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¿Y ver al presidente de un club llegar a la cancha el día de partido, saludando a hinchas, dirigentes y jugadores por igual hasta posarse en los tablones con sus compañeros de tribuna?

Cuesta, en este fútbol de negocios y súper profesionalizado, ver a esas estrellas de estricto cuidado facial y asombrosa pulcritud retirarse del campo de juego con la remera llena de barro; o imaginarse a dirigentes de clubes grandes, de abultadas cuentas bancarias y paradero difícil de descifrar, compartir la tribuna con un hincha común.

El fútbol, la verdadera pasión de multitudes, deja por un lado el glamour, los millones de euros, el sueño de triunfar en el Viejo Continente, las “botineras” siempre ávidas de “salvarse” con un futbolista exitoso, el monstruo llamado marketing y las grandes marcas deportivas, para volver a sus románticos orígenes cuando la pelota rueda en cualquier cancha de la C y de la D.

Resulta curioso como la mayoría de los periodistas y opinólogos de turno que le piden a los jugadores de Primera –especialmente los que visten la camiseta de la Selección- que “jueguen por la camiseta”, luego son los primeros que ignoran y ningunean a los que realmente le hacen honor a su pedido.

En el Ascenso, se vive para el fútbol. Más allá de que hoy la plata llegó hasta los más pequeños clubes de la D (Ferrocarril Urquiza, militante de la Primera D , está fusionado con la Universidad Abierta Interamericana, por citar un ejemplo), ya sea para subsidiar los viáticos o para pagar sueldos (por más que en dicha categoría no se permitan contratos profesionales), es imposible vivir de la número 5. Y mucho más si se tiene en cuenta que las posibilidades de lograrlo algún día equivalen a las chances de cualquier ciudadano de ganar una millonada jugando al Loto.

Hay excepciones, como la del goleador Javier Velázquez, máximo artillero de la D en la temporada 2007/08 de Defensores Unidos de Zárate –club que ahora está en la C-, que hoy forma parte del plantel de Racing Club. Pero lo normal es repartir las horas entre el trabajo y los entrenamientos.

Es habitual encontrar jugadores que se levantan a las 6 de la mañana para comenzar su jornada laboral, y cuando regresan se cargan el bolso al hombro y marchan hacia la práctica de cara al partido del sábado.

Y adentro del campo a seguir sacrificándose. No solo por ganar, sino también para soportar estoicamente la ducha helada de un vestuario visitante que no posee agua caliente, las caídas en canchas –por suerte, en este aspecto se ha mejorado mucho- que lo que menos tienen es césped, el histeriquismo de los hinchas propios si los resultados no son los esperados, y los viajes en micros con las mínimas condiciones de comodidad para un deportista que viene de 90 minutos de esfuerzo. Pero el fútbol y el hambre de gloria todo lo pueden.

Si es difícil entender a los futbolistas del Ascenso, ¿cómo se entiende el amor de los hinchas, destinados a ocupar un pequeño lugar, casi siempre ignorado, y a no recibir nada a cambio? Como dicen algunas banderas comunes de varias hinchadas: “el corazón tiene razones que la razón nunca comprenderá”. Aunque, desde cierta lógica, el fanatismo de los hincha.