“Al caer la tarde, dos desconocidos se encuentran en los oscuros corredores de una galería de cuadros. Con un ligero escalofrío, uno de ellos dijo:
- Este lugar es siniestro. ¿Usted cree en fantasmas?
- Yo no -respondió el otro-. ¿Y usted?
- Yo sí -dijo el primero y desapareció. ” (George Loring Frost - 1923).

En la literatura fantástica, el asombro desata sentimientos e interrogantes que la realidad y el olvido parecen ocultar: el miedo y la duda desafían a las certezas más elementales, y provocan que la imaginación cree ficciones desconcertantes, atroces o hermosas; ficciones fantásticas que, lejos de incomodar o deslegitimar a este mundo real y objetivo, lo complementan y enriquecen mágica e intelectualmente.

“Chu Fu Tze, negador de milagros, había muerto; lo velaba su yerno. Al amanecer, el ataúd se elevó y quedó suspendido en el aire, a dos cuartas del suelo. El piadoso yerno se horrorizó. ’Oh venerado suegro Chu’, suplicó, ’no destruyas mi fe de que son imposibles los milagros’. El ataúd, entonces, descendió lentamente, y el yerno recuperó la fe”. (Confucianism and Rivals).

“Viejas como el miedo, las ficciones fantásticas son anteriores a las letras. Los aparecidos pueblan todas las literaturas: están en el Zendavesta, en La Biblia, en Homero, en las Mil y una Noches. Tal vez, los primeros especialistas fueron los chinos. Ateniéndonos a Europa y América, podemos decir que como genero más o menos definido aparece en el siglo XIX y en idioma inglés”. Así resume Adolfo Bioy Casares el origen de este tipo de literatura, en el prólogo de aquel excepcional libro que compiló junto a Jorge Luis Borges y Silvina Ocampo, titulado Antología de la Literatura Fantástica (Editorial Sudamericana - 1965): aquí constan los 75 relatos más representativos del género, escritos por autores de todas las épocas, según el criterio de estos tres relevantes narradores argentinos. Quien guste de lo fantástico en literatura no puede dejar de leer y releer este libro y ponerlo junto a sus sueños, como una especie de almohada maravillosamente crédula e incrédula.

“Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu”. (Chuang Tzu – 300 a. C).

Mitología y literatura

Dentro de lo ’fantástico’ hay que diferenciar entre los cuentos tradicionales o folclóricos, que abundan en la historia de nuestras culturas y pueblos, en aquellas mitologías y leyendas que son parte del imaginario popular (“La mitología malaya habla de un pañuelo, sansistah kalah, que se teje solo y cada año agrega una hilera de perlas finas, y cuando esté concluido ese pañuelo, será el fin del mundo”. W. Skeat, Malay Magic – 1990), y los relatos propiamente literarios: ficciones escritas con un determinado propósito, en un contexto social establecido y utilizando todos los recursos narrativos que el escritor sea capaz de desarrollar.

En este sentido, los primeros argumentos literarios eran simples: aparición de fantasmas o de situaciones fantásticas y la creación del ambiente propicio, la expectación, para el miedo o el asombro. “Sin embargo, con el tiempo, los escritores descubrieron la conveniencia de crear un mundo plenamente creíble en que sucediera un hecho increíble; en las que en vidas ordinarias y domésticas, como la del lector, sucediera el fantasma o el hecho fantástico. Por contraste, el efecto resultaba más fuerte”: asevera Bioy Casares.

A este estilo se podría lo definir, aunque parezca contradictorio, como la ’tendencia realista de la literatura fantástica’ (¡todo es cuestión de semántica!): “De un siglo a otro, lo fantástico se va desplazando de lo exterior y enfáticamente visual para hacerse menos tangible y detectable por las argucias de la razón, hasta penetrar finalmente en la mente y, en general, en los territorios de la subjetividad,” manifiesta el escritor italiano Italo Calvino.

“Refería Thomas Traherne que, estando en cama, vio una canasta que flotaba en el aire, junto a la cortina; creo que dijo que había fruta en la canasta: Era un fantasma”. (John Aubrey, Miscellanies – 1696).

¿Una realidad fantástica o una fantástica realidad?

Fantasmas, dioses, vampiros, hombre lobos, seres extraterrestres, personajes soñados, genios y deseos; el cielo y el infierno, mundos paralelos, viajes a través del tiempo, la inmortalidad... y muchos otros personajes, lugares, circunstancias y temas son parte de estas ficciones; de universos fantásticos que conviven, tenue y alborotadamente, con la realidad y sus ’aparentes verdades’.

“Dos reyes enemigos juegan al ajedrez, mientras en un valle cercano sus ejércitos luchan y se destrozan. Llegan mensajeros con noticias de la batalla; los reyes no parecen oírlos e, inclinados sobre el tablero de plata, mueven las piezas de oro. Gradualmente se aclara que las vicisitudes del combate siguen las vicisitudes del juego. Hacia el atardecer, uno de los reyes derriba el tablero, porque le han dado jaque mate, y poco después un jinete ensangrentado le anuncia: Tu ejército huye, has perdido el reino”. (Edwin Morgan).

Cuando uno lee buena literatura (no solo este género del asombro), empieza un diálogo con el autor, sus personajes y con uno mismo, apretando en un solo puño, en una reflexión legítima de la razón y la imaginación, al tiempo y su esencia, el espacio; ¿existe algo más fantástico en nuestra mortal cotidianidad?

“¿Habría algo más prodigioso que un auténtico fantasma? El inglés Johnson anheló, toda su vida, ver uno; pero no lo consiguió, aunque bajó a las bóvedas de las iglesias y golpeó féretros. ¡Pobre Johnson! ¿Nunca miró las marejadas de vida humana que amaba tanto? ¿No se miró siquiera a sí mismo? Johnson era un fantasma, un fantasma auténtico; un millón de fantasmas lo codeaban en las calles de Londres. Borremos la ilusión del Tiempo, compendiemos los setenta años en tres minutos, ¿qué otra cosa era Johnson, qué otra cosa somos nosotros? ¿Acaso no somos espíritus que han tomado un cuerpo, una apariencia, y que luego se disuelve en aire y en invisibilidad? (Thomas Carlyle - 1834).

Alguien lo dijo ya, no recuerdo quién, pudo ser un fantasma: “La realidad no es más que un invento fantástico”; claro, esto también es fantasía, ¿o no?