Un líder uro me dijo hace pocos días en plena travesía por el Lago Titicaca: ¡la envidia jode al Perú! Y hasta se dio el lujo, ante múltiples preguntas limeñas, de responder desdeñoso: ¿no leen ustedes los libros de historia? Cavilé en ese momento sobre cuánta razón tenía el compatriota. Y la explicación de su altanería orgullosa. Los peruanos del Altiplano son vencedores de la naturaleza, dominan las punas con su agricultura y a pesar de los 20 ó más grados bajo cero, siguen pujantes con su comercio y lejanísimos de la Capital o del resto del país.

¡Y es cierto! El peruano cuando nace no mama, aprende a envidiar lo que tiene el del costado y a blasfemar, balbuceando sus primeras frases, del prójimo o del de más allá. No soportamos el éxito ajeno y le arrebatamos -¡no importan los medios!- cualquier brillo o valor. Nuestro blasón es la codicia, la estupidez de sentirnos buenos haciendo el mal o promoviendo el fracaso ajeno.

Contaba el uro que los aymaras bolivianos, a poquísimas horas, practican una solidaridad impresionante que se grafica en un trabajo comunal de todo orden que los une y disciplina. Si alguien pierde el trabajo, lo vuelve a conseguir en pocas horas, y si le falta dinero, a sola palabra, obtiene el préstamo para lo mínimo indispensable. Y las mujeres son las lideresas fieras que mantienen el orden y ¡aunque no lo crea! manejan las pistolas o revólveres que a la hora de la revuelta sirven por lo menos para defenderse.

El peruano de la altiplanicie tiene un tiempo subjetivo distinto al del resto del país. Su día es largo pero provechoso. Nuestro contertulio uro era patrón de una lancha para el transporte turístico. Además tenía negocios de ropa, víveres entre las distintas islas del Titicaca y era uno de los más entusiastas cooperadores en las fiestas regionales. Cuando éstas ocurren, todos son iguales (quechuas y aymaras) y aportan al sostenimiento de los convites.

Para los puneños, los de la Costa –especialmente los de Lima- son débiles, afeminados, incapaces de pelear con la naturaleza. Y........ ¡racistas! ¡Y no hay nada más estúpido ni inapropiado! En Puno hay de todo y mejor que en la capital y que en buena parte del país. Se encuentra comida sana, ropa excelente, historia y sentimiento de nación altiva e irreductible, pero son tercamente peruanos de bandera blanquirroja y con su espíritu indoblegable de titanes atrevidos.

En la Plaza de Armas de Puno el monumento a Bolognesi recuerda la gesta del 7 de junio de 1880 y aunque las placas de literatura casi ni se notan, en cambio brillan por el cuidado con que se las tiene. Recuérdese que Puno también sufrió la bota invasora en la Guerra de rapiña y que aquí llegaron, en lugar de combatir en Arequipa, que cayó sin disparar un tiro, las tropas al mando de Lizardo Montero. País de extrañas paradojas el nuestro.

Juliaca asemeja a Lima pero con un desorden multiplicado y peor. Mototaxis por cientos o miles, ruido ensordecedor, negocios abiertos desde muy temprano, gente en la calle, tren atronador de actividades mil, es una ciudad gélida con calor humano impresionante. En pocos años más y con una concepción urbanística mejor que la actual, está destinada a convertirse en la gran capital comercial de todo el Sur del Perú.

Hay que confundirnos con el Altiplano y seguir lo que son sus enseñanzas. ¡Y no al revés! Entonces aprenderemos a conocer una parte fundamental del Alto Perú que aún aguarda este reconocimiento a su espacio y a su tiempo.

¡Atentos a la historia; las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder; el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Rompamos el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

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