Cada vez que los pueblos reivindican su patrimonio –gracias a los contratos con seguridad jurídica, siempre en manos de transnacionales abusivas que predican que el azúcar es caro y el cholo barato- todas las administraciones gubernamentales desgañitan sus voces para proclamar que “no hay que espantar a las inversiones”. ¿Vienen éstas a hacernos un favor? ¿son la madre Teresa con saco, corbata, laptops, que llegan por la gracia de Dios –si existe tal- a hacer caridad con estos pueblos? El primer ministro Javier Velásquez acaba de incurrir en este lloriqueo y refiriéndose a los contratos de Camisea y su científica opinión asombra: “será un pretexto electoral”.

Cuando los capitales buscan el lucro y dónde reproducirse lo hacen por la simple razón que en sus países ya no hay dónde invertir. También por la elemental razón que hay allí leyes de estricto cumplimiento sobre cuidados medioambientales, leyes laborales que previenen abusos contra los trabajadores y hay sindicatos activos y peleadores. Es en países como los nuestros, huérfanos de partidos antimperialistas, feraces en la producción de burócratas a los que se compra al peso en dólares o euros y gobernantes proclives a rasgarse las faldas y que gimotean para que “no les toquen” la seguridad jurídica que garantiza coimas millonarias, robos institucionales, aberraciones al por mayor, a los que migran estas empresas a las que no interesa ¡para nada! el desarrollo nacional sino cuánto más ganan y cómo explotan mejor los recursos del país al que arriban.

El culto pagano a la inversión disfraza la compra masiva de gobernantes, periodistas, legiferantes, oficinistas con información privilegiada en los altos niveles del aparato estatal; cohonesta la exacción de los países y maquilla el robo. Así de simple.

¿Está la seguridad jurídica por encima de los intereses nacionales? La trapisonda que hay detrás de la supuesta garantía para los inversionistas se aceitó y aligeró en un sistema de corrupción del cual los mejores y más eficientes lacayos son los personeros oficiales de casi todos los gobiernos. Así, no importa que Perú carezca de la garantía científica que tendrá gas y suministro del mismo en cantidades suficientes para el consumo interno. Pero sí –para los oficialismos- deviene “básico” la estructura de la exportación. ¡No importa a qué país! “Necesitamos de divisas” rebuznan los vendepatrias. A posteriori a quienes les exportemos gas, nos devolverán ¡ese mismo producto! pero con valor agregado.

El cipayismo de los quintacolumna se solaza en la ignorancia actual y falta de decencia de los gobiernos. Como los partidos políticos han borrado de hecho cualquier referencia a la dignidad del hombre y el recuerdo crítico de la historia, entonces las reiteraciones son pan de cada día. Y gobierno que asciende compite con el anterior para mostrar su alma servil y la hipocresía de que es capaz y hasta niveles abyectos. ¿Recuerdan qué dijo el presidente Alan García respecto de Chile? ¿no fue el mandatario quien expresó que no se debía cuestionar las inversiones del sur pues amenazaba el peligro que se molestasen? Jamás ha aclarado el mandatario esta bestialidad de hinojos más bien repugnante.

Si no hay gas en volúmenes suficientes para el consumo interno del Perú, de manera que su desarrollo integral esté absolutamente custodiado, no hay cómo invocar cualquier inciso de algún contrato que perfore esta aspiración legítima que vicia tal documento. Y el gobierno, en nombre del Estado, bien puede corregir semejante estafa. ¿Se van a ir los inversionistas? ¡Bah! ¿cuándo se ha visto que los grandes fagocitadores de riquezas dejen el botín así nomás? ¿acaso hay lo mismo, que tiene Perú, como riquezas naturales, en todas partes? Nuevamente ¡bah!

¿Qué hay detrás de esa propaganda que atiza supuestas seguridades jurídicas? Por definición la ley debe estar premunida de inspiración en defensa del cuerpo social de la patria. Si no es así, podrá llamarse ley pero resiente su carga de mentira y farsa que la hacen inconsistente. Y muy tramposa. Más aún: la sociedad organizada tiene el deber de destruir esas armazones y dotarla de cuerpo, alma, esperanza. Las leyes que no están en el corazón de los hombres y mujeres, apenas si pueden llevar el nombre de dispositivos. Nada más.

La sacrosanta inversión sólo prohíja a pillos, delincuentes, explotadores, fríos operadores que privilegian exclusivamente el lucro salvaje y a gobernantes que olvidaron el principio irrenunciable de dignidad y vergüenza. Y la seguridad jurídica es el antifaz tramposo que enmascara esa dinámica rateril.

¿Tratar con el capital? Sí, dijo Haya de la Torre, el asunto es cómo hacerlo, subrayó.

¡Atentos a la historia, las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder, el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Rompamos el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

¡Sólo el talento salvará al Perú!

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