No siempre las propuestas para la reelección de algún jefe de Estado son obra de imbéciles independientes, esa cáfila que, sin que se los pidan, pretenden satisfacer las vanidades de quienes se han creído el cuento de su prodigiosa superioridad imposible de ser reemplazada por lo que se empuja, vía reforma electoral, su perpetuación en el manubrio del Estado, es decir que siga siendo un mandarín del poder real. A veces, estas maromas constituyen balones de ensayo para entretener a las tribunas que aplauden lo que suena bien.

Allá por 1987, el diputado Héctor Marisca, propuso la reelección y ninguna ley puede recordar su olvidable paso por el Establo salvo esta iniciativa que, a no dudarlo, alimentó la entonces megalomanía juvenil de Alan García Pérez, en su etapa “voluntarista”. Ni Marisca, ni cuanto ocurrió entonces en ese lustro, han conseguido levantar el cargo que la historia ha motejado como uno de los peores gobiernos catastróficos de que padeció el Perú en inflación, desconcierto desmoralizador y un terrorismo que no amainaba su accionar criminal.

Las premisas que tienden a las reelecciones son muy simples. Y palurdas. Los analistas mercenarios suelen hacer elogios pro domo sua de características superlativas. Y elogian lo bueno que es el gobernante y que ello impele, para la salvación de sus gobernados, a que se considere la reforma para que esta circunstancia continúe. Y como en Fuente Ovejuna, todos a una, el coro repite la salmodia que ésta es la solución que Perú demanda. No importa que la administración García haya claudicado en temas tan importantes como los TLCs con Chile y China y el primero con Gringolandia. Deja de ser fundamental la mirada a cómo se están custodiando, si es que algo se está haciendo, los recursos energéticos: gas y petróleo; el medio ambiente, las minorías o los confines nacionales que ya tienen un conflicto jurídico con Chile. Se trata, a troche y moche, real o fantasiosa, la quimera, de probar el clima para una reforma que franquee la reelección.

Por muchos años el precepto constitucional mexicano de Sufragio efectivo, no reelección, representó un grito libertario y decente. Y el más invocado filón a recordar merced a su eufonía terminante. Con el fraude que encaramó a Felipe Calderón pocos años atrás y con el robo de la presidencia a Andrés Manuel López Obrador, la sentencia entró en revisión porque los cacos habían birlado su pureza.

¿Qué cercena la posibilidad de desarrollo de un pueblo? De cualquiera de los nuestros. El continuismo, la falta de creatividad y la mediocre estampa de los políticos puede garantizar cualquier cosa menos ética y retos nuevos. ¿Qué renovación podría esperarse de tagarotes que tienen más de 20 años en el Establo de Plaza Bolívar y que son veteranos en la fautoría de trampas y violaciones a granel bajo las armazones legales de que son finos y audaces autores?: ¡ninguna! ¿Hay alguna posibilidad de reconocer ideas y lustre en algún porcentaje entre los políticos? ¿siquiera al 10%? El asunto es muy polémico porque ellos mismos no se dan cuenta del hastío que provocan.

¡Cualquier reelección es degradante!

Débese, de inmediato, denunciar a los vectores oportunistas de estas maniobras. Y señalarlos porque incurren en un delito lesa humanidad a que tienen los pueblos inequívoco derecho y garantía de cumplimiento como soberanos que son. Engrilletarles al destino de hombres providenciales que en 30-40 años sólo se enriquecieron a ellos mismos o a sus mandantes es un crimen. Otro más de la infame lista que puede recitar, de memoria, el habitante nacional.

Es más. Una linda reforma la constituiría prohibir cualquier reelección presidencial o parlamentaria. Obligaría a muchos ineptos genéticos a comprender que la política no es vil negociado culpable ni mamadera eterna de ubres cansadas como son las que posee el Estado.

¡Atentos a la historia, las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder, el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Rompamos el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

¡Sólo el talento salvará al Perú!

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