguiente: “No insinúe Ud. ningún punto de vista ni arreglo”, lo cual implicaba una desautorización a la démarche en solitario que ya había emprendido Barandiarán y de la que dio cuenta ex post facto en su oficio de 15 de julio, como hemos visto. Simultáneamente, la Cancillería le remitió una comunicación escrita en la que se confirmaba lo instruido en “el telegrama de la fecha”, reiterándole que no convenía que formulara ninguna idea sobre un posible arreglo.

Infortunadamente el inquieto marino había ido demasiado rápido. El mismo día que envió el telegrama a Lima, esto es el 9 de agosto, y muy posiblemente antes de recibir la respuesta telegráfica de Lima, remitió una comunicación al ingeniero L. Tufiño en la cual se refirió oficialmente, por primera vez, al divorcio de aguas entre el Zamora y el Santiago (“o sus afluentes”) hasta el último punto de dicho divorcio de aguas. Y al día siguiente con una febrilidad propia de quien había entrado en trance, le cursó otro oficio al mismo destinatario en el que se refirió a la conveniencia de efectuar observaciones necesarias y a colocar “el hito correspondiente al último punto – hacia el norte – del divorcio de aguas entre los afluentes del Santiago y del Zamora, lugar éste que ha de ser de más fácil acceso a causa de la menor elevación de la Cordillera.” (Ibid).

Como era de esperarse, la respuesta de Tufiño a Barandiarán, el 13 de agosto de 1943, fue fulgurante, convencido como aquél probablemente estaba que éste había actuado bajo instrucciones. En ese oficio de respuesta, Tufiño puntualizó con claridad meridiana que lo señalado por el representante peruano no se ajustaba a lo estipulado en el Protocolo, “no hay ninguna razón, ni siquiera aparente, para enredarnos en cuestiones extrañas al asunto con aquello de ‘o sus afluentes’.” Y así se desencadenó entre ambos un extraño intercambio epistolar, pese a que en el caso del Comandante Barandiarán sus argumentos no estaban basados en nuevas instrucciones de la Cancillería peruana. Por lo menos, estamos en condiciones de afirmar que en este punto la comunicación telegráfica entre Lima e Iquitos por esos días permaneció muda.

Al parecer, el audaz marino estaba tan persuadido de sus puntos de vista que en la comunicación que dirigiera al Ing. Tufiño el 18 de octubre, acompañó un mapa que tenía como punto final de la línea de frontera en esa zona la confluencia del río Paute con el Zamora, con la consiguiente y discutible implicación que podía revestir la línea recta desde ese punto hasta la confluencia del Santiago con el Yaupi, si se llegaba a involucrar la margen izquierda del río Santiago.

Pero como el Comandante Barandiarán, suponemos, tenía muy presente lo que le había instruido la Cancillería el 9 de agosto, no tuvo mejor idea que recordarle al Ing. Tufiño, en su comunicación de 30 de octubre, en vista del desacuerdo ostensible que existía entre ambos, “que había llegado el caso de recurrir a lo previsto en el Protocolo de Río de Janeiro y a lo acordado en las conferencias preliminares de Puerto Bolívar, en el sentido de informar a nuestros Gobiernos para que ellos, de común acuerdo, nos impartan las instrucciones necesarias para llevar de común acuerdo la demarcación en este sector.” Pedido tardío, por cuanto el curso del proceso demarcatorio había por desgracia cambiado de dirección.

El canciller ecuatoriano F. Guarderas, en forma totalmente inopinada, optó por presentar la disputa, el 15 de noviembre, a consideración de los países garantes a través del Secretario de Estado Cordell Hull, en lugar de dar tiempo al trabajo de esclarecimiento y acuerdo entre los Gobiernos de Lima y Quito, tal como lo disponía el Artículo VII del Acta de Reglamentación de los Trabajos de la Comisión Mixta Peruano-Ecuatoriana Demarcadora de Límites. Y así es como surge la responsabilidad complementaria del Ecuador, que alimenta un incendio allí donde nunca debió pasar de una fogata si el representante peruano se inhibía de actuar unilateralmente en julio de 1943, y si pese a haberlo hecho, se circunscribía a partir del 9 de agosto a cumplir estrictamente lo instruido por la Cancillería de Lima.

Para colmo de males, meses más tarde la ecuación política en el Ecuador cambió radicalmente con la llegada al poder de Velasco Ibarra y, con ello, de asesores menos deseosos de continuar con la lógica de paz y amistad que derivaba del Protocolo de Río de Janeiro de 1942.

Todo lo que vino después, con la inevitable secuela de muerte y amargura por ambos lados, encontraría su raíz en esos fatídicos meses de julio, agosto, setiembre y octubre de 1943 en que se verificó un escalamiento fantasmagórico de las expectativas. Y si, hoy en día, alguna lección pueden extraer los jóvenes diplomáticos de ambos países, ésta debería ser cómo evitar a futuro que una situación inesperada se descomponga tan rápidamente sin dar siquiera tiempo a los principales actores a procurar un esclarecimiento directo de la divergencia.

¿Dónde estuvo Bolívar Ulloa en todo esto? Asesor del Presidente Prado durante la negociación del Protocolo de 1942, Ulloa sabía muy bien y así lo reconoció por escrito, qué es lo que se tenía en mente al momento de suscribir el tratado de límites en lo se refiere al trazo final de dicho tramo. Por otro lado, esa discrepancia era vista en la Cancillería peruana, en ese preciso instante, no en forma aislada; sino como parte de un rompecabezas en donde varias piezas no ajustaban a lo que el Perú esperaba.

Por ejemplo, la guarnición Vargas Guerra resultó que se encontraba a seis kilómetros al norte de la línea de frontera. Había que decidir la suerte del curso final del río Zarumilla, el trayecto de la Quebrada de Cazaderos, del punto Bellavista y del trazado en Lagartococha, solo para hablar de los tramos que se mencionaban con más frecuencia. El jefe de la oficina de límites de la Cancillería peruana sabía mejor que nadie lo enredado de este intríngulis y sentía la presión del plazo perentorio fijado por el Presidente Prado para concluir con la demarcación.

Cuando el Comandante Barandiarán pidió el 9 de agosto la conformidad de Torre Tagle a sus puntos de vista, aun cuando ya los había adelantado a su par Tufiño antes del 15 de julio, tal como él mismo lo reconoció en el oficio de esa fecha que remitió a Lima, fue Bolívar Ulloa quien redactó el telegrama mediante el cual se le reiteró la instrucción impartida el 8 de junio de 1942, y sobre todo, se le instruyó de no insinuar “ningún punto de vista ni arreglo.” Es decir, consciente como era el estudioso diplomático de lo que estaba en juego, prefirió mantener la ambigüedad a modo de pieza de recambio ante las no pocas dificultades que se venían confrontando, en particular en lo relativo a la guarnición Vargas Guerra que era objeto de repetidas muestras de preocupación por parte del Ministerio de Guerra.

A fortiori, días después que el canciller Guarderas enviara su nota a Washington, se produjo otra abierta desinteligencia entre la Cancillería peruana y su representante en Iquitos, lo que dio motivo para que Torre Tagle imparta contraórdenes urgentes ante ese otro grave desacierto. Lo cual, sumado a los contratiempos de salud que aquejaban al Comandante Barandiarán, se decidió su relevo del cargo, en marzo de 1944, siendo reemplazado por el Dr. Carlos Echecopar.

Cuando la Cancillería en Lima tomó conocimiento de los avances no autorizados de Barandiarán; esto fue visto como un fait accompli el cual había que justificar ante el nuevo curso que estaban tomando los acontecimientos, habida cuenta de la amplia argumentación que, complementariamente, hizo llegar el Gobierno de Quito a Itamaraty, una semana después de la protesta a Washington. En la medida que todo apuntaba a lograr pronto del canciller brasileño O. Aranha, fórmulas conciliatorias que permitieran la solución de las divergencias, esa posición de justificación de lo actuado resultaba procedente, si se tiene en cuenta que eran numerosos los desacuerdos peruano-ecuatorianos y ninguno de ellos debería verse ya fuera de contexto.

Adicionalmente, no existía ninguna razón para que nadie en Lima, y con mayor autoridad Bolívar Ulloa, pusiera en tela de juicio la buena fe del Ecuador, aceptada por escrito, de dar cabal cumplimiento a lo que dispusiera el canciller Aranha y, luego, el Comandante Dias de Aguiar. Que después la rebeldía del Ecuador asumiera extremos abiertamente reñidos con el Derecho Internacional es algo que nadie por ese entonces podía prever ni mucho menos imaginar, a no ser que se diera a priori cabida a la sinrazón.

Conocida la démarche en solitario del Comandante Barandiarán en dos tiempos (el 15 de julio y el 9 de agosto), Bolívar Ulloa no fue el Zola del “yo acuso”, ni el torpe burócrata que se negó a ver la realidad. Asumió conscientemente esta inesperada complicación porque estaba convencido que, en el peor de los casos, los dos Gobiernos tendrían que llegar a ponerse de acuerdo, de conformidad con el Artículo Noveno del Protocolo de Río de Janeiro. Además, no tenía por qué dudar que los fallos de Aranha y Dias de Aguiar, serían plenamente aceptados por las partes, por lo que es de suponer que no dejó de acariciar la idea de que la solución podía estar a la vuelta de la esquina.

Podemos, igualmente, imaginar la sorpresa que le produjo la trayectoria conflictiva que siguió a partir de allí el proceso demarcatorio, sobre todo cuando el Presidente Galo Plaza, con otra historia de las cosas y otros asesores, le asestó el golpe de gracia en 1951. Después, Bolívar Ulloa languideció con el alma en vigilia en la frontera, falleciendo irónicamente meses antes de poner ambos países punto final a ese contencioso demarcatorio residual.

++++++++++++++++ B I B L I O G R A F I A

Belaúnde Antonio : Nuestro problema con Ecuador.- Lima, 1995.

Calderón U. Félix : El Protocolo de 1942: Mitos y Realidades. Sociedad Peruana de Derecho Internacional y Academia Diplomática del Perú.- Lima, 1997.

Calderón U. Félix : El Tratado de 1929. La otra historia.- Fondo Editorial del Congreso del Perú.- Lima, 2000.

Calderón U. Félix : Las veleidades autocráticas de Simón Bolívar.- Tomo I: La usurpación de Guayaquil.- Aleph.- Lima, 2005. La fanfarronada del Congreso de Panamá.- Aleph.- Lima, 2007. Descodificando la creación de Bolivia.- Trujillo, 2008.

D o c u m e n t o s

Archivo Central del Ministerio de Relaciones Exteriores
-  Archivo diplomático peruano.
-  Archivo de Límites.
-  Archivo Augusto B. Leguía.
-  Archivo Bolívar Ulloa (cartas personales).
-  El Protocolo de Río de Janeiro ante la historia.- Lima, 1942.