Una breve revisión de la historia evolutiva de las manos nos lleva a los primeros vertebrados terrestres tetrápodos que vivieron hace 350 millones de años. En esos miembros primigenios ya se hallan las estructuras precursoras de las manos de los primates, por lo tanto también de los humanos.

Las manos de los seres humanos tienen una estructura anatómica esencialmente similar a la de otras especies de mamíferos, empero, en el hombre y la mujer las manos alcanzan un alto grado de desarrollo evolutivo que les convierte en estructuras excepcionales por su forma, anatomía y funcionalidad.

La mano es una estructura de altísima complejidad, una verdadera maravilla de la bioarquitectura que jugó un papel muy importante en la evolución humana. La anatomía de la mano revela su estructura fina y delicada: cinco ejes convergen en un macizo óseo que es el carpo y que forma la palma a la cual se articulan los dedos. La mano consta de 27 huesos, 20 músculos, tendones y ligamentos, arterias y venas, todo lo cual forma una unidad anatómico-funcional perfecta que está controlada por una compleja red de nervios; a eso se debe la movilidad, sensibilidad y versatilidad, que se traduce en acciones tanto de fuerza como de precisión. La mano es el órgano del tacto más delicado y de mayor capacidad discriminativa.

En el proceso evolutivo de las manos del Homo sapiens jugó un papel determinante la posición erguida de sus ancestros homínidos. Al quedar liberados de la locomoción, los miembros anteriores se convirtieron en superiores; esto fue el inicio de transformaciones profundas. Los brazos están unidos vigorosamente al tronco mediante la articulación de los hombros, formada por el omóplato o escápula, la clavícula y la cabeza del húmero. Esta estructura óseo-articular y potentes músculos dieron a los brazos una amplia capacidad de movimiento y libertad de acción. El antebrazo, formado por el cúbito y el radio, se une al brazo mediante la articulación en bisagra que permite la flexión y extensión. Pero además el antebrazo es capaz de hacer movimientos de ligera rotación que permiten que gire hacia adentro y hacia afuera en los movimientos conocidos como supinación y pronación. En el antebrazo se hallan la mayor parte de los músculos que controlan el movimiento de las manos, a través de los tendones que atraviesan la muñeca para llegar a la palma de la mano y a los dedos.

La estructura de las articulaciones del carpo y el complejo y delicado conjunto de músculos, tendones y ligamentos permiten a la mano realizar movimientos de flexión, extensión y circunducción, con independencia del codo, lo que ofrece muchas posibilidades para el funcionamiento de la mano. Pero, es la forma y constitución de la mano la que explica su versatilidad: el pulgar y su libertad de movimientos le confiere los principales atributos.

La oponibilidad del pulgar a los demás dedos es el atributo más importante para el funcionamiento de la mano. El pulgar tiene una amplitud e independencia de movimiento que le permiten a la mano una variedad de operaciones, como la divergencia, convergencia, prehensibilidad y oponibilidad, con lo cual la mano es apta para coger objetos de diferente tamaño, usar herramientas de todo tipo, realizar acciones de alta precisión, actuar como pinza manual, pinza digital… lo que permite coger un alfiler o asir el lápiz y escribir, tocar instrumentos musicales…, para todo lo cual la uña y su particular estructura es un elemento que completa y amplía las posibilidades funcionales de los dedos.

Desde la posición de reposo de la mano se puede apreciar toda su capacidad de movimientos; es decir, desde esta posición adopta una gama de posiciones de trabajo, tanto de fuerza como de precisión. La mano, por su rica inervación, tiene una alta sensibilidad táctil con lo cual puede ejecutar trabajos tan finos que exigen micromanipulación como la joyería, al elaborar una filigrana, la relojería, el bordado o el arte, la microcirugía, etc. Las manos son herramientas: arman y desarman, construyen y destruyen, agarran, destrozan, rasguñan, golpean…, pero también acarician cuando rozan la piel del ser amado.