Ha dicho varias veces, el ex primer ministro Jorge del Castillo, que fue en reiteradas ocasiones a reunirse con el dominicano Canaán para promover la inversión en Perú. ¿Es ésa la tarea de un jefe de gabinete? ¿para qué están los organismos ad hoc del Estado? Un primer ministro es un elemento episódico, casi siempre olvidable, normalmente un dechado de mediocridad y un fusible que se quema por la propia salubridad del sistema. Es mucho el tiempo pasado desde el descubrimiento del escándalo de los “petroaudios” y el señor de marras sólo ha podido enhebrar el leit motiv que más bien parece una confesión a la que, por razones ignotas, la prensa no parece otorgarle la importancia que sí posee.

El primer ministro representa, o debiera hacerlo, al partido de gobierno. Es una premisa innegable que esto no se cumplió en tiempos de del Castillo y hoy de Velásquez. Uno y otro forman parte de una maquinaria personalísima, íntima, ligada indisolublemente al jefe de Estado, Alan García Pérez. Si uno de ellos saca los pies del plato se auto-liquida y si es con escándalo, mucho mejor. Divorciar a del Castillo de Alan García Pérez, sus voliciones y entusiasmos, claudicaciones y traiciones a la ideología aprista, puede constituir una peligrosa forma de “analizar” la realidad, sobre todo, al constatarse que ninguno de ellos actuó por sí solo o por inteligencia individual.

Escribió Haya de la Torre, a quien, por cierto, jamás ha leído del Castillo y sobre quien no tuvo y no posee ni la más mínima referencia de alguna clase, que había que tratar con el imperialismo y que el asunto clave era en cómo hacerlo. Y para eso planteaba el fortalecimiento de una herramienta política, el Estado Antimperialista con una cámara política y otra económica y vía la conformación de frentes únicos de trabajadores manuales e intelectuales que promoviesen y amalgamasen el desarrollo social en la lucha contra la influencia nociva de los capitales. Jamás se le ocurrió a Víctor Raúl siquiera el asomo de iniciativas personales en pro de inversiones que ¡jamás! llegan gratis o solas sin condiciones casi siempre leoninas. Por tanto, el trato con el capital era desde el Estado y con un gobierno con metas claras y exégesis transparente de cómo y por causa de qué se hacía cada paso.

¿Ha sucedido eso en el presente gobierno? Lo dicho por del Castillo confirma que no ha sido así. La tangentes escogida caminó por terrenos vedados, vergonzosos, repugnantes. ¿Cuándo se ha visto continuas visitas de primeros ministros a empresarios en sus hoteles particulares? El Estado tiene oficinas y procedimientos. ¿Puede una persona, en forma individual, con su sola presencia “alentar” inversiones? Es probable que en intención exclusiva y sólo para provecho personal o de facción que sí, pero está negada la chance que lo hiciera en beneficio del Estado peruano.

Los indicios razonables que muestran enriquecimiento en el sujeto de marras son inocultables: casas, patrimonio múltiple y en diversos rubros y sus declaraciones juradas de ingresos son más bien modestas. Cualquier palurdo especialista en contaduría puede preguntarse: ¿con qué efectivo compró todo eso si sus emolumentos son la décima parte de su riqueza? Nada de esto ha podido aclarar en términos simples, fehacientes, diáfanos y comprobables del Castillo.

¿A qué se debió la terquedad de permanecer en la secretaría general de un partido cuyo congreso elector estuvo plagado de irregularidades, faltas disciplinarias y abundante en demostraciones aberrantes de cómo se maneja a una manada de anuentes sin mayor criterio o formación política o histórica? Las respuestas pueden ser muchas, una de ellas pasa por el no querer abandonar las ubres que dan contable y avituallan los placeres hedonistas que al pobre diablo hipnotizan e idiotizan. Así de simple.

Hay un castellano político que abusa del circunloquio, remeda las peores cantinfladas y maquilla las realidades que envilecen a los pueblos y los tornan entelequias y zombies. Ese es el idioma que en Perú se usa y del cual se abusa con insistencia rayana en la locura. No se llama al ladrón, ladrón; ni al sinverguenza, descarado. Decía, decenios atrás, ese prócer civil que fue don Manuel González Prada: “tomar a lo serio cosas del Perú”.

La claudicante “explicación” de del Castillo es más bien su confesión o su interpretación de cómo entendió él su trabajo en el premierato. A todas luces su esquema resiente de trabazón con la doctrina antimperialista que forjó el fundador Haya de la Torre. Y si se habla de ética, entre otras, la mejor lección de honestidad que dio Víctor Raúl fue la de ser un hombre pobre y honesto hasta en sus yerros. Cuando ocupó el único cargo público que tuvo en 83 años, presidente de la Asamblea Constituyente, 1978-79, cobró un sol mensual. La diferencia es patética, acusatoria, recriminante con los angurrientos de hoy que brillan en la miasma de su inocultable mediocridad deshonesta.

¡Atentos a la historia, las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder, el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Rompamos el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

¡Sólo el talento salvará al Perú!

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