Doy por hecho que no escasos políticos dan por carta potente el patriotismo para la consecución de sus inacabables ansias de figuración en la cosa pública. Así es. En Perú las vanidades, egolatrías, angurrias y mediocridades personales siempre tuvieron más peso específico y real que cualquier destino como nación o conjunto geopolítico. Lo que somos es resultado directo y subrayado de semejante margesí de taras y defectos. Entonces ¿deberíamos concluir en que el patriotismo, el culto a la historia genuina de la patria, sus mártires y epopeya, tienen que ser rentables para ser practicados? En idioma más directo: si no da dividendos, entonces es mejor alquilar historiadores y mercenarios para que la maquillen, la engorden de yerros adrede y la tergiversen en nombre de neumáticas de paz cuando el socio del convite es el lobo del cuento. Y ya sabemos cómo terminó la abuelita de la fábula.

Un colega me contó de su charla con un grupo de empresarios a quienes refirió su iniciativa de la megaproducción fílmica de la Guerra de Rapiña 1879-1883 protagonizada por Chile contra Perú en esos aciagos años. Su decepción no pudo ser más evidente porque constató que más puede la hilacha comercial de 7 mil millones de dólares invertidos en este país –y entre los filones está el referido a la compra de sociólogos, historiadores, publicistas, periodistas, psicólogos al peso- que cualquier respeto u honra al pasado y en especial a dicho paisaje lóbrego y triste de nuestra hoja de vida nacional.

¿Cuáles los miedos que se ocultan? Hay muchos. Se pretende cubrir con toneladas de olvido cómo es que el felón y traidor Piérola, en circunstancias más que sospechosas y en plena guerra, asaltó Palacio se hizo del manubrio gubernamental y luego protagonizó hechos que aún no han sido analizados fría y puntualmente en la comisión de tantos errores juntos. No es casualidad el que favorecieran a los bélicos guerreristas del sur que siempre albergaron al díscolo aventurero cada vez que le hervían las ganas de dar rienda suelta a su megalomanía enfermiza de “salvador” de la patria. Tampoco se quiere dar cuenta de las barrabasadas de falta de avituallamiento de los ejércitos del sur que produjeron no pocas falencias y derrotas. Bastante menos se ha analizado la tragedia y derrota de Lima y ese largo túnel de infamias y complicidades que fue la ocupación y cómo las familias allegadas acompasaron sus vidas muelles a tal hecho, prestándole respaldo, ayuda e información ¡contra los combatientes peruanos! Hay capítulos negros y hasta hoy insondables gracias a las maniobras de historiadores plásticos que han manipulado, escondido y eliminado charcos pestilentes de lo acontecido.

Un ejemplo controvertido aunque no del todo exacto le fue referido al colega de esta historia, el caso de Codelco y su ayuda del 10% para las FFAA de Chile. Mientras que los australes poseen y practican un cartabón inequívoco de determinación geopolítica, aquí eso es la caricatura monstruosa de una nación que tiene un brazo más largo que el otro, un ojo tuerto y el otro a punto de enceguecer, una pierna paticorta y una digestión de humores que varía de gobierno en gobierno y de desastre en desastre. La diplomacia peruana discurre por una atrabiliaria colección de pusilanimidades y claudicaciones y hasta han inventado una inexistente tradición de eficiencia que sólo se compara con Itamaratí. Con excepciones contadas y lealtades integérrimas, la evaluación en Torre Tagle es algo menos que mediocre.

Entonces ¿debe o no ser el patriotismo rentable? Mi modesta impresión es que el fuego del patriotismo necesita anidar en el espíritu levantisco de hombres y mujeres que quieren saber qué ocurrió y evitar reiteraciones odiosas y esclavistas. Más aún, el patriotismo es un estado de emoción perenne cuya educación merecen las juventudes desde las aulas escolares, universitarias, obreras y laborales. En un año en que enfrentamos un contencioso jurídico por delimitació marítima con Chile no es mala idea alinear en un trabajo conjunto a la prensa. Hay que comprobar si los miedos de prensa están dispuestos a militar en la construcción de una labor de altos quilates espirituales como ésta. Y es importante, también, verificar si hay soldados dispuestos a la campaña.

El mercenarismo fenicio y utilitario acompaña a la república desde su nacimiento y mucho antes de éste. Hay que evitar que como siempre sean los mercaderes del templo los que negocien hasta a sus propias madres con tal de conseguir utilidades. Entonces, la patria asumirá su postura y alma para caminar por las alamedas de la revolución genuina, antimperialista, moderna, inclusiva, que merece el Perú.

¡Atentos a la historia, las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder, el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Rompamos el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

¡Sólo el talento salvará al Perú!

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