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La palabra y el ejemplo vigentes de Luis Alberto Sánchez

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Este mes, Luis Alberto Sánchez (Lima 1900-1994) habría cumplido 109 años. Aunque la palabra de Sánchez como político y como periodista es todavía de fácil evocación, y tampoco faltan libros suyos en bibliotecas y librerías, resulta sumamente difícil estudiar su vasta labor como tratadista, pensador y narrador. Es posible encontrar con facilidad escuetos comentarios de loa o condena a algunos libros de Sánchez pero jamás un estudio metódico y desapasionado de uno solo de ellos. Los volúmenes sobre literatura peruana que presumen imparcialidad, sólo le dedican reseñas confusas, plagadas de evasivas, cuando no son directamente hostiles.

Este confuso panorama crítico contrasta enormemente con la riqueza de la obra de nuestro personaje. Analizando la bibliografía producida por Sánchez, el investigador desprejuiciado se sorprenderá de la amplitud de temas. Intentando agrupar sus libros entre ensayo (historia, política, educación, crónica y periodismo) y narrativa (biografía novelada y novela de ficción), encontrará que no hay problema o personaje de la cultura peruana y americana que no ocupe algunas páginas o todo un volumen en la obra de Sánchez. Pero también comprobará que no hay fronteras estilísticas ni disciplinarias en sus libros. Suele escribir en primera persona, da prioridad a lo controversial sobre lo enunciativo, y los géneros y especialidades se entrecruzan. La narrativa se desvía hacia el terreno del ensayo crítico y viceversa. Ni siquiera aquellos títulos de apariencia escolástica escapan al sino polémico y heterodoxo del autor.

La primera versión del tomo I de La literatura peruana (Lima, 1928), célebre por su reivindicación de la literatura andina aborigen y por cuestionar la tradicional sinonimia entre cultura criolla urbana y cultura “nacional”, se aparta de la convencional diplomacia expositiva de los académicos para desplegar agresivos desafíos, muchos de ellos aún pendientes de respuesta. Allí, además de ensanchar los fueros de la crítica literaria señalando que “vale tanto el panzudo volumen como la proclama fugitiva (…), el audaz libelo, (…) la oratoria y el periodismo”, Sánchez afirma que “dos razas sometidas y una despótica forman el Perú literario” y que “la literatura no se concreta a manifestaciones platónicas sino que tiene un profundo sentido humano que es preciso desentrañar” (Sánchez, Luis Alberto: La literatura peruana. Derrotero para una historia espiritual del Perú. Tomo I. Talleres Gráficos Perú, Lima, 1928, p. 10, 114 y 13-14).

Panorama de la literatura actual (Santiago de Chile, 1934), entrega una cáustica revisión de la “nueva literatura” de superrealistas y dadaístas, que según Sánchez, “no era ni tan literatura ni tan nueva”, al mismo tiempo que ofrece una acre polémica contra la crítica literaria académica, considerando que “juzgar escuelas es de rábulas literarios, de archiveros” (Sánchez, Luis Alberto: Panorama de la literatura actual. Ediciones Ercilla, Santiago de Chile, 1934, p. 8).

Por su parte, Vida y pasión de la cultura en América (Santiago de Chile, 1935), que ausculta el tema de la originalidad en las letras americanas, sorprende por sus lapsos coloquiales, salpicados con anécdotas irreverentes, como su célebre reproche a Marcelino Menéndez Pelayo, autor de una Historia de la literatura hispanoamericana desde Madrid, “sin haber mecido la vista al compás ofidiano de una mulata ni haberse encrespado al áspero y calino olor de una negra antillana” (Sánchez, Luis Alberto: Vida y pasión de la cultura en América. Tercera edición, Lima, 1970, p. 12 y 13).

Del mismo modo, el libro Se han sublevado los indios (Lima, 1928), que sintetiza sus puntos de vista sobre la literatura indigenista debatidos con José Carlos Mariátegui, tiene la peculiaridad de haber sido escrito imitando la narración de un partido de fútbol. Entre subtítulos como “Primer tiempo”, “Dos puntos”, “Tribuna central” y “Al aguaite”, Sánchez responde con garra a quienes lo acusan de hacer teoría social y no crítica literaria: “No confundo la sociología con la literatura. A mí se me da un pito que un autor sea, provinciano o capitalino, costeño o serrano. Ni en literatura, ni en historia, ni en sociología, me han detenido jamás el árbol genealógico, ni la papeleta de residencia, tan del gusto de los empleados municipales” (Sánchez, Luis Alberto: Se han sublevado los indios. Casa editora La Opinión Nacional, Lima, 1928, p. 20).

No es casual que respecto a su trabajo más celebrado, Perú, retrato de un país adolescente (Buenos Aires, 1958), el propio Sánchez diga que es un “libro absolutamente subjetivo, ajeno a toda regla, a toda finalidad externa”. Es, en efecto, una controversial e irreverente reflexión sobre el destino histórico peruano, que se bambolea entre confesiones coloquiales como “la más suculenta pachamanca que yo he saboreado en mi vida fue en Huancayo” y “no conozco Iquitos, y es una pena, pero sí, he estado en Tingo María”; y solemnidades como ésta: “Un país es como un ser viviente. (…) Posee cuerpo y espíritu; inteligencia, sentimiento, subconciencia y voluntad. Se encrespa y se apacigua. (…) Puesto que la vida colectiva rara vez desemboca en la tumba, los países, en trance de perder su ímpetu, se transforman como las crisálidas” (Sánchez, Luis Alberto: El Perú, retrato de un país adolescente. Tercera edición. Ediciones Peisa, Lima, 1987, pp. 15, 77 y 17).

Es fácil comprobar que no ha sido la erudición, ni la filiación política, ni el estilo heterodoxo lo que ha hecho de Sánchez uno de los autores peruanos más leídos y reeditados durante el siglo XX. Otros escritores peruanos se han ocupado de los mismos temas enfatizando los extremos: más disciplina académica unos, más excentricidad otros, sin obtener la misma trascendencia. Es la parte filosa e iconoclasta de sus comentarios y reflexiones, aquello que le impide tener aceptación unánime, lo que ha dado valor a sus libros y ha creado lealtad en sus lectores.

Las mejores páginas de LAS corresponden, sin duda, a sus biografías noveladas. Este género, en su acepción moderna –cultivado en Europa por Emil Ludwig, Lytton Strachey, André Maurois y Stefan Zweig con fines de amplia divulgación– fue iniciado en América por Sánchez con su Don Manuel (Lima, 1930) –sobre la vida de Manuel González Prada–, siguiéndole los pasos dos años después el cubano Jorge Mañach con Martí, el apóstol (Madrid, 1932). En las biografías noveladas Don Manuel, La Perricholi (Santiago de Chile, 1936), Garcilaso Inca de la Vega, primer criollo (Santiago de Chile, 1939), Valdivia, el fundador (Santiago de Chile, 1941), Una mujer sola contra el mundo. Flora Tristán, la Paria (Santiago de Chile, 1942), El señor Segura, hombre de teatro (Lima, 1947), Aladino, vida y obra de José Santos Chocano (Lima, 1960) y Valdelomar o la belle époque (México DF, 1969), Sánchez conjuga prolijamente la investigación erudita con el ingenio novelístico, agregando ficción hipotética sólo donde los fríos datos nada añaden ni sugieren. Son obras biográficamente confiables sin dejar de ser, antes que nada, amenos productos literarios.

Es interesante tomar nota de algunos aspectos cuantitativos de la obra de Sánchez. Publicó en 104 títulos originales y diversos folletos y ensayos notables. Inicia la lista una monografía universitaria de autoría compartida: Breve historia de la fundación y transformaciones de la Facultad de Filosofía y Letras (Lima, 1918). Concluye el catálogo otro libro coescrito: Sobre la herencia de Haya de la Torre (Lima, 1994).

De estos 104 títulos originales son muy pocos los que no han tenido más de dos ediciones. Entre los más reeditados están Breve tratado de literatura general y notas sobre la literatura nueva (Santiago de Chile, 1935), con quince ediciones corregidas y actualizadas hasta 1962, e Historia general de América (Santiago de Chile, 1942), con trece ediciones corregidas y ampliadas por el autor al paso de los acontecimientos hasta 1987. Otros títulos han tenido hasta 1994 menos de diez ediciones pero con altas tiradas, de amplia difusión continental. Tal es el caso de sus biografías noveladas publicadas en Chile.

Muchos títulos importantes de Sánchez equivalen en realidad a varios libros. La celebérrima La literatura peruana, con sus nutridos cinco tomos y sus seis ediciones hasta 1989, equivale de hecho a varios tomos más, ya que el autor reestructuró y reescribió completamente toda la obra. Los tres primeros tomos aparecidos en 1928, 1929 y 1936, respectivamente, pese al parentesco con la versión completa de la obra de 1951, guardan grandes diferencias de propósito crítico, extensión y densidad. Otro tanto ocurre respecto a la nueva edición, reescrita, de 1966, sobre cuya base Sánchez introdujo sucesivas modificaciones. A esto hay que agregar que el primer tomo, que expone el planteamiento general de la obra, tuvo una edición especial, también reescrita, en 1946.

Escritores representativos de América, obra publicada en Madrid, equivale a toda una biblioteca de semblanzas literarias y biográficas. Apareció en dos tomos en 1957, corregidos y ampliados hasta formar una primera serie de tres volúmenes con cincuenta semblanzas en 1962. Una segunda serie de tres volúmenes con 50 nuevas biografías se publicó en 1963 y una tercera serie, con 45 nuevas reseñas, en 1976. La Historia comparada de las literaturas americanas (Buenos Aires, 1973-1976) con sus cuatro grandes tomos, cada uno abarcando una época de las letras panamericanas, en un ciclo que va desde las culturas nativas precolombinas hasta el boom literario neorrealista de los años 1970, resulta difícil de catalogar como un título aislado. Es a su vez una versión ampliada de La nueva historia de la literatura americana (Buenos Aires, 1944), donde anticipa el audaz concepto de una mayor proximidad cultural entre las distintas literaturas americanas que entre cada una de ellas y su metrópoli original, a pesar de las diferencias de idioma.

Tenemos también una nutrida colección de volúmenes que ubican el nombre de Sánchez en un segundo plano, como antologista, editor-anotador, coordinador o traductor. Fue coordinador editorial del Diccionario Enciclopédico Ilustrado de Ercilla (Santiago de Chile, 1942) y tradujo para la misma editorial, entre 1934 y 1943, Rahab de Waldo Frank, Bernard Quesnay de André Maurois, Los precursores de Romain Rolland y Dublineses de James Joyce, entre otras obras.

A Sánchez también se deben muchas antologías y ediciones críticas importantes como el Índice de la poesía peruana contemporánea (Santiago de Chile, 1938), la edición crítica del sainete limeño colonial de 1776 Drama de los palanganas Veterano y Bisoño (Santiago de Chile, 1938), Simón Bolívar, doctrina política (Santiago de Chile, 1940), Peregrinaciones de una paria de Flora Tristán (Santiago de Chile, 1942, con traducción de Emilia Romero), Redes para captar la nube (Lima, 1946) con la biografía y escritos de Alfredo González Prada, la colección póstuma de Gilberto Owen Poesía y prosa (México DF, 1953), las Obras completas de José Santos Chocano (México DF, 1954), Artículos olvidados de César Vallejo (Lima, 1960), Obras de Abraham Valdelomar (Lima, 1979), Fuentes documentales sobre la ideología de la emancipación nacional (Lima, 1980), la edición facsimilar de la revista Colónida de 1916 (Lima, 1981), la primera versión española de El Perú contemporáneo de Francisco García Calderón (Lima, 1981), las Obras de Manuel González Prada (Lima, 1986-1989) y la primera edición en español de La música de los Incas de Raoul y Marguerite D’Harcourt (Lima, 1990), entre muchas otras.

Sánchez fue también un personaje controversial en su propio partido político, el aprismo, al cual se afilió en 1931 para nunca más apartarse de sus filas. Fue un aprista que nunca entendió el compromiso político de un intelectual ni el suyo propio como una burda repetición de consignas ni como la genuflexión ante un caudillo prepotente y corrupto.

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