“Mirabeau se agota, se envenena y, en definitiva, se está matando. El no lo ignora, pero en cuanto le aconsejan un poco de reposo, sus turbios ojos se inyectan de sangre. Su orgullo no quiere ceder ni en su sed de acción ni en sus vicios. Una vida vulgar no es para él: prefiere morir. Efectivamente, va a morir.

El 26 de marzo de 1791, muy cansado y con la vista casi extinguida, sube a la tribuna para hablar de la cuestión de la regencia. Se muestra elocuente, pero con extrañas debilidades y, sin duda, en plena crisis nefrítica, vuelve a aparecer en la Asamblea. Le obliga a ello un interés muy poderoso. Se trata de la cuestión de las minas, y ha de defender el sistema de concesiones, del que depende la fortuna de su querido La Marck. Habiendo bebido Tokay para poder sostenerse, toma la palabra cinco veces; luego se encamina a casa de La Marck y se deja caer en un sofá:

- Vuestra causa está ganada –le dice-, pero yo me muero.

No obstante, consigue reanimarse, y el día 28 acude al teatro. Le acometen intensos dolores. Su amigo, el célebre médico Cabanis, para calmarle le da opio. Bien pronto corre por París la noticia de que está perdido. El rumor causa unos efectos prodigiosos. Odios y controversias desaparecen bajo un auténtico y unánime sentimiento de pesar. La puerta de su casa ve congregarse una multitud que lee ávidamente los boletines. El rey, la reina, el conde de Provenza y el presidente de la Asamblea están pendientes de las noticias. Varios de sus adversarios más agresivos, como Barnave, acuden a visitarle al frente de una delegación de jacobinos. Conmovido, hasta el mismo Camilo Desmoulins se lamenta. La calle ha sido cubierta de paja frente a su hotel, y por los aledaños, como obedeciendo a una consigna, los paseantes hablan en voz baja.

Mirabeau sabe cuál es su estado. Al oír un cañonazo pregunta:

“¿Son ya los funerales de Aquiles?” Y en un momento de delirio, murmura a Cabanis: “….eres un gran médico, pero él es un médico más grande que tú…el autor del viento que todo lo derriba, del agua que penetra por doquier, del fuego que vivifica y consume….” . Frases que evidencian su índole de poeta. Viento, agua y fuego, fuerzas que devastan y no construyen, son como los símbolos de su genio.

Tiene ya los pies fríos, pero su mente permanece lúcida y conserva la facilidad de la palabra. Está rodeado de amigos a los que habla con calma. Ha rehusado los servicios del cura de su parroquia con el pretexto que está Talleyrand cerca de él. ¡Talleyrand! Entre el obispo de Autun y este epicúreo sin arrepentimiento, es difícil imaginar un diálogo religioso. Mirabeau se limita a pedirle que lea en la tribuna de la Asamblea el discurso que ha preparado sobre los testamentos.

En el alba del 2 de abril de 1791 da orden de abrir las ventanas y le dice a Cabanis: “-Amigo mío: voy a morir en este día. Cuando llega el momento sólo puede hacerse una cosa: rociarse de perfumes, coronarse de flores y estar rodeado de música para entrar agradablemente en el sueño eterno”.

Como en algunos instantes sufre profundos dolores que le impiden hablar, escribe en un papel: dormir… Quiere opio. Cabanis finge complacerle. Un momento después, su cabeza enorme, que parecía ya descompuesta, cae sobre la almohada. El otro médico que estaba a la cabecera, Petit, se acerca, le contempla, y murmura: “Ya no sufrirá más”.

El magistral relato se encuentra en la brillante obra del historiador francés Octave Aubry, La Revolución Francesa, tomo I Destrucción de la realeza, pp. 202, 203, 204, España, octubre 1961, y coincide con la fecha en que bien vale la pena recordar a un polémico tribuno de quien se encontraron lacerantes verdades a posteriori su deceso y fue castigado por ello.

Sigamos con el apasionante relato.

“La muerte de Mirabeau ha dejado aturdido a París. Oradores desconocidos hablan de él con lágrimas en los ojos en el Palais-Royal y en los barrios populares. Barnave, en los Jacobinos, y Danton, en los Cordeliers, hacen su elogio póstumo. La Asamblea suspende sus sesiones y ordena que se guarde luto nacional y se realicen solemnes honras fúnebres.

Honorato-Gabriel-Víctor Riquetti, diputado de los municipios de la senescalía de Aix, es conducido a su tumba con honores no recibidos jamás por un soberano. Toda la ciudad se vuelca en las calles silenciosas. Abre el cortejo la guardia nacional con su Estado mayor, La Fayette, al frente, con la espada desenvainada. El clero precede al ataúd, cubierto por una bandera tricolor y llevado por doce sargentos de granaderos. Detrás viene la Asamblea en pleno sin distinción de partidos, el club de los jacobinos en apretadas filas, el ayuntamiento, los ministros y corporaciones oficiales. Se celebra un servicio en San Eustaquio, y Cerutti pronuncia el elogio fúnebre. Los guardias nacionales descargan simultáneamente sus fusiles, de modo que se rompen todos los cristales de las cercanías.”

La revolución francesa es un acontecimiento epocal de innegables y soliviantadoras consecuencias. En Perú hasta un partido adoptó la música del himno de 1792 como el suyo y emblema de sus ardores justicieros. La historia, madre y maestra, es fuente inagotable de sabiduría. Inabdicable.