Superando en estética, altura y horizonte el bodrio noticioso a que tienen aherrojada los medios de comunicación a la sociedad, hay un suceso que clarinea esperanzas, anticipa victorias y perfila el advenimiento de una nueva juventud: la canción y la acción los une para cantarle al Perú. En efecto, los tres cantantes, Juan Diego Flórez, Magaly Solier y Pedro Suárez Vértiz, unirán tesituras, compartirán escenario y discurrirán por el castellano y el quechua. ¡Cuánto tiempo hace que no tenemos relámpagos culturales y artísticos de esta índole!

El formidable tenor Flórez anunció que estaba aprendiendo quechua. Por venir de él, hombre joven con inobjetable sentido de la estética y la cultura, su testimonio deviene sincero y ejemplar. La señorita Solier rescata con dulzura profunda la verdad testimonial de un lenguaje vernáculo normalmente despreciado y que en su manejo de solista alcanza impacto de enorme pegada. Suárez Vértiz tiene una trayectoria en su particular registro musical que le ha hecho requerido y querido. La trilogía brinda, pues, un simbolismo atractivo y potente. ¿Habría derecho a pensar mal o en trastiendas en cualquiera de ellos? En Perú eso es casi ley o tara: el deporte de la envidia destruye –y lo ha hecho siempre- cualquier pináculo o, más precisamente, las génesis que, como ésta, pueden repetirse a lo largo y ancho de la Patria.

No ha mucho que en un aula de San Marcos pregunté a un numeroso grupo de estudiantes ¿cuántos eran y qué tan importante era su voz en el debate nacional o en la toma de decisiones? No pudieron desmentirme cuando enuncié el facto comprobador que siendo los jóvenes mayoría inmensa en la composición ciudadana, su conjunto social no tiene la más mínima importancia en la navegación estatal. Demandé respuestas a esta situación y de seguro que éstas llegarán muy rápido y convictas de su intensa carga de verdad.

Cuando los jóvenes despierten del marasmo involuntario al que les ha confinado una sociedad con magos de la prestigitación psico-social, entonces Costa, Sierra y Montaña temblarán al unísono para reclamar por la falta de maestros, paradigmas y actitudes para haber evitado esta entelequia que no protesta, que acepta todo, que asimila cuanto le dicen desde los pagos de los episódicos gobiernos que se suceden en Palacio, a cual más vendepatria, y podrán recordar al niño, Gabriel Urbina, que leyó en el Teatro Politeama un discurso del maestro Manuel González Prada, cuando se procuraban fondos para la recuperación de las entonces provincias cautivas Tacna y Arica, el 29 de julio de 1888:

“Los que pisan el umbral de la vida se juntan hoi para dar una lección a los que se acercan a las puertas del sepulcro. La fiesta que presenciamos tiene mucho de patriotismo i algo de ironía: el niño quiere rescatar con el oro lo que el hombre no supo defender con el hierro.

Los viejos deben temblar ante los niños, porque la jeneración que se levanta es siempre acusadora i juez de la jeneración que desciende. De aquí, de estos grupos alegres i bulliciosos, saldrá el pensador austero i taciturno; de aquí, el poeta que fulmine las estrofas de acero retemplado; de aquí, el historiador que marque la frente del culpable con un sello de indeleble ignominia.

Niños, sed hombres, madrugad a la vida, porque ninguna jeneración recibió herencia más triste, porque ninguna tuvo deberes más sagrados que cumplir, errores más graves que remediar ni venganzas más justas que satisfacer.

.....En esta obra de reconstitución i venganza no contemos con los hombres del pasado: los troncos añosos i carcomidos produjeron ya sus flores de aroma deletéreo i sus frutas de sabor amargo. ¡Que vengan árboles nuevos a dar flores nuevas i frutas nuevas! ¡Los viejos a la tumba, los jóvenes a la obra!”.

La canción hermana, junta, solivianta, fraterniza, vincula, por encima de parroquias, más allá de idiomas, por sobre lo alto de armoniosas conjunciones que brotan desde el fondo de las almas. Cuando Juan Diego, Magaly y Pedro, canten, lo estarán haciendo desde la juventud invicta que les adorna y en homenaje a un país que necesita urgentemente desterrar y cancelar a miserables que no han cumplido el deber de construcción de una sociedad libre, justa y culta.

Los pueblos que cantan son aquellos en los que el sentimiento de lo estético, de lo heroico, de lo sublime, vive y pervive, nace, crece y desarrolla porvenires. ¿Qué, no vamos a imitar el ejemplo de estos jóvenes?

Para mí en la humilde modestia de un ex coreuta hoy ya cincuentón, la canción y la acción dan la partida de nacimiento a una nueva juventud, en castellano y en quechua, en todos sus colores, dando la voz de partida a la regeneración que tanto anhelamos y a la que no pocos dedicaron sus vidas.

¡Atentos a la historia, las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder, el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Rompamos el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

¡Sólo el talento salvará al Perú!

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