Se llama Carlos Alvarado, pero también es conocido en el idioma quichua como Mizhqui Chulumbu: “dulce abeja”.

Así es la música que interpreta Carlos Alvarado, como el sonido dulce de la abeja, como el tenue suspiro de la luna enamorada que se desvanece en el río, y que se convierte en apasionada melodía que acaricia el silencio. Mizhqui Chulumbu nació en San Pedro de Rucullacta, cantón Archidona, provincia del Napo, en 1946.

A los seis años desobedeció a sus padres y no se quedó en casa a cuidar a sus hermanos pequeños; prefirió ir a escondidas a la fiesta de la comunidad y escuchar, absorto, el canto del violín, de la flauta, del pingullo, el güiro y el tamboril; prefirió sentir el arrullo de la naturaleza en su alma.

Se quedó hasta tarde en aquella reunión de mayores, y ya cuando la mayoría de ellos estaban chumados, salió de su escondite y se puso a besar a la flauta, intentando arrancar de ella una declaración de amor…

Por su desobediencia, sus padres lo castigaron: lo obligaron a comer ají. ¡Aquel dulce recuerdo del primer beso dio paso a un insoportable ardor, que solo se detuvo cuando Mizhqui Chulumbu se bebió casi todo un río… Ese fue su ‘debut’ como ‘artista’. A partir de allí, su familia comprendió que no habría ají en el mundo capaz de detener la afición del pequeño Carlos por la música ancestral quichua: su padre le construyó su primer violín, con el cual Mizhqui Chulumbu intentaba hablar con los pájaros… Luego de aprender el significado de su trinar y de su silbo (himnos de alabanza al sol), pronto se destacó como un talentoso músico que se presentaba en las fiestas de las comunidades y en los actos conmemorativos de su escuela ‘Gonzalo Pizarro’.

Muchas veces se turnaron el sol y la luna para conversar con el tiempo: Carlos Alvarado creció en talento y sabiduría... La ‘abeja dulce’ decidió volar y concretar los sueños: fundó el grupo Los Yumbos Chawamangos, en honor a sus amigos, los pájaros (el nombre significa ‘canto de las aves’).

Con ellos recorrió, con el corazón palpitando de orgullo indígena, gran parte de Centroamérica, Venezuela, Bolivia, Perú y Ecuador; con ellos le cantó al valor de la cultura y la identidad quichua: los Yumbos Chawamangos no se consideran un grupo folclorista, sino tradicionalista, consagrados a una idiosincrasia ancestral.

Cantando como las aves, los Chawamangos ganaron importantes premios nacionales e internacionales, como el Festival de las Nacionalidades, la Canción Nacional Indígena y el Jumandí de Oro.

Carlos Alvarado, preocupado por incentivar el trabajo musical originario, también fundó la Asociación de Conjuntos Tradicionales Indígenas del Napo (Actin): el canto de las aves debe eternizarse en aquel jardín inmenso llamado Amazonía.

Mizhqui Chulumbu, la ‘dulce abeja’, tiene ya más de 62 años. Sigue junto a los Yumbos Chawamangos cantándole a la naturaleza, a la cosecha, a las leyendas y las tradiciones de la cultura quichua del Oriente ecuatoriano; entre sus más reconocidas composiciones constan ‘Achi Runa’ (Archidona), ‘Camari’ (Canción de bodas) y ‘Sapalla Runa’ (El peregrino).

Carlos Alvarado continúa componiendo a solas, tratando de entender a la naturaleza y de interpretarla en armonías musicales; continúa sensibilizándose, creando e imaginando… hasta escuchar el tenue suspiro de la luna enamorada que se desvanece en el río, y que se convierte en apasionada melodía que acaricia el silencio.