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El dinero que los migrantes envían a sus familiares y comunidades dejará de fluir en constancia y monto a causa de la recesión estadunidense. Con ello, la tensión social podría surgir en más de 500 municipios mexicanos clasificados como de alta marginación. El pronóstico proviene de analistas, quienes recuerdan que el Estado mexicano dejó en los migrantes la responsabilidad de financiar el desarrollo municipal, estatal y federal: tan sólo en 2007, el monto de esos envíos superó al de la inversión extranjera directa. Adicionalmente, las firmas privadas que envían esos recursos a través de las fronteras, mediante el pago del servicio, prevén una reducción en sus ingresos de hasta el 40 por ciento.

El Fondo Monetario Internacional (FMI) estima que las remesas financieras constituyen uno de los recursos más importantes para los países en desarrollo. Un conteo de éstas indica que equivalen a más del doble de la Ayuda Oficial al Desarrollo y a casi dos tercios de los flujos de inversión extranjera directa a los países en desarrollo, por lo que este ingreso constituye una herramienta para reducir la pobreza, aunque carece del elemento distributivo: los primeros beneficiarios son las familias. El Consejo Nacional de Población estima que el mercado laboral de facto, que conforman los migrantes indocumentados mexicanos en Estados Unidos, es de 10 millones de personas.

Según estudios del Banco Mundial (BM), el 73 por ciento de las remesas en el mundo van hacia países en desarrollo. Por el monto, los principales países receptores son: India, China y México, que en 2007 totalizaron unos 240 mil millones de dólares, contra 221 mil millones de 2006. Se estima que para este año la suma registrada será muy inferior. Tanto el BM como el FMI apuntan que esas cifras sólo representan las transferencias registradas oficialmente.

Más de 500 municipios en México viven de las remesas porque la pobreza avanza y la marginalidad expulsa a los pobladores de sus comunidades, indica el estudio Conceptos y medición de niveles de vida. Desigualdad, pobreza, marginación y desarrollo humano (marzo 2007), de Adolfo Sánchez Almanza, del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM. Pese a los programas oficiales Oportunidades y ProCampo, persisten la desigualdad y la pobreza.

El índice de marginación, señala el estudio, se construye cuando en la población económicamente activa existe un alto porcentaje de desempleo o recibe ingresos menores a 1 mil pesos mensuales; también cuando la población de 10 y más años es analfabeta o consume leche, huevo y carne menos de dos días por semana. La marginación también se evidencia cuando las viviendas carecen de agua entubada y energía eléctrica o si las vías de comunicación son rudimentarias o no existen.

El análisis concluye que “hay un rápido avance de la pobreza urbana y metropolitana asociada a la migración. Los rezagos mayores se localizan en municipios rurales, indígenas, con actividades primarias, población dispersa y localizados en zonas de difícil acceso en sierras y desiertos, aunque en muchos casos cuenten con potencial de desarrollo”. Las políticas sectoriales no han resuelto las desigualdades socioespaciales.

Almanza, que por 25 años siguió la evolución económica de México, encontró que en ese tiempo avanzaron rápidamente la pobreza urbana y metropolitana, asociadas a la migración, en estados como Veracruz –que en 1970 tenía índices bajos de marginalidad y en 2000 presentaba un alto grado de marginalidad con tendencia a empeorar– que, ante la falta de estrategias de desarrollo endógeno, hoy es expulsor de migrantes.

Seis entidades concentran la mitad de la pobreza nacional: Veracruz, Estado de México, Chiapas, Puebla, Oaxaca y Guerrero, aunque la pobreza de patrimonio y los rezagos socioeconómicos se concentran en el centro y sur del país.

Más de 500 municipios marginados y de alta marginación de esas entidades son, en promedio, los receptores del 30 por ciento de las remesas. También son los que resentirán más la disminución de las remesas, dice Genoveva Roldán Dávila, experta en migración del Instituto de Investigaciones Económicas.

Refiere que a pesar de que el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) funciona desde hace 14 años, la migración mexicana aumentó. Dice la estudiosa que en la década de 1960, los mexicanos en Estados Unidos “eran el 3 por ciento y ahora rebasan el 20 por ciento; pasó a ser la primera minoría en aquel país y eso nos revela que la propuesta del TLCAN, que con su firma íbamos a exportar mercancías y ya no mano de obra, quedó muy atrás”.

La Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico advirtió que México es el país con la peor distribución del ingreso. Al respecto, Roldán Dávila advierte: “La liga se está estirando demasiado y se apuesta a que no se va a reventar, porque pareciera que la liga es muy fuerte, pero tengo mis dudas sobre la fortaleza de esa liga, pues aquí se están viviendo problemas que, sumados a lo que ocurre con el auge del narcotráfico, plantean un aspecto social bastante complicado para el país”.

Los migrantes

El oaxaqueño Félix Cruz explica que, junto a otros jóvenes, emigró hacia Estados Unidos, porque “no pudimos esperar más a que los gobiernos, por propia iniciativa, tomaran cartas en el desarrollo de los pueblos”. Con sus paisanos Adán Ortiz, Leonardo Porras Reyes y Floriberto Cruz –todos originarios de Ayoquezco de Aldama– vive y trabaja en California desde hace años, como lo hacen millones de mexicanos .

Se trata de los refugiados económicos, una categoría que, de acuerdo con la Vancouver Refugee Services Alliance, se aplica a quienes migran hacia otro país para ocupar un empleo o mejorar la condición económica de sus familias.

Genoveva Roldán asegura que el Estado mexicano “pretendió depositar en los migrantes la responsabilidad del desarrollo”, en cuanto se comenzó a hablar de la importancia de las remesas. Recuerda que era común escuchar declaraciones en el sentido de que se iba a enseñar a los migrantes cómo invertir su dinero y cómo gastarlo.

La doctora en Economía Internacional por la Universidad Complutense de Madrid pregunta: “¿Cómo van a invertir los migrantes? ¿Cómo es posible que se plantee que ellos deban ser los responsables de lograr el crecimiento y el desarrollo de la economía mexicana?” El 80 por ciento de las remesas se dirigen a resolver los problemas de consumo directo, como transporte o vivienda, explica.

Félix, Adán, Leonardo, Floriberto y cientos de mexicanos que trabajan en Estados Unidos son el motor del desarrollo en entidades como Zacatecas, Oaxaca y Michoacán, pues tan pronto ponen dinero en manos de sus familias, el Estado mexicano olvida que los convirtió en refugiados económicos.

“Los migrantes de varios estados de la república hemos demostrado nuestro compromiso moral con nuestras comunidades de origen; por esa razón, numerosas organizaciones no gubernamentales, integradas por mexicanos que viven en este país (Estados Unidos), tomamos como propia la responsabilidad de desarrollar infraestructura en nuestras comunidades, para satisfacer hasta las más elementales necesidades, como drenaje, agua potable o pavimentación de calles”.

Estos migrantes, como otras decenas de miles de hombres y mujeres, cuya fuerza de trabajo está en plenitud, reunieron el capital, tras vender un animal, la tierra, endeudarse con prestamistas o acabar con el ahorro familiar- para aventurarse en Estados Unidos. Todos ellos pasaron clandestinamente la frontera: Félix lo hizo desde Tijuana a San Isidro en 1998, luego de pagarle a los coyotes 300 dólares por pasarlo con seguridad.

Cuando los migrantes recién llegados reciben sus primeros salarios, los envían a sus familias, quienes derraman ese capital en comercios al adquirir productos básicos. Cuando el emigrado se asienta en el extranjero y las remesas se transforman en un flujo estable, aparecen en las viviendas los electrodomésticos, comedores, camas y más ropa, así como aportaciones para construir caminos, tomas de agua o clínicas.

Felipe y Rosario –una joven pareja de vendedores de pan en la Sierra queretana que hace dos años migró hacia Minnesota– trabajan como empacadores en una empresa armadora de equipos electrónicos. “Allá no había dinero ni trabajo y el pan se nos quedaba; en nuestro pueblo, no hay ninguna microindustria, nada que nos retenga, por eso nos vinimos; pasamos muchas penas, pero mandamos algún dinerito para nuestros papás”, explica Rosario. Ella confía en permanecer allá otros dos años, pero teme que la recesión la convierta en desempleada.

Retorno forzado

Rodolfo Cruz, director del Departamento de Estudios de Población del Colegio de la Frontera Norte (Colef), recuerda que el descenso en el flujo de remesas a México se anticipó desde comienzos de este año, “porque ya había serios indicadores que nos hablaban de una posible desaceleración o el decrecimiento de la economía estadunidense, pero fue más que eso: no se trata de un estancamiento sino de una recesión económica”. Agrega que las autoridades mexicanas han tardado en definir el actual fenómeno como tal.

Al acentuarse cada día la crisis estadunidense, se prevé el retorno de esos refugiados económicos a sus países de origen. Indicadores de la Oficina del Trabajo estadunidense refieren ya una caída en el sector de la construcción, precisamente el que absorbe la mano de obra barata de los mexicanos emigrados; también coinciden las estadísticas del Colef, aunque el investigador reitera que en su análisis no advierte un retorno masivo de migrantes al país, al menos en el corto plazo.

“Aunque ellos ya empiecen a perder trabajos en ciertos sectores de la economía estadunidense, aún parece temprano para que se refleje en estadísticas”, refiere Rodolfo Cruz, al tiempo en que apunta que sus informes le dejan ver que los migrantes no están regresando inmediatamente, pues todavía están buscando empleo en otros sectores de la economía, como el de servicios, o tratan de autoemplearse.

Detrás de esa resistencia está el esfuerzo y el sacrificio hechos para cruzar el territorio mexicano: pasar la frontera, emplearse e inmediatamente, remitir el producto de ese trabajo a sus familias, convertido en remesas.

Tomar la decisión de retornar no es fácil o inmediata, coinciden los entrevistados. Quizás ese retorno se aprecie con mayor intensidad en 2009, “y me parece que no será masivo sino de manera gradual”, reitera Cruz, con base en su experiencia como extitular del Departamento de Estadística Laboral del Inegi.

Describe que ese regreso lo determinan también dos factores: el de la cercanía, pues a quienes viven cerca de la frontera les resulta más fácil cruzarla, y el de los sectores económicos afectados.

Al derrumbarse el sector inmobiliario y el de la construcción, los migrantes buscarán el agrícola, ya muy competido por migrantes de Centroamérica y Asia. Otro sector que también será muy afectado por la crisis económica es el de la manufactura, precisamente en el que hubo un incremento de trabajadores mexicanos en los últimos años. Ante ese escenario, el refugio probable serán los servicios, es decir, bajarán sus expectativas para emplearse como trabajadores de limpieza y custodia en hoteles y restaurantes.

Pese al desafío que representa para los migrantes emplearse en Estados Unidos, en la coyuntura de la recesión económica, Rodolfo Cruz anticipa que tienen a su favor su gran movilidad. Explica que si ya probaron en una ciudad y no encuentran empleo ahí o el sector se arruinó, es muy probable que se desplacen hacia otra ciudad para buscarlo a través de otra red de amigos o familiares.

Por otra parte, para hacer frente al apremio de los migrantes por emplearse en cualquier sector de la economía estadunidense, acudirán a las redes de mexicanos en aquel país. Constituidas ya sea por entidad de origen o por sus lazos familiares, deberán ser suficientemente fuertes para apoyarlos durante un periodo probablemente largo: dos o tres meses hasta que se defina su situación laboral.

A pesar de que los analistas prevén el retorno de migrantes hacia México, Cecilia Romero, comisionada del Instituto Nacional de Migración, el 22 de octubre pasado declaró –durante el foro “Los migrantes. Ciudadanos del mundo y agentes del desarrollo”, auspiciado por la Organización Demócrata Cristiana y la Fundación Konrad Adenauer–, que no espera una repatriación masiva de mexicanos desde Estados Unidos, como respuesta a su falta de empleo por la recesión. De ser así, “estaríamos preparados con políticas de auxilio para que sea una repatriación voluntaria, sin violación a sus derechos humanos”, manifestó.

Urgen a cambiar modelo

Genoveva Roldán explica que el problema es que parece que el modelo económico mexicano sólo está “contagiado”. Sin embargo, dice, existe un problema propio del modelo de acumulación mexicana y del modelo de desarrollo mexicano que nos lleva a una crisis. “Éste no ha sido un modelo capaz, generador de un mercado interno que sustente el mercado de trabajo, fuerte y maduro.

Pese a los programas de rescate que las autoridades estadunidenses han aplicado, la recesión es profunda y es aventurado hacer pronósticos, señala la investigadora. Advierte que, al considerar la experiencia histórica, la migración mexicana hacia Estados Unidos ha sido constante y permanente salvo en un periodo: la década de 1930, cuando el gobierno comenzó a repatriar mexicanos debido a la crisis económica de 1929.

La especialista no descarta que, tan pronto se agudice el problema en Estados Unidos, la repatriación de los mexicanos como una forma para tratar de revertirlo. No basta confiar en que ellos se sostengan allá en condiciones de desempleo; tal argumento se sustenta en el hecho de que las redes de apoyo los van a mantener en aquel país. “No obstante, las familias, los primos, el cuñado, el hermano que lo llamó, ahora le va a decir: ‘Yo te puedo apoyar un rato, pero no más tiempo”.

La refinanciación

El migrante es el que no tiene otra opción que dejar su tierra, su casa, su familia, su lengua, su cultura, y esto que pudiera parecer que van a la aventura o a una vida mejor, resulta lo contrario. Los mexicanos en Estados Unidos son quienes viven en peores condiciones y los peor pagados. Algunos ni siquiera reciben su pago y no tienen la posibilidad de luchar por ese salario porque son indocumentados.

Pero el maltrato también es de México, considera Genoveva Roldán: desde hace tiempo surgió el fenómeno de la financiarización de las remesas, que consiste en que los grandes grupos financieros –como BBVA en Europa, el Banco Azteca y Coppel– manejen el envío y busquen ser el eslabón que capte ese flujo de divisas para tener el control del ciclo de esas transferencias.

Una forma de captar más ganancias es el castigo del tipo de cambio en el momento en que los cobradores recuperan su dinero, pero también cuando obligan a los beneficiarios a adquirir mercancías para recibir su dinero. “Volvemos a las tiendas de raya, no es gratuito que Coppel haya anunciado que reduce un 40 por ciento sus proyectos de crecimiento a partir de la crisis, pues su crecimiento se sustenta en la llegada de las remesas en los pueblos y localidades más pequeñas, que es donde tiene este tipo de comercios”, dice la investigadora.

Estados receptores como Zacatecas, Michoacán, Guanajuato y Chiapas, Oaxaca y Guerrero, que recientemente se incorporaron al flujo migratorio, padecerán la disminución de las remesas. Será un golpe a la economía popular, porque son más de 500 municipios marginados los que reciben el 30 por ciento de las remesas. En ese contexto de decrecimiento del flujo de remesas, el primer semestre de 2009 se anuncia como un año difícil y, por lo tanto, de potencial riesgo de crisis sociales y políticas.

Migración

De acuerdo con el Consejo Nacional de Población, el flujo neto anual de mexicanos hacia Estados Unidos ascendía en 2003 a 390 mil personas. La comunidad mexicana en aquel país superaba los 26.7 millones, de los que casi 16.8 millones ya habían nacido en esa nación, y 9.9 millones de nacidos en México residían de manera autorizada o no autorizada en Estados Unidos, lo que equivalía al 9 por ciento de la población total de México y 3.6 por ciento de la estadunidense. (NE)