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(I PARTE)

Y usted: ¿qué entiende por “revolución ciudadana”?

| Quito (Ecuador)
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Es posible que en el Ecuador esté en marcha una revolución, como lo sostiene el gobierno de Rafael Correa? ¿Qué mismo significa eso de “revolución ciudadana”?, ¿tiene un sustento científico esa expresión? A continuación presentamos algunos elementos introductorios para el análisis de este tema.

“Ciudadanía”, término elitizante que oculta la lucha de clases

El concepto “ciudadanía” está vinculado a la idea de ciudad, o “polis” griega. Solo una cuarta parte de quienes vivían en ella eran ciudadanos. Era todo un privilegio que no cualquiera podía tener. Como lo sostiene Aníbal Ponce en “Educación y Lucha de clases”, mucho se ha mitificado a la civilización griega, dándole un sentido mágico, de armonía y paz, de alta cultura, pero en realidad el “ciudadano” griego era terrateniente, propietario de esclavos y guerrero; disfrutaba de los placeres que le brindaba el no reducirse a las “innobles” tareas del trabajo.

“Los trabajadores son casi todos esclavos. Nunca una república bien ordenada los admitirá entre los ciudadanos, o si los admite, no les concederá la totalidad de los derechos cívicos, derechos que deben quedar reservados para los que no necesiten trabajar para vivir”, dice por ejemplo el filósofo Aristóteles (“Política”, pág. 139).

Así surgió el término ciudadanía, y así se desarrolló más tarde: para los romanos, ciudadanos solo eran los nobles “patricios”, es decir, una raza superior de poderosos destinados a gobernar y administrar el Estado, el resto eran plebeyos y esclavos, seres muy inferiores.

En la Edad Media el concepto de ciudadanía casi desaparece del lenguaje político, puesto que los reyes y nobles feudales dominaban autocráticamente sobre los siervos, campesinos pobres sometidos a una nueva forma de esclavitud en el campo. El poder se heredaba y/o se arreglaba entre los nobles y el clero.

Pero es en el tránsito hacia el capitalismo cuando reaparece el concepto de ciudadanía, puesto que los denominados “burgos” se constituyeron en las nuevas ciudades, dominadas por una clase social de comerciantes que habían adquirido poder económico y que en su confrontación al poder feudal recuperaban las ideas “civilizatorias” de los filósofos clásicos.

La revolución liberal burguesa en Francia recoge el concepto “ciudadanía”, pero esta vez reconociendo como ciudadano a cualquier persona, a condición de que aprendiera la lengua y obedeciera las leyes francesas. Se proclama la igualdad de los ciudadanos ante la ley, pero una igualdad que en los hechos abre las posibilidades de acumulación a los capitalistas, sobre la base de la explotación a los trabajadores en sus industrias. Proclama la libertad, entendida ésta fundamentalmente como libertad de empresa, incluso en el sentido laico que esta libertad implicaba; es decir, si algún dogma religioso se oponía a la posibilidad de desarrollo económico, técnico-científico de la industria capitalista, había que pasar por sobre él. Se proclaman una serie de libertades que, en esencia, crean las condiciones para el nuevo modo de producción en el que los burgueses tenían el control y el poder.

La legislación burguesa, con iniciadores como Voltaire, por ejemplo, establece todo un sistema jurídico en el que lo fundamental es el derecho a la propiedad privada, “es una condición indispensable para una sociedad ordenada”, dice; y en ese sentido, solo los propietarios deben gozar de los derechos políticos. Tenía desconfianza en la fuerza y la capacidad del pueblo: “cuando el populacho se ponga a razonar, todo se vendrá abajo”, decía. Se pronuncia por la “libertad de trabajo”, por la cual se entiende el derecho que tenían las personas a vender su trabajo a quien mayor remuneración ofreciera.

El ciudadano entonces se vuelve un ser que, como lo sostiene José Welmovick, además de derechos tiene obligaciones: “Exige, en nombre de la defensa de la extensión de esos derechos, una defensa del orden en el que se quiere garantizar la inclusión de los ciudadanos”. De lo cual se deduce que alguien que se asume ideológica y políticamente como “ciudadano”, no pretende la revolución.

El discurso de ciudadanía es asumido actualmente por los sectores más reaccionarios de la burguesía, por facciones de la pequeño-burguesía que se autocalifican como progresistas, y por izquierdistas “desencantados”. Para los primeros se constituye en una manera de redireccionar las luchas de los trabajadores hacia reivindicaciones aisladas y de diversos derechos que no afectan a la esencia del sistema.

Para los segundos se vuelve una forma de cuestionar el statu quo y de proponer cambios institucionales que hagan del capitalismo un sistema más “humano”, y para los terceros es una forma de ocultar categorías marxistas como burguesía, proletariado, lucha de clases, modo de producción, formación económico-social, etc., por cuanto desconfían o niegan al marxismo la capacidad de explicar los fenómenos de forma holística y de transformar la realidad; proponen que las preocupaciones políticas se centren en las “identidades impuestas o adaptadas”: etnias, color, género, preferencias sexuales.

“Al privilegiar tales identidades la propuesta postmoderna enfila su artillería contra el análisis de clase, apoyada en un hecho evidente: es mucho más aprehensible, fácil de reconocer la pertenencia a un ‘género’ que a una clase social”, sostiene Guillermo Navarro.

El término ciudadanía, entonces, pretende ocultar la existencia de las clases sociales y sus contradicciones irreconciliables: tan ciudadano es Álvaro Noboa como Juan Piguabe. Sin embargo, en el ámbito político esta lucha de clases se expresa nítidamente, por más que el Presidente de la República sostenga que el Estado actual es la representación de “todos los ciudadanos”.

Vladimir Lenin lo aclaró hace ya mucho tiempo: “El Estado surge en el sitio, en el momento y en la medida en que las contradicciones de clase no pueden, objetivamente, conciliarse. Y viceversa: la existencia del Estado demuestra que las contradicciones de clase son inconciliables”.

En el Ecuador no existe una “revolución ciudadana”, primero porque no es posible hablar de revolución si la esencia del sistema capitalista (la propiedad de los medios de producción en manos privadas) se mantiene intacta; y luego porque al hablar de ciudadanía se habla de todos y de nadie, es decir, se oculta la existencia de las clases sociales y de su lucha antagónica e irreconciliable.

Franklin Falconí

Franklin Falconí Comunicador social titulado en la Universidad Central del Ecuador. Es catedrático de la Universidad Técnica de Cotopaxi, además de coordinador de investigación de la Carrera de Comunicación Social. Fue periodista en dos de los principales diarios ecuatorianos: El Comercio y diario Hoy. Actualmente es editor general del quincenario alternativo Opción. Autor del texto inédito: Comunicación Alternativa, respuesta actual a la estrategia mass mediática del poder.

 
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El periódico alternativo Opción es un quincenario ecuatoriano que apareció el 21 de enero del 2001, un año después del derrocamiento del presidente Jamil Mahuad, en un escenario de crecimiento de la lucha de los pueblos. Recoge en sus páginas los principales anhelos, la cultura, y las luchas de los pueblos de Ecuador, América Latina y el mundo. Opción busca desentrañar la esencia de los problemas, denunciar a sus responsables y contribuir en la construcción de una propuesta política popular, unitaria, antiimperialista y de transformaciones profundas.

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