Algunos ansiosos las abrían enseguida. Otros, las guardaban para la mejor hora del día, como un premio. Una carta no era para ser leída una sola vez: se releían, se guardaban, se ataban con moñitos, se leían en familia...

A veces una carta se volvía el único vínculo con una persona querida durante años o para siempre. Porque... ¡separaciones eran las de antes!: la abuela de una amiga mía -ella me lo contó y me emociona repetirlo- se separó de su hija en el puerto de Génova cuando la madre de mi amiga era una jovencita recién casada. La abrazó y le dijo “Noi ci vediamo nel paradiso”...”Nos volveremos a ver en el Paraíso”... porque, claro, América era algo tan lejano...

Aquellas separaciones, en lo posible, se llenaban con cartas. Esas cartas, se convertían en la historia de una familia. Otras, se perdían... o se quemaban...

La madre de Julio Cortázar quemó casi todas las cartas de su hijo, afirmando: "Lo que teníamos que decirnos en nuestras cartas a lo largo de tantos años fue dicho. Los dos recibimos nuestros mensajes que eran solamente para nosotros"... Pero se han conservado (y publicado) muchas otras cartas de Cortázar. El comienzo de una de ellas da testimonio de la alegría y comprensión que puede dar recibir la carta de un amigo:

“París, 17 de agosto de 1964 Querido Roberto: ... Anoche me entregaron tu carta del 3 de Junio (¡cuánto tiempo, ya!) y me sentí tan emocionado y tan feliz por lo que me decías en ella que entré como en un trance, en una casilla zodiacal increíblemente vasta y próspera. Todavía no he salido de ella y te escribo bajo esa impresión maravillosa de que un poeta como tú, que además es un amigo, haya encontrado en Rayuela todo lo que yo puse o traté de poner, y que el libro haya sido un puente entre tú y yo y que ahora, después de tu carta, yo te sienta tan cerca de mí y tan amigo. Julio”

Las cartas han sido elegidas con frecuencia como recurso literario: “Frankenstein” es el extraño relato que un marino escribe a su hermana. “El tratado del inútil combate”, de Marguerite Yourcenar, es otro libro escrito con esa calidad de intimidad... “Las cartas que nunca llegaron”, conmovedoras y poéticas, las imaginó Mauricio Rosencof, como si hubieran podido escribirlas sus familiares desde los campos de concentración...

Las cartas son (¿deberíamos decir “eran”?) testimonios de la Historia. Lejanas y ejemplares (de mediados de 1700) son las que Madame de Sévigné escribió a su querida y lejana hija durante veinticinco años, reflejando costumbres y casos de entonces. Más próximas, las de los corresponsales de la guerra del Paraguay, entre 1865-1866, relatan ese espanto que fue la Guerra de la Triple Alianza. Las hay románticas y tristes: “¡Ay Guadalupe, las cartas tuyas... son como nubes” evoca Mercedes Sosa, en “Mujeres Argentinas” a la joven esposa de Mariano Moreno.

Ojalá todos recibiéramos una linda carta alguna vez en la vida.

Bertrand Russell fue uno de los hombres que más cartas escribió y recibió (aparte de las muchas otras cosas que escribió en sus casi 90 años), la más irresistiblemente simpática fue probablemente ésta:

“11 de noviembre, 1961

Estimado Mr. Bertrand Russell: Muchas gracias por todo lo que ha hecho. Usted me gusta. Si viene a Oxford venga a tomar el té conmigo. Con cariño, Paul Altmann Tengo seis años.”

Esa carta recibió esta respuesta:

“24 de noviembre de 1961

Querido Paul Altmann: Agradezco tu linda carta, me gustó mucho recibirla y me da coraje para continuar trabajando. Me gustaría tomar el té contigo pero no tengo previsto ir a Oxford muy pronto. Si llegara a ir, te avisaré. Con amistad y calurosos deseos de felicidad Bertrand Russell”

Si este relato les gustó... relean alguna carta que recibieron una vez y les trajo alegría. O envíen una, de puño y letra.

Nota publicada por El Arca Digital y reproducida en (http://www.buenosairessos.com/)